domingo, 11 de febrero de 2018

Más pensamientos estrangulados del filósofo E. M. Cioran



Tras el primero llegó el segundo y, ya veréis, tras este llegará un cuarto (y quizá un quinto). Hablo de esta humildisísima serie de entradas dedicadas a esos llamados "pensamientos estrangulados" del ilustre filósofo, autor de El aciago demiurgo (de ahí provienen), que en vida respondió al nombre de E. M. Cioran. Son pensamientos que nacen con la soga al cuello, ya flácida sobre el cuello de quien los enunció un día y los dejó posados negro sobre blanco sobre el papel, como pequeños riachuelos de aguas cristalinas (que también dan, al final, en el mar). Con ellos os dejo a solas (si notáis la presencia de alguna sombra que os acompaña, llamad a un párroco con urgencia).


¿De quién proviene que, en la vida como en la literatura, la rebelión, incluso pura, tenga algo de falso, mientras que la resignación, aunque brote de la abulia, da siempre la impresión de lo verdadero?

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Ante ese insecto, del tamaño de un punto, que corría por mi mesa, mi primera reacción fue caritativa: aplastarle, pero después decidí abandonarle a su alocamiento. ¿Para qué liberarle de él? ¡Solamente que me hubiera gustado tanto saber a dónde iba!

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El ansioso construye sus terrores y después se instala en ellos: es un comodón del vértigo.

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Es imposible saber por qué una idea se apodera de nosotros para no dejarnos ya. Se diría que surge del punto más débil de nuestro espíritu o, más precisamente, del punto más amenazado de nuestro cerebro.

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Mientras que la tristeza se justifica tanto por el razonamiento como por la observación, la alegría no reposa en nada, pertenece a la divagación. Es imposible ser feliz por el puro hecho de vivir; se está triste, por el contrario, desde que se abren los ojos. La percepción como tal vuelve sombrío, los animales son testigos. Solo los ratones parecen estar alegres sin esfuerzo.

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Basilides, el agnóstico, es uno de los raros espíritus que comprendió el comienzo de nuestra era, lo que ahora constituye un lugar común, a saber: que la humanidad, si quiere salvarse, debe volver a sus límites naturales por el retorno a la ignorancia, verdadero signo de redención.

Este lugar común, apresurémonos a decirlo, permanece aún en la clandestinidad: cada cual lo mumura, pero se guarda de proclamarlo. Cuando llegue a ser un slogan se habrá dado un importante paso hacia adelante.

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Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo.

ÁCS

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