LOS OTROS MARES
A Pili
Desde la ventana se ve el mar. Es un mar tranquilo en esta época, pero muestra una apariencia voraz de animal prehistórico que parece querer absorberlo todo desde su mansedumbre, como cuando uno se asoma desde una ventana alta de un edificio o desde un puente (el puente conquense de San Pablo, por ejemplo) y el vacío lo llama como desde un fondo de sosiego, con la voz de un ser amado, una voz hueca y blanda que no es traidora ni engañosa, sino que incita sinceramente al descanso y al olvido. Creo, a veces, que solo el mar tiene la culpa del estado de soledad en que me encuentro, que únicamente él, desde su lejanía tranquila, me arrebató a Concha tan solo un mes después de habernos casado. A la fuerza ha de ser algo grande y poderoso aquello que puede llevarse una vida y dejar otra arrasada, un poder majestuoso e insensible, como el mar, algo así, o como el enorme cielo estrellado de la noche que se pierde derramándose por los bordes del horizonte. Acaso por eso hay días como hoy que paso mucho tiempo mirando el mar, apoyado en el marco de la ventana, y si pudiera verme a mí mismo desde un lugar oculto ahí afuera, podría reconocer un rostro que muestra una actitud de súplica, unos ojos que miran desde la soledad del desahucio, nostálgicos, pidiendo al mar la devolución de un cuerpo que no le pertenece, o que al menos no le pertenece todavía. El mar es el tiempo, que transcurre como adormecido por el calor de estos días, el tiempo como una rutina azul y líquida. El mar también es un día perdido, que uno archivó fatalmente para siempre, en que alguien, un amigo, se aproxima a ti desesperado y, bajando la cabeza despacio (para librarse posiblemente del gesto de tu rostro en ese momento), te dice que Concha ha muerto, que no sabe cómo ha podido ser, pero que un coche la ha atropellado: que ella cruzó apresuradamente, y Luis, y tranquilízate... Pero en ese momento sobran todas las palabras porque no se escucha nada, y uno se siente en ese instante solo y vacío de sí mismo, ciego, mudo, ausente de todos los sentidos, esclavo ya de una imagen aún no creada, en un desierto llano de arena o en el centro de un mar tranquilo como este, rodeado por la niebla del desorden y la incertidumbre, porque Concha seguro que se podría salvar todavía y yo quizá fuese en ese instante el único ser capaz de hacerlo posible (aunque la palabra "muerto" reposase ya en la memoria unida a los mejores momentos con ella -o a los de esa misma mañana en que ella andaba en bata barriendo la casa y tú le dijiste adiós desde la puerta-, recuerdos pertenecientes a un tiempo antiguo o distinto, como de novela apenas recordada). Mirando el mar se producen en mi mente un atropello de imágenes: mi carrera hasta la casa, asediado por el deseo y la culpa, el deseo trágico y ciego de que todo fuese mentira, la culpa de haber sido yo un poco el causante de la muerte, porque un solo beso antes de irme al trabajo quizá lo hubiese cambiado todo, ese entramado de causas que solo se conoce lamentablemente cuando ya es tarde. Miro al mar cada tarde, con un gesto que asimilo muchas veces al miedo de la infancia, miedo a salir de noche a algún recado o a quedar solo en casa por alguna circunstancia, o a que alguien que está bajo la cama agarre con su mano un brazo o una pierna que por un descuido ha quedado colgando hasta el suelo; ese miedo es la verdadera venganza, el miedo de querer recordar a Concha y tener que atravesar irremisiblemente la calle oscura de ese día, estar castigado a no olvidar su rostro frío, su cuerpo despojado de la voluntad, como olvidado de ella, como arrastrado por el mar hasta aquella habitación funesta, del mismo modo que ahora me lo trae a la memoria llegado de no sé dónde, de un lugar donde reside algo parecido a este mar.
Tan solo unas semanas después de que enterráramos a Concha, comencé a llenar la casa de recuerdos, de objetos que le habían pertenecido, para evitar olvidarla, porque yo era consciente de que hay muertos queridos que se olvidan en poco tiempo e incluso llega a parecernos que nunca hayan existido o que si lo hicieron fue en un tiempo remoto, casi de otra vida, y la sola sospecha de que esto me ocurriese a mí me hacía adoptar medidas de prevención y protección contra el tiempo y la amnesia. Fui instalando también sus retratos de forma estratégica por las habitaciones, junto al espejo del baño, sobre el televisor, junto al reloj de pared, encima de la cómoda del dormitorio, también en el recibidor de la casa, de manera que justo al abrir la puerta, cuando regresaba del trabajo, la imagen de Concha me sonreía desde la pared frontal y esto se asemejaba a los recibimientos de antes, solo que ahora faltaban sus besos dulces y sus manos suaves agarrándose a mi cuello para llevarme hacia sus labios. No quería olvidarla porque esto hubiese supuesto una deslealtad a tantos años juntos, deslealtad por supuesto al futuro del que ambos habíamos hablado en tantas ocasiones y que ahora se hacía imposible porque ella ya no estaba. No quería olvidarla sobre todo porque la seguía amando, porque nunca había estado enamorado de otra mujer y el simple hecho de pensar que en un futuro cercano tuviese que besar otros labios y adecuarme a otro cuerpo, se me hacía insoportable, y un escalofrío de culpa nacido en el estómago recorría mi ser entero. Era, en general, un sentimiento contradictorio o fatal que provenía del hecho de haber querido a Concha de forma tan intensa: me sentía fuerte, casi un héroe solo por saber ciertísimamente que nadie más entraría en mi vida; pero, al mismo tiempo, una soledad profunda me iba invadiendo como una enfermedad que comenzara a comerte poco a poco, ante todo porque los recuerdos de Concha iban cayendo en el vacío del olvido casi inconscientemente, y mi voluntad apenas podía sostener con vida sino los más intensos. Quizá aquellas fotos ayudaban de manera indirecta a ello, al olvido absoluto, pues cada vez que intentaba recordar a Concha de manera que toda ella pudiese formar parte de un presente, aunque onírico o recreado, tan solo podía trasponer en ella el rostro de las fotografías. Ella poco a poco se estaba convirtiendo para mí solo en esas fotos. Al mismo tiempo yo me sentía como un objeto más de la casa: pocos sospechan la sensación que se experimenta cuando se abre una puerta tras mi etapa de convivencia sabiendo de antemano que no hay nadie tras ella (nadie lavándose las manos, nadie leyendo una revista o viendo la televisión, nadie en la cocina ni en el balcón, nadie en el dormitorio frío de la casa). La casa estaría siempre vacía, silenciosa, y en las habitaciones se respiraría siempre esa especie de calma y ausencia que con seguridad ha de tener algún parecido con la muerte, con la anulación absoluta de los sentidos y la memoria. Por eso yo era también un objeto, un objeto en movimiento por los pasillos, a quien nadie mira a no ser desde la oscuridad o desde otra dimensión, porque únicamente la soledad nos hace pensar en estos ojos escrutadores que espían tus movimientos inquietos y nerviosos, y en ese momento en que todo gesto se convierte en una justificación de nada únicamente cabe la explicación de la locura. Por eso me marché. No fue una solución rápida: uno decide huir en estos casos cuando se descubre que, ante ti, no queda terreno por pisar y solo se abre un precipicio ante los ojos, un agujero hondo y negro, una profundidad de la que nunca sabremos después si no sería mejor haberla asumido aceptando su llamada de oscuridad y silencio, aunque nos fuese en ello la vida o al menos la integridad de lo que hemos llegado a ser con el tiempo. Un día retiré todos los retratos, guardé todas sus cosas en el armario y lo cerré con llave. Quise comenzar una vida nueva aun sabiendo que aquella decisión solo se sostendría con la justificación pérfida del autoengaño. Sabía también que en aquel momento todo podría venirse abajo y entonces no habría marcha atrás y solamente quedaría un remedio para ello: el suicidio o la huida. Empecé a salir por las noches y logré hacer algunas amistades. Primero fue Nuria, luego Teresa y Carmen, y algunos otros nombres de mujer. Sé que todas ellas me amaron, más aún cuando sabían de mi condición de viudo joven solitario, y no les importó nada de mi antigua vida. Todo cambiaba, no obstante, cuando las llevaba a casa, que casi todas insistían en ver. Cuando abría la puerta, con una mujer agarrada a mi cuerpo, nunca olvidaba que en otro tiempo Concha aparecía en bata y me besaba en los labios diciéndome que la comida estaba hecha o que descansase en el sofá mientras terminaba de freír algún alimento. Todas lo advirtieron, pese a que entre una y otra podría mediar un tiempo de dos o tres años, notaban cómo yo ya no era el mismo que había estado riendo, hacía tan solo un momento, en el pub con una copa de bourbon en la mano y haciendo chistes al camarero. Mis manos temblaban más todavía cuando llegábamos al dormitorio en el que ellas esperaban ser amadas. Las frases salían de mi boca como tropezando con el aire, actuaba con torpeza cuando tenía que desabrochar una camisa o bajar la cremallera de un vestido, y tenía la sensación del que en una circunstancia única roba un objeto, por pequeño que sea, y piensa en una mano en ese momento sobre su hombro, una especie de representación de la justicia. La justicia era Concha presente en la oscuridad, de pie junto a la cama en la que yo besaba, quizá ya olvidado, el cuerpo de otra mujer. Concha con unos ojos rojos de odio y llanto, una imagen quieta, como si la muerte la hubiese convertido en una estatua que solo pudiese sufrir, castigada en el destierro de su soledad, una soledad que ella misma había escogido para no conocer otros rostros, para no olvidarme y reducir su vida al pasado conmigo (así la imaginaba yo en mis sueños). Me sentí perseguido, era un acoso que me hacía imposible olvidar o deshacerme de un sentimiento que permanecía aún en mí hiriéndome progresivamente. Tanto en Nuria como en las que llegaron después traté de imaginar que se escondía ella, como si la mujer hubiese de ser una sola, de tal suerte que Concha pudiese estar en cada una de ellas y su cuerpo fuese el de ellas también. Traté de imaginar y crear a Concha entre mis manos, bajo mis besos, aprovechando esa atmósfera de pérdida de la identidad que propicia la oscuridad cuando se mezcla con el amor, pero todo se desvanecía desesperadamente a la luz del día o cuando abría los ojos al mundo real y descubría que Concha no estaba allí sobre mi pecho, con sus piernas todavía enlazadas a mi cuerpo, sino otra mujer a la que me costaba trabajo reconocer en ese instante.
Pese a todo, la casa fue pareciendo otra, se iba impregnando de otros perfumes, y algunos objetos nuevos, regalos, decoraban las habitaciones. Era como si de repente hubiese viajado o me hubiese instalado en otra casa, como si el tiempo vivido se hubiese quedado en la casa anterior en aquel armario cerrado con llave, que intentaba olvidar. Pero todo era un espejismo, una idea creada que resultaba dificultoso sostener viva. Había veces que abría un cajón y aparecía un antiguo objeto de Concha y todo se derrumbaba dejándome sin fuerzas para reanudar el trabajoso padecimiento de comenzar a olvidar; parecía como si de nuevo me reencarnase en el que había sido, como cuando uno se despierta de un sueño en el que todo parecía real y unos segundos después ya no quedasen de él sino restos difuminados que va haciendo desaparecer la sola visión de la cama y las paredes, o el reloj indicando una hora de este tiempo.
Quizá me marché porque la presencia de Concha, mi amor hacia ella, se estaba convirtiendo en una obsesión insana, en una especie de delirio, en una idea que ya no me acompañaba amigablemente, en un rostro malvado una vez que supe que yo quería seguir viviendo, aunque esto supusiese un reto insoslayable, y su recuerdo solo me incitase a la muerte o a dar un paso atrás. Traté de inventarme que había viajado, que un día, al despertarme, su lado de la cama estaba vacío, que la puerta del armario había quedado abierta por la prisa y que una nota escrita con su letra decía que me había abandonado, que había descubierto que ya no me amaba como antes, o que se había marchado con otro, o algo semejante; pero era difícil hacer que la idea enraizase en mi mente y los sueños se imponían a las mentiras inventadas voluntariamente para mí mismo. Un viaje... ¿adónde podría ir Concha? Una infidelidad... ¿con quién, por qué...? Me estaba volviendo loco, estaba creando para mí una imagen distinta de la mujer que había amado con todo el poder de mis sentimientos, una copia falsa hecha por cobardía porque quizá también yo quería dejar de ser el mismo y renunciar al pasado como si este no hubiese sido justo. A veces sonaba el teléfono o llamaban a la puerta y llegaba a pensar que Concha pudiese hablarme desde un lugar lejano, América o un lugar similar, o apareciese con el ropaje del fracaso pidiéndome auxilio desde el portal. En las noches de insomnio la imaginaba así ante mí, separados por una puerta, y ella solo lograba decir "ayúdame", como si estuviese encerrada tras esa puerta y una presencia extraña tratase de devorarla o castigarla de una manera que yo desconocía, o como si yo pudiese salvarla del misterio de una inmovilidad que no podía soportar. En ese momento, una mujer desnuda, con el rostro de alguien que no llegaba a relacionar, se acercaba a mí por la espalda y me besaba el cuello mientras me susurraba que la olvidara. No era un sueño, era el resultado de la locura.
Un día desperté y, movido por una fuerza que parecía lejana a mi voluntad, me acerqué al armario como quien sube las escaleras del cadalso, y me puse mi mejor traje. Hice las maletas y llené el coche con lo imprescindible. Cuando cerré la puerta por última vez (aunque la he vuelto a cerrar muchas veces en sueños) tuve la sensación de que Concha se quedaba allí encerrada, quizá haciendo compañía para siempre a la última imagen que había retenido de mí antes de salir, o con la visión desde la ventana que daba a la calle de alguien que sube a un coche y se aleja en él con la celeridad y el desorden del miedo. Desde aquella ventana Concha pudo haber visto mis ojos bajo el sombrero, mis ojos que miraron, sin poderlo evitar, por el retrovisor del coche, porque posiblemente querían seguir buscando hacia atrás, como lo habían hecho siempre en la imagen falsa de un espejo, que es como la imagen de un recuerdo o como una fotografía que nunca salió del negativo.
Llegué hasta aquí, hasta este lugar al que me trajo la primera carretera desconocida que encontré a mi paso, hasta este pueblo en el que la tierra llega en un punto a desaparecer y deja paso al agua del mar, que se extiende en la lejanía como una noche diurna. Tuve la fortuna o el infortunio de poder adaptarme a una nueva vida, en alta mar. Me casé de nuevo, y quedé viudo por segunda vez hace tan solo unos meses, y viví siempre acompañado hasta ese día. Desde entonces no me visitó nadie y yo no podía salir de casa porque casi no podía mover las piernas, y este pueblo tuvo la amabilidad de acoger en su asilo a este pobre viejo sordo y maltrecho que apenas llega a balbucear alguna palabra para pedir agua o para decir que le abran la ventana para ver el mar y ver a Concha, e intentar recuperar lo robado, cosa que pienso sucederá en poco tiempo.
©Ángel Carrasco Sotos
[Este es otro relato que escribí en los años 90]

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