lunes, 29 de enero de 2018

Dry River - Crítica del disco "2038" (2018): Reseña (review)



"Mola volver a sentir ilusión por la salida de un disco". Son palabras textuales de mi amigo y compañero Ramón, que de música también sabe un huevo, y pasa de inmediato al ataque para recriminarme no haberle enterado de la existencia de este grupo. Nunca es tarde, Ramón, ahora tienes tres discos para ponerte al día: este y los dos anteriores (todo un regalo de principios de año si bien se mira). Por cierto, ya han comenzado la gira y el pasado sábado tocaban junto a Asfalto en Barcelona (leer crónica). Pero, al grano: subíos al Delorean que nos vamos a 2038.




Comenzar a escuchar un disco de Dry River es como abrir una particular caja de Pandora, y digo "particular" pues funciona justamente a la inversa. Si abrir la primera podía acarrear catástrofes bíblicas, esta vaticina alegrías permanentes. Porque -me explico- cuando el disco termina (y se cierra la caja), el cerebro aún anda de juerga a su aire. No sé si queda claro: hace un frío que pela en la calle y uno entra en la casa de unos amigos a los que sorprende en el apogeo de la fiesta a la que le habían invitado sin decirle de lo que iba la cosa. Llamas y, nada más abrirse la puerta, la chica de tus sueños te recibe ofreciéndote un gin tonic (por ejemplo), lo trae en la mano para ti, y mientras, de fondo, suena tu música favorita. Bueno, algo así. Hay cotillón de por medio, cintas que vuelan de un sitio a otro, globos de colores que surgen de no se sabe dónde, confeti que se posa en el suelo en una lluvia permanente... Más o menos eso es lo que encontramos, una vez más, en este nuevo disco de Dry River: parranda, fiestón, jolgorio, jaleo, un bullicioso jaleo bien orquestado, y una riqueza musical tutti frutti, pues en la ensalada de este disco hay de todo, una mezcolanza total de estilos fusionados. Y todo (todo) suena bien. Y para colmo, como sabéis, anda en su corazón (el de este álbum) una gema de canción engastada, una inspiradísima balada que nació con la etiqueta de clásica en la frente; me refiero, claro, a “Me va a faltar el aire”, de la que nos bajamos un día para descansar del orgasmo perpetuo porque ya no aguantábamos estar tanto tiempo en éxtasis.




Destaca de todo el disco la buena calidad de sonido, porque, además de ilusión, en el disco está claro que se ha invertido dinero a la par que unas ganas enormes por hacer algo brillante (esto uno lo agradece). Retórico sería preguntar si lo han conseguido o no porque ya veis que, desde el principio, mis palabras son de arrobo con respecto a esta grabación. Se rodaron tráilers de presentación para despertar expectación y se han grabado unos vídeos con singles de adelanto como “Me va a faltar el aire” y “Fundido en negro” en los que no se ha escatimado en medios físicos como tampoco en medios de producción y grabación para crear unos productos más que hermosos, más que dignos. Los Dry River han dado el todo por el todo, se han dejado la piel, y todo a caballo de una ilusión, de un sueño que viene muy bien respaldado con cosas tan reales y tangibles como la calidad de estos músicos, que ya no tenían que demostrarnos nada, por supuesto, pero que se legitiman y se ratifican con este 2038 (detalles), que así es como se llama este disco (que uno enchufa y es como salir de copas..., pero a lo bestia).

Este trabajazo de Dry River atesora temas que continúan la estela progresiva de sus primeros discos, discos que, en su conjunto, están convirtiéndose –o nos lo parece a nosotros- como en una especie de ópera rock en donde los engranajes se mueven dentro de unos parámetros similares, riffs y melodías que una y otra vez hacen acto de presencia, temas comprometidos a los que se vuelve de continuo, pasajes reconocibles, ellos, su música, su original presencia. Creo que tampoco en este álbum olvidan esa concepción de la obra como espectáculo, cosa que ya observamos en cuanto comienza, de un modo tan identificable, el jolgorio de “Perder el norte”. Creo que es el toque original de Dry River: el convertir cualquier tema por más reminiscencias que le encontremos (es esencia Queen, quizá, o del Morse de los Testimony, por ejemplo), por tendencia musical en que lo encuadremos, en una fiesta de tintes apoteósicos. En la misma “Me va a faltar el aire” existe lo arrebatador junto a lo patético, lo épico junto a lo lírico. En "Perder el norte” observamos elementos de muy diversa fuente: me recuerda a Neil Morse en la parte progresiva o a Dream Theater directamente, pero sin duda Queen también opera en su sustrato, como existe algún pasaje que lleva a mi cerebro a emparentarlo con Vetusta Morla o a Topo. Bueno, creo que el rock urbano de Topo y de Asfalto (no podía ser de otro modo) también está muy presente a lo largo de todo el disco en mayor o menor medida, como los matices baronescos (de Barón Rojo, dicho sea con perdón, que podría subrayar). Quizá cuando se componen estos temas, estas influencias latentes no sean del todo conscientes. O sí: en realidad, a veces uno se apresura a ver en los discos de DR un centón musical urdido con maestría.

Tampoco es mi intención desmantelar el disco ni hacer una crítica cominera, pero en esa primera canción se sintetiza un poco el camino recorrido por la banda: el tono épico y coral, con una orquestación selvática de instrumentos muy variados en donde los punteos de guitarra dejan escuchar sus rugidos entre la fronda cada poco, o cada muy poco para ser precisos.

Ese mismo tono triunfal o heroico se percibe en los ritmos elegidos para “Fundido a negro”, que es precisamente una canción antiheroica por lo que a su letra se refiere. Todo es premeditado, claro, y el resultado es sorprendentemente bueno. Piano, violines, coros celestiales de fondo, alardes vocales (muy típicos también en DR, con esa vehemencia que, con coraje, Ángel imprime de forma desgarrada) que elevan al cielo sus quejas, incluso hasta el final delirante funcionan en una misma dirección. Un tema muy nórdico en su composición, lleno de marcial epicidad musical no exenta de tonos patéticos de tragedia griega. Un gran tema.





A ritmo de rock-blues (algo Van Halen, también) marcha “Rómpelo” con una elegancia compositiva (vientos incluidos) colosal. Es un tema protesta progresivo encantador en el que uno comprende la versatilidad de esta enorme banda que sabe moverse en la cuerda floja de cada canción con una soltura y disciplina incomparables. Es memorable que todo ese potaje (permitídmelo: cambiad lo de potaje por macedonia, si queréis) rítmico y desmelenado fluya con ese desparpajo (el sombrero, por cierto, lleva ya destocado un buen rato). Tema informal, coreable, muy irónico y con mensaje, como casi siempre. Lo he hecho pedazos varias veces.

La balada “Me va a faltar el aire” tiene un no sé qué que queda balbuciendo, que diría san Juan de la Cruz. Tiene un algo (un algo voluminoso) de indescifrable o indescriptible que es el algo que atesoran los temas clásicos, ese algo que los hace únicos, y por lo tanto hemos de archivarlos en la carpeta de lo inefable (¿os acordáis cómo terminaba el Tractatus de Wittgenstein: "de lo que no se puede hablar, es mejor callarse"; pues eso). Podría destripar sus características, pero ir con esta canción de Jack the Ripper me parece que es faltar a la elegancia que se le supone a quien debe guardar respeto y veneración por lo que ama. A mí esta canción me dejó obnubilado desde la primera escucha (desde que se quitó la ropa a las primeras de cambio la amé para siempre (a lo Juan Ramón): es que estaba muy buena, entendedme). Cuando la había escuchado por décima vez consecutiva, aún me salía jugo del lagrimal. Y hasta ahí puedo leer. Escuchadla, dejaos llevar por ella y, si es posible, hacedlo a través de ese vídeo memorable (y entrañable) que han grabado a su mayor gloria. Decididamente, si DR se lo proponen, pueden herirte por lo sensible y hacerte olvidar que no eres eterno: uno sale de esta canción algo destrozado y se siente como una salchicha pinchada en un tenedor, pero mola.





Pero la fiesta debe continuar, y “Me ponen a cien”, de ritmo discotequero seten-ochentero, nos conduce por cauces muy distintos. La canción es crítica, pero desenfadada y festiva, con su parte con vistas paradisíacas, con pasajes lentos a los Chris Rea, donde los teclados imponen su díscolo criterio. Sí, yo diría que es una canción con vistas al mar y con una fuerte dosis de ironía (siempre tan viva y fina en DR).

“Camino” tiene también una letra currada con lejanas reminiscencias machadianas, con ritmos más oscuros que alternan con otros vivarachos (es una constante: ni sí ni no, sino todo lo contrario: cadencias que incomodan, que marean incluso, que te llevan de un lado para otro, que juegan a la pelota con tu mente; solo tienes que dejarte llevar porque son ellos los que te marcarán el ritmo de su baile, de vuestro baile). Curiosamente, no me recuerda ni a la peli de Javier Fesser ni al libro de Escrivá de Balaguer (es bromita). Me gusta.

“Al otro lado” transcurre en su inicio por parajes sureños y negratas (bien reconocibles sobre todo en su inicio), y vale para beberse despaciosamente un whisky arrinconado uno en la penumbra de un pub perdido mientras olvida algunas penas. También para bailar lentamente mientras ella apoya su cabeza en el hombro de él… hasta que el ritmo cambia... y vuelve para enmarañarlo todo: los dejes a lo Sabina y coros a lo Pink Floyd junto a ese punteo final la enmarcan en un halo trascendente (o algo así). Me encanta este tema.

“Cautivos” corre a lomos de los acordes de un western banjo sureño o guitarra acústica a imitación, también muy bailable (esta vez sueltos). Canción lenta de nuevo, algo country a lo Alan Jackson (por ejemplo) que emparenta en cierta medida con la anterior por su tono.

El disco sigue con “Peán”, un rock elegante, clásico (con tintes ochenteros), rico en cambios de ritmo continuos, como está mandado cuando hablamos de DR; un canto de victoria, orquestal, en donde se pone en tela de juicio el afán por el enfrentamiento: ¿vencer? ¿ganar? ¿para qué todo esto? Una especie de canto catártico en pos de la libertad.

Y se cierra el disco con el tema "Con la música a otra parte", décimo corte del mismo, con dejes topoasfalteros, un tema algo más sencillo, no tan recargado, pero atractivo, lleno de fuerza y con una parte instrumental que nos hace saltar de árbol en árbol. Inmejorable broche.

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En general, Dry River sigue con este disco una línea continuista (progresiva, barroca y épica) con los anteriores El circo de la Tierra (crítica) y Quien tenga algo que decir... que calle para siempre (crítica), si bien incorporan nuevos ritmos que beben en tendencias que anteriormente se habían desestimado. La calidad en la producción es brutalísima. Riqueza musical desbordante en un disco plagado de grandes temas. Así que no nos queda más que felicitar al grupo. ¡Mil gracias! A Carlos, a Pedro, a Martí, a David, a Matías y a Ángel!

¡Qué felices nos haría que gente como Dry River triunfase dentro del panorama musical hispano! ¿Qué les falta? Sí, ya lo sé, es la pregunta de un loco, de un inconsciente. En cualquier caso, los que nos apartamos en los gustos del meanstream o tendencia general que aúpan en las listas al reggaeton y cosas de similar ralea, seguiremos apoyando y gozando de grupos que, como Dry River, sostienen con calidad la vigencia del buen rock para darle una más larga vida. 2038 cierra, de momento, una trilogía experimental con la que el grupo ha salido airoso demostrando que puede plantearse cualquier reto musical: ante ellos todos los horizontes están abiertos y preparados para ser conquistados (al oído: no deis paz a la ilusión y que no os falte el aire).
ÁCS

Lista de temas:

1. Perder el Norte
2. Fundido a negro
3. Rómpelo
4. Me va a faltar el aire
5. Me pone a cien
6. Camino
7. Al otro lado
8. Cautivos
9. Peán
10. Con la música a otra parte

Formación:

Carlos Álvarez - Guitarra, teclado y coros
Ángel Belinchón - voz
Pedro Corral - batería
Martí Bellmunt - teclados y coros
David Mascaró - bajo y coros
Matías Orero - guitarra y coros

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