jueves, 21 de mayo de 2015

Crítica de la película "El hombre invisible" (James Whale, 1933)



Möbius el Crononauta


El extraño caminante avanza en mitad de una fuerte nevada en busca de refugio. Con toda esa nieve cayendo apenas si se puede distinguir un abrigo y un sombrero. En una posada cercana, los parroquianos charlan, beben, cantan al son del piano, se gastan bromas... en definitiva, se divierten al calor del fuego. Sin embargo, al entrar el extraño todo cambia. Cubierto con guantes, una bufanda y unas extrañas lentes oscuras, su rostro queda oculto a las miradas indiscretas. A pesar de que no es temporada turística, la dueña de la posada acepta preparar una habitación para el inquietante viajero. Poco podría imaginar esa cascarrabias que su nuevo huésped oculta un gran secreto...




El hombre invisible, basada en la inmortal obra homónima del escritor H.G. Wells, es otro título surgido de la nueva política adoptada por Carl Laemmle Jr. en la Universal para rodar films de gran presupuesto basados en clásicos del fantástico y el terror. Al frente del proyecto se colocó a James Whale, el mago del terror gótico y la comedia ligera que había proporcionado a los estudios su mayor éxito, la adaptación de Frankenstein.

En El hombre invisible seguimos teniendo a un científico jugando a ser Dios, aunque en esta ocasión las terribles consecuencias convierten al químico deseoso de gloria en su propio monstruo. Sin embargo, el ambiente gótico da paso a una suerte de amenaza tan invisible como un virus, provocando un terror más propio de las películas de ciencia ficción de los años 50: mensajes radiados, pánico colectivo, policía movilizada... Por otra parte, la caza al hombre y la dama angustiada y otros elementos del film son una mera continuación de los ya tratados en Frankenstein.




Por otro lado, vista hoy en día, no deja de resultar curioso la mezcla entre terror y humor que solía construir Whale en sus trabajos. Imagino que sería para aliviar algo de tensión a un espectador poco acostumbrado a tantas emociones, para luego llevarlo otra vez al paroxismo del horror. De todas formas esas pequeñas bromas intercaladas no perjudican en nada a la cinta y resultan bastante entrañables, y el casi mágico sentido del ritmo de Whale le tiene a uno pegado a la pantalla durante poco más de una hora de película que cualquiera podría decir que son apenas unos minutos.

Por supuesto los momentos más espectaculares del film vienen de la mano de unos efectos especiales realmente sublimes para la época. No deja de resultar fascinante contemplar cómo bajo esas pesadas ropas sólo hay un inquietante vacío. ¿Cuántos espectadores chillarían ante semejante espectáculo?




Considerando que su rostro permanece oculto durante la mayor parte del film, contemplar la versión doblada del film (que ha sido mi caso) probablemente reste mucho a la actuación del gran Claude Rains; sin ir más lejos James Whale le eligió para el papel por su voz, así que si tienen la oportunidad no dejen de ver El hombre invisible en su versión original.

Entre el resto del reparto destacan Henry Travers (el ángel de ¡Qué bello es vivir!) como el científico jefe y amigo del personaje de Rains y una sosa Gloria Stuart (la viejecita de Titanic) como la desesperada novia del invisible químico e hija del impertérrito Travers, que parece que trate con hombres invisibles todos los días. Entre los secundarios destaca indudablemente Una O'Connor, la casera cascarrabias casada con el posadero calzonazos. Con su perfil a medio caballo entre bruja y señorita Rottenmeier, Una se las basta sola para generar buenos momentos de comedia, como demostraría años más tarde en el que sería su último film, Testigo de cargo. Entre los pueblerinos que sufren las pesadas bromas del invisible Rains se encuentran actores de carácter como Walter Brennan o John Carradine, aunque difícilmente he podido llegar a reconocer a ninguno de ellos. A quién sí he podido identificar es al carismático Dwight Frye interpretando a un periodista que entrevista al jefe de policía.




No lo duden, damas y caballeros. Pasen y "vean" uno de los más extraños fenómenos surgidos de los estudios Universal. Pero cuidado, estén alerta: la próxima vez que tengan "una respiración en su granero", sean cautos. ¡Tal vez Claude Rains esté por allí dispuesto a hacer de las suyas!

©Möbius el Crononauta

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