[Aclaración previa:
El siguiente texto pertenece a un trabajo terminado de redactar en Madrid el 15 de enero de 1989. Constituyó un trabajo de 2º de Filología Hispánica para la asignatura Literatura Comparada impartida por Francisco Caudet Roca durante el curso 1988-1989. Hasta ahora ha permanecido inédito.
La cita del mismo ha de hacerse de forma correcta en APA 7: Carrasco Sotos, Á. (2026). El dinero en cinco novelas realistas del siglo XIX [Manuscrito en línea]. Zeppelin Rock. https://www.zeppelinrockon.com/2026/08/articulo-el-dinero-en-cinco-novelas.html.
© Ángel Carrasco Sotos
TEXTOS DE APOYO
MANIFIESTO COMUNISTA. Ed. Ayuso. Madrid 1981
HISTORIA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO. Antonio Fernández. Ed. Vicens Vives.
HISTORIA ECONÓMICA Y SOCIAL DEL MUNDO. Tomo 4. Pierre Leon. Ed. Encuentro.
OTROS TEXTOS LITERARIOS:
Artículos de costumbre. Larra. Ed. Cátedra.
El jugador. Dostoievski. Ed. Salvat.
EDICIONES DE LAS OBRAS TRATADAS EN EL TRABAJO:
LA PIEL DE ZAPA. Honoré de Balzac. Ed. Edaf. Madrid 1981
MADAME BOVARY. Gustave Flaubert. Ed. Planeta. Barcelona 1982
LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL. Gustave Flaubert. Ed. Alianza Editorial. Madrid 1987
EL PRIMO BASILIO. Eça de Queiroz. Ed. Planeta. Barcelona 1981
EL DOCTOR CENTENO. Benito Pérez Galdós. Ed. Alianza Editorial. Madrid 1985
Í N D I C E
Preámbulo
El poder del dinero
Gastos
Deudas y embargos
Búsqueda de soluciones
Pobreza y caridad
Herencia y dotes
El dinero y la anécdota
Las novelas realistas son de por sí novelas históricas. El dato es un hecho, y partiendo de él podemos reconstruir parte de la historia del siglo XIX que no está en las enciclopedias. En efecto, los libros de los grandes economistas, de los grandes políticos y pensadores que surgen en esta época no nos sirven sino de mero apoyo para reconstruir la historia decimonónica. Si el autor realista, como es cierto, intenta fotografiar la realidad para mostrárnosla lo más pura y objetiva posible, si como nos revela Stendhal la novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino, la novela realista es un documento histórico y, a la vez, literario.
Es muy difícil, sin embargo, adoptar el término "realismo" para un uso literario por muy depurador o por muy fotógrafo que pretenda ser el escritor. Esto es porque el escritor en sí es un punto de vista y, además, está condicionado en cuanto trabaja para una empresa cuya vida depende del nivel de aceptación que esa obra tenga en el público.
Pese a todo intento crítico en este sentido hemos de reconocer que el escritor realista salta ampliamente el elemento de la verosimilitud que pudiera tener la novela picaresca, e intenta centrarse en lo real, en lo que se le ofrece a los ojos. El autor ahora se documenta, graba en su mente la frase coloquial, el discurso del erudito, la noticia del periódico, etc., lo que hace de este género un género nuevo a todas luces.
He presentado la novela realista como documento histórico, y he querido partir de esta premisa para conferirle una significación. Sin embargo, habrá que ir más allá para no confundirla con unos simples anales o un simple libro de historia narrada. Lo que las diferencia es un hecho claramente perceptible: lo que interesa en nuestras novelas es el individuo, su visión del evento y no el simple hecho en sí, o sea, son novelas intrahistóricas. Cuando en una obra como La educación sentimental, Flaubert nos muestra los levantamientos del 48, quizá no le interese tanto darnos cuenta del dato como de ofrecernos las visiones que puedan tener de este un Frédéric, un Senecal o un Dambreuse, y, sobre todo, de mostrarnos cómo discurre la historia por debajo de lo que hace historia, o sea de ofrecernos algún hecho a la larga irrelevante, un sentimiento efímero, es decir, de mostrarnos, en definitiva, ese río que corre por la historia, imperceptible para el historiador y que solo el novelista capta.
Nuestros novelistas del XIX, aunque muchas veces acoten las novelas con unas situaciones determinadas y elijan unos personajes (que suelen pertenecer casi siempre al ámbito burgués), les es imposible, no obstante, borrar de una fotografía, que es lo que pretende ser la novela realista, personajes del mundo "real", de los cuales muchas veces solo aparecen como imagen borrosa, si bien esas pequeñas pinceladas nos descubren los rasgos relevantes de estos, que son los que los configuran como individuos y como tipos.
Discurren, así, por las novelas realistas personajes de toda índole y condición social. Estos individuos, no obstante, solo lo son en cuanto a sus propias percepciones y para el lector actual se confunden como tales individuos quedando relegados a la categoría de clase. A parte de una ética personal y propia de cada personaje, el ojo divino del observador y del lector solo ve unos usos, unas costumbres, unos comportamientos, unas vestimentas, etc., que le revelan la clase social a la que pertenece tal o cual personaje. Hay, como vemos, unas distinciones claras que nos revelan una jerarquía sobre todo en cuanto al modo de vida. Sin duda hay buenos y malos modos de vida o, más bien, mejores o peores modos de vida en cuanto tratan mejor o peor al individuo, lo que viene determinado por su situación en uno u otro escalón de la escala social. Sin embargo, cada ego situado por debajo de otro es inconformista por naturaleza. El hombre de toda época no aspira a quedarse estancado en su condición (sobre todo si el estanque es más bien un vertedero): el aprendiz aspira a maestro, el pobre a rico, el oprimido a opresor, el trabajador a vivir sin trabajar y, en definitiva, se tiende a mejorar el nivel de vida, porque ello conlleva un modo de vida mejor. Sin duda, los ejemplos anteriormente citados son conmovedores, pero es así. La novela realista (excepto en algún caso aislado) nos revela una sociedad egoísta, individualista, y la conciencia de clase es necesariamente conciencia de individuo, definido este, o delineado, por las características de su clase, por unas relaciones sociales, por unas condiciones, o sea, por su modo de vida. En su artículo "La Sociedad", publicado en La revista española el 16 de enero de 1835, Larra escribe: "La sociedad es un fondo común donde todos acuden a sacar. El gran lazo que la sostiene es el egoísmo". Y más abajo nos la describe como "una reunión de víctimas y de verdugos", lo que no deja de tener relación con la oposición, hecha por Marx unos años después, opresores-oprimidos.
Con este preambulillo, no sé si muy explícito, donde quiero llegar es a que el hombre decimonónico lucha, utilizando cualquier medio que se le ofrece, para vivir mejor o para mantener su modo de vida: el pobre quiere vivir como el adinerado y el rico lucha por conservar su riqueza y todo lo que ello conlleva. Pero no por lo susodicho tenemos que imitar al doctor Hall y decir con él que "la población se divide solo en dos clases, los ricos y los pobres". La dificultad de censar y clasificar a las personas es evidente. ¿Con qué medida? ¿la calidad? ¿el nivel de vida? ¿la fortuna? ¿el ingreso? ¿la posición en el proceso de producción? Ningún criterio es reducible al otro en la mayoría de los casos. No obstante, y dejando de lado todo intento de estratificación social, un hecho se nos presenta claro en el devenir de la sociedad del siglo XIX: es la importancia del dinero y su lucha por conseguirlo; y otro hecho evidente: la consolidación de la burguesía como clase dominante pues es ella la que posee la riqueza. Oigamos las voces de Marx y Engels en su Manifiesto comunista y su opinión sobre la burguesía, pues no deja de ser relevante para la trayectoria del ejercicio:
Donde quiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales y idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero...
Demoledor, ¿no?, y, a la vez, descriptivo y mostrador, como la misma novela realista.
¡Ay, el dinero, siempre el dinero, y cuán poderoso caballero es! En el artículo anteriormente citado de Larra, este pretende introducir a un primo suyo en la sociedad y para ello, y como cosa previa, ha de proporcionarle "unos cuantos fraques y cadenas, pantalones colán y mi-colán, reloj, sortijas y media docena de onzas siempre en el bolsillo", pues son éstas "primeras virtudes en sociedad". En efecto, el dinero y la buena presencia son virtudes de la sociedad decimonónica, cosa que sustituye o, más bien, venía sustituyendo ya en los siglos precedentes, al honor del hidalgo medieval y también renacentista. Este, pese a ser en ocasiones pobre, le sobra su título de hidalguía para ser virtuoso. Un elemento, entonces, nuevo o consolidado: el dinero. El dinero marca las pautas de conducta, obliga a unos determinados comportamientos y modos de vida a cada individuo del XIX. "Aquel que intente saltarse la regla, aquel que quiera sobrepasar las limitaciones de su clase, aquel que sin tener dinero adopte formas de vida de gente adinerada... perecerá sin remedio". Este parece ser el axioma de la novela realista. Tanto Emma Bovary, como Juliana, la criada exaltada de la novela de Eça de Queiroz, cada una desde su posición, desde su clase, intentan adoptar formas de vida que no corresponden a su situación económica; y ¿qué hay de ellas? ¿cuál es su final?: la muerte irremisible. Es justo, no obstante, señalar que puede haber otras causas, pero subrayemos la citada: si Emma hubiera podido pagar esas deudas (o permitirse esos lujos), o si Juliana hubiese conseguido "su dinero", otro gallo nos cantara, pero... sin dinero hay que subyugarse a una condición que impone una serie de reglas, de pautas. Luisa, incluso, si hubiese tenido dinero para pagar a la chantajista Juliana, la historia quizá habría terminado felizmente: Jorge no se hubiera enterado de nada y Luisa hubiese guardado su secreto bajo llave, junto a las cartas de Basilio.
No es este último caso el que nos interesa por ahora, sino todo aquel que nos revela, vuelvo a reiterarlo, que el dinero condiciona, si no todo, sí un modo de vida. Pero démosle un repaso a las novelas y certifiquémoslo. En La piel de zapa, Rafael, el protagonista, apuesta con Rastignac en el casino el dinero escaso que posee. Ganan mucho dinero. Resultado: se da a la buena vida. Oigamos las palabras del mismo Rafael:
Al día siguiente compré muebles, alquilé el piso en que me conociste [recordemos que le está contando su vida a Emilio], en la calle Taitbout, y encargué al mejor tapicero que lo decoraba. Tuve caballos. Me lancé en un torbellino de placeres, frívolos y reales a la vez. Jugaba ganando y perdiendo alternativamente sumas enormes, pero en los bailes, entre amigos, nunca en las casa de juego...
Otro ejemplo. Frédéric, protagonista de La educación sentimental, hereda la fortuna de su tío Barthélemi. Entonces, vuelve a París y, como enriquecido, cambia su modesto traje por ropa lujosa: "se dirigió al célebre Pomadère, al que encargó tres pantalones, dos fraques, una pelliza de piel y cinco chalecos; fue luego al zapatero, al camisero y al sombrerero, apremiándoles a todos". Y al final del episodio, tras haber estado en un baile, Flaubert nos dice sobre él que "otra sed se le había despertado: la de las mujeres, la del lujo y la de todo lo que en sí lleva la existencia parisina". Y otro ejemplo más, ahora de una novela de Galdós, El doctor Centeno: el "hidalgo" Miquis recibe de su tía una cuantiosa cantidad de dinero y su modo de vida cambia. Eso es, la obtención de dinero, una vez más, supone un nuevo modo de vida en la novelística realista. Nuestro Miquis, ahora con dinero en el bolsillo, alquila inmediatamente un coche, comerá luego en una fonda, cambiará de ropa y en su horario se producirá un vuelco pues llegará ahora a las tantas de la noche a la casa donde se hospeda, no sin antes haber pasado una dura jornada gastando, o más bien, malgastando dinero en vicios que antes no tenía o que no le permitía tener la condición económica en que se encontraba.
Pero no es este el único aspecto del dinero que pretendo tratar. El tema del dinero fluye por la novela realista actuando como condicionante de situaciones habidas y por haber, y es, en definitiva, uno de los protagonistas, de forma subyacente, y un personaje más de cada novela. Porque nuestros héroes realistas gastan mucho. Los gastos conllevan muchas veces deudas y hasta quiebras. Las deudas pueden derivar en el embargo. Pero para salvar este se recurrirá a ventas, préstamos e incluso al juego. Todos estos temas y algún otro son los que me propongo ampliar en el este trabajo, teniendo como únicos libros de apoyo las novelas de Flaubert, Balzac, Eça y Galdós relacionadas al inicio y comentadas en clase. Me he permitido dividir el trabajo por temas o apartados y he intentado encontrar las máximas relaciones posibles existentes en estas novelas, que si bien pertenecen a un mismo siglo y a un mismo tipo de novela, la realista, no dejan de diferir en algunos aspectos al tratarse de distintos autores con diferente nacionalidad, y, por tanto, insertos (ellos y lo que retratan) en unas condiciones distintas. No obstante, espero que el fruto no sea muy amargo.
EL PODER DEL DINERO
No tenemos que olvidar que nos encontramos en la era del gran capitalismo. A grandes rasgos la podríamos resumir de la siguiente forma:
- Se produce un aumento de la producción en la industria.
- Aumentan las inversiones de capitales.
- Se forma un mercado mundial.
- Por otro lado, esta fase de crecimiento se apoya en la abundancia de metales preciosos. El comercio mundial necesita instrumentos de cambio y las monedas se apoyan fundamentalmente en el oro. Entre 1800 y 1850 el stock de oro se multiplica por 22.
- No solo aumenta la circulación de moneda, sino también la de los instrumentos financieros de la revolución industrial; créditos bancarios, acciones de sociedades anónimas, seguros. En la Bolsa de París se negocian valores en 1830 por un monto de 4850 millones de francos, en 1900 se alcanzan los 87 000 mill.
- La empresa capitalista experimenta un crecimiento gigantesco.
- Las empresas tienen cada vez un número mayor de accionistas y necesitan disponer de un capital más elevado.
- Surgen también las asociaciones de empresas.
- Se produce así también, y como consecuencia de ello, un progreso de las comunicaciones y numerosas innovaciones tecnológicas.
Hay que tomar, por tanto, un punto de partida: el poder del dinero. Ya he señalado lo que tiene de importante el dinero en la novela realista, o sea, su posesión conlleva un modo de vida según la cantidad que de él se tenga. Es por esto por lo que el dinero impone las leyes, o, más bien, sus leyes. Hay una conciencia colectiva de ello, y es desde el mismo órgano de Gobierno desde donde se imparten las clases, que embaucan al pueblo en una misma mentalidad. El Antiguo Régimen francés imponía como derecho a voto el tener que pagar como mínimo 200 francos de impuestos directos, con lo cual el poder quedaba relegado a unos pocos ricos, unos 200 000, cuando en realidad había unos ocho millones de hombres en edad electoral. Esto produjo, a partir de 1840, una serie de revueltas y protestas que llegaron a ser constantes en París cuando en sus calles, como bien nos informa Flaubert en su libro La educación sentimental, se formaban "agrupamientos tumultuosos". No es esto último lo que nos interesa; solo que el dinero tiene poder político y todo lo que ello significa. En La piel de zapa, novela publicada en 1831, Rafael es informado de una herencia inesperada. Taillefer, un asistente a la fiesta, al oír esto, clama:
¡Señores, bebamos al poder del oro! El señor Valentín, hoy seis veces millonario, acaba de ascender al trono. Es rey, lo puede todo, está por encima de todo, como sucede a todos los ricos. En lo sucesivo "la igualdad ante la ley", consignada al frente de la Constitución, será un mito para él. No estará sometido a las leyes, sino que las leyes se le someterán. ¡No hay cadalsos ni verdugos para los millonarios!
Pero, como vemos, no es solo un simple poder político sino que es algo más pues es la política la que se somete al dinero, o sea, este está por encima de ella. Ya lo he dicho: impone sus leyes.
Otro poder podríamos denominarlo "poder popular". Para tener una influencia sobre el pueblo en cuanto a política y demás es necesario, o, más bien, existe un medio que es el de editar un periódico. Pero este es un medio condicionado también por el dinero. Deslauriers, el íntimo de Frédéric en la La educación sentimental, ha soñado siempre con sacar a la calle un periódico para combatir el régimen y la "injusticia social" porque ya estaba harto, dice, "de Constituciones, de Cartas, de sutilezas, de mentiras", y alega: "¡Ah, cómo os sacudiría yo todo eso si tuviera un periódico o una tribuna! Pero hace falta dinero para emprender cualquier cosa".
Sí, para emprender cualquier cosa hace falta dinero, y no solo para eso; para favorecerse uno mismo, para emprender una vida virtuosa acorde con la conciencia de la época, hay que rodearse de riqueza y de gente rica. En la novela citada anteriormente, Deslauriers aconseja a Frédéric tener relaciones con el rico banquero Dambreuse, y añade: "Nada tan útil como frecuentar una casa rica (...) Tienes que caer en ese medio". Deslauriers, pese a ser hijo de un excapitán de infantería fracasado y haber sufrido una vida penosa, no desea pertenecer al conjunto de los oprimidos. Él aspira a la cumbre, a tener poder y por tanto a ser rico, pues es solo la riqueza la que puede proporcionarle el codiciado poder. Flaubert lo dice así explícitamente: "Deslauriers ambicionaba la riqueza como una forma de poder sobre los hombres. Quería conmover a las muchedumbres, ser célebre, tener tres secretarios bajo sus órdenes y organizar cada semana un gran banquete político".
Pero ¿son estas las únicas facetas de poder que posee la riqueza? Evidentemente, a parte de un poder político, popular, etc., el dinero tiene otras virtudes. Una pequeña cantidad de él puede producir la felicidad de un muchacho; por ejemplo: en La piel de zapa, Rafael adolescente tuvo siempre el deseo de que su padre pusiera a su disposición algún dinero, cosa que éste no hizo hasta que su hijo tuvo 20 años y fue entonces cuando puso los primeros diez francos en sus manos. Ese poco dinero era para Rafael "un tesoro inmenso cuya posesión envidiada en vano me hacía soñar con inefables delicias".
El poder de convicción no queda fuera de nuestras novelas realistas. El dinero tiene un tremendo poder en este sentido, sobre todo si al que se ha de convencer es un individuo de clase social baja o simplemente alguien que esté necesitado de tal dinero. En La educación sentimental, Frédéric, en el capítulo II de la segunda parte, corre ansioso hacia la casa de la Mariscala pues quiere verla rápidamente. Al llegar a la casa "le abrió Delphine, y le dijo que la señora no estaba. Frédéric insistió, suplicó. Al fin el argumento de una moneda tuvo éxito y la criada le dejó solo en la antesala".
A Reinaldo, el libertino amigo de Basilio en la novela de Eça de Queiroz, tampoco se le escapa este poder de convicción del dinero, y dándole consejos a este para poder librarse de Luisa le dice: "Vete a su casa y dile que no tienes más remedio que marcharte; que si tus negocios, que si el caucho... En fin, lo que sea." Y añade: "Le metes unos billetes en la mano ¡y listo!". Brutal este Reinaldo, ¿qué se le va a hacer...?
Pero este último poder del que he hablado es un poder doméstico, de andar por casa, en comparación con el político, aunque se den en diferentes campos. El poder político será, sin duda, más importante. Claro, que eso también depende del punto de vista, pues si se trata de amantes como Emma Bovary o Luisa, el dinero puede tener otros fines. Por ejemplo, el marido de esta última ha de marchar fuera para unos negocios de minas. Luisa entonces piensa que
quizá se trajera algunos cientos de miles de reis, con lo que podrían disfrutar sobradamente de la dulzura del mes de septiembre; podrían hacer un viaje al norte, ir a Bucaco, subir a los montes y beber el agua fresca de las rocas, bajo la espesura húmeda del follaje; irían a Espinho, y por aquellas playas se sentarían en la arena, a pleno aire y contemplarían el mar azul...
Es cuestión de tener un espíritu romántico y soñar con paisajes idílicos, como vemos, solo alcanzables a través del vil metal. La misma criada de esta novela, Juliana, no piensa tampoco en alcanzar poder político. Ella, año a año, céntimo a céntimo, va ahorrando algún dinerillo pues "desde niña, toda su ambición había sido tener algún negocito: un estanco, una mercería, una tiendecita de quincallería, en fin, disponer, gobernar, ser patrona..."
Otros, sin embargo, como Valentín de La piel de zapa ven en el dinero y en su poder el motivo de su existencia, la cual queda subyugada al primero. El hecho de obtener dinero y poder confieren al individuo, en ocasiones, una personalidad nueva, un orgullo que deriva en soberbia libertina. Rafael Valentín descubre como reales las propiedades de la piel de zapa y entonces clama con alegría y vanidad:
Soy rico, poseo todas las virtudes, no habrá nada que se me resista. ¿Quién no ha de ser bueno cuando lo puede todo? ¡Eh! ¡Eh! ¡Ohé! He deseado doscientas mil libras de renta y las tendré. ¡Saludadme, cerdos que os revolcáis en estas alfombras como en el cieno! ¡Me pertenecéis! ¡Valiente propiedad! ¡Soy rico, puedo compraros a todos, hasta a ese diputado que ronca allí, en aquel extremo! ¡Ea, canallas de la alta sociedad, bendecidme!
El dinero y su poder. Para el mismo Miquis de la novela de Galdós "poseer dinero era para él como la razón del vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida: Carecer de ello se asemejaba a un árbol que tiene raíces, leña y hojas, pero nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno." Así, no es extraño que al oír su nombre este le haga cambiar el alma y el cuerpo: "Al oír esta última palabra [o sea, dinero], Alejandro se estremeció de íntimo placer. Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las entrañas".
El poder del dinero se vislumbra entre frase y frase, entre palabra y palabra, a través de cada hecho relevante o imperceptible, porque nos desenvolvemos en una época en la que el dinero es motivo de luchas y revueltas, es la época de los grandes capitales, del enriquecimiento de la burguesía y de la imposición de su mentalidad, es la época, en definitiva, del dinero y de su consolidación como fuente de riqueza y de poder. Galdós, en El doctor Centeno, lo define como "esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente". La carencia de este supone estar más unido a la muerte que a la vida, es como deslizarse constantemente por una hoja de afeitar, vivir agónicamente, es decir oprimido y condicionado. Frédéric es informado de que su madre está endeudada y un pensamiento inmediato, una frase espontánea, le recorre el cuerpo: "Arruinado, despojado, perdido", clama en su interior.
Hasta el amor muchas veces está condicionado por el dinero, o, si no, favorecido por él. Incluso en ese campo actúa. En los últimos capítulos de La educación sentimental Frédéric pretende atraerse con mimos amorosos a la Sra. Dambreuse, mujer del rico banquero. No siente por ella, sin embargo, "ese transporte de todo su ser" que le ocasionaba la presencia de la Sra. Arnoux, ni el "alegre desorden" que le empujaba hacia Rosanette, sino que él la deseaba "como una cosa anormal y difícil, porque ella era noble, porque ella era rica, porque..." No sigamos con la enumeración, ya hemos comprendido.
No siempre, de todos modos, los personajes pretenden el dinero por encima del amor. En algunas novelas surgen "almas buenas" que nos revelan el sentimiento de un amor profundo. Son el caso de Louise en La educación sentimental o Paulina en La Piel de zapa. Tampoco podemos descartar de este reducido conjunto a la Sra. Arnoux, el deseado amor de Frédéric a lo largo de toda la obra. Paseando un día hermoso los dos por París "en la calle Paix se paró ella ante la tienda de un joyero para mirar un brazalete; Frédéric quiso regalárselo. -No, -dijo ella- guarda tu dinero". Así como se nos muestra incomprable el amor, habríamos de hablar por tanto del "poder del amor" por encima, como vemos, muchas veces del "poder del dinero", aunque quizá anden de la mano en este sentido por las novelas realistas.
GASTOS
¿Consumista? No sé si denominar así a esta sociedad, pues las compras que se realizan que van más allá del mero gasto alimenticio, o sea, objetos decorativos, vestimentas, etc., quedan relegadas a la burguesía y a la gente adinerada, pues es esta la única clase que puede permitirse el lujo del gasto y del derroche.
Los gastos son innumerables. Ya dije al principio del trabajo cuáles eran las virtudes de la nueva sociedad: el dinero y la buena presencia. Son virtudes que se encaminan muchas veces hacia el lujo. Los vestidos y trajes, los elementos decorativos de la casa o el hecho de asistir a teatros o alquilar simones, todo ello lleva consigo gastos, muchas veces inasequibles para algunos individuos que, como Emma Bovary, se confunden de clase social o de status e intentan adoptar modos de vida que, sin duda, están al margen de su condición económica y social, por lo que terminan siendo personas inadaptadas a un medio que impone unas de reglas de vida.
En los gastos, en las compras y en el no ahorrar está el placer. En el siglo XIX el hecho de tener dinero requiere gastarlo en todo aquello que pueda proporcionar placer pues es este el único que se busca (o, al menos, así nos lo muestra la novela realista). Eufrasia, una de las sirvientas, en el famoso banquete celebrado en La piel de zapa, dice: "Prefiero morir de placer que de enfermedad. No tengo ni la manía de la perpetuidad ni gran respeto por la especie humana, al ver cómo la trata Dios. ¡Dadme millones, y los comeré! No quiero guardar un céntimo para el año próximo".
Significa todo ello un afán por vivir la vida diariamente entre placeres, los cuales requieren, eso sí, el dinero y el gasto. Para unos, el placer es rodearse de finas telas o de objetos refinados que los eleve de categoría social. Por ejemplo, Madame Bovary tras haber pasado por la experiencia del baile en el castillo del marqués de Andervilliers y haber descubierto los refinamientos de la alta sociedad aspira a ser como ellos. Así, un día "vio Emma en Ruan unas señoras que llevaban en el reloj un manojo de chucherías, y en seguida comprose chucherías para el suyo. Quiso también sobre su chimenea dos grandes jarrones de vidrio azul, y poco después una nécessaire de marfil, con un dedal de plata sobredorada". Para otros, el placer se reduce al buen comer, que también lleva sus gastos. Al padre de Emma, Rouault, Flaubert lo fotografía de esta manera en este aspecto: "Iba siempre con las manos en los bolsillos y no ahorraba gastos a su persona, pues quería alimentarse, calentarse y vivir bien. Le gustaba la buena sidra, la pierna de carnero sangrante, los glorias batidos mucho tiempo". Miquis, el hidalgo galdosiano, prefiere entre otras cosas gastar su dinero en libros. Tras cobrar de su tía la preciosa cantidad "habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra tienda para comprar cosas que, a su parecer, necesitaba, y metiéndose en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían para nada".
Innumerables podrían ser las citas aducidas al respecto. Por las novelas transcurren gastadores natos como Emma, Frédéric, Rosanette, Valentín, etc. Pero no es el tema del simple gasto el que nos interesa. Hay que llegar hasta las últimas consecuencias, como lo hace la novela realista, y comprobaremos que el derrochar contrae graves problemas que pueden conducir al individuo a la pobreza y a otros males mayores. En Madame Bovary, Charles, al llegar a Yonville, no tiene clientela y se dedica a pensar en sus problemas: "la cuestión del dinero le tenía preocupado. Había gastado tanto en reparaciones en Tostes, y en vestidos para su esposa, y ahora en el camino, que toda la dote, algo más de tres mil escudos, se había evaporado en un par de años." En El primo Basilio, antes de una función teatral, nuestros personajes dialogan sobre la vida de los actores. El consejero Acacio alega: "a pesar de su sueldos, mueren casi todos en la miseria. Vicios, cenas, orgías, viajes".
Pero vayamos por partes. Por ahora hemos descubierto los gastos.
DEUDAS Y EMBARGOS
Las deudas aparecen cuando el gasto es excesivo, es decir, cuando el gasto supera al ingreso o cuando el gasto llega a tal extremo que hace desaparecer el capital acumulado ya sea por herencia o por otras razones, pues no todos ingresan. Es "digna" de mención en este apartado la figura del burgués decadente. Los gastos que efectúa este son gastos en cosas inútiles, quiero decir en objetos y placeres que no incrementan la riqueza. Por una regla de tres, tendremos el problema solucionado, es decir "no ingresar más gastar igual a deudas futuras". Prototipo de este señor es Frédéric quien, gastando y no ingresando, llega a quedarse sin dinero.
Las deudas, sin embargo, no siempre vienen de los gastos en objetos, vestimentas, etc. El ejemplo más claro que he encontrado es el de las deudas contraídas por la señora Moreau, la cual llega a esta situación a causa del dinero gastado en los estudios de su hijo Frédéric. Dice Flaubert de ella que incluso "se vio obligada a vender el coche..."
La deuda como vemos es sobre todo contraída o es fruto de un modo de vida desordenado no acorde con la situación económica que se tiene. Por eso no nos admiraremos de la cantidad de deudas que como un río de lágrimas inunda las novelas realistas, pues tal vida desordenada, libertina y hasta bohemia, es muchas veces incluso la finalidad de algunos protagonistas. Bástenos recordar la actuación de Frédéric, de Emma, ¿de Juliana?, de Rossanette, o del propio Valentín.
Pues bien, es tan importante la deuda en la novela realista que pocos son los personajes que en algún momento de su vida no la han sufrido en sus carnes. He encontrado hasta gracioso el texto de La educación sentimental donde Rossanette habla con Frédéric y aquella le cuenta cómo la Vatnaz había enviado un pagaré protestado desde hacía mucho tiempo y ella se había dirigido a casa de Arnoux para reclamarle ese dinero. Frédéric entonces se queja: "-Yo te lo hubiera pagado". La respuesta de Rossanette es reveladora: "Era más sencillo recuperar allí lo que es mío, para devolver a la otra sus mil francos". Lo cual nos descubre una parcela de la sociedad poco romántica, aunque sí real, y es que todo no iba a ser romanticismo, claro. Ese es el hallazgo verdadero de la novela realista, o sea, el de mostrarnos todos los planos del prisma.
Uno de los problemas que surgen con la deuda (problema, sobre todo, para el acreedor) es que no todos quieren o pueden pagarla. En la definición de deuda que pueda traer un diccionario del XIX no nos extrañaríamos de encontrar el adjetivo eterna. En el artículo de Larra que cité en las primeras páginas ("La sociedad"), donde se recordará el propio Larra pretende introducir a un primo suyo en la sociedad, este tras la experiencia de la relación social que tiene durante unos años saca algunas conclusiones; una de ellas es la que se puede deducir de la siguiente frase: "Ahora no presto ya hasta que no me paguen lo que me deben, es decir, que ya no prestaré jamás". En El doctor Centeno hay una cita con una relación directa. Felipe presta a Ido del Sagrario unos reales. Escuchemos la conversación: "-Gracias... ¿Estás rico? -Tal cual... He cobrado un pico que me debían" -Tú tienes suerte. En mi vida he podido cobrar nada de lo que me deben".
"¡Qué bonito! ¿No? Comprar, gastar, pedir prestado y luego, tras quedar endeudado, que pague Rita" podría pensar cualquier acreedor. Pero no todos son iguales; los hay, la mayoría, codiciosos y chupópteros, y nos sirve con recordar a Lheureux o todos los que aparecen al final de Madame Bovary exigiendo el cobro por sus servicios prestados a Emma: la señorita Lampeur por sus clases de piano, el alquilador de libros, la portadora de cartas, etc. Otros son acreedorcillos, almas buenas, como Frédéric o Miquis. (No puedo dejarme esta cita): Valentín sobre ellos opina que "es preciso saludarlos con afabilidad (...) Una deuda es un prodigio imaginativo que no comprenden".
Pero la deuda en sí no es un grave problema, todo es cuestión de saber dar largas, de ir firmando letras de cambio, etc. El problema es cuando llegan sus consecuencias, cuando el acreedor se desespera y utiliza métodos para cobrar que pueden desembocar en el embargo: Las deudas de la Bovary llegan a la zona prohibida, han traspasado el límite de lo permitido, y entonces el señor Lheureux actúa y lanza su primer ataque. La suma es tan grande que no podrá pagarla. "¿Y qué va a pasar ahora?", pregunta al acreedor, y este responde con lógica: "Oh, muy sencillo: el juicio ejecutivo, y luego el embargo... ¡Naderías!". No es nada de esto, lo de la "nadería" es ironía, es todo lo contrario. El embargo es lo último a lo que se puede llegar pues significa la aberración social y la ruina personal. Es el último eslabón de la cadena (gastos-deudas-embargo). Por ejemplo, Arnoux debe a un tal Vanmeory dieciocho mil francos y este le amenaza con el arma mortífera, con el embargo. En los últimos capítulos de El primo Basilio, el cirujano Julián dice tener ahora en sus manos un caso curioso, el de un hombre que se encuentra con una fiebre "tortuosa, compleja, con síntomas desorientadores y opuestos". ¿A qué se debe? Pues a que hacía unos meses tal hombre podría haberse arruinado, "declararse en quiebra total, en esa quiebra en que los acreedores son implacables... Y ya sabes: en seguida el embargo judicial y... per omnia saecula".
Dejo las citas a un lado. Ya hemos llegado a la situación crítica, donde el personaje involucrado se encuentra entre la espada y la pared y cierra los ojos para pedir a Dios la solución. Ante, o, más bien, bajo el peso de la ruina o del embargo cada uno adoptará una posición: unos morirán, otros pensarán seriamente en el suicidio, otros buscarán soluciones rápidas (como lo requiere el problema) con diversas suertes. Estas son las trampas del dinero, las trampas de la conciencia burguesa, esta es la condición enajenante en que se vive provocada por un ideal burgués, que lo arrastra todo, fundamentado en el dinero y, ¿cómo no?, también estos son los resultados, aterradores a simple vista.
Pero no lo demos todo por perdido, no matemos tan pronto a nuestros héroes, veamos cómo actúan ante la amenaza del embargo, del cual un embargador, Athanase Gautherot, opina que "nunca se levanta cabeza después de una cosa así".
BÚSQUEDA DE SOLUCIONES
El embargo supone la retención de unos bienes que pasan a manos de un juez competente y que más tarde pueden ser llevados a subasta pública. Podemos imaginarnos lo que esto significa para un burgués que haya andado siempre alardeando de tener una buena situación económica paseándose en lujoso traje por paseos y bulevares, subido en hermosos simones, asistido a teatros, celebrando fiestas, comido en restaurantes, etc. Por eso, el burgués metido en una situación así se sentirá borracho, solo en una fantasía que no comprende y que le descubre la materia de la realidad. La situación saca al personaje de su medio habitual, también de sus brumas románticas y le hace palpar la roca, morder el barro y comprender, quizá, la realidad cruda. Así, el personaje se precipita para buscar soluciones como antes se había precipitado en derrochar, solo que con la diferencia de que ahora camina por terreno diferente, el nuevo camino es de lodo.
- Préstamos: Si tienen sentido en una sociedad egoísta es por dos evidencias: a) porque existen personas que, como Frédéric o Miquis, encuentran la virtud en la necesidad; y b) porque existen casas de préstamo, prestamistas, llamémosles profesionales, como Torquemada en El doctor Centeno o como tía Victoria en El Primo Basilio, la cual, se dice, "prestaba dinero a los desempleados y guardaba el de los ahorrativos", o simplemente oportunistas como Lheureux, que más que prestar roban.
Asirse al préstamo, de todos modos, no tiene como motivo único el embargo. Las causas pueden ser diversas: salvar deudas (Arnoux), abrir un periódico (Deslauriers y Hussonet), sobrevivir (Ido del Sagrario), Rossanette, Charles Bovary, Madame Moreau), pagar un chantaje (Luisa), necesidad fingida (Cienfuegos), etc.
Los préstamos para librar un embargo los podemos considerar más bien limosnas. Y algunas peticiones de préstamos más que ello son prostituciones: recurrencia de Emma a Rodolphe cuando este ya la había abandonado, o a Binet Guillaumin, no escapándosenos tampoco la visita de Luisa a Castro para pedir dinero cuyo pago quedaría saldado con su cuerpo. Pero tales prostituciones nunca llegan a realizarse, y en este caso la moral se superpone al dinero, aunque las consecuencias puedan ser desastrosas, como lo son.
- Ventas: es otra de las soluciones para saldar deudas. La burguesía decadente, poco avisada, utiliza la riqueza heredada o contraída en dote para mantener su modo de vida, y por ello ha de estar constantemente vendiendo. Posesiones que pasan a manos de la otra burguesía, la ascendente, que, aunque no siempre utilizando métodos lícitos, llega en muchos de los casos a obtener grandes capitales. La Sra. Moreau, por ejemplo, ha de ceder su finca de Presles al Sr. Roque como pago de unas deudas. Frédéric vende también una finca heredada de su tío para hacerse con dinero. Y el colmo lo encontramos en La piel de zapa con don Valentín, que se encuentra viviendo entre letras y llega a vender la isla donde reposa el cadáver de su padre, la cual es su última posesión, para pagarlas.
Cuando no se poseen fincas ni propiedades, lo único vendible, por así decirlo, es "lo que se lleva puesto". La endeudada Bovary "para hacerse con dinero se puso a vender sus guantes viejos, sus viejos sombreros, viejos trabajos de hierro;". Y el mismo Charles, tras la muerte de Emma, atormentado por los acreedores "se vio obligado a vender su vajilla de plata pieza por pieza; luego vendió los muebles del salón. Todos los aposentos se fueron vaciando".
- El juego: Este, que en cierto modo es un lujo burgués, es para el arruinado la última esperanza de vida. Juan Jacobo Rousseau dirá: "Sí, concibo que un hombre vaya a jugar; pero en el caso extremo de no ver más que su último escudo entre él y la muerte". Y eso es lo que hace Rafael Valentín en La piel de zapa, apostar su última moneda de oro en el casino. La pierde, y ahora, navegante entre la vida y la muerte, sin saber distinguir entre una y otra, marioneta de la vida, deja que sus pies le arrastren hacia cualquier parte mientras su mente se debate en la idea del suicidio.
El juego en el casino puede llegar a convertirse en una droga. En este punto no puedo dejar de aludir a una novela publicada en 1866, El jugador, de Dostoievski. En ella, su protagonista, Alexei Ivánovich, sometido al juego, "supedita su vida al azar de la ruleta, a un juego que anula su voluntad y al que apuesta todas sus esperanzas todas, su amor, su futuro" (cita de Carlos Pujol de su prólogo a la edición de Salvat).
El juego como diversión aparece en La educación sentimental, en casa de madame Moreau; en Madame Bovary, en el castillo del marqués de Andervilliers donde Emma "oía el tintineo de los luises de oro que se vertían sobre el tapete"; en El primo Basilio, cuando se mienta que Basilio asistía a los casinos para pasar el tiempo; y en la misma La piel de zapa, el juego puede considerarse diversión en algunas situaciones, aunque no por ello deje de tener consecuencias a veces negativas. Una modalidad de juego aparece en El primo Basilio y en El doctor Centeno: la lotería; aunque en situaciones muy diferentes. En la primera, se usa por Luisa como un recurso por "necesidad" para poder pagar a Juliana. En la segunda, por pura diversión y a la vez con esperanza de "pillar algún bocado" a la madre de Pedro "le había entrado una pasión ardiente por la Lotería Nacional".
- Empeños: sobre todo lo he encontrado en El doctor Centeno, donde el arruinado Miquis encuentra en el empeño el único recurso para sobrevivir cuando solo posee sus ropas. Se menciona también en El primo Basilio: Luisa ha de pagar rápidamente a la criada. El texto reza: "No sabía cómo. ¿Qué le importaba? Lo pediría, trabajaría, empeñaría lo que fuese...".
Para el arruinado son los mencionados asideros muchas veces vanos e inútiles en una sociedad de egoísmos, donde solo se busca el ascenso social y el enriquecimiento personal, pasando la caridad a un segundo plano (sobre todo si se trata de prestar grandes cantidades de dinero). El dinero impone una nueva ética a causa del poder que adquiere en este siglo y todo lo que ello significa: un modo de vida, poder político, sin olvidarnos del status social.
POBREZA Y CARIDAD
La nueva disposición social conlleva una nueva situación social. La aparición de la industria favorece la masificación proletaria, que sujeta a unas condiciones precarias de trabajo y modo de vida se verá pronto empobrecida y maltratada. Se produce una incapacidad de las instituciones de caridad para paliar los efectos de esta desviación múltiple. Crisis también en el hospital del Antiguo Régimen que habitualmente recibía tanto la miseria como la enfermedad. Emile Laurent señalará: "La era industrial comienza, el pauperismo ha nacido", y E. Buret se unirá a tal opinión diciendo que "parecería que la industria multiplica a los hombres a su alrededor solo para destruirlos". Tenemos entonces a la industrialización como causa principal de la pobreza social y al proletariado como principal portador de esta pobreza.
La situación del proletariado es el fruto de una sociedad que solo vive por y para el dinero, y no es una opinión subjetiva cuando Marx y Engels afirman en el Manifiesto comunista que "la clase de los obreros modernos no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran solo si su trabajo incrementa el capital", quedando el proletariado relegado a la categoría de clase oprimida.
La miseria conduce a la mendicidad. Las novelas realistas son un poco discriminatorias al no mostrarnos en extensión esta estampa de la "baja sociedad" (al menos las estudiadas). Los ambientes suelen ser burgueses y nobles, pero, eso sí, en las pocas escenas en que aparece la figura del mendigo, este queda muy bien perfilado. Se les representa con sus instrumentos musicales en los lugares más inesperados, tendiendo su sucia mano al burgués y pidiendo "por amor de Dios", "per caritá". Sus ropas son harapos, sus rostros están sucios y abotagados (La piel de zapa, pág. 37), presentándose como deformaciones o heridas de la gran ciudad, como renglones torcidos de la nueva sociedad. Otras veces, se presentan sonrientes (La educación sentimental, pág 363) o con bello rostro (La educación sentimental, pág 425), pero con ropa siempre mugrienta y agujereada, lo que les hace ser objeto de pena a veces y otras de desprecio frente al orgullo del burgués con su traje limpio y su bigotito. Es quizá solo en El doctor Centeno donde se presenta una amplia visión del mendigo con Felipe y también Ido del Sagrario, el cual, al final, tiene que llegar a pedir limosna, si es que no lo son ya los préstamos que le hace Miquis. Los mendigos se presentan como las palomas de una plaza que vuelan ansiosas por coger las migajas tiradas por el burgués. Para llorar ¿no? Rafael Valentín los define como "terribles acreedores con quienes es forzoso llorar, y a los que, después de pagados, hay que socorrer todavía".
Frente a este problema, el burgués adopta dos posturas: la evasión o toma de conciencia. Esta última tengo que matizarla. Si tal toma de conciencia consiste en solucionar el problema con la caridad, señalo: a) La caridad en esta época es una virtud para el burgués; b) El hecho de dar limosna significa pertenecer a la clase de los adinerados; y c) Una conclusión: colijo, por tanto, que existe un orgullo detestable, que hay unos intereses de clase por parte del burgués, y que, en definitiva, no es esta la clave para solucionar el problema de la miseria.
No sin puntualizaciones, salvemos los casos de Emma Bovary, la cual "solía echar a los pobres todas las piezas de plata que llevaba en la bolsa"; salvemos a Frédéric, del cual se dice en un acto de caridad que "no era la vanidad la que le impulsaba a dar tal limosna" (nos revela Flaubert, sin embargo, que existe tal vanidad); y, también, salvemos a nuestro hidalgo galdosiano -y, ¿por qué no?, al Valentín de las primeras páginas.
En efecto, la caridad es una virtud del burgués: Frédéric en La educación sentimental nos confirma el dato. Él admiraba a la Sra. Arnoux por sus movimientos, su gesto, sus manos "que parecían hechas para derramar limosnas". Se organizan fiestas de caridad (La educación sentimental, pág. 221), reuniones de caridad (la Sra. Dambreuse se dice que presidía una de ellas en La educación sentimental, pág. 59), se habla también de "la caridad pública" cuando se trata de recoger huérfanos (La piel de zapa, pág. 100). Pero todo esto huele muchas veces a farsa de burgueses ingenuos. El hambre se vierte sobre los barrios bajos de la ciudad. El precio del pan sube a partir de 1830 hasta lo insospechado. Cito dos ejemplos: en La piel de zapa, unos mendigos piden a Valentín, literalmente, "para pan", y en La educación sentimental, Deslauriers clama: "¡Qué maldición ser hijo de un tabernero y perder la juventud en la lucha por el pan!"
Hay en varios personajes una "toma de conciencia" de la situación decadente de no solo los mendigos y la gente del hampa, sino también del trabajador. La dialéctica está en la calle y las resoluciones hipotéticas son dispares. Se discuten las ideas de Malthus y otros economistas. En la misma La educación sentimental surgen personajes que proponen soluciones y discuten sobre el tema, como era de esperar en una novela reflejo claro de la época (es para mí la mejor en muchos aspectos). Son personajes como Senecal, que al final muere enarbolando la bandera de su causa, y que proclama el socialismo y "la justa repartición de bienes", gritando "no queremos limosnas"; otros, como Hussonet, que defiende a Fourier sin mucha idea; Deslauriers, que prevé una nueva Revolución Francesa; Martinon, que pese a reconocer la existencia de la miseria la concibe como resultado de los vicios de "las clases bajas"; Frédéric, que, por su parte, pone su grano de arena defendiendo la caridad como solución a la pobreza, solución que suscribe el propio Dambreuse. El panorama que nos ofrece Flaubert es un baile macabro. Las opiniones se disuelven en su propia autonomía y superficialidad. Son como palabras que se lleva el viento y Flaubert, creo yo, es pesimista en cuanto a los intentos de remodelación social, criticando al socialismo y tratando en ocasiones a Senecal como a un pelele, no sin por ello dar realce al ideal burgués pues, como vemos, los propios burgueses quedan a ras de suelo tras la pluma del novelista.
HERENCIAS Y DOTES
La herencia funda la superioridad natural y ahonda la infranqueable diferencia con el hombre común. Se siguen heredando grandes fortunas procedentes de adquisiciones hechas en los siglos que preceden al XIX, con la diferencia en este siglo de que tales herencias no se van a perpetuar como venía ocurriendo hasta ahora en muchos de los casos. Los gastos de los que ya he hablado llevan, como hemos visto, incluso a la deuda. Las herencias se evaporan. Es curioso el dato que nos muestran los archivos del Registro francés según los cuales más de la mitad de los franceses que mueren en el siglo XIX y en la belle époque lo hacen sin nada que transmitir. Bástenos recordar en la herencia que recibe la pequeña Berthe, hija de los Bovary, o en lo que tarda en desaparecer la herencia del tío Barthélemi en manos de Frédéric.
En la novela realista, la herencia llega, a veces, cuando el personaje se encuentra en una mala situación económica, como son los casos de la herencia de Frédéric tras la muerte de su tío o la sobresaliente herencia de Valentín que le soluciona toda la vida. Otras veces, no llega, pese al esfuerzo por conseguirla, y es el caso de Juliana en El primo Basilio con doña Virginia que termina cediendo su fortuna a Jorge y ni un rei para la sufrida criada. Puede tratarse también pequeñas herencias, como el caso de la herencia materna de Deslauriers (que, pese a ser pequeña, no poco esfuerzo fue necesario para conseguirla), o la paterna de Valentín que se reduce a mil ciento doce francos.
En cuanto a las dotes, raras son las ocasiones en que un hombre busca la boda con una mujer si esta no posee una grandiosa. Es el amor que, de nuevo, se supedita al dinero. ¿Podríamos hablar de una sociedad sin amor? Al menos los datos apuntan hacia ese punto. Sabemos que, en la mayoría de los casos, solo se busca a una amante para llevarla a la cama, y las poesías y las frases hermosas del romántico terminan bajo las sábanas en cualquier "Paraíso" perdido. No se busca el amor. Se busca el placer o la dote. Habremos de salvar de la quema quizás al segundo matrimonio de Charles Bovary (no encaja en esta época, lo mismo que Charles, que es un personaje atemporal), pues el primero se había efectuado solo por la dote de Heloise, habiendo sido concertado previamente por sus padres. Y es que el padre de Charles se había casado por la dote (pág. 6) y no iba a permitir que su hijo se casara con una cualquiera.
Valentín dice que no concibe el amor en la miseria y, por eso, no llega a amar a Paulina. Cuando, al final del libro, esta, que ha amado a Rafael de verdad, hereda mucho dinero, se dirige con su buena dote a buscar el amor perdido pues sabe que ahora sí lo conseguirá. Si no hay dote, no hay boda; esta es la regla. Juliana, que cuidando a Virginia, tía de Jorge, aspira a heredar de ella, pronto hace castillos en el aire: "Un millón de reis era una buena dote.! Se podría casar, tendría marido!"
Frédéric, por muy generoso que sea, tampoco se anda con romanticismos cuando se trata de la boda: invierte en bolsa, esta baja y pierde sesenta mil francos, "lo que le obligaba a restringir los gastos, a establecerse profesionalmente o buscar una buena dote nupcial". ¡Ay!, bodas sin amor ¿en qué pararéis? Tras la muerte del señor Dambreuse, está a punto de casarse con la rica viuda y no precisamente por amor. Martinon quiere casarse con Cécile, sobrina de Dambreuse y este, para probarlo, por si solo la quería por el dinero, le asegura que su sobrina no tiene dote alguna. Martinon, quizá otra de las almas buenas de nuestras novelas, se casa con Cécile a pesar de la información.
En una colectividad de un materialismo tan sumamente inmoderado, mostrarán forzosamente sangrientas heridas morales, amores frustrados, egoísmos exacerbados... Moral decadente que muy bien nos descubre Balzac desnudándonos la sociedad en la figura de Fedora.
EL DINERO Y LA ANÉCDOTA
Quisiera terminar mi trabajo con una nota de humor. Parecen, a simple vista, poco compaginables el humor y el dinero, pero, a veces, aparecen situaciones curiosas protagonizadas por personajes que podríamos denominar apicarados. En una sociedad donde lo que importa es el dinero y en una novela donde lo que importa es el individuo y el evento diario, donde aparecen personajes de la más variada psicología, sin olvidar al escritor, que muchas veces trata de reírse de algunos tipos, la ironía, la mofa y la agudeza humorística surgen por sí solas.
Como de lo que se trata es de conseguir dinero, resaltan personajes como Arnoux que "se entregaba a picardías que lindaban a veces la indecencia". Se dice de él que
recibía desde el fondo de Alemania o de Italia un lienzo comprado en París a mil quinientos francos, y, exhibiendo una factura que lo elevaba a cuatro mil, lo revendía, por complacer al cliente, a tres mil quinientos. Una de sus artimañas ordinarias con los pintores era la de exigirles, de propina, una reducción de sus cuadros, bajo el pretexto de sacar de ella un grabado para su publicación; vendía siempre la reducción, sin que jamás apareciera el grabado
En otra ocasión, pide a un tal Mignot, al cual "el exfabricante de telas había engatusado", cincuenta acciones "diciéndole que se las colocaría a amigos suyos seguros, que le apoyarían con su voto". El tal Mignot le entrega las acciones y Arnoux "se apresuró a venderlas, y con el dinero obtenido se asoció a un mercachifle de objetos religiosos". Los amigos de Miquis, apicarados también, se apoyan en la generosidad de este para sacarle jugo, "fingían penurias para sacarle dinero y gastarlo en francachelas". En El primo Basilio se menciona también a una persona que, sin actuar directamente en la novela, es un indicio para deducir entre qué gentes estamos. Me refiero a la figura del brujo gallego al cual confía nuestra gorda doña Felicidad su dinero a cambio de un embrujo para conseguir el amor de Acacio. El resultado, evidentemente, es una estafa.
La ironía surge cuando el que intenta sacar dinero se evade de hablar de ello cuando es este el único que interesa, y es esto lo que se da en cada conversación del señor Lhereux con Emma Bovary. En una de las primeras entrevistas le dice: "no es el dinero lo que me preocupa"; entonces le damos un repaso a las páginas finales y entrevemos la ironía. Esta también aparece en palabras sueltas del propio Lhereux cuando llama nadería al embargo o "mi dinerillo" al dinero que le debe la Bovary.
Una situación común es la de buscar artimañas para no pagar. En Madame Bovary se habla de cómo el padre de Charles "tenía por costumbre beber mucho aguardiente, a menudo mandaba a la criada al Lion d'Or a comprarle una botella, que anotaba en la cuenta de su hijo". En La educación sentimental hay varios casos. Pellerin se encuentra con Frédéric en un bar tomando una copa. Conversan. La conversación se vuelve discusión. Pellerin se enfada y "el pintor salió, furioso, sin hablar para nada, claro, del pago de la consumición". Una situación parecida: Frédéric, Cisy, Hussonnet y la Mariscala han decidido comer en un restaurante. La cena es abundante y cara. En un momento dado, Cisy y la Mariscala se marchan en un coche. No mucho después, Hussonnet, que se había autoinvitado, se levanta y se larga, no sin antes coger un buen puñado de puros. Frédéric se queda solo y, sin comerlo ni beberlo, ha de pagar una larga cuenta. Y en cuestiones de no pagar, no podemos olvidar al rey, o sea, a Arnoux. Flaubert nos dice que "era para él un deber defraudar al portazgo; jamás pagaba en el teatro; con un billete de segunda pretendía siempre colarse en primera; y contaba con una broma excelente: tenía por costumbre dejar al mozo de los baños en su tronco un botón en vez de una moneda".
Y este es el "humor económico" de nuestras novelas. Es un humor que no deja de ser macabro pues se trata de fraudes, engaños, estafas, codicias y, en definitiva, con un gesto burgués y un hálito egoísta que desemboca en un mar de odios. Sin embargo ahora, mirado desde la perspectiva del lector actual, no deja de proporcionarnos una leve sonrisa, eso sí, incierta como siempre que se trata de temas de esta envergadura.


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