domingo, 20 de noviembre de 2016

De profundis - Microrrelato (Cosas en los bolsillos, 153)





De profundis

Pese a que uno comienza con una ilusión inefable esa jubilación tan esperada, al final se cansa también de hacer visitas de viejo a los hijos, cada vez más incómodas cuando las convierte en rutina y sufre la inquina de los yernos. También acaba fatigado de echar miguitas a las palomas y a los patos del parque. De modo que a unos les dará por tomar una determinación, y a otros por tomar otra, e incluso los habrá que hagan del aburrimiento y el hábito del paseo diario un modus vivendi (o quizá moriendi) hasta que al final asoma esa que todos sabéis por detrás de la esquina y nos llama, bolso en mano (la muy puta), para que la acompañemos para siempre: desparece uno entre las sombras de un callejón y si te he visto no me acuerdo. C'est la vie, mon ami.


En fin, yo reconozco que fui original, o así lo entendí yo, y me aprovisioné del dinero disponible para bajar al metro y allí pasar el resto de mis días. La vida allí es casi nocturna y tiene mucho de cavernaria, pero es muy variopinta y libre y siempre llena de sorpresas pues no hay un día igual que otro y solo mirando ese trajín de continuo con mucho de desasosiego, le parece a uno estar haciendo muchas cosas. Allí, además, los rostros son siempre nuevos, desconocidos y uno, cuando decide pasarse el día (hasta donde llegue) sentado en un mismo asiento, por ejemplo, entabla conversaciones -a veces mudas, pues el cruce de miradas a veces habla por sí mismo- con gente diversa: en razas, en edades, en condiciones y oficios, en sexos, en intenciones... Aunque ya solo con ver, ya digo, uno se distrae más que con los paseantes del parque o las palomas, al final siempre molestas y tontas. Hay días en que uno los dedica solo a mirar piernas de chica, o los emplea en buscar monedas por el suelo, o en contar los pasajeros negros que suben en un día en tu vagón, o en pedir limosna, o en captar conversaciones y así inventar historias y soñar. Ahí abajo, en el metro, uno tiene de todo: para comer y para beber, prensa diaria, un asiento o un banco donde echarse la siesta o pasar la noche, en compañía o no de otros mendigos, que es lo que uno acaba siendo si todo transcurre por los siempre recomendables cauces reglamentarios.

A veces el metro sale a la luz, pero esas líneas procura uno no cogerlas o hace transbordo antes de que eso ocurra, porque la luz natural lo saca a uno del sueño ese brumoso que persigue, donde se siente eterno, una eternidad enfermiza, otoñal, corpórea, sobre todo cuando ve que los demás andan con prisa, y aprende uno que esa lentitud sin futuro que arrastra ahora es de verdad vida, eternidad y paz en el sosiego. Esto lo comprendí también aquel día, tras mucho deambular por estas catacumbas, en que vi sentada frente a mí a mi propia hija, vestida totalmente de negro, con cara algo triste, o al menos así la percibí yo, y no me reconoció aunque se me quedó mirando fijamente. Mi hija que había muerto hacía ya unos años, quizás antes o quizá después que yo; qué sabe ya uno (piensa, mientras baja del vagón, aun sin destino, para dirigirse hacia las escaleras mecánicas que le llevarán a la línea doce).

Ángel Carrasco Sotos

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