domingo, 14 de junio de 2015

Crítica de la película "Once (Una vez)" (John Carney, 2006)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



La vida está en las transiciones, en las épocas de pausa y duda. El director John Carney nos muestra esto en su cine, descubriéndose como un reivindicador de las transiciones, porque considera que es ahí donde realmente se vive de verdad, donde se crece, donde se madura y evoluciona. Así ha sido a lo largo de su filmografía, así lo vemos aquí y lo vimos en su reciente Begin Again (2013).


Glen Hansard (solista y guitarrista de The Frames) trabaja en la tienda de su padre, pero consigue algún dinero extra tocando en la calle. El talento de sus composiciones llama la atención de Marketa Irglova, una inmigrante checa que vende flores, como la ciega protagonista de Luces de la ciudad (Charles Chaplin, 1931). Entre ellos surgirá una bonita y musical amistad.




Dos seres rotos en una etapa de transición, la ciudad, la soledad y la música, el camino hacia la recomposición y la redención. Carney nos explica que la vida se siente verdaderamente en esos momentos de pausa, de duda, en esas épocas de transición y recomposición que todos tenemos, son las que le interesan y en las que centra siempre su mirada. Es ahí donde encuentra el verdadero sentimiento, la emoción más desgarrada, la autenticidad más exacerbada, lo genuino de nuestras emociones, de nuestra esencia, la belleza, porque son momentos determinantes, a flor de piel, donde la vida es más pura porque se renace de la basura en la que nos sumimos, donde volvemos a valorar las cosas, a sentir la pureza, a ser inocentes de alguna manera, todo vuelve a ser nuevo al ir de lo oscuro a lo luminoso. Esas fases entre épocas estables, que son, precisamente, las que no interesan a Carney, las épocas acomodadas donde sólo nos planteamos la rutina y damos casi todo por hecho, sin acabar de sentir, moviéndonos como programados, anestesiando el sentimiento en muchos casos.




Esa es la gran metáfora con la música que hace Carney, ya que la música adquiere su máximo potencial en la evasión, en la reflexión, en la soledad, como algo íntimo, aunque lo compartamos. De hecho, cuando se comparte es mágico. La música alcanza su apogeo en la desconexión de la rutina vital y diaria, cuando, por ejemplo, dejamos vagar la mente junto a una melodía tumbados en una cama.

Aunque conservadores, a los protagonistas de Once (Una vez), siempre los unirá algo intangible, esos determinantes momentos donde se volvieron a levantar, donde volvieron a creer, donde se recompusieron, unos hilos invisibles y musicales que les mantendrán unidos de alguna forma, como escenifica la bella grúa final.

Del dolor salen los más desgarrados y auténticos sentimientos, y luego los más hermosos, bellos y regeneradores. Del dolor sale muy buena música y muy buen arte.

La ajenidad de los personajes de Carney es una de sus características predominantes, hallan su camino manteniéndose alejados del circuito cotidiano, del resto de la humanidad, sólo hay que recordar la escena de Begin again con los protagonistas escuchando su propia música en el interior de una discoteca rodeados de gente. Aquí ocurre lo mismo, dos solitarios, dos seres derrumbados que han roto con sus parejas a los que une el puro azar… y los hilos invisibles de la música.




Así, lo independiente, lo informal, lo callejero, lo libre, adquiere un sentido especial. Mucho que ver con esto tiene el estilo que impone Carney a la cinta, donde prima la naturalidad en las interpretaciones y el look visual aparentemente descuidado, por la falta de medios entre otras cosas, puramente indie. Una cámara inestable, al hombro, documentalista, espía, que curiosea tímida la intimidad de esa pareja que se conoce, manteniéndose a distancia, sobre todo al inicio, pero siempre entrometida, cotilla, curiosa, inquieta ante esa incipiente amistad. El plano general manda en el estilo de Carney, pero poco a poco evoluciona reduciendo los encuadres, compartiendo los momentos íntimos, como si la pareja, al crecer su intimidad y relación, admitiera la presencia inquisitiva de la cámara con más tranquilidad, retratándose así de manera visual su vínculo. Es por ello que muchas escenas pasan del plano general al primer plano, en ocasiones sin corte, para resaltar momentos más íntimos, o aísla a personajes resaltando su fascinación y sentimientos, por ejemplo cuando él escucha a la chica tocar el piano, donde Carney, aislando al personaje, logra retratar esos instantes que trascienden el tiempo, donde te olvidas de todo dejando vagar tu mente mecido por la música, donde las horas pasan como si fueran minutos… Sentir la música.

La pareja se complementa a la perfección, primero con una serie de vínculos que lo unen irremisiblemente: ella tiene una aspiradora rota y él las repara, los dos han roto con sus parejas, a ambos se les ha muerto uno de sus padres y viven con el otro, a los dos les apasiona la música… Esto llega a su clímax con la escena en la que ella le pone letra a una música que él ha compuesto.




Los decorados acentúan el naturalismo, lugares donde no abunda el lujo precisamente, casi underground…

Mención aparte requiere la banda sonora, indie, temas de cantautor, Pop, Folk, con un feeling que se desborda por la pantalla. Auténticos temazos para deleitarse. Sólo por escuchar las canciones merece la pena el visionado, aunque en ocasiones las escenas parezcan videoclips insertados en la narración, uno de los mayores defectos del film.

En Once (Una vez) no pasa nada, como también ocurre en Begin Again (2013), pero se clava dentro, la narración está minimizada, pero se escenifican los sentimientos y desarrollan relaciones y personajes a través de las canciones que se van sucediendo.

Es un viaje hacia la liberación, que queda maravillosamente representado, de manera metafórica, en ese tema que primero se graba en estudio, encerrados, tensos, nerviosos y expectantes, y luego oímos al aire libre, con todo el grupo divirtiéndose en un paraje natural. La música, de algo íntimo y regenerador a algo expansivo, libre y casi universal. Satisfactorio.

Once (Una vez) nos habla, por tanto, del poder redentor de la música, de la amistad, una amistad que casi se funde con el amor, haciéndose indescifrables, indistinguibles, con una insinuación romántica nunca consumada, como le gusta a Carney, sobre la superación, la regeneración y el impulso vital, la alegría de vivir y perseguir nuestros sueños…

Es una pequeña joya que deberíais ver, además su canción principal, Falling slowly, ganó el Oscar en 2007 con todo merecimiento. En cuanto puedas, lánzate a por ella.

©Jorge García

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