domingo, 29 de enero de 2017

Crítica de "Death Race 2000" (Paul Bartel, 1975): review


by King Piltrafilla (@KingPiltrafilla)




Death race 2000 es un clásico de la serie B. Después de disfrutar junto a mi hija de la visión de una cinta de 2008, me decidí por echar un vistazo a los orígenes y ver –sin intentar establecer demasiadas comparaciones, que ya se sabe que siempre son odiosas- la película producida por Roger Corman y dirigida hace una buena cantidad de añitos por Paul Bartel.





El argumento de aquella nos cuenta como en el futuro año 2000 –os recuerdo que la cinta es de 1975- los Estados Unidos dominan el mundo y uno de los espectáculos que tienen mayor éxito entre la población es una carrera en la que unos personajes de lo más extraño –Frankenstein, corredor estrella, con un buen número de remiendos y elementos mecánicos en el cuerpo a causa de diversos accidentes, una especie de gangster apodado Machine gun Joe, Matilda, una nazi en un coche apodado obus o Calamity Jane (acompañada por un tipo con guitarra y traje de cowboy) en su coche, toro- compiten en una carrera sin reglas de costa a costa de los Estados Unidos. Pronto nos enteraremos de que la competición no consiste únicamente en ser ràpidos sino en adquirir puntos. Así, cuantas más vidas se sieguen en carrera, más puntos obtienen los participantes. La gente asiste excitada al espectáculo, vitoreando a los corredores cada vez que asesinan a alguien exaltando la violencia.







La cinta –bastante cutre a simple vista- resulta tener bastante mala leche si analizamos algunos detalles, como que los organizadores y jurados de la carrera sean diáconos con lo que se insinúa de una manera bastante clara la presencia de la religión en el gobierno del país. Mientras, el presidente de la nación –una especie de semideidad a quien incluso se le piden bendiciones- no deja de darse ínfulas ante el pueblo –que asiste al espectáculo cegado por la sangre como los antiguos romanos iban al circo sin reparar en los desmanes de sus dirigentes- henchido de satisfacción al celebrarse el vigésimo aniversario de la carrera, todo un éxito mediático internacional. La moraleja de esta Death race 2000 –vigente más de treinta años después, lo que dice bien poco de la especie humana en cuanto a su evolución- es que la violencia vende y que tanto los medios de comunicación lucrándose con ella como la clase política, que se sirve del espectáculo para desviar la atención de los ciudadanos, sacan beneficio de todo ello. Sin embargo, piltrafillas, creo que debemos preguntarnos si la culpa no la tenemos nosotros, que al fin y al cabo –en general- consumimos violencia, nos gusta e incluso la demandamos. Pero bueno, vamos a dejarlo ahí, total ¡sólo es una película de bajo presupuesto sobre carreras de coches con un poco de sangre por ahí y la aparición de algunas tetas por allá!


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