domingo, 22 de septiembre de 2019

Crítica de EL CONDÓN ASESINO (Martin Walz, 1997): Reseña


by King Piltrafilla (@KingPiltrafilla)





El condón asesino es la adaptación de un cómic del dibujante alemán Ralf König y fue dirigida por Martin Waltz (ya con unos añitos). La historia que nos cuenta transcurre en Nueva York, en donde Luigi Mackeroni –policía homosexual de origen siciliano- debe investigar una serie de sucesos que están alarmando a la ciudad. En un hotel de mala muerte al que las putas y los chaperos llevan a sus clientes, diversos hombres han visto horrorizados como sus penes les eran arrancados. Al principio todo apunta a que las prostitutas son las culpables de los mordiscos, pero Luigi no tarda en descubrir –de hecho se convierte en otra víctima al perder un testículo de un bocado- que el criminal es un condón que tiene vida propia.





Y bien, amiguitos, ¿qué queréis que os diga sobre esta pretendidamente hilarante comedia gore? Pues que es una cinta de altibajos enormes que tiene un prometedor inicio, prosigue con una parte aburrida, parece que se arregla un poco y, luego, cae en la basura más flagrante hasta regalarnos un final que –de tan bizarro- se nos puede ocurrir que es incluso bueno. Es decir, piltrafillas, que se comienza con ilusión y se acaba mirando porque, ya que la hemos empezado, al menos veamos de donde viene ese condón o qué pinta el chino que parece relacionado con el tema. Aun siendo habitual consumidor de cómic europeo durante los 80 y los 90, el estilo de König no me atrajo en su momento por lo que ignoro si la adaptación es fiel y si la historia del condón con dientes resultaba interesante en las páginas de la obra del dibujante alemán, pero la verdad es que su paso a la gran pantalla me ha resultado de lo más mediocre.






Algunos gags son graciosos –el del principio, con los padres de la estudiante, o los de las parodias de Psicosis o Tiburón- pero la mayoría son de bajo nivel y además enmarcados en un ambiente homoerótico cutre. Lo peor es ese repugnante discurso final moralizante en defensa de la libertad sexual, no por el mensaje en sí –a mí me da igual de quien se enamore cada uno o dónde le guste meter el pene-, sino por utilizar para su difusión una vulgar cinta casposa, semigore y supuestamente cómica de ínfima calidad que se queda en simple provocadora de algunas sonrisas aquí y allá. Total, que vosotros mismos, a lo mejor no es tan mala como digo. Además –los que me seguís sois testigos- las he visto y recomendado peores.

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