domingo, 25 de febrero de 2018

Sexto capítulo de los "pensamientos estrangulados" de Cioran



Pensaba que estos pensamientos tan estrangulados que nos sacan la lengua perpetuamente iban a causar tal número de bajas en esas líneas de improbables lectores que la publicación de nuevos fascículos se iba a hacer imposible, más que nada porque no daba yo todas porque el autor de estas líneas no se sumase a esas irremediables bajas. Pero es el caso que estas notas o apuntes de Cioran están causando furor hasta el punto de que en cada publicación nueva aumentan sobremanera los lectores. Más de 700 pasaron a ojear las últimas. Crecen las bajas, seguro, pero en mayor número los adeptos que se unen a la lectura de estas líneas. Efecto dominó lo llaman. No es para menos. Son tan suculentos, tan yo qué sé, tan qué sé yo, que uno se siente obnubilado por el fluir de esas palabras asesinas. Pues nada, déjense matar, que por aquí va otra andanada. Es el sexto capítulo de los pensamientos estrangulados de Cioran. Para esa legión de fantasmas.


Más pensamientos estrangulados:


Has dejado depauperarse lo que había de mejor en ti. Más cuidadoso, no habrías traicionado tu verdadera vocación, que era la de tirano o la de eremita.

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La desolación que expresan los ojos de un gorila. Un mamífero fúnebre. Descendiendo de su mirada.

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Cuanto más se farfulla, más se empeña uno en escribir mejor. Así se venga uno de no haber podido ser orador. El tartamudo es un estilista nato.

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Durante el insomnio me digo, a guisa de consuelo, que estas horas de las que tomo conciencia las arranco a la nada y que, si durmiese, no me habrían pertenecido nunca, ni siquiera hubiesen existido jamás.

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El hombre, ese exterminador, odia todo lo que vive, todo lo que se mueve: pronto se hablará del último piojo.

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Solo, incluso inactivo, no pierde uno nunca el tiempo. En compañía se lo malgasta casi siempre. Ninguna charla con uno mismo puede ser completamente estéril: algo sale de ella necesariamente, aunque no fuese más que la esperanza de encontrarse de nuevo un día.

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Cada ser es un himno destruido.

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Si creemos en Tolstoi, no habrá que desear más que la muerte, pues este deseo, como se realiza infaliblemente, no es un engaño como todos los otros.

Sin embargo, ¿acaso no es la esencia del deseo tender hacia cualquier cosa, salvo la muerte? Desear es no querer morir. Así, pues, si uno se pone a desear la muerte es que el deseo se ha vuelto contra su función propia; es un deseo desviado, erguido contra los otros deseos, destinados todos a decepcionar, mientras que él mantiene siempre sus promesas. Apostarle a él es jugar sobre seguro, es ganar de todas maneras: no engaña, no puede engañar. Pero lo que esperamos de un deseo es, precisamente, que nos engañe. Que se realice o no, eso es secundario: lo importante es que nos disimule la verdad. Si nos la revela, falta a su deber, se compromete y reniega de sí, y debe, por lo tanto, ser tachado de la lista de deseos.

ZR

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