sábado, 18 de julio de 2015

Viaje Extremadura-Portugal 2015 (2): Nuestra semanita por lusitanas tierras: Hoy, Mérida, segunda parte



El año pasado tiramos para Cataluña en busca del románico y este enderezamos el auto para el oeste en visita (ya obligada) para Portugal. Como os dije en el anterior post, hicimos escala en Mérida y allí dormimos. No obstante, la primera tarde, muy calurosa, no dio, debido a eso precisamente, para visitar los lugares programados. Así que dejamos el Acueducto de los Milagros, el circo romano y Santa Eulalia para la mañana del día siguiente.



El acueducto de los Milagros me sobrecogió la primera vez que lo vi, ya hace dos decenas de amontonados y tontos años. Helado quedé -llamadme romántico- cuando giré una esquina y me lo encontré de frente. Ese lugar existía. Medio en ruina, pero con un carácter eterno y un empaque de decrépito señorío. Para quien esto escribe, es lo mejor de Mérida, lo que más embarga mis sentidos. Uno no se cansa de contemplarlo. Como un cuadro que alguien dejara en el museo del tiempo. El ajardinamiento (muy cuidado) y el riachuelo a sus pies le otorgan también carácter, envuelto en un silencio que rompen rutinariamente majando el ajo las numerosas cigüeñas que habitan en sus alturas. Visita imprescindible para todo aquel que visite Augusta Emérita.








Una vez nos despedimos (con tristeza) del acueducto, nos desplazamos (esta vez en coche) hasta el circo romano. Hace 20 años que lo visité por primera vez, cuando aún estaba algo abandonado y no había ni taquilla para entrar a verlo. Recuerdo que saltamos una pequeña tapia y lo recorrimos de parte a parte. Ya entonces me encantó.





En las inmediaciones del circo se encuentra también el acueducto de San Lázaro. Del antiguo (romano) tan solo se conservan unos arcos y sí puede verse en toda su integridad el menos vistoso del siglo XVI.






Y para despedir la ciudad, nos acercamos a pata hasta la basílica de Santa Eulalia, en obras, para ver su cripta, descubierta bajo el templo en los años 90. Enterramientos, sarcófagos, habitaciones, columnas, etc. Desde luego que vale la pena. A mí me impresionaron los cimientos de cada una de las columnas de la basílica, que han quedado al descubierto tras la excavación, algo que no suele verse pues queda bajo el suelo de cualquier iglesia.





Y tras Mérida, tomamos el portante para cruzar la frontera (ya sin aduanas) y desplazarnos hasta Elvas, otra ciudad Patrimonio de la Humanidad, ya en tierras lusas, donde paramos a visitarla plano en mano y comer antes de lanzarnos a devorar Évora, a escasos kilómetros, donde pernoctaríamos. Pero eso ya os lo contaré en otra entrada.



Ángel Carrasco Sotos

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