domingo, 14 de diciembre de 2014

Crítica de la película Magia a la luz de la luna (Woody Allen, 2014)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Pequeña golosina en celuloide, a las que nos debemos ir acostumbrando, del maestro Woody Allen, que parece buscar el éxito del romanticismo encantador, comercial y superfluo de su éxito Midnight in París (2011), películas que podrían permitirle más proyectos al ir muy bien en taquilla. No sé cómo funcionará ésta en las salas, pero la concepción e intenciones, de romanticismo exacerbado, son paralelas a la cinta que protagonizó Owen Wilson.


No sólo palpamos la cinta ambientada en París con viajes nostálgicos al pasado, hay otras cintas del maestro que vienen a la cabeza en esta película tan bonita como superficial, tan romántica como bochornosamente previsible. Allen se muestra incapaz de levantar el vuelo, pero sigue entregando con sencillez y sin aparente esfuerzo películas agradables y que complacen, lo que no es poco, aunque añoremos su proverbial genio.




En Magia a la luz de la luna tenemos al Allen de siempre, de nuevo en exceso tópico, no por la reiteración de sus ideas y postulados, sobre los que siempre ha girado toda su obra, como el mayúsculo autor que es, sino por las tramas y simplificación de esos conceptos, donde casi asistimos a un pastiche frankensteiniano de otras de sus obras anteriores, adelgazadas, aunque encantadoras en ocasiones.

Allen es un tradicional y como tal se mantiene fiel a muchos de sus rasgos de estilo, como el Jazz de la banda sonora y el sonido de la música en los títulos de crédito de fondo negro. Hace tiempo que Allen ha pasado a ser un fino estilista, pulcro en los encuadres, sin esa cámara al hombro o en continuo movimiento que daba frescura a muchas de sus obras maestras en las décadas anteriores, un estilo aparentemente descuidado, que no lo era en absoluto. Fotografía de tonos ocres, muy bella, casi mágica, onírica, que entronca bien, en esta ocasión, con la trama de la cinta.




Como en “Scoop” (2006) el elemento que confrontará realidad y ficción, tema clave y básico de la filmografía de Woody Allen, será la magia, donde Colin Firth interpreta a un exitoso mago y Emma Stone a una sensitiva, una médium a la que el egocéntrico mago pretende desenmascarar.

Esta confrontación le sirve al director neoyorkino para tocar muchas de sus habituales obsesiones, de manera contradictoria y algo manipuladora, pero suya al fin y al cabo. La magia, el alma, el amor, Dios, la muerte, algo más allá de ella, algo más allá de lo tangible, son temas que se ponen sobre la mesa cuando el mago cree que esa médium parece ser auténtica. Esto planteará hasta la posibilidad de la creencia en Dios, pero al final Allen decide tirar por la calle de en medio y decidir que “magias e ilógicas” son aceptables y cuáles no… Algo torticero.




Con este planteamiento es fácil que relacionemos este último trabajo de Allen con cintas como “Ahora me ves” (Louis Leterrier, 2013) o “Luces rojas” (Rodrigo Cortés, 2012), también con el mundo de los magos y los mentalistas que se pretenden desenmascarar, o incluso “La mejor oferta” (Giuseppe Tornatore, 2013), donde se trata de descubrir falsificaciones artísticas y engaños, pero bañado en la neurosis y las obsesiones allenianas.

Colin Fith está sencillamente espléndido, una especie de Oscar Wilde neurótico, o lo que es lo mismo, un Oscar Wilde fundido con el propio Woody Allen. Un egocéntrico, cínico, descreído, petulante y alter ego, en cierta medida, del propio Allen. Es, además, una contradicción andante de la que Allen no acaba de salir. Un mago que se gana la vida haciendo creer a otros lo que no es, manipulando la realidad, pero negándose a asumir que ésta tiene dimensiones inexploradas y en continuo crecimiento, como demuestra la propia ciencia. La interpretación de Firth es rica en matices, un personaje muy interesante y con atractivos recovecos, un egocéntrico capaz de la mayor humildad reconociendo sus errores, un hombre que no apela a un irracional orgullo. Sus líneas de diálogo, su cruda ironía y sinceridad, son de lo mejor de la película.



La parte donde los dos protagonista pasean por la Provenza y visitan a la tía de Firth, recuerdan en cierta medida a “Tú y yo” (Leo McCarey, 1939 y 1957).

El plano secuencia sigue siendo la columna vertebral del estilo de Allen, aquí tendremos numerosos, todos sutiles y sin exhibicionismos. La lluvia es un elemento que aparece en muchos de los últimos títulos de Allen y con un carácter especialmente sensual y romántico, así la vimos en “Match Point” (2005), “Midnight in Paris” (2011), “A Roma con amor” (2012)…

El psicoanálisis, la muerte, las relaciones, el amor, por supuesto, la neurosis, la realidad y su confrontación con la ficción o la irrealidad… son temas habituales del director que también aparecen en la película. Algunos están metidos con calzador, pero de forma irremediable tratándose de Allen. También habrá referencias culturales, Dickens, Nietzsche, Hobbes…




Se recupera en cierta medida al Allen más mordaz y de diálogos y réplicas ingeniosas que parecía casi extinguido y sólo salía con cuenta gotas, el diálogo ingenioso que desde “Si la cosa funciona” (2009) no había aparecido mucho, y antes de esa también quedó minimizado, siempre guardando distancias con sus grandes obras, bien es cierto.

El mayor problema de la película es que aunque los personajes y la relación entre los protagonistas son entrañables, hay escenas bonitas, como la del observatorio, y tenemos algunos buenos diálogos y réplicas, sobre todo en boca de Firth, todo el desarrollo de la cinta es desesperantemente previsible, hasta el punto de que cuando llegan supuestas sorpresas que se ven a la legua, el bochorno llega junto a ellas.

Otro defecto, muy típico en Allen, especialmente el de la última época, es el exceso de verbalización, pero no porque los personajes hablen mucho, algo que siempre han hecho en los universos creados por Allen, sino porque explican temas, elementos e ideas que ya han quedado perfectamente expuestas durante la narración, como una necesidad imperiosa de dejar clara la moraleja de la historia… En este caso acerca de la ilógica, por ejemplo.

Aunque en cierta medida logra centrar algo sus postulados, consiguiendo cierta ambigüedad conceptual, manipuladora y romántica, la película no acaba de elevarse a la altura esperada. Tan bonita y correcta como previsible y superficial, una agradable golosina sin más… y sin menos.

©Jorge García

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