sábado, 13 de septiembre de 2014

Crítica de la película "El final de al escalera" (Peter Medak, 1980)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Esta película que nos ocupa es, sin lugar a dudas, una de las mejores dentro del género de terror del cine moderno. 1980, el mismo año que se estrenó otra joya del cine de terror moderno, “El resplandor” (Stanley Kubrick). Dos películas con muchísimos aspectos en común, fantasmas, lugar encantado, rasgos estilísticos similares, con grandes travellings y gran angular, y un entorno que se convierte en un personaje más.

¿Por qué destaca “Al final de la escalera” dentro de un género con unos tópicos tan arraigados y manoseados y unos resortes tan estrictos? Pues porque se aleja de ellos, minimizándolo todo, basándose en la atmósfera y la sugerencia, potenciando las grandes cualidades del género y eliminando sus recursos fáciles.

El cine de terror es el género más poético del cine, pero desgraciadamente por el uso de la casquería, los efectismos y los mencionados recursos fáciles, se ha ido denigrando. La atmósfera, la capacidad de sugerencia, lo abstracto, la potencia que adquiere cualquier elemento, los pasos, la niebla, los ruidos, son claves y ejemplos del poder visual y poético que tiene el género, y cuando se usan bien son una auténtica delicia, como es el caso. El terror es un género visceral, que apela a las emociones más auténticas y a flor de piel, un género donde la forma, lo visual, está plenamente lleno de sentido, es su esencia misma.




Aquí tenemos la clásica historia de fantasmas tantas veces vista, unos fantasmas que habitan una casa y que buscan justicia, descansar en paz. Este es el fantasma en esta película, aunque los hay de distintos tipos en las casas encantadas que nos presenta el cine de terror.

Peter Medak tiene clara su intención desde el inicio, huir de efectismos y apostarlo todo a la atmósfera y el minimalismo. Además pocas veces es lúgubre, la mayor parte de la película es muy luminosa, lo que provoca un contraste impactante y sorprendente. Una luz lechosa, la nieve presente, las estancias amplias para evitar sustos repentinos, los surgentes y misteriosos movimientos de cámara que flotan por las habitaciones, la banda sonora siniestra… El look de la película es una inquietante mezcla de estética televisiva y acertadísima atmósfera de terror basada en una iluminación muy clara, neblinosa.

El pasado vuelve a ser primordial, uno de los temas que vertebra la trama, un pasado oculto, lamentable, vergonzoso, sórdido, truculento… que lucha por ser descubierto.

Un músico pierde a su familia en un trágico accidente, mueren delante de él. Deprimido, abandona su hogar y se instala en una enorme mansión para poder dedicarse a la música sin molestar a nadie. Pronto se dará cuenta de que tiene un antiguo inquilino.

Como en toda gran película de casa encantada que se precie tendremos una escalera, en realidad aquí tendremos dos, realmente siniestras ambas, especialmente la pequeña que lleva a la habitación del niño…




El guión es preciso y muy inteligente, sin necesidad de recurrir a alardes de originalidad. Renuncia a los elementos psicológicos que tanto lastran muchas cintas de terror y nos cuenta la historia de dos fantasmas, el músico, John Russell, que vaga por la vida como tal, y que se acaba encontrando con otro en esa mansión. Uno de los aspectos que más me entusiasman de la película, es la naturalidad con la que el protagonista, magníficamente encarnado por George C. Scott, acepta las extrañas situaciones que observa en la casa, sin perder tiempo en buscar interpretaciones lógicas, plenamente consciente de lo que está ocurriendo. Un comportamiento coherente con ese muerto en vida que no tiene nada que perder, ni tiene miedo, lo que no quita que pueda atemorizarse en ciertas ocasiones, aceptando todo sin conflicto alguno.

La gran virtud de Medak en esa apuesta por sugerir en vez de mostrar, es que logra el escalofrío, el miedo intenso y autentico, con elementos mínimos, un terror minimalista donde una pelota, una tecla de un piano, una caja de música o una silla de ruedas provocan que se te erice la piel y te recorra un latigazo por la columna.

Medak usará la Dolly para moverse fluidamente por las estancias, mientras que Kubrick utilizará la moderna, en aquella época la estrenó él, steady cam en “El resplendor”. Así se realza la tensión y se genera una atmósfera excepcional con largos planos secuencia de tenebrosos movimientos de cámara. Así además Medak recalca el aislamiento y soledad del protagonista, su interior, como en la escena donde abandona su apartamento, completamente vacío, paralelismo con ese interior derruido, desolado, hundido… La mansión donde Russell se instala junto al fantasma, irá reconstruyéndose, limpiándose, para hacerla más habitable, del mismo modo que vemos como se va recobrando su espíritu.




Son muchas la escenas inolvidables y realmente terroríficas que deja la película, me gusta muchísimo el momento con la grabadora donde el protagonista descubre la voz del fantasma, imitada incluso en “El sexto sentido” (M. Night Shyamalan, 1999). Y es que “Al final de la escalera” es un referente indiscutible para todo el cine de terror posterior con casa encantada y fantasmas, “Los otros” (Alejandro Amenábar, 2001), “El sexto sentido”, “The ring” (Hideo Nakata, 1998)… Una película matriz, nodriza, de otras muchas.

La tecla de piano que se pulsa sola, una pelota que baja dos veces la escalera sin que aparentemente nadie la impulse, unos estruendosos golpes repentinos o la terrorífica presencia de una silla de ruedas en lo alto de la escalera, son los mínimos recursos y objetos que necesita Medak para crear auténtico miedo. Una virguería difícil de lograr, soberbio.

Montaje, dirección, fotografía, música…todos los recursos cinematográficos de los que dispone Medak están usados de forma deslumbrante para crear una atmósfera única. La sutileza, la lograda progresión dramática y de terror, son las mayores virtudes que se aprecian en la dirección de Medak. Una dirección magistral, por otro lado, picados que insinúan la presencia del espíritu del chico, que enfatizan la atmósfera, el conflicto interno de los personajes y de la propia trama, unos picados que perturban y realzan el ambiente malsano, que inquietan y hacen imprevisible esa presencia fantasmagórica, de la que no se sabe como actuará. Travellings que se integran con lo anterior, movimientos de cámara amplios, con cámara en mano o Dolly, siguiendo a los personajes de forma perturbadora para reseñar la presencia que los acompaña, aumentar la tensión o hacer amenazante su soledad. Movimientos de cámara que enfatizan las sensaciones y sentimientos de los protagonistas. Travellings que igual que siguen a los personajes, se mueven solos por los decorados como siguiendo al espíritu que ronda la casa, travellings que provocan el escalofrío cuando se identifican con él mismo…

La resolución es la parte que presenta más debilidades, más tópica y efectista, sin ser decepcionante es más irregular, repleta de grandes momentos, un montaje paralelo intenso y pirotecnia.

Nada mancha su maestría, una obra de referencia imprescindible para todo amante del género. Por algo la colocó Scorsese justamente entre sus cintas de terror predilectas.

©Jorge García

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