ZEPPELIN ROCK: Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (10): El cementerio nuevo

domingo, 19 de enero de 2014

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (10): El cementerio nuevo



El cementerio nuevo

TAMPOCO los muertos soportan la soledad.

El pueblo había crecido en extensión a partir de los años 70, cuando el éxodo hacia las ciudades cesó debido a un aumento progresivo del precio de determinados productos agrícolas autóctonos, lo que provocó incluso el regreso a la azada y a la tierra de muchos incipientes urbanitas, peones de fábrica en su mayor parte.


El cementerio era pequeño y siempre había podido verse algo separado del casco urbano, con sus paredes de tapia, sus cipreses centenarios y sus tumbas de tierra sin nombre. Ahora, con el crecimiento del pueblo en extensión, había quedado, en apenas una década, en el centro de esa zona nueva, rodeado de casas recientes de hermosos jardines, pequeñas naves industriales y almacenes agrícolas.

Por estética, pero también porque se había quedado pequeño, el consistorio decidió su clausura y derribo, para construir en su lugar un parque. Así se hizo, al mismo tiempo que se compraron unos terrenos más alejados donde levantar el nuevo cementerio. Se allanaron y despojaron de matojos dos hectáreas de erial y ejido. Luego se tapiaron. En una de las paredes laterales se decidió que irían los nichos; unos treinta o cuarenta. Frente a ellos se cavaron y fabricaron de hormigón unas cuantas fosas. Los nichos recién fabricados abrían sus bocas cuadradas al aire del nuevo recinto, en espera de recibir a sus primeros habitantes, a los nuevos difuntos que inauguraran la estancia aún vacía, pero ávida de cuerpos.

Un desafortunado accidente de coche fue el que te llevó, amigo Javier Ventura, a ser el primero en ser arrojado a una de aquellas fosas. Eras un poco alocado al volante, pero nunca se es lo suficiente para que los que te queríamos calibrásemos que merecieras ese castigo fatal e injusto. Tú tan joven, Javier Ventura, y ya sin tu Ana. Después de que depositáramos tu cadáver en el aquel hueco infausto de sombra, lloramos viendo al sepulturero colocar unos ladrillos. Allí te dejamos, viejo. Sobre tu tumba, en una lápida provisional aún sin nombre sólo quedaron pétalos de rosas que el viento inmisericorde barrió al poco de irnos; también algunas lágrimas que tardaron apenas un instante en secarse. Allí te dejamos, Javier Ventura; solo, solico más que la una en el cementerios nuevo.

Cuando Ana regresó a casa -nos contó-, con su pena a cuestas y la imagen fría de tu cuerpo aún en la retina, te encontró llorando sobre la cama, como un niño enrabietado y muerto de miedo, cacareando algunas blasfemias temblonas que apenas salían atropelladamente de tu boca.

ÁCS

2 comentarios:

  1. Hola, Ángel.

    ¡Qué bueno, Angelín! Creo que es el más largo que te he leído y, como pegas no le puedo poner, te diré que me parece una gran historia.
    Anda que no has contado cosas. Cosas que tienen que ver con el progreso, con el abandono de los pueblos para ir a las ciudades... con el retorno a los pueblos de tantas personas.
    Y el final, es lo que más me gusta. Ese pobre muerto que se sentía solo en un cementerio nuevo. Guau, es fantástico, intento imaginármelo cacareando blasfemias temblonas y me da frío.

    Un besabrazo.

    ResponderEliminar
  2. Sí, Tow, este se me salió un poco de madre, pero creo que sigue siendo micro (no conozco el reglamente bien, jaja). En fin, gracias por tus siempre cálidas palabras, con ellas se siente uno en casa. Besabrazo que comparto.

    ResponderEliminar