jueves, 2 de julio de 2015

Crítica de la película "La ruta del tabaco" (John Ford, 1941)


Möbius el Crononauta



En los dos años previos a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial John Ford rodó algunas de las mejores películas de su carrera. Con La diligencia el director por excelencia de Hollywood alcanzaba una maestría reservada sólo a los más grandes. Su estilo había alcanzado su momento álgido, y a partir de entonces lo fue dejando macerar poco a poco, enriqueciéndolo con un talento que sólo la experiencia de los años podía otorgarle. A ese gran clásico del cine siguieron otras grandes películas como El joven Lincoln, Las uvas de la ira o ¡Qué verde era mi valle! Mantener un nivel de calidad semejante era casi imposible, con lo que no resulta extraño que en 1941 Ford rodara una extraña cinta, en parte olvidada, pero que sin embargo resulta interesante a pesar de ser algo irregular comparada con otros títulos del director de Maine.




La ruta del tabaco representa uno de los escasos escarceos de Ford con la comedia pura y dura. En esta ocasión el director adaptó una exitosa obra de Broadway basada en una novela de Erskine Caldwell que centraba su historia en una familia de granjeros de Georgia venida a menos. Del guión se encargó Nunnally Johnson, que ya había trabajado con Ford en Las uvas de la ira. De hecho la película también se centra en la historia de una familia durante la Gran Depresión, aunque en clave de comedia. La ruta del tabaco podría considerarse como una parodia de la adaptación de Ford de la famosa obra de Steinbeck.




Esta atípica comedia no parece contar con muchos admiradores ni con el beneplácito de los críticos. En el mismo entorno de Ford la película era considerada como un subproducto. El mismo Nunnally Johnson no dudó en calificar La ruta del tabaco como un "fiasco", y para Mary Ford, la mujer del director, era la peor película de su marido.

Personalmente yo no sería tan negativo. Tenemos a un magnífico personaje protagonista, Jeeter Lester, magistralmente interpretado por Charley Grapewin, el tío Henry de El mago de Oz. Gran parte del mérito del film se lo debemos a él. También tenemos a un divertido Ward Bond interpretando a un bruto paleto, y a una jovencita Gene Tierney desprovista de su habitual glamour pero desprendiendo un tremendo sex appeal por todos los costados de su cuerpo. Ni con un vestido que parece un saco de patatas y una cara sucia estaba fea esta mujer. Con una vocecilla angelical y un sensual juego de piernas Tierney consigue liar a Ward Bond (¿cómo resistirse a una visión semejante?) y en un momento de despiste toda la hambrienta familia cae sobre él para robarle una bolsa de nabos. Quizás no sea de lo mejor que ha rodado Ford, pero Gene Tierney le deja a uno noqueado.




Entre escenas de puro slapstick, himnos religiosos y humor gamberro encontramos al mejor Ford en los momentos más dramáticos del film, especialmente cuando Jeeter y su mujer abandonan su hogar, y les vemos vagar en el atardecer por campos y bosques, mientras caen las hojas, en unos planos excelentemente fotografiados por Arthur C. Miller (¡no confundir con el escritor!).

Sin embargo, por otro lado tenemos a personajes algo irritantes como el del joven Dude, que se pasa gritando casi toda la película, y gags algo tontos, con escenas como la del hotel que no aportan demasiado. De todas formas estamos hablando de alguien de la talla de John Ford, con lo que es mejor rescatar del estante La ruta del tabaco antes que ir al cine a ver alguna tonta comedia de la cartelera. Aunque no se considere uno de sus mejores trabajos, difícilmente podía destacar habiendo sido rodado entre clásicos como Hombres intrépidos y ¡Qué verde era mi valle! ¿Cuántos directores hoy en día son capaces de algo así? En fin, ¡hasta John Ford tenía que bajar la guardia de vez en cuando! Así que ya saben, si están cansados del tráfico y el caos de la ciudad y del cine prefabricado, tomen una dosis de humor rural por cortesía de Ford y La ruta del tabaco.

©Möbius el Crononauta

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