domingo, 11 de junio de 2017

Ciorán sobre el advenimiento de la conciencia y la arrogancia de la oración



Más fragmentos memorables extraídos de su libro Breviario de podredumbre.


El advenimiento de la conciencia

¡Cuánto debieron embotarse nuestros instintos y flexibilizarse su funcionamiento antes de que la conciencian extendiese su control sobre el conjunto de nuestros actos y nuestros pensamientos! La primera reacción natural refrenada comportó todos los aplazamientos de la actividad vital, todos nuestros fracasos en lo inmediato. El hombre -animal de deseos retardados- es una nada lúcida que lo engloba todo y no es englobado por nada, que vigila todos los objetos y no dispone de ninguno.


Comparados con la aparición de la conciencia, los demás acontecimientos son de una importancia mínima o nula. Pero esta aparición, en contradicción con los datos de la vida, constituyen una irrupción peligrosa en el seno del mundo animado, un escándalo en la biología. Nada lo hacía prever: el automatismo natural no sugería la eventualidad de un animal que se lanzase más allá de la materia. Un gorila que perdió sus pelos y los reemplazó por ideales, un gorila con guantes, forjador de dioses, agravando sus muecas y adorando al cielo, ¡cuánto debió sufrir la naturaleza, cuánto sufrirá todavía, ante semejante caída! Es que la conciencia lleva lejos y lo permite todo. Para el animal, la vida es un absoluto; para el hombre, es un absoluto y un pretexto. En la evolución del universo, no hay fenómeno más importante que esta posibilidad que nos fue reservada de convertir todos los objetos en pretextos, de jugar con nuestras empresas cotidianas y nuestros fines últimos, de poner en el mismo plano, por la divinidad del capricho, un dios y una escoba.

Y el hombre no se desembarazará de esos ancestros -y de la naturaleza- mas que cuando haya liquidado en él todos los vestigios de lo Incondicionado, cuando su vida y la de los otros le parezca unos títeres de cuyos hilos tirará para reírse, una diversión de fin de los tiempos. Será entonces el ser puro. La conciencia habrá cumplido su papel.


La arrogancia de la oración

Cuando se llega al límite del monólogo a los confines de la soledad, se inventa -a falta de un interlocutor- a Dios, pretexto supremo del diálogo. Mientras le nombra, tu demencia está bien disfrazada y... todo te está permitido. El verdadero creyente apenas se distingue del loco; pero su locura es legal, admitida; acabaría en un asilo si sus aberraciones estuvieran horras de toda fe. Pero Dios las cubre, las hace legítimas. El orgullo de un conquistador palidece junto a la ostentación del devoto que se dirige al Creador. ¿Cómo se puede ser tan atrevido? Y ¿cómo podría ser la modestia una virtud de los templos, cuando una vieja decrépita que se imagina el Infinito a su alcance, se eleva por la oración a un nivel de audacia al que ningún tirano aspiró nunca?

[...]

Quiero revolcarme en mi mortalidad. Quiero seguir siendo normal.

(Señor, dame la facultad de no rezar jamás, librarme de la insania de toda adoración, aleja de mí esa tentación de amor que me entregaría para siempre a Ti. ¡Que el vacío se extienda entre mi corazón y el cielo! No deseo ver mis desiertos poblados de Tu presencia, mis noches tiranizadas por Tu luz, mis Siberias fundidas bajo Tu sol. Más solitario que Tú, quiero mis manos puras, a diferencia de las tuyas, que se ensuciaron para siempre al modelar la tierra y al mezclarse en los asuntos del mundo. No pido a tu omnipotencia más que respeto a mi soledad y a mis tormentos. No tengo nada que hacer con tus palabras; y temo la locura que me las haría escuchar. Dispénsame el milagro recoleto de antes del primer instante, la paz que Tú no pudiste tolerar y que te incitó a labrar una brecha en la nada para inaugurar esta feria de los tiempos, y para condenar así al universo, a la humillación y a la vergüenza de existir).

ZR

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