martes, 8 de mayo de 2018

Tangerine Flavour - Clamores, Madrid, 5 de mayo de 2018: Crónica del concierto



por Alberto Iniesta (@Radiorock70)
del blog Discos




“La calma que precede a la tempestad…”

Para aquellas personas que esperaban un buen concierto en la Clamores el pasado sábado (5 de mayo), lamentamos informarles de que no fue así: no fue un buen concierto, fue un conciertazo. El núcleo duro de los Tangerine FlavourFer al bajo, Pablo y Miguel a las seis cuerdas– presentaron su nuevo disco No Hard Feelings (cuya crítica podéis leer, bajo vuestra responsabilidad, por aquí), y se hicieron acompañar por Juli a las baquetas, Marcus Wilson, debilidad personal, a la acústica, y un Dani Romero que hizo lo que quiso a las teclas. Ya entraremos en detalles más adelante, pero cuando varios buenos músicos se rodean de auténticas bestias como esas, el resultado es el que pudimos ver el sábado.




Cerca de las once y media dio comienzo el vendaval, y arrancó igual que el disco. En el setlist apostaron sabiamente el todo por el todo a este nuevo álbum, sabiendo que es caballo ganador, y efectivamente en esta ocasión la banca no ganó: Following The Path Of The Sun nos puso los dientes largos y las emociones a flor de piel anunciando el comienzo de una noche prometedora, arrancando tan brillante como la propia voz de Miguel. En No Kisser Girl el protagonismo en el micro recayó en Pablo, con resultados idénticos. Y conviene recalcar lo complicado de la empresa, pues mire usted, no abundan grupos que puedan presumir de contar con tres voces de este nivel. Sin duda, una de las claves por las que el concierto alcanzó el nivel que alcanzó. En South American Style las mareas nos arrastraron a un sonido más pop sin perder un ápice de calidad, quedando claro que en este grupo las canciones están por encima de las etiquetas, y en directo alcanzando, simplemente, otra dimensión. Red River trasladó al personal a otro lugar. Escuchabas esos acordes y costaba creer que realmente estabas en Clamores.




Love Hurts Me Again sonó incluso más poderosa en directo, y como otras, se vio reforzada por la presencia de esa acústica de Marcus y las teclas de Dani, cuyo esplendor alcanzaría su clímax más adelante. Cada cosa a su tiempo. Lo que dejaremos claro por el momento es que hay riffs creados para volar cabezas sin necesidad de balas, y el de esta canción es uno de ellos. Ballerina derrocha calidad por todos los acordes, desde el momento en el que Pablo comienza casi a susurrarle cada verso al micro hasta que el resto de los instrumentos se unen a la causa. Con It Ain’t Over Yet la presencia de Roy Orbison sobrevolando el escenario se podía respirar, y dejarse llevar en ese momento por la canción fue la mejor decisión posible. Hubo un momento más de calma con Honeymoon antes de que anunciaran la llegada de Time Is Runnin’ Over. Honestamente, como canción con mayúsculas que es, la esperaba al final de la noche cerrando el concierto, pero este tipo de temas siempre son bienvenidos. Quedándole como un guante como le queda el ya famoso guiño al Bell Bottom Blues, quizá lo único que le falta es alargarla un poco más en el directo, ya sin las limitaciones que conlleva el estudio. Como por falta de calidad no es, será cuestión de tiempo que suceda algo así.




El tiempo se acababa, sí, pero su EP pedía también protagonismo, y vaya si lo tuvo. Primero con una magistral interpretación del Hey Dylan, luego con un increíble aumento de revoluciones de un Dark Winter que ya de por sí es un tema incendiario, con ese guiño inconfundible a Arctic Monkeys. Pero el gran momento donde quedó demostrado que el directo es su auténtico punto fuerte llegó de la mano de Song For Alba. Simplemente no hay color entre lo que suena en el EP y lo que pudimos escuchar en Clamores. Fue algo así como intentar comparar el Sweet Jane del Loaded con el que suena en Rock ‘N’ Roll Animal. Alargar la canción fue un acierto mayúsculo, y la jam que salió como resultado es simplemente inclasificable. Hay cosas que es mejor vivirlas en directo, porque no hay adjetivos en el diccionario que describan la auténtica apisonadora que fue Juli o los solos de Miguel y Pablo. Por no hablar del bajo de Fer, inconmensurable en su papel de capitán general del escenario, o de la acústica de Marcus, al que la clase y la humildad le sobran a partes iguales. Pero fue Dani, que tocó como si las teclas fueran puras prolongaciones de sus manos, el que terminó por conquistar a la sala Clamores en su totalidad.

Si hay un pero que ponerle al concierto, fue su duración. Debería estar prohibido que conciertos como este duraran menos de tres horas. Pasados ya un par de días desde el término del mismo, las sensaciones de que vimos a un grupo grande siguen igual. Solo hay algo que, lejos de permanecer igual, aumenta: las ganas de volverles a ver.


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