ZEPPELIN ROCK: UNA MUJER SOLA - Relato, por Ángel Carrasco Sotos

sábado, 3 de octubre de 2026

UNA MUJER SOLA - Relato, por Ángel Carrasco Sotos

 


UNA MUJER SOLA

 

Hicimos promesas, contamos mentiras...

Y yo te quise y tú me querías.

M. J. Guitián


A veces, cuando llego a casa ya entrada la noche, después de dejar el coche aparcado frente al edificio, veo desde la acera que hay una luz breve encendida en el salón, muy tenue tras el visillo, y entonces sé que ella estará allí de nuevo esperándome. Con un movimiento mecánico suelo llevarme la mano al bolsillo de la chaqueta y dentro dejo caer las llaves del coche lentamente; al mismo tiempo cruzo la calle quizá con una precipitación innecesaria -porque no pasan apenas coches a esas horas- con la mano inerte olvidada en el bolsillo como un animal muerto o atemorizado por un peligro inminente. Asimismo, me aproximo a la puerta, recorrido por una especie de parálisis que me hace perder los reflejos, tal vez por haber sido incapaz de asimilar una nueva costumbre, como si ya fuese indeleble en mi memoria ese sentimiento que se repite como un castigo fatal desde aquella primera noche en que la encontré borracha sobre la alfombra, tirada junto al sofá como si no hubiese nada bajo sus ropas, dirigiendo hacia mí la mirada del peor odio, despeinada, con las lágrimas cayendo aún desde la impavidez de sus ojos pese a que daba la impresión de haber estado toda la noche llorando. Recuerdo que sonaba desde los altavoces ocultos por la oscuridad una canción lenta de Joan Baez ("Diamonds and rust", creo), que el teléfono estaba descolgado sobre la moqueta, que había un florero desplomado en el suelo... pero de todo esto no fui consciente hasta el día siguiente, cuando rememoré sobre la cama cada detalle de aquella imagen, que había quedado íntegramente grabada en mi mente como un cuño, aunque yo en aquel momento, cuando estaba frente a ella con la chaqueta en la mano sin saber dónde ponerla, apenas si me cercioré de su rostro blanco y destrozado, y del humo de la habitación que casi no dejaba ver los objetos, de manera que esa blancura de su piel y el rojo brillante de sus ojos, surgieron como desde un túnel.


La puerta del ascensor va abriéndose poco a poco y va dejando ver la del piso. Me encamino hacia ella como alguien que entra temeroso a un sitio en el que reconoce nada más pasar un ambiente hostil, como cuando se es muchacho y se pasa por primera vez a un pub en el que uno vio durante toda su infancia entrar a gente, parejas agarradas o jóvenes sin afeitar con un cigarro en la mano, y se traspasa la puerta de ese local prohibido como si uno fuese a ser examinado, temiendo acaso una mirada directa de desaprobación, un gesto o una simple frase de un desconocido dicha con demasiada seriedad. Camino despacio, recreando ya la situación que quizá sea la de la noche anterior, abro la puerta y la cierro luego con lentitud y sigilo, como si allí hubiese un niño durmiendo o como si yo mismo fuera un ladrón furtivo, y así me acerco por el pasillo estrecho hacia el salón. Rompe de pronto el silencio el volumen bajo del televisor, el sonido de un vaso dejado apresuradamente sobre la mesa, o un movimiento brusco sobre el sofá que hace rechinar los muelles delatando un posible nerviosismo. Suelo quedar parado un segundo tras la puerta queriendo pensar cómo he de comportarme, cuáles han de ser mis palabras y mis gestos una vez que dé el primer paso hacia el salón y vea la silueta de Isabel recortada en la penumbra, su presencia muda y atónita que parece mirarte desde un escaparate, cubierta por la bata, con el pelo recogido detrás de la nuca, quizá recién duchada, con el mando a distancia en la mano, o tal vez alargándola de nuevo hacia el vaso para beber un poco más de ponche, los hielos ya deshechos, fingiendo naturalidad ante mí, sintiendo la vergüenza de tener que fingir tal serenidad, seguramente. Es posible que esta noche o mañana por la noche se vuelva a repetir todo: un cigarrillo encendido sobre el cenicero, otros apagados fumados hasta el filtro, y esto querrá decir que otra vez me ha estado esperando desde hace mucho tiempo ahí tumbada, o recorriendo la casa sin rumbo como buscando algo, volviendo al sofá cansada solo de pensar, poniendo un disco para quitarlo al momento, con los ojos ya vencidos por el sueño o la tristeza. Posiblemente espero ese momento antes de entrar únicamente para que ella vea mi sombra anunciándome y pueda así recordar las palabras que me dirá una vez que decida mirarme desde el sofá, y quizá esas palabras que ha ido eligiendo durante todo el tiempo de espera, con las que recibirme, se pierdan por un momento en el vacío y huyan de su memoria traicionándola, dejándola con el ponche en la mano sin decir nada, sumida en la quietud de una figura de cera. Quizá suceda esto último como estoy seguro ocurre la mayoría de las veces, y será por esta ausencia o huida inesperada y repentina que ella esboce una pequeña sonrisa prematura o a destiempo para rellenar ese hueco dejado por las palabras, y apenas salga de su boca temblorosa algún monosílabo dicho muy bajo y con temblor que se confunda con las voces de la película del televisor, con mi taconeo dirigiéndose hacia la cocina o hacia el cuarto de baño, que se confunda también con el silencio diluyéndose en él, con el roce leve de la ropa, con esa especie de melancolía que se cierne sobre cada objeto de la casa, también, de la que yo trato de escapar sin conseguirlo. Es posible que una segunda mirada cruzada entre nosotros nos una por el hilo de una culpabilidad mutua, no por la situación vivida en estos últimos meses sino por un pasado más lejano: aquellos pasos dados por ella para poseerme, mis miradas aún anónimas y las palabras que tuve que pronunciar después únicamente para poder conseguir su amor y su cuerpo que quería solo junto al mío en aquel tiempo; y será así que queramos renunciar a ello como si fuese posible volver atrás, a aquella playa donde nos conocimos, regresar allí sobre la arena y no devolver una mirada al otro, no sonreír, no saludar, evitar el roce tibio de una mano, huir aunque esto sucediese en el último instante. Sin embargo, sé que no podemos hacer esto, olvidar lo que fuimos, porque aquellos momentos de locura nos señalaron, quizá porque ambos desconocíamos o no queríamos ser conscientes del desgaste que nos produciría el tiempo, de su levedad y su incertidumbre, del cansancio irremediable sobre todo, cuya única salida habría de ser la búsqueda del sosiego interior de uno mismo como ha sucedido, buscar otro camino que conduzca al descanso para mitigar esa ansiedad y esa angustia de las que desconocemos su procedencia y su causa, y tengamos que arriesgar aun sabiendo lo más duro: que tendremos que enfrentarnos al olvido del otro una vez que se ha dejado de amar, este olvido que tenemos que aceptar ahora de un brochazo, sin más, porque estuvimos abocados a él desde siempre.

La observo distanciadamente mientras me quito la chaqueta y la dejo sobre el respaldo de una silla. Ella sigue mirando el televisor u hojeando una revista, pero hay veces que la descubro frotándose los ojos con un movimiento rápido, intentando despabilarse, procurando que yo no la vea pues esto denunciaría su cansancio, que ha estado cambiando de canal a cada momento sin llegar a quedarse con uno, sin llegar a encontrar algo que le haga olvidar una vez que el alcohol no ha hecho sino desordenarlo todo: significaría darse a ver antes de tiempo, es decir, insinuar, sin quererlo, que aún sigue amándome, y esto ya solo lo deja para cuando se entrega a mí en la oscuridad que impide ver mi cuerpo y mi rostro, sobre todo mi rostro. La miro como recordándola, como si no estuviese presente en ese instante y la estuviese imaginando o soñando; la miro ocultamente temiendo quizá que por un momento su mirada se cruce una vez más con la mía y entonces yo tenga que sonreírle cínicamente, o tenga que narrarle alguna anécdota del trabajo, decirle algo, lo que sea, manteniendo siempre en secreto mi relación con Elsa, de la que seguramente conserve todavía el sabor de sus labios en mi boca y el olor de su cuerpo en toda mi piel y mi ropa, tener que sepultar con las palabras la imagen de Elsa al menos por unos segundos, aun sabiendo que hace tan solo una hora escasa he estado abrazándola sobre su cama y no me ha importado mirarla sin cansarme mientras la existencia entera de Isabel se desvanecía desde el primer beso.

Las luces del coche van abriendo un surco de luz en la carretera y parece como si la fuesen dibujando ante mis ojos. Pongo la radio o empujo alguna cinta ya metida en el casete, pero mis pensamientos están puestos ya en Isabel, en la casa a la que parece dirigirse únicamente esta carretera que se va despejando de oscuridad al paso del coche, y me embriago con los recuerdos de la noche anterior, de su postura sobre el sofá, con las piernas cruzadas dejando ver un lateral del muslo, de su bata quizá demasiado abierta en el escote por el que se insinúa un pecho caído por su flacidez, de su mirada ojerosa o su andar rápido pero indeciso y torpe hacia el frigorífico o hacia el cuarto de baño, o el recuerdo del estallido de un objeto que cae al suelo empujado involuntariamente por ella, o dejado caer de su mano en algún momento de olvido o indiferencia, y que rompe el silencio y la penumbra para indicar que los dos estamos ahí, casi desdibujados.

Yo voy desvistiéndome a la luz del aplique del dormitorio y sé que ella no entrará allí hasta que yo esté tapado por las sábanas, porque conozco que ha renunciado a ver el cuerpo por el que Elsa pasó su boca besándolo hace apenas una hora, temiendo acaso ver pegado en él por causa del sudor algún pelo rubio de Elsa o la señal de sus uñas clavadas en mi espalda en algún momento de entrega absoluta. Ella se desnuda en la oscuridad, después que ha oído apagar el aplique, muy despacio, dándome la espalda, y reconozco de memoria sin verla cada movimiento de sus brazos y sus piernas en ese momento, cómo se va retirando la bata, la blusa y el pantalón otras noches, cómo se lleva las manos a la espalda para desabrocharse el sujetador, y cómo desliza las bragas sobre los muslos lisos y las saca por los pies con una delicadeza extraña y ensayada. Algunas veces tras meterse en la cama se deja llegar hasta mí y pasa un brazo por encima del mío para rozarme el pecho con la mano, acariciándolo, o me introduce la mano por debajo del calzoncillo para asir mi sexo, mientras noto el vello rizado del suyo como una esponja en la parte baja de mi espalda; entonces quiero pensar que haya olvidado todo por un instante y se haya dejado arrastrar por el olvido de la noche. Pero reconozco que no es así, que intenta precisamente recurrir al juego amoroso para no recordar, para creer, aunque tenga que engañarse, que nada ha cambiado, una vez que ha sucumbido a las caricias de mis manos y de mis labios hechas por una especie de conmiseración o disculpa o trampa vergonzosa, porque es cierto que solo el rostro de Elsa se encuentra detrás de la oscuridad que envuelve el palpitar del cuerpo de Isabel sobre el mío, y las formas que dibuja al tacto de mis manos son, sin que Isabel lo sepa, o quizá sospechándolo pero resignándose, solo los de Elsa. Yo soy otro también, tal vez, tras sus dos párpados cerrados, el que abrazó hace unos años sobre aquella arena, el que le mandaba mensajes de amor de falso anonimato -porque ella ya sabía su procedencia-, o el hombre que ella esperó siempre al caer la tarde y al que recibía siempre con un abrazo y un largo beso, al que tenía preparada una copa de coñac junto al periódico pues sabía que esto me gustaba, aunque yo nunca se lo había dicho.

Su mirada es turbia, perdida, olvidada del resto de la casa, fija quizá en imágenes que ya no pertenecen al presente y en las que ambos figuramos en primer plano, rodando abrazados sobre la cama de algún hotel, o mirándonos fijamente con un inicio de sonrisa en la cara. O quizá son imágenes más patéticas: el hallazgo de un objeto de mujer, que no le pertenecía, escondido en el fondo de un cajón, los restos de carmín sobre mi rostro o cuello al llegar tarde en una de esas primeras noches en las que tenía que disculparme con alguna mentira tramada con anterioridad entre Elsa y yo, mientras fumábamos el último cigarrillo en algún bar perdido de la ciudad.

Algunas mañanas quedo solo en la oficina y no sé si será por esa mezcla de soledad y ambiente templado de la habitación, que tiendo a dejar caer el bolígrafo sobre el folio y dirijo la vista hacia la ventana. Vienen a mi mente algunos cuadros y sentimientos que ahora considero ambiguos, una ambigüedad de que quizá se han empañado con el paso del tiempo. Recuerdo algunas frases susurradas al oído de Isabel en alguna reunión de amigos, frases de amor que solo ella y yo conocíamos porque los demás todavía no se habían dado cuenta de que estábamos enamorados, de que nos buscábamos con las manos bajo la mesa, y nos besábamos, en cuanto nos quedábamos solos, tras alguna columna, y alguna mano dejada a su voluntad se deslizaba como un pez bajo el jersey del otro para rozar suavemente la piel o para sentir los tactos suaves de las ropas interiores. Luego suele aparecer Elsa cruzando la escena y mi pensamiento se desvía hacia ella y es seguida por mis ojos ocultos de noctámbulo, y acaso en ese mismo instante recuerdo que he de telefonearla o he de encargar el ramo de flores que había pensado regalarle; es cuando la Isabel que amé se diluye pérfidamente, como una especie de deslealtad, pues sé que ella también estará rememorando sin interrupción al hombre que amó y sigue amando, aunque con el desánimo de la derrota y el desahucio, y el hastío que produce el olvido del otro.

A veces cuando entro en el salón y la observo inmóvil, llego a estimar esa quietud como la de un animal que mira el mundo desde esa ceguera que olvida la muerte o la ha asumido desde el principio. También pienso que apenas nos separa nada pese a que yo ahora parezca que la miro desde fuera, como se mira una pecera, porque en realidad no sé cómo me tratará el tiempo que me resta de vida: quizá Elsa me olvide algún día y yo tendré que afrontar con resignación la quietud del insomnio, entrar en la pecera. Puede que, si esto ocurre, vuelva a enamorarme de Isabel y la sienta como en aquellos días lejanos como de otro tiempo, o me acoja a sus brazos desesperado por la soledad, aunque no la ame. O tal vez, quién sabe, sea yo el que me aleje de Elsa, como he hecho con Isabel, por haberla dejado de amar o por haberla encontrado abrazada a otro hombre. Temo, sobre todo, que un día, al llegar a casa, Isabel ya no esté allí esperándome, que falten sus ropas del armario, algunos objetos de la casa que le pertenecen, y no deje ni una nota sobre la mesa, y que esa especie de vacío en el sofá, ese silencio aún más profundo, esa ausencia huida sin dejar rastro, termine ahogándome y tenga que sentir el desánimo y vacío de las despedidas y de los viajes sin retorno.

Las luces del coche siguen abriéndome paso en la noche, pronto asomará a mi vista la bocacalle por la que habré de girar a la derecha tras el semáforo; pronto, después de dejar el coche aparcado, alzaré la cabeza hacia la ventana, como hago cada noche, deseando que la luz esté encendida, o al menos pueda encontrar arriba a Isabel acurrucada bajo las sábanas a un lado de la cama.

                                                                        ©Ángel Carrasco Sotos

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