domingo, 27 de noviembre de 2016

La ciudad de los niños perdidos (Jean-Pierre Jeunet, Marc Caro, 1995): Crítica de la película


by King Piltrafilla (@KingPiltrafilla)




Es esta una película preciosa en su oscuridad, La ciudad de los niños perdidos, una obra genial de Jean Pierre Jeunet –quien junto a Marc Caro ya me había sorprendido con la impactante Delicatessen- que me gustó incluso con su Alien:Resurrection y más tarde con la historia de Amélie Poulain. Ahora le he perdido la pista y no sé demasiado de sus últimos proyectos. Pero, amiguitos, todo esto no es más que palabrería cuando se trata de hablar de esta cinta bella y tenebrosa a la vez, un cuento gótico retro-futurista con momentos maravillosos, tiernos y escenas tétricas e incluso trágicas a las que ayuda mucho la música triste e inquietante del gran Angelo Badalamenti. Total, piltrafillas, que es difícil resumir en unos fotogramas el arte de una cinta en la que cada encuadre es una pequeña obra de arte.





La historia que se nos cuenta en esta cinta es la de un inventor algo chapucero que crea a una esposa que le sale enana, a unos clones con los que divertirse que le nacen con la enfermedad del sueño, a Irvin, un cerebro con el que poder hablar que vive en una pecera y a Krank, un colega que le ayuda en sus investigaciones, un ser dotado de gran inteligencia pero que nace con la imposibilidad de soñar, lo que le hace envejecer rápidamente. Esta troupe –que vive en medio del mar en una especie de isla artificial con pinta de plataforma petrolífera en ruinas- se une en la trama a los ladronzuelos infantiles a los que explotan unas siamesas, a un forzudo que pierde a su hermanito –al que apodan Comida, ya que es un glotón de mucho cuidado- y a los cíclopes, una especie de acólitos de una extraña secta de semi-cyborgs que combate a los humanos gracias a los objetos biomecánicos que Krank les da en pago a los niños que le proporcionan, pequeños con los que el científico quiere fabricar sueños con los que alimentar su existencia. Un momento impagable es el de toda la familia –clones, esposa y Krank- cantando disfrazados de Papa Noel para provocar sueños felices en unos pobres críos que no pueden hacer otra cosa que sentir pánico ante una escena de tamaño surrealismo. Pero Irvin, consciente de la maldad que están cometiendo, tiene un plan que se verá propiciado cuando el forzudo One descubra que los cíclopes han secuestrado a su hermanito Comida y lo han llevado a la isla de Krank.





Pero tal como ya os he dicho antes, las palabras están de más cuando se trata de explicar esta obra emocionante, onírica y extraordinaria. Hacedme caso y si no habéis visto ya La ciudad de los niños perdidos poneos cómodos en el sofá de casa, apagad las luces y disfrutadla hasta que finalicen los títulos de crédito, en donde podréis entristeceros más si cabe –aunque el final de la película es feliz, no os preocupéis- con la música de Badalamenti y la voz rasgada de Marianne Faithfull. Para amantes de la anécdota, el diseño de vestuario corrió a cargo de Jean Paul Gaultier.

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