domingo, 12 de noviembre de 2017

"Decálogo", un hermoso articuento de Juan José Millás (Articuentos completos, 2011)



Está sobre la mesita y de cuando en cuando entro a picar en él. Se trata de un libro de Juan José Millás, exactamente el titulado Articuentos completos que recoge casi todos los publicados por este autor en sus columnas periodísticas. Digo casi todos (casi todos hasta la publicación del libro; manejo la primera edición, de 2011, de 957 págs.) porque según nos descubre el mismo autor en el prólogo, algunos fueron eliminados por demasiado circunstanciales ("de actualidad perecedera") o porque, pese a ser intemporales, no terminaban de conmover al autor en el presente en que se hizo la selección. En fin, quizá lo que no tenían estos últimos era un mínimo de cualidad. No está mal darse cuenta de estas cosas, aunque sea a posteriori. En fin, con esto de los articuentos pasa como con las greguerías, con los haikus: si no te gusta uno, pues pasas al siguiente casi sin solución de continuidad. Eso sí, es literatura (también como la de las greguerías o los haikus) para degustar, para tomar a pequeños sorbos. Por eso cunde tan poco avanzar por la travesía de los mismos. Este que os presento hoy me llamó especialmente la atención.


Decálogo

En El ejército del faraón (Alfaguara), Tobias Wolff, recordando a un amigo muerto en la guerra del Vietnam, se expresa de este modo: "Él nunca sabrá las cosas que los demás sabemos. No sabrá qué significa hacer una vida con otra persona. Que un niño se deslice junto a uno, la mañana del domingo, cuando está leyendo en la cama. Dedicar años a un trabajo y luego volverse a mirarlo. Vigilar la decadencia de los padres y asistir a su disolución. Perder la fe. Rezar de todos modos. Perseverar. Estamos hechos para perseverar, para cumplir el turno entero de servicio. Así descubrimos quiénes somos".

A veces, en los libros o en la vida si uno está atento, caza párrafos brutales, como el que acabo de reproducir, de tan compleja sencillez que hay que leerlos una y otra vez para comprender que podrían ser las primeras líneas del Génesis, en el sentido de que aplicándolos a la existencia cotidiana seríamos capaces de fundar el mundo: un mundo pequeño, desde luego, como de andar por casa en zapatillas, pero de una sabiduría estremecedora. Leer en la cama, mientras se nota la presencia de un niño deslizándose entre las sábanas. Iniciar una novela sabiendo que tendremos que dedicarle a ella los próximos tres o cuatro años sin la garantía de terminarla, ni de que sea buena, solo por volvernos a mirarla pasado un tiempo y ver si nos devuelve al menos la satisfacción del deber cumplido.

Y rezar, claro, a condición de hacerlo sin fe, como un ejercicio de piedad hacia uno mismo y hacia el mundo. Quizás escribir sea una de esas formas de plegaria que se entonan mientras vigilamos la decadencia de los padres y asistimos a su disolución. Parece el decálogo de un agnóstico profundamente religioso. Tal vez lo sea. Leerle, leer un curioso escritos llamado Tobias Wolff, es una de las formas de perseverar, de cumplir el turno entero de servicio. No estoy seguro de que acabemos sabiendo quiénes somos, pero al menos vamos día a día averiguando a quiénes no nos queremos parecer de ningún modo, lo que constituye un excelente modo de construirse y de colaborar a la construcción del universo.



ZR

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