ZEPPELIN ROCK: LEYENDAS DE LA GUITARRA, Sevilla 1991: CONCIERTO COMPLETO en vídeo

jueves, 12 de febrero de 2026

LEYENDAS DE LA GUITARRA, Sevilla 1991: CONCIERTO COMPLETO en vídeo

 


 





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Leyendas de la Guitarra (Guitar Legends)

 15 - 19  Octubre - Sevilla 1991

Concierto completo 8 h 30 m (Expo ’92): la “cumbre audiovisual” de la guitarra en cinco noches



Sevilla 1991 y la lógica Expo ’92: cultura como infraestructura

Para entender Leyendas de la Guitarra hay que sacarlo del marco “festival musical” y colocarlo en el marco “operación de proyección”. Sevilla, a las puertas de Expo ’92, necesitaba demostrar algo más ambicioso que capacidad logística: necesitaba un relato de modernidad capaz de circular por televisión internacional. Guitar Legends fue exactamente eso: un evento diseñado desde el principio para existir como emisión (y después como vídeo), no solo como experiencia presencial. Esa premisa explica casi todo: el reparto por noches, el orden de estilos, el reparto de tiempos, la elección de figuras con peso mediático global y la magnitud de la producción.

El propio marco de prensa contemporánea subraya esa intención industrial-mediática: se hablaba de una “cita histórica” y de una “reunión irrepetible”, pero también de audiencias, difusión, televisión y del carácter de “evento” más que de simple concierto.

Hay un detalle que funciona como símbolo de época: la sede no es un teatro “clásico” del casco histórico, sino el Auditorio de La Cartuja, en el área de la Isla de la Cartuja, asociada a la transformación urbana de aquellos años.

El mensaje implícito era doble: (a) Sevilla es “cuna” de tradición (flamenco, guitarra española) y (b) Sevilla es “plataforma” de modernidad tecnológica (televisión global, puesta en escena de gran escala). Ese cruce —tradición + infraestructura mediática— es el ADN del proyecto.


El concepto Guitar Legends: una curaduría de linajes (no una jam infinita)

El título puede engañar si se interpreta como “desfile de famosos”. La clave es que el guion del festival fue curatorial: no pretendía abarcar “toda” la guitarra, sino narrar linajes y funciones del instrumento en la música popular del siglo XX.

La prensa de aquellos días ya insinuaba una lógica de progresión: empezar con el blues (la gramática madre), abrir el campo a jazz/fusión (armonía, velocidad, abstracción), introducir la figura del cantautor-rock (Dylan) como mito cultural con guitarra como herramienta de escritura, y rematar con artesanos/maestros y con el hard rock/virtuosismo de estadio.

Esa idea de “mapa” explica también la presencia —y la ausencia— de nombres. En un evento así, la ausencia siempre es una declaración estética o logística: no cabe todo el mundo, y el relato necesita puntos de apoyo reconocibles. Parte de la cobertura periodística se fijó justamente en “cuerdas ausentes”: nombres que el público esperaba y no estaban, lo que revela cuánto dependía el cartel del equilibrio entre canon y disponibilidad.

Y aquí aparece una tensión fundamental: Guitar Legends quiere ser enciclopedia, pero está limitado por el formato televisivo (bloques, tiempos, realización) y por la economía de la celebridad (agendas, cachés, contratos). En otras palabras: el festival es tanto historia de la guitarra como historia de cómo la televisión empaqueta la guitarra.


Ingeniería del evento: TV global, guion, sonido, luz y realización

Si el contenido musical fue fuerte, el “hecho diferencial” fue el armazón técnico. En fuentes de producción y resumen histórico del proyecto se subraya el tamaño del dispositivo (realización multicámara, sonido y luz de alto nivel, edición pensada para emisión internacional).

Dos nombres resumen esa ambición:

    • Phil Ramone aparece vinculado a la producción de sonido (figura con pedigrí de estudio y directo). 
    • Patrick Woodroffe, asociado al diseño de iluminación para grandes escenarios. 

El evento se concibe como serie: cinco conciertos con identidad propia y un documental. No es casual que el total se “codifique” como 8 h 30 m: esa cifra no es un accidente, es un formato “de archivo” (maratón), una prueba de que lo que se vende no es “la noche que estuviste allí”, sino el documento completo.

En términos de dirección artística, el rol de Phil Manzanera como asesor musical sugiere un criterio: alguien con experiencia en rock de autor y en estudio, capaz de pensar la guitarra como textura y como arquitectura.

Ahora bien, esa misma centralidad sería parte de la polémica en la tercera noche, cuando la crítica lo acusó de protagonismo y de “romper” la lógica del festival con decisiones de escena.


Los protagonistas: quiénes estaban (y por qué)

El núcleo del cartel se puede entender por funciones (no solo por fama):

    1. La raíz (blues): B.B. King, Bo Diddley, Albert Collins, Robert Cray. 
    2. El laboratorio (jazz/fusión/flamenco): George Benson, John McLaughlin, Larry Coryell, Paco de Lucía, Stanley Clarke (bajo), y presencia vocal invitada. 
    3. El mito cultural (autor-rock): Bob Dylan, Keith Richards, con banda de apoyo y un reparto heterogéneo. 
    4. Los artesanos/arquitectos del rock: Roger McGuinn, Richard Thompson, Robbie Robertson, Les Paul, Roger Waters. 
    5. La modernidad “guitarra-estrella”: Satriani, Vai, Brian May, Nuno Bettencourt, Joe Walsh (según listados históricos del proyecto y resúmenes). 

Un dato periodístico significativo: Paco de Lucía y Vicente Amigo fueron presentados como la única presencia española entre decenas de guitarristas del festival; ambos hablaron de nervios, de responsabilidad y, sobre todo, de lo “anti-natural” del formato breve (“no te da tiempo ni a calentarte”).

Ese comentario es crucial porque define el límite estructural de Guitar Legends: la televisión impone cortes, y la guitarra (sobre todo en flamenco y jazz) necesita tiempo para desplegar discurso.


Noche 1 (15-10): Blues — la gramática fundacional

La apertura con blues fue una elección política y musical: decir “la guitarra popular moderna empieza aquí”. La crónica lo expresa con una mini-lección: el blues se puede tocar con tres acordes y 12 compases, pero el camino es infinito porque lo decisivo no es la digitación sino la expresión.

1. Cuatro edades del blues, un mismo idioma

El cartel de esa primera noche construye una narrativa limpia:

      • B.B. King como “maestro de maestros” y paradigma de la nota-con-sentido. 
      • Bo Diddley como piedra fundacional del rock and roll desde el pulso primitivo (el “machaque” que hace genealogía). 
      • Albert Collins como heterodoxo de ataque duro, fraseos cortados y tensión sostenida. 
      • Robert Cray como heredero moderno con voz, pulso y técnica, todavía en construcción de “madurez” según la crítica del momento. 

La presencia de acompañantes “de enciclopedia” (mencionados explícitamente) refuerza la idea de “documento”: no es jam de camerino, es puesta en escena histórica.

2. El formato como limitación: tres canciones y a otra cosa

Aquí aparece uno de los rasgos estructurales del festival: cada músico ofreció tres canciones y el cierre colectivo supo “a poco” porque la reunión era irrepetible.

Eso define la experiencia Guitar Legends: el objetivo no es el desarrollo largo (como en un concierto propio), sino la evidencia: “aquí están, son ellos, esto suena así”.

3. Lectura técnica (sin mito): por qué esta noche funciona tanto

      • El blues tolera el resumen: su gramática es reconocible y permite que tres temas “digan” mucho.
      • El “tono” es narrativo: en blues, la guitarra no necesita velocidad; necesita un vibrato que hable, un bending que “cuente”.
      • El contraste generacional crea dramaturgia: el público entiende el relato sin que nadie lo explique.


Noche 2 (16-10): Jazz/Fusión/Flamenco — virtuosismo con conflicto de lenguajes

La segunda noche fue presentada como “la veloz” y, en cierto modo, la más exigente para el espectador medio. Se abre con un gesto de alto simbolismo: un homenaje a Miles Davis, con piezas asociadas al universo modal-eléctrico (y con guiños a repertorios de prestigio).

1. Un arranque “de conservatorio”, una sala helada

La crónica describe incluso el frío ambiental (“el público comenzó a frotarse las manos”), detalle banal que en realidad dice mucho: la noche se mueve en un registro menos “caliente” que el blues, más cerebral, y el auditorio responde con atención y distancia a la vez.

2. Paco de Lucía como pico emocional

El texto es muy claro: Paco “no se limitó a una faena de aliño” y alcanzó “los momentos más intensos de la noche”; su labor de enriquecimiento armónico del flamenco se subraya como valor histórico, no solo como virtuosismo.

Además, el dúo con McLaughlin aparece como uno de los grandes momentos, con interés armónico (intercambio de escalas, sensación “casi flamenca”) y guiños a Falla.

3. El problema estructural: el formato no favorece el “discurso largo”

Esta noche explicita lo que el flamenco “sufre” en un show televisivo de bloques: el compás, la respiración y la construcción de clímax necesitan más continuidad de la que permite el esquema de turnos. Por eso la frase “hasta que llegó Paco” funciona casi como tesis: la noche se sostiene en la energía del momento pico, no en el desarrollo orgánico de cada propuesta.

4. Vicente Amigo: el símbolo del “joven” en un cartel de gigantes

En paralelo a la noche musical, la cobertura sitúa a Vicente Amigo como “joven dispuesto a darse a conocer”, orgulloso y nervioso, planteando que “cada día debería haber un guitarrista flamenco”.

Esa frase es importante: reconoce que el festival usa el flamenco como “representación” (dos nombres) más que como eje estructural, pese a celebrarse en Sevilla.


Noche 3 (17-10): Dylan & Richards — historia, fricción y “riesgo en directo”

Esta es la noche con más capas: historia real (Dylan y Richards juntos), mitología mediática, y un conjunto de fricciones técnicas y curatoriales.

1. El hecho histórico: Dylan + Richards en un escenario

El País lo presenta como “velada histórica” y subraya el elemento “primera vez en años”, además de citar la declaración de Dylan: “estoy en este festival porque amo la guitarra”.

En el plano del espectáculo-documento, es oro: un momento que justifica por sí solo la existencia del proyecto y su circulación internacional.

2. La otra cara: imprevisibilidad, sonido y ensayo mínimo

Pero la crónica posterior, mucho más dura, describe una realidad típica de Dylan en directo: “hizo lo de siempre: lo que le da la gana”, con “sonorización infame” y un contexto de ensayos casi simbólicos (solo una canción trabajada con banda).

Aquí el festival se comporta como televisión “de riesgo”: si el invitado central decide romper estructura, el documento queda marcado para siempre.

3. Richards como estabilizador: estilo inconfundible

La misma crítica reconoce a Richards como “incorruptible” y subraya su estilo: acompañamientos secos, entrecortados, swing especial. Y, de hecho, se sugiere que con Dylan “salvó la noche”.

En términos técnicos, Richards representa lo contrario a la “virtuosidad”: su guitarra es identidad rítmica. Guitar Legends, al colocarlo junto a un Dylan imprevisible, convierte el concierto en una lección de función: la guitarra como columna más que como exhibición.

4. La controversia Manzanera/Bosé: cuando la curaduría se rompe

El texto crítico carga contra Manzanera por “monopolio” y por presentar a Miguel Bosé, con acusación explícita de tráfico de influencias; también registra la reacción del público (pitos) y la pregunta flotando: “¿Qué pinta Miguel Bosé en un festival de guitarristas?”.

Este episodio es clave para interpretar Guitar Legends: cuando un evento se vende como “canon de guitarra”, cualquier desviación se percibe como traición a la premisa.

5. Vicente Amigo “maltratado” por el guión

La misma crónica denuncia el trato al guitarrista cordobés (“de juzgado de guardia”), lo que refuerza la idea de que la noche 3 no solo fue musicalmente irregular: fue curatorialmente inestable.


Noche 4 (18-10): Maestros del rock — artesanía, tradición, ego y puesta en escena

La penúltima jornada muestra el conflicto entre dos modelos de rock de finales de siglo: el rock como oficio y el rock como superproducción.

1. McGuinn y Thompson: elegancia y tradición viva

La crítica valora a McGuinn por rescatar repertorio Byrds (“Turn! Turn! Turn!”, “Eight Miles High”) sin aspavientos, y a Thompson por recordar que lo elegante es lo sencillo y que, si la música tiene valor, “todo lo demás sobra”.

Este es un punto importante: Guitar Legends no es solo “virtuosos”. También es una defensa del guitarrista-autor que construye mundo con economía de recursos.

2. Les Paul: homenaje al inventor, no al “showman”

Aquí aparece uno de los momentos conceptuales más potentes: Les Paul como “abuelo en activo” de la guitarra eléctrica. La crónica separa la importancia del inventor (enorme) de su aportación como instrumentista en esa noche, y cita estándares interpretados (“Caravan”, “Over the Rainbow”).

En un festival que gira sobre la guitarra, poner a Les Paul es casi una obligación narrativa: es el “capítulo” tecnológico de la historia.

3. Robbie Robertson con base rítmica de élite

Robertson aparece acompañado por Tony Levin y Manu Katché, descritos como una de las bases rítmicas más importantes del momento, y su actuación se valora por fuerza y buen sonido.

Aquí se ve cómo Guitar Legends también funciona como escaparate de arquitectura de banda: la guitarra brilla cuando el ritmo está a nivel.

4. Roger Waters: la crítica a la “mecánica Pink Floyd”

La crónica es durísima: se habla de megalomanía, de autoerigirse en estrella, de estética futurista fuera de lugar y de intercalar éxitos de Pink Floyd con material propio, incluso “calcando” guitarras asociadas a Gilmour.

Más allá del juicio, esto revela una fractura estética: Guitar Legends quería ser “guitarra como historia”. Waters trae “guitarra como espectáculo total”, con pregrabados y macro-puesta en escena, y eso choca con el espíritu de “clase magistral”.


Noche 5 (19-10): Hard rock/virtuosos — velocidad, timbre y cultura-guitarra de estadio

Aunque la cobertura periodística más extensa que hemos citado se concentra en las primeras cuatro noches, el propio concepto del festival y los listados históricos sitúan el cierre en el territorio del hard rock/virtuosismo: guitarristas que, a finales de los 80 y principios de los 90, encarnaban la guitarra como icono técnico y como “frontline” del espectáculo.

1. Por qué este cierre era inevitable (y polémico)

En 1991, el virtuosismo tipo “guitar hero” convivía con el cambio de paradigma (alternativo, grunge en la puerta). Un cierre con Satriani/Vai/May/Bettencourt/Walsh (según listados) funciona como fotografía final de una era: la guitarra como atleta, como timbre y como “marca personal”.

2. Lectura técnica: qué representa cada “familia”

      • Satriani/Vai: la guitarra como sintaxis instrumental (legato, precisión rítmica, armónicos, control de ganancia).
      • May: la guitarra como identidad de timbre (sonido reconocible) y como “orquestación” en rock de estadio. 
      • Bettencourt: el “riff” como motor funk-metal/hard contemporáneo, ataque percusivo y groove.
      • Walsh: puente con el rock clásico estadounidense: melodía, fraseo, canción.

3. Qué cierra realmente esta noche

En un evento televisivo, la noche final suele cerrar con un gesto de síntesis: una jam o un número colectivo donde se “firma” el documento. En Guitar Legends, esa lógica encaja con el paquete total: el festival no pretende que recuerdes un solo concierto, sino la idea de guitarra como atlas.


El “Concierto completo 8 h 30 m”: cómo está construido el documento audiovisual

Aquí conviene ser literal: cuando se habla de “8 h 30 m”, se está hablando de la obra audiovisual completa, no solo de la experiencia en La Cartuja. Las fuentes que describen el formato señalan cinco shows de 90 minutos y un documental de una hora, lo que cuadra exactamente con 510 minutos (8,5 horas).

1. Implicación 1: el “montaje” es parte del mensaje

En conciertos convencionales, el montaje intenta ser transparente. Aquí, el montaje es el producto: cinco capítulos, cada uno con identidad estilística, pensados para ser consumidos como serie.

2. Implicación 2: el evento existe “en diferido”

El público de 4.000–5.300 asistentes por noche (según jornada) es importante, pero el objetivo real era el público televisivo global.

Por eso importan tanto la realización, la captura de sonido y la coherencia narrativa entre noches. También por eso hoy se recuerda como “Concierto completo” más que como “asistí”.

3. Implicación 3: proliferación de ediciones parciales

La circulación posterior suele fragmentar: noches sueltas (rock show, hard rock show, etc.) y ediciones de catálogo. Parte de la información disponible para el público actual proviene de entradas de archivo y tiendas especializadas que describen esos lanzamientos.


Recepción, polémicas y lectura crítica

1. Lo que funcionó: narrativa y contraste

      • Apertura blues: relato perfecto, porque el blues acepta síntesis y la emoción no necesita tiempo infinito. 
      • Noche jazz/fusión/flamenco: alto nivel técnico, con picos emocionales claros (Paco) y un guion que sugiere “alta cultura” musical (Miles). 
      • Maestros del rock: recordatorio de que la guitarra no es solo velocidad; es canción, historia, tradición y timbre. 

2. Lo que falló (o dividió): el tercer día y el “poder” del curador

La noche Dylan-Richards exhibe el mayor riesgo: cuando el “mito” entra, el guion se rompe. Dylan es descrito como hermético e imprevisible; el sonido falla; el ensayo es mínimo.

Y, sobre esa inestabilidad, se suma la polémica por decisiones de escena (Manzanera/Bosé) que el público percibe como ajenas al concepto del festival.

3. El choque de modelos de espectáculo

En la penúltima noche, la crítica opone la sobriedad de McGuinn/Thompson/Robertson y el homenaje Les Paul a la macro-puesta en escena de Waters, con juicio severo sobre pregrabados y grandilocuencia.

Aunque ese juicio sea opinable, ilumina una tensión real: ¿qué celebra Guitar Legends? ¿La guitarra como herramienta musical o la guitarra como parte de un “show total” donde a veces deja de ser protagonista?


Legado: qué cambió (y qué no)

1. Plantilla del “evento-archivo”

Guitar Legends anticipa un formato que hoy es común: concierto concebido desde el minuto cero como archivo audiovisual (multi capítulo, edición, distribución).

2. La guitarra como “museo viviente”

La presencia de Les Paul, el recorrido del blues a la fusión, y la coexistencia de tradición (folk-rock, flamenco) con virtuosismo contemporáneo convierten el festival en museo vivo: no se limita a “tocar temas”, sino a exhibir funciones históricas del instrumento.

3. El límite que permanece: el formato televisivo “aplana”

El propio Paco de Lucía lo resume: con dos o tres piezas por artista “no te da tiempo ni a calentarte”.

Ese límite es inherente al concepto: Guitar Legends no es un festival para el “desarrollo”, sino para el testimonio.


Conflictos de fuentes y puntos de verificación (transparencia)

    1. Número de guitarristas/artistas: la prensa habla de “30 guitarristas” (formulación amplia) y otras fuentes hablan de “top guitarists” con cifras distintas; parte de la divergencia depende de si se cuentan bajistas, cantantes invitados o músicos de apoyo. 
    2. Asistencia por noche: aparecen cifras distintas (4.000; 5.300; 3.500), coherentes si se entiende que varían por jornada, pero no equivalen al aforo fijo del recinto. 
    3. “Concierto completo 8 h 30 m”:  Fuentes de catálogo/film y enciclopédicas lo reflejan como runtime cercano a 510 min. 
    4. Narrativa del “evento perfecto”: las crónicas contemporáneas muestran altibajos (sonido, guión, polémicas), lo que obliga a leer Guitar Legends como documento con fricción, no como postal idealizada. 


Conclusión: por qué Guitar Legends (Sevilla 1991) sigue siendo importante

Leyendas de la Guitarra no es solo “un festival con nombres”. Es un artefacto donde se cruzan tres historias:

    1. la historia musical (linajes reales del instrumento),
    2. la historia industrial (televisión global como motor cultural),
    3. y la historia urbana-política (Sevilla/Expo como escaparate de modernidad).

Su grandeza no está en que todo saliera perfecto —no salió—, sino en que dejó una prueba documental rara: la guitarra vista como mapa, con sus tensiones internas expuestas (tradición vs espectáculo, profundidad vs formato, curaduría vs egos). Y eso, para quien hoy se sienta ocho horas y media ante el “concierto completo”, sigue siendo el verdadero gancho: no es nostalgia; es arqueología audiovisual de cómo se quiso contar el siglo de la guitarra en un solo relato televisivo.




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