domingo, 14 de septiembre de 2014

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (44): Justicia poética


Justicia poética

Con sedosos pasos de silencio, entraron los tres en la vivienda. Ese año los niños no habían sido buenos y habían dejado tras de sí un extenso currículum de desproporcionada perversidad. Hubo días de comedido comportamiento, hubo días también en que una infantil pillería apenas hacía moverse levente los pilares familiares. Pero también los hubo, muchos, demasiados, de una vileza intachable, y los castigos, las palabras duras o algún manotazo instintivo en nada menoscababan la rigidez de un criterio pernicioso que parecían seguir como inyectado en sangre. A quién habían salido era la pregunta que planeaba con constancia sobre el aire grasiento y viciado del ambiente hogareño. Y en el árbol genealógico no encontraban respuesta alguna. Sí, todo el día todos los días. O casi todos. De la marcha en el colegio mejor ni hablar. Los padres ya se tomaban sus prescritas pastillas para apaciguar los nervios, que campaban a sus anchas por el erial de una derrotada y desquiciada voluntad.


Mientras se acercaban al árbol de Navidad bajo el que estaban puestos, tan ordenados, los zapatitos de ambos, iban repasando la lista del pedido y la lista de las infracciones, algunas de cárcel. ¿O no lo es lanzar al torturado gato desde el tercer piso sobre el coche del vecino? ¿De veras no lo es el quemar en el balcón la biblioteca del abuelo y lanzar el peluquín de papá en mitad de la hoguera? ¿Y meter adrede en el horno las pizzas con la funda de plástico? Disfrutaban, y todas las saboreadas travesuras parecían calculadas hasta el detalle.

Recorrieron la casa recogiendo todos los juguetes de los niños y metiéndolos en las sacas, hasta los más rotos, siempre portando una sonrisa angelical en su soberano rostro. Antes de irse, pasaron por sus dormitorios y los besaron en la frente. Luego cerraron la puerta del piso con sigilo y salieron corriendo escaleras abajo entre escandalosas carcajadas que despertaron a media vecindad.

©Ángel Carasco Sotos

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