sábado, 6 de septiembre de 2014

Crítica de la película Snowpiercer (Rompenieves) (Bong Joon-ho, 2013)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC

Las distopías y los mundos post-apocalípticos siempre dan mucho juego en la ciencia ficción. Permiten crear atractivos mundos y sugerentes hipótesis futuras que posibilitan el desarrollo de atractivas historias, pero a menudo sufren problemas de coherencia. Es necesaria mucha elaboración e inteligencia para que todo el universo planteado funcione de forma lógica y coherente, para que la propuesta, la trama y sus fundamentos no hagan aguas por su inverosimilitud, que nada tiene que ver con el planteamiento, que el espectador suele aceptar como propuesta inicial sin muchos problemas.


Snowpiercer es una aceptable distopía con grandes virtudes, pero tiene, precisamente, el problema de la incoherencia y las lagunas de guión cuando se observa ese universo en plenitud, resultando finalmente poco satisfactoria como retrato de un mundo apocalíptico fuera de las virtudes cinematográficas, unas cuantas, que tiene.



El calentamiento global y una mala solución científica para resolverlo han provocado la congelación del planeta. La humanidad ha quedado reducida a unos pocos centenares de personas recluidos en un tren de la más alta tecnología, un arca, que les protege del frío inhumano del exterior, donde perecerían inmediatamente. Por desgracia, en el interior del tren la vida es casi un infierno, pues una clase dirigente somete al resto.

Bong Joon-ho dirige este thriller futurista con buen pulso y poderío visual, pero su guión presenta demasiadas sombras entre sus luces. A destacar algunos planos secuencia muy brillantes, por ejemplo el que sigue al dibujante de los niños y el recorrido que la pintura hace seguidamente.

Hay muchos detalles visuales y de dirección muy brillantes, un ejemplo lo tenemos en el uso del color, el mundo gris de la clase sometida, que quedará contrastado al inicio de la narración con el amarillo chillón del vestuario de la Ministra que interpreta Tilda Swinton, único elemento de color de las secuencias.




Joon-ho demuestra su poderío visual en muchas escenas, como el castigo al rebelde, mantener el brazo fuera del tren durante 7 minutos para que quede completamente congelado… Duro y truculento momento. Hay escenas de violencia bien moduladas y bastante crueles, sin recurrir a la casquería y sin subrayados musicales, muy desnudas y efectivas, incluso desagradables en ocasiones, pero muy bien dirigidas.

Uno de los elementos dramáticos más significativos, bien creados desde el guión y mostrados desde la dirección, es el uso de lo excéntrico o estrambótico antes de las explosiones de violencia, explosiones violentas que sorprenden hasta que uno se percata de la idea, claro. Los giros de guión o los hechos inesperados o retardados para sorprender al espectador funcionan de forma irregular, unos resultan efectivos pero otros son sumamente tramposos.




La estética gris, apocalíptica, el retrato de la podredumbre, la miseria, la oscuridad y los contrastes y juegos de decorados y colores, muy llamativos en ocasiones, conforme avanzamos por el tren hacia las zonas más acomodadas, están bastante conseguidos. Hay un toque a “La ciudad de los niños perdidos” (Jean-Pierre Jeunet, Marc Caro, 1995) en la estética de la cinta.

Lamentablemente hay ciertos tics, flipadas, del cine oriental que no aportan nada ni vienen a cuento, pero son servidumbres con las que hay que convivir.

En el debe de la dirección de Bong Joo-ho tenemos el exceso de cámaras lentas esteticistas sin motivo alguno, otro de esos tics orientales, un recurso del que se abusa de manera gratuita, si es que alguna vez hay motivo para tal recurso. Reiterativo, soporífero y poco adecuado.

El guión es lo que presenta más problemas, al discurso redundante sobre el sometimiento, la injusticia, las diferencias de clases… hay que sumar las incoherencias o absurdos que se aprecian en la propia mitología de la distopía. El exterior de ese tren que no encaja bajo ningún concepto con lo que vemos en el interior, ese eterno viaje sin apenas incidencias en las vías de un mundo congelado, lagunas argumentales en la descripción de la organización de esa gente, sus alojamientos, elaboración de elementos básicos para su subsistencia… Ideas que quedan sin respuesta.




Además hay aristas de la trama que se plantean y no se resuelven o se les da explicación, la chica visionaria o el malote estilo Terminator, por ejemplo…

De alguna manera la idea y estructura de “Snowpiercer” es la de “El mago de Oz” pervertido, donde los personajes siguen el camino de baldosas amarillas, vagón a vagón, en busca de una misteriosa “deidad”, Wilford. Es una especie de videojuego también, donde los personajes pasan pantallas en forma de vagones…

Un excelente reparto algo desaprovechado. Chris Evans en el papel protagónico; Jamie Bell como su mejor amigo, Edgar; John Hurt como el mentor del primero; Ed Harris, en un rol de “deidad” todopoderosa que lo entroncaría con su papel en “El show de Truman” (Peter Weir, 1998); Tilda Swinton… mantienen en pie la ambiciosa y algo pretenciosa propuesta.

Finalmente hay que concluir que la película es demasiado pretenciosa, se toma excesivamente en serio, con reflexiones básicas y evidentes a las que se les da una transcendencia gigantesca, la metafísica del trabajo de Dios, la verbalización de la evidente metáfora de ese tren como la vida misma y su organización… Además hay muchos puntos muertos innecesarios, que acaban suponiendo también un lastre, y también es bastante tramposa en muchos momentos.

“Snowpiercer” es interesante, ambiciosa y poderosa, entretiene sin duda, pero es irremediablemente irregular, con defectos que salen de forma muy evidente a la luz. Es la adaptación de la novela gráfica “Le Transperceneige", escrita por Jean-Marc Rochette y Jacques Lob.


©Jorge García

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