domingo, 24 de marzo de 2013

Poesía erótica española - Casos de conciencia: diálogo entre el duque de Rivas y Alcalá Galiano



Se abre el Cancionero de obras alegres (1875) con este fresquísimo diálogo entre el Duque de Rivas (Ángel Saavedra, el famoso dramaturgo romántico español) y don Antonio Alcalá Galiano (escritor contemporáneo que prologara El moro expósito, obra en verso del primero, en famoso texto en que se defiende el nuevo movimiento frente al Neoclasicismo). En fin, dos autores muy serios, en cualquier caso, que se entretuvieron en esta conversación rimada (si es que no es atribuida) que a más de uno os hará esbozar una sonrisa, la cual podrá tornarse en carcajada (externa o interna) dependiendo ya del talante, naturaleza o humor de cada cual. Veamos sobre qué casos de conciencia conversan estos dos ilustres literatos de la decimonónica época.


DUQUE:

¿Habré yo anoche pecado,
que apagada ya la luz
y después de hecha la cruz,
en esta cama acostado,
llevé medio adormilado
la mano hacia las pudicias,
y empecé a hacerles caricias,
y cosquillas sin cesar,
viniendo el juego a parar
en llenarme de inmundicias?


ALCALÁ GALIANO:

Don Ángel, si la intención
fue impura y pecaminosa,
hizo usted muy mala cosa
cediendo a la tentación;
pero si por distracción
o tener la mano fría
fue usted, sin saber qué hacía,
a calentarla frotando,
no fue pecado nefando...
sino mera porquería.


DUQUE:

Si por estar yo de prisa.
y sin intención dañada,
delante de esta criada
me quitara la camisa,
y ella lo viese con risa
y delectación morosa;
y se enredara la cosa,
interviniendo el Demonio...
Dígame usted, don Antonio,
¿fuera acción pecaminosa?


ALCALÁ GALIANO:

El ofender el pudor
aun siendo en parva materia,
es una cosa muy seria,
que enoja mucho al Señor;
y si el virginal pudor,
pudo en ello padecer,
y de ahí vino a suceder
más grave y carnal pecado,
es usted quien lo ha causado,
y debe satisfacer.


DUQUE:

Si un timorato varón,
viendo imposibilitada
a su mujer por preñada,
o bien por la menstruación,
cayese en la tentación
de dar, por mera flaqueza,
suelta a la naturaleza
por vaso no competente,
¿usted, don Antonio, siente
que cometerá impureza?


ALCALÁ GALIANO:

Es tal la fragilidad
de la humana condición,
y tan estrecho el rincón,
que ofende a la castidad,
y es tal la proximidad,
del uno y otro orificio,
que más que exceso de vicio,
fuera, a mi corto entender,
salvo mejor parecer,
un absurdo desperdicio.


DUQUE:

Yo me voy luego a embarcar,
en invierno, don Antonio,
y me temo que el Demonio,
a bordo me ha de tentar:
porque todo un mes pasar
en medio del Occeano
comiendo bien, lucio y sano,
y sin encontrar mujer
al cabo, ¿qué me he de hacer,
sino apelar a la mano?


ALCALÁ GALIANO:

Si hay acaso una ocasión
en que el pecador recuerde
y de su alma y Dios acuerde,
es en la navegación:
prueba tal depravación,
don Ángel, su pensamiento,
y está usted, según yo siento,
tan de veras condenado,
que bien puede, sin cuidado,
hacerse una paja o ciento.


ALCALÁ GALIANO:

Don Ángel, si yo tuviera
una lujuria extremada,
tal que, hasta verla saciada
ni pensara, ni durmiera,
y en mi ceguedad creyera,
que era usted la niña mía,
y con loca valentía,
nabo en ristre a usted montara
y en el culo se lo entrara
¿fuera acaso Sodomía?


DUQUE:

Sí, don Antonio, no dudo
que fuera gran Sodomía;
pero yo lo evitaría
que soy por demás forzudo;
pero si en lance tan rudo
fuera mía la maldad
de tan loca ceguedad
y yo quien a usted jodiera,
ya Sodomía no fuera,
que fuera bestialidad.

©Ángel Carrasco Sotos

2 comentarios:

  1. Genial cruce de consultas... y genial punto final que el Duque puso a la insinuación malintencionada de Alcalá.

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    1. Me encanta, Majestad, y el final ¡¡de escándalo!!

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