
Obviando la manía que tenían algunos realizadores de ubicar en localizaciones patrias como la sierra madrileña argumentos protagonizados por personajes pretendidamente extranjeros y lo variopinto de un reparto en el que algunos personajes no se sabe muy bien qué pintan, digamos que El asesino está entre los 13 me ha parecido bastante distraída y ciertamente recomendable, siempre que no perdamos de vista que estamos a principios de los años setenta y ante un thriller de consumo sin otra vocación que la de entretener. De entre todos lo mencionados al principio, el peso de la obra lo lleva dignamente la Shepard, mientras a su alrededor van pululando los diversos sospechosos de haber acabado con su difunto esposo. Así, encontramos a unos jóvenes Maura y Poncela, al galán Andreu –en un papel de acosador sexual petulante que cae mal desde que aparece por primera vez-, al carismático Eduardo Calvo, al mítico Jack Taylor o a Blaki –Francisco Javier Martín, apodado el Marty Feldman español a causa de sus ojos saltones y el papel parodiando a Igor de El jovencito Frankenstein en El liguero mágico de Ozores- en un pequeño papelito puramente testimonial. Lo dicho, amena –aunque parece que corre por ahí una versión sin censurar con diversas escenas de tinte sexual que le hubiesen aportado algo más de interés casposo- y aceptablemente interpretada, aunque echada a perder en parte por esa meliflua música de Alfonso Santisteban muy setentera e hispánica pero más indicada para las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes que como banda sonora de un thriller. Eso sí, El asesino está entre los 13 ha logrado mantener mi interés porque no he sido capaz de adivinar la identidad del asesino hasta el final de la película, más que nada porque me negaba a aceptar lo que finalmente ha sido, un desenlace más que previsible para cualquier fan del género. Y ya estoy hablando demasiado.




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