domingo, 18 de octubre de 2015

Crítica de "Tomorrowland: El mundo del mañana" (Brad Bird, 2015)



por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Tengo muchas esperanzas en este director, todos sus trabajos me han gustado en mayor o menor medida y posee una fuerza visual y una imaginación para poner en escena como hay pocos en el panorama actual. Tiene poso de gran maestro, digno heredero de Spielberg, mucho más que J.J. Abrams.

Brad Bird empezó en el cine de animación facturando joyas como si no costara: “El gigante de hierro” (1999), “Los increíbles” (2004), “Ratatouille” (2007), pero le faltaba dar el paso al cine con imagen real y que comprobásemos cómo se manejaba.


Dicho y hecho. El virtuosismo y la imaginación, necesarios en la animación para hacerlas dinámicas, fueron extrapolados con una sorprendente naturalidad a las cintas convencionales en imagen real nada más y nada menos que con un capítulo en una de las franquicias más exitosas de la actualidad: “Misión imposible”.

No sólo es que Bird saliera victorioso del reto, es que logró el mejor título de la saga junto al primero, ejecutando una de las mejores películas de acción de los últimos tiempos. “Misión Imposible 4: Protocolo fantasma” (2011).




El siguiente paso ha sido una película para Disney, infantil y en imagen real, y que sin ser lo mejor del director, posiblemente sea de lo menos conseguido que ha logrado hasta ahora, aparece ante mis ojos como el más notable heredero de Spielberg que tenemos en la actualidad.

“Tomorrowland” es una película muy spielbergiana de este magnífico heredero suyo. La capacidad para sorprenderse, la fascinada, maravillada, ilusionada, entusiasta y positiva mirada infantil, lo sobrevuela todo y se convierte en tesis fundamental de la cinta. El Spielberg más puro con un toque de “Minority Report” (Steven Spielberg, 2002) tenemos aquí. Además tiene una imaginería visual espléndida.




Dos personajes serán reclutados para desentrañar los secretos de un misterioso lugar, “Tomorrowland”, dos seres muy inteligentes destinados a ese sitio especial donde los avances tecnológicos no tienen límites. Uno de ellos ya estuvo allí y volverá de adulto con otra chica reclutada para intentar salvar el mundo.

Clooney interpreta a Frank Walker, un hombre decepcionado que parece haber perdido la ilusión, mientras que Britt Robertson hace lo propio con Casey Newton, una chica idealista y optimista. En su contraste encontrarán la forma de no rendirse nunca…

Como Bird se ha centrado en películas de consumo masivo es más difícil discernir un discurso de autor, ya que los elementos a veces aparecen más soterrados y hay que esperar más trabajos para ir rascando la superficie. Lo cierto es que en cuanto a estilo si mantiene unas constantes significativas y virtuosas, es un realizador superdotado. Con todo, queda comprobar si estamos ante un verdadero autor o si “sólo” estamos ante un brillantísimo realizador, que no es poco, de hecho es muchísimo...




La dirección de Bird en esta película es majestuosa y su imaginación, planificación y puesta en escena portentosas. Esas son sus señas de identidad, una imaginación fuera de rango para poner en escena y dar dinamismo dentro del encuadre, lo que se sublima en las escenas de acción, aunque no sólo en ellas.

Su uso del plano general, del plano secuencia, sosteniendo los encuadres y los planos, demostrando una seguridad narrativa y visual que asombra, su maravilloso juego con los segundos planos y la división escénica del encuadre y la agilidad y dinamismo dentro de los mismos, son de auténtico maestro.

Por mencionar dos momentos: El primer vuelo de Frank Walker en “Tomorrowland”, una especie de “Rocketter” (película también producida por Disney en 1991 y dirigida por Joe Johnston), y el viaje onírico de Casey, con un alucinante plano secuencia de 5 minutos que no tiene desperdicio.




Su manejo de la grúa, sus panorámicas reformulando la escena y su contenido, son detalles de director de puro talento. La planificación en las escenas de acción es deslumbrante, algo que ya vimos en su cinta para la saga que protagoniza Tom Cruise. Un ejemplo aquí, por citar algo, lo tenemos en la estupenda secuencia con los ingenios tecnológicos de Clooney en su casa para deshacerse de los robots. Brad Bird rueda como los ángeles.

También hay imágenes atractivamente simbólicas, como ese trigal del que brotan los jóvenes talentos…

El guión juega con la mítica de la ciencia ficción y plantea un soberbio diálogo entre las distopías que creó la novela de ciencia ficción y el idealismo de esa misma ciencia convertida en ficción, diálogo explícito y referenciado entre “1984”, “451 Fahrenheit” y “Un mundo feliz” de los Orwell, Bradbury y Huxley, con las novelas de aventuras e idealismo de Julio Verne




Del terrorismo, las bombas, el cambio climático, los desastres ocasionados por el hombre, a la ciencia salvadora y sanadora…

No acaban ahí los homenajes: las bromas en la tienda para frikis rodeados de merchandising sobre la “Guerra de las Galaxias”, “Star Trek” e incluso “Ultimátum a la Tierra” (Robert Wise, 1951), son estupendas.

No está exenta la película de ciertas truculencias, como esa cabeza arrancada a un robot, ese brazo cortado a otro o ese espectacular atropello a Anthena… Anthena (Raffey Cassidy), a veces parece un Terminator. El momento donde Casey roba la camioneta me recordó a “Con la muerte en los talones” (Alfred Hitchcock, 1959) y Cary Grant haciendo lo propio, pero la vigorosa carrera de la niña robot parece querer fusionarla con la obra de Cameron.




Bird gusta bastante de jugar con las falsas apariencias, las dobles personalidades o los mundos alternativos, que conviven casi en secreto. Así lo vimos en “Los increíbles” o “Misión Imposible: Protocolo fantasma”. Como habrán deducido todo esto aparece también en “Tomorrowland: El mundo del mañana”, insinuando o confirmando un incipiente universo personal que deseo siga extendiéndose y desarrollándose, porque el talento de este director con buenos textos promete muchas alegrías.

Quizá en ese diálogo entre dos mundos de dimensiones distintas encontramos ciertas incoherencias, como esos viajes en metro en un mundo virtual que son difíciles de justificar en su pretendida correspondencia en el mundo real cuando Casey lo ve en una visión al tocar un pin.

A Bird parece gustarle París (ya lo vimos en “Ratatouille”). Aquí la Torre Eiffel, presidida por el propio Eiffel, Tesla, Verne y Edison, será protagonista indispensable para viajar a otra dimensión.




El guión, que sería lo que presentaría más deficiencias, más que nada en la parte final, también cuenta con la presencia de Bird, aunque destaca el nombre de Damon Lindelof (“Perdidos”, “Prometheus”…), junto a Jeff Jensen, también acreditado.

Con todo, la narrativa de la película es realmente interesante y atrevida, ya que logra mantener el interés sin definir una historia, sin que pase realmente nada concreto en toda la primera parte, limitándose a describir personajes y mostrar el escaparate, simplemente, de ese mundo misterioso y oculto… Hasta casi la mitad de la película no empezarán a llegar respuestas, con cuentagotas. Va como al revés, no hay un planteamiento que nos lleve a resolver algo, sino que se van desarrollando elementos que llevan a definir un planteamiento, hasta que la misión se define y concreta en el mismo final.

“Están vivos” (1988), de John Carpenter, es otro referente que puede venir a la cabeza en la conclusión, con algunas de las revelaciones.




Conoceremos al fiel y curioso hermano de Casey, siempre esperanzado; al padre que ve titubear su fe; a la encantadora niña robot de increíbles ojos, Anthena, que encarna Raffey Cassidy, y su debate entre sentimientos y programación… así como a los dos antagónicos protagonistas.

Se ha acusado a la película de ser algo naíf, infantil… pero es que ese es su propósito, dirigirse a los niños y además dar un mensaje sencillo y positivo de esperanza e ilusión… Nada que reprochar a este respecto.

También se ha dicho que hay un exceso de verbalización para desarrollar ciertos aspectos, pero esto no es cierto, al revés. La película es enigmática siempre, sólo en la parte final se lanzan discursos más filosóficos, pero el que realiza Hugh Laurie es necesario, no tanto el último de Clooney, que resulta redundante.
La humanidad como cauce de esperanza y mirada positiva.

“Tomorrowland” reflexiona sobre la negatividad y la positividad, sobre la libertad para elegir cualquiera de ellas, pero la inutilidad de la primera. “No rendirse nunca” y apostar por los soñadores, son buenas moralejas.

Brad Bird nos regala una película extraña, peculiar, pero muy decente. Un buen viaje para la fascinación de la infancia con mensaje positivo e ingenuo, pero válido. Apreciable.

Jorge García

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