domingo, 26 de noviembre de 2017

Las pajaritas de Miguel de Unamuno - Unamuno y la papiroflexia

En esta pintura de Unamuno, realizada por Gutiérrez Solana,
no olvida el pintor dejar plasmada sobre el lienzo una de esas pajaritas.

En un capítulo anterior, dábamos cuenta de la faceta como dibujante de Miguel de Unamuno, una vertiente plástica poco conocida de este universal escritor y filósofo de nuestra llamada Generación del 98. Ahora tocamos otra de sus aficiones, como lo era la papiroflexia. Especializado, sobre todo, en pajaritas de papel, las hizo a porrillo para, posteriormente, regalarlas firmadas. Os copio unas páginas de ese controvertido y genial escritor llamado César González-Ruano, que toda este aspecto en algunas páginas de la biografía que del vasco hizo.


Dibujo de Miguel de Unamuno.


Del capítulo IX "Vida de don Miguel de Unamuno en París y en Hendaya", del libro de César González-Ruano, Don Miguel de Unamuno, publicado por Editora Nacional, Madrid, 1965, pp. 89-90).

[...]

Al hablar de las pajaritas me acuerdo de una fina anécdota unamunesca. Voy comprendiendo que es lástima en cierto modo que este libro no tenga notas, porque prescindo de muchas aparentes minucias que acaso tengan interés. Don Miguel hacía pajaritas, sus pajaritas de siempre, que sirvieron para que en una ocasión le analizara mentalmente un famoso médico, con toda impiedad. Mientras charlaba iba plegando un papel -una cuartilla o la octavilla de un anuncio- con una evidente maestría. Un triángulo, luego otro, se doblan unas esquinas e iba apareciendo la pajarita y aun otros animales. Los amigos de don Miguel se las llevan como recuerdo venerado. Cuando Unamuno -Dios le dé la más larga vida- muera, estoy viendo que el que no tenga una pajarita de papel hecha por don Miguel, se la hará él mismo como un farsante, y puede que esto sea un negocio a explotar con los turistas ingleses. (Un inglés es con frecuencia tonto; pero si es turista, lo es irremediablemente).




Bien; don Miguel, una tarde, haciendo pajaritas, repara en una muchachita que le mira desde la mesa próxima. Es muy francesa, muy parisién. Nacida en otra nación del mundo, sería vulgar, y nacida en Londres, fea. Aquí es bonita: el ambiente le presta gracia, el piso de París ha moldeado admirablemente sus piernas y las perfumerías agrandan sus ojos y encienden sus labios. La muchachita mira insistentemente a don Miguel. ¿Es una cándida admiradora? Toda mujer francesa tiene el alma un poco envenenada de literatura. No olvidemos que es en París donde las mujeres se enamoran aún de los poestas y los héroes. La muchachita habla reservadamente con el camarero, y este, poco diplomático, se atreve a irrumpir en la mesa de don Miguel y dice cómo la muchacha le ha pedido que le dé una de aquellas pajaritas, si le es fácil procurársela. Don Miguel no dice nada. Sigue hablando y haciendo pajaritas. Ha hecho cinco o seis de distintos tamaños. Después las firma una por una, y levantando sus ojos hasta los de ella, que los tiene clavados en don Miguel, le dice:

-Voici, mademoiselle.

[...]


Miguel de Unamuno por Zuloaga (con su pajarita al lado).

Otra versión del cuadro de Solana.



ZR

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