domingo, 29 de noviembre de 2015

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (108): Larva metafísica



Larva metafísica


ES medianoche. Anita declama unos versos a solas en su habitación. Lo hace en voz alta, mientras Antón la observa a escondidas desde el jardín a través de una ventana. Antón se ha escapado y es peligroso. Más aún cuando alguien se pone a dar voces extemporáneas estando a solas, como ahora Anita. Esto puede con la conciencia poco cultivada de Antón, que arrastra su locura desde que era un niño. Por eso consigue entrar en la casa, cuchillo en mano, y rebanarle el cuello de garza sin miramiento alguno a la simpar Anita, cuando, en realidad, ella ya había abandonado su rapsodia y descansaba reposadamente en el diván dispuesto en su habitación junto al piano. Elsa ya sabía, desde hacía mucho tiempo que la novela terminaría así, que la pobre Anita moriría porque el narrador la había ido convirtiendo poco a poco en un personaje cada vez más grotesco, nada que se pareciera a la encantadora y bella Ana de los primeros capítulos. Elsa se levanta, mientras en su mente la sangre de Anita gotea cada vez más pausadamente sobre el entarimado figurado en su mente. El monólogo final ante el auditorio hace que se levante una marea abrumadora de aplausos y poco a poco va bajando el telón. Continúan los aplausos, sube de nuevo el telón y Elsa saluda. Ahora está sentada frente al espejo quitándose el maquillaje para volver a ser Anita. Cuando sale a la calle una alcantarilla abierta en la noche en mitad de la calzada, que ahora cruza con una prisa inoportuna, se la traga, y el lector ya no puede ver nada, y tampoco el narrador (todo son tinieblas allá abajo y buscar linternas a estas horas sería una molestia innecesaria). Por eso el lector apaga la luz del aplique, deja su libro sobre la mesita y se arrebuja bajo las mantas con la esperanza, vana por supuesto, de que mañana Anita siga viva y logre alcanzar la boca de la alcantarilla para seguir el curso de la historia. Hace frío, pero el plan ideal es perfecto para escapar a medianoche. Él no merece esa clausura, ¡él no está loco! Y Anita o Elsa (qué sabe él aún), una joven inocente en cualquier caso, está a punto de declamar unos versos en voz tan alta que le harán acercarse hasta su casa para observarla desde el jardín a través de la ventana.


ÁCS


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