ZEPPELIN ROCK: Cuento BÚSQUEDAS: relato de Ángel Carrasco Sotos

sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuento BÚSQUEDAS: relato de Ángel Carrasco Sotos

 



BÚSQUEDAS


A la memoria de Francisco Caudet


Doy término en esta noche de mayo de 1987, en la que el frío perfora las cuatro paredes de esta habitación, al (y no me tachen de presunción) prolijo trabajo desarrollado desde la primavera de 1983. Aquí, en esta cocina de apartamento parisino, he encontrado el dato definitivo que me invita por fin a descansar, aunque ciertamente una melancolía extraña me embargó completamente, es la tristeza por no poder volver atrás en el tiempo ni un segundo, regresar a aquel instante en que di inicio a esta singular búsqueda.

Hacía tiempo que venía considerando una reseña aclaratoria que el venezolano Andrés Rivera hacía pública en la Revista de Filología Francesa (nº XXXII, p.127). Una nota a pie de página del artículo "El París del Naturalismo" simplemente hacía mención de la supuesta fuente del Sísifo de Critias en la obra de Zola Germinal.

Mi interés por la obra del francés en mi época de estudiante revolucionario y, en general, por el mundo decimonónico de las revueltas obreras, me hizo considerar la anotación extraña. Por un lado, la autoridad del articulista, el cual ejercía como catedrático en la Universidad de Bolonia y cuyos estudios sobre la literatura realista eran de una erudición evidente, no precisaba duda. El positivismo y el cientificismo eran, además, cualidades notorias que siempre habían regido la crítica cabal del venezolano. No obstante, yo, en mi modesto saber en aquel tiempo no muy lejano, desconocía que Emile Zola hubiese sido lector la filosofía clásica, y, más aún, que estas lecturas hubiesen tenido impacto alguno en su obra.

Días después de la lectura del dato señalado, cuando buscaba entre los libros que mi abuelo guardaba en el baúl un ejemplar del Quijote editado por Clemencín, me encontré fortuitamente con una edición de 1827 de la obra de Critias, la cual había visto la luz en París a través de las imprentas Dupont. Esa noche la dediqué a la lectura atenta del texto: ni un solo dato me fue dado en él que diera pie a la sospecha, ni remota, de la influencia del tratado de Critias en el libro de Zola. Volví a leerlo semanas más tarde, tras haber dado otro repaso a Germinal. Ni forma, ni contenido, ni la más mínima descripción o detalle coincidían, y otros tipos de cotejo solo me conducían a soluciones esotéricas de las que debe huir en todo momento la crítica filológica: por supuesto no era esta última la línea ni el parámetro que rigiese la obra de Rivera.

Determiné consultar la duda con mi compañero y amigo Francisco Caudet, profesor de Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Madrid, el cual había editado tiempo atrás tal obra de Zola a través de Ediciones de la Torre, con traducción de Mariano García Sanz. Me dijo desconocer el artículo, añadiendo a esto que en todo caso nunca había pensado en esas influencias griegas en la obra naturalista del francés. Más aún, le parecía absurda tal aseveración, aunque viniendo esta de filólogo tan notable le hacía dudar.

Semanas más tarde, cuando yo había olvidado ya el problema, Caudet me telefoneó a casa para contarme que había tenido contacto con Rivera, con el que coincidió en un simposio en el Ateneo de Madrid, y que había aprovechado para referirle la cuestión (parece ser que el dato le interesaba también a él, pues tenía prevista una nueva edición próxima de la obra y cualquier novedad nunca venía mal). Me dijo simplemente que el dato que Rivera ofreciera se debió a la lectura de un artículo de Jorge Luis Borges en la revista argentina sobre literatura Nuevas Letras, en la que la referencia aparecía igualmente en una nota a pie de página. La fiabilidad de la fuente, no citada por Rivera en su artículo, le pareció indiscutible y plasmó tal cual la cita borgeana con alguna pequeña modificación léxica.

La ceguera de Borges por esa época nada tenía que ver con su lumbre intelectual. El anuncio de Caudet me pareció definitivo. Intenté hacerme con el número de la revista argentina en cuestión pues esto empezaba a interesarme. Efectivamente, la hallé en la hemeroteca del Cuartel del Conde Duque. Pero he aquí mi sorpresa cuando, repasando el artículo de Borges, observé que la única nota existente no tenía nada que ver con lo mencionado por Rivera. Telefoneé de nuevo a Caudet para narrarle lo ocurrido. Días más tarde me comunicó que Rivera había tomado el dato indirectamente, a través de las Obras Completas, publicadas por Losada en 1979.

Decidí plantarme aquí en mi investigación, ya que me estaba metiendo en un auténtico laberinto, además de que mi trabajo docente en el Instituto María Moliner de Gijón no me permitía dedicar mucho tiempo a estas excursiones y asuntos lúdicos.

Un año más tarde, cuando veraneaba en Ceuta, coincidí con un amigo, José Minguela, antiguo compañero de instituto, y que actualmente trabajaba como bibliotecario en la Municipal de Lyon. "Estamos ordenando las bibliotecas personales de los grandes del diecinueve, ya sabes: Zola, Flaubert... en fin, todo realistas", me dijo. La cita de Zola me trajo a la memoria el antiguo asunto.

Se lo planteé, pero como era obvio, don José (que así lo llamábamos amigablemente) no recordaba todos los títulos registrados en la biblioteca personal del francés. No obstante, me enviaría el listado de estos. Le di mi dirección. Un mes más tarde tenía el elenco bibliográfico en mis manos. Lo recorrí ávidamente con los ojos. Al llegar a la S leí: Sísifo - Critias - Reimpresión de 1836 - París.

Una semana más tarde me encontraba en Lyon. Quería que esos últimos días de mis vacaciones me sirvieran para poder consultar personalmente el libro, pero me fue imposible acceder a él pese a las influencias directas de mi amigo. El tiempo se me echó encima y tuve que volver a Gijón con la duda en el bolsillo. Me traje el recuerdo de una bonita ciudad, en cambio. De todo lo ocurrido di información a Caudet que no pudo menos que expresarse con una tremenda risotada y unos golpecitos en mi espalda.

Pasaron diez meses. El teléfono sonó un sábado por la mañana en que yo estaba sumergido completamente en la lectura de un libro de Carpentier. Cogí el aparato y una voz me habló sin dar tiempo a mediar palabra; era Minguela: "Lo tengo", dijo. "¿Quién es?", dije yo. "Soy José Minguela. Tengo el libro de Critias en mis manos...", y tras una pausa breve: "Lo he mangado". Ese mismo fin de semana yo estaba en París hojeando el mamotreto. Pasé noche y día leyendo y releyendo el texto. Nada, ni un indicio. Zola había leído parte del Sísifo, pero nada de él había influido en la redacción de Germinal. Llegué a esta conclusión al encontrar una cana entre las páginas 66 y 67 del libro. No es chiste. Zola lo había leído en su lecho de muerte. Un gran pico doblado señalaba la página 80 del tratado, y era esta también la última subrayada. Zola era conocido entre sus amigos por no dejar nunca un libro sin terminar. El libro de Critias había sido el último.

Todo esto me hace sentir una especie de culpabilidad, como si hubiese profanado un recinto sagrado, como si ese secreto oculto en el libro de la manera más inocente estuviese vedado a mis ojos y a mis manos, a todos los ojos y manos, un secreto que el tiempo había conservado con delicadeza, mimándolo como si se tratara de un pequeño milagro, un secreto revelado que pasaría a formar parte de una anécdota a pie de página en el mundo de los vivos.

©Ángel Carrasco Sotos


[Este relato lo descubrí entre mis papeles hace unas semanas y he decidido ahora dedicárselo a Francisco Caudet, profesor con el que tuve buena relación académica, una cálida y cariñosa amistad profesor-alumno. El relato hubo de ser escrito sobre el año c. 1990].

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