jueves, 19 de enero de 2017

La jungla de cristal (John McTiernan, 1988) - Crítica de la película: review


por Möbius el Crononauta




Os voy a abrir mi corazón. ¡La jungla de cristal es una de las mejores películas de todos los tiempos! Yo al menos nunca me canso de verla. Y la verdad es que sí creo que estamos hablando de un clásico, y que a pesar de los disparos y las explosiones está tan bien rodada que no importa del género que sea, es una gran película.

Os cuento. Roderick Thorp tenía dos libros sobre el detective Joe Leland. El primero, The Detective, había sido llevado al cine en un film de Frank Sinatra. Su continuación fue el origen de La jungla de cristal. El guion no agradó al director John McTiernan, que rechazó la historia un par de veces, hasta que decidió aceptar el proyecto interesado por hacer del héroe de la película un tipo común, y presentar una historia sobre terroristas que no fuera oscura o cruel.

Existen actores que parecen haber nacido para interpretar ciertos papeles, y así como solo Humphrey Bogart podía ser Sam Spade, John McClane tenía que ser Bruce Willis, aunque no fue la primera opción en el casting. Su facilidad para la comedia a la vez que podía ser un convincente tipo duro le convirtió en el candidato idóneo. Un tipo que parece sencillo pero que puede ser un héroe.




La actriz Bonnie Bedelia, que interpreta a la mujer de McClane, fue una sugerencia de Willis, mientras que Alan Rickman había llamado la atención de McTiernan en una obra teatral. Este fue el debut de Rickman en el cine.

McTiernan venía de dirigir Depredador, donde había tenido muchos problemas con el montador. Su querencia por el cine europeo entraba en conflicto con la manera estándar de hacer películas en Hollywood, con lo que el director recurrió a un montador europeo, Jan de Bont, cuyo trabajo en El cuarto hombre había impresionado al director.

John McClane, un policía que no se gusta demasiado y que ha jodido su matrimonio, va a visitar a su mujer para arreglar las cosas y se ve envuelto en una acción terrorista. La idea de corretear por un rascacielos fue bastante innovadora para la época, y es uno de los puntos fuertes del film. Inmediatamente distanció a la película de otros títulos anteriores.




Los responsables del film pensaron que el Fox Plaza de Los Angeles sería ideal para filmar la historia. Dado que la película era de la Twentieth-Century Fox, no debería haber surgido problema alguno, pero las negociaciones fueron muy largas. Los capos de la Fox debían temer que se cargaran un edificio que aún no había sido acabado. En un extraña paradoja, la Fox se cargó así misma el alquiler del Fox Plaza (!). Bueno, sí queréis haceros una foto en el edificio Nakatomi ya sabéis dónde buscar.

Resulta curioso que se eligiera una compañía japonesa como escenario, aunque tiene su lógica: en los 80 la invasión económica japonesa de los Estados Unidos era brutal. En un gran detalle de los encargados de diseño el logo de la empresa Nakatomi estaba basado en un casco samurái, con lo que de alguna manera se aludía a la agresiva política de las empresas niponas.

Al principio de la película, cuando en una preciosista escena los terroristas entran en el edificio a bordo de un camión y un coche, el camión pertenece a la empresa Pacific Courier, que traducido es algo así como mensajero de la paz. Una broma privada del director de diseño.




Alan Rickman estaba realmente espléndido como el malvado Hans Gruber, un terrorista elegante e inteligente que se diferenciaba del resto de villanos sedientos de sangre. En la primera media hora del film él es quién destaca realmente, pronunciando alguna de las frases más memorables de la película. De entre los terroristas destaca el rubio Alexander Godunov, que, por si os lo estáis preguntando, sí, es bailarín.

John McClane, aun siendo el típico héroe norteamericano, el hombre solitario que se ve obligado a enfrentarse a solas con el peligro (como bien le recuerda Gruber, aunque confunda a John Wayne con Gary Cooper), es más sencillo, diferente al fin y al cabo. Tiene una mujer, se pelea, y otro aspecto importante, confía más en su cerebro que en sus balas. Aunque todos estos aspectos hoy en día ya son tópicos, entonces aportaban cierta frescura. Y no cabe olvidar que La jungla de cristal ha sido copiada hasta la saciedad.

La banda sonora tiene como leifmotiv principal el Himno a la alegría de Beethoven, que va apareciendo puntualmente a lo largo de la película sin llegar a distinguirse claramante hasta el clímax final, cuando los supuestos terroristas logran abrir por fin la caja fuerte del Nakatomi. El encargado del apartado musical fue Michael Kamen.




En los comentarios del DVD es interesante comprobar cómo McTiernan incide en la libertad para rodar de la que gozan los europeos, y expresa su admiración por el trabajo de Paul Verhoeven, de quién dice que aportó una gran frescura al cine norteamericano. Según McTiernan el holandés Verhoeven se deshizo de las reglas preexistentes, trabajando con movimientos de cámara a su antojo. Y aunque más tarde se ha demostrado que lo que en un principio fue innovador ahora se ha convertido en un lastre en su carrera, lo cierto es que su estilo caló hondó en Hollywood, especialmente entre los directores del género de acción.

El trabajo de McTiernan tras las cámaras ha sido quizás su mejor trabajo. Todo está en su sitio, el ritmo es perfecto, y el modo en que las cámaras siguen a las personajes y los encuadran son realmente notables. Además su técnica de enlazar planos mediante movimientos de cámara es realmente efectiva, y ha dejado huella en muchos cineastas posteriores, aunque su falta de talento convierte sus filmes en algo puramente estético. Si algo hay que lamentar de La jungla de cristal es la miríada de películas de acción horribles que ha generado.

Y, en fin, ha llegado una nueva entrega de la serie, y aún no sé que nos deparará, pero ver a John McClane de regreso siempre es una buena noticia. Entre Tony Soprano y el tal McClane no sé como las camisetas blancas de tirantes no se han puesto de moda. Nos vemos por las salas de cine palomiteras. Yippee-ki-yay, motherfucker!

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