domingo, 29 de octubre de 2017

Las encuadernaciones - Por César González-Ruano

Fotografía de José Sánchez Martínez (incluida en el libro).

Texto extraído de su Libro de los objetos perdidos y encontrados (mayo, 1959; Pareja y Borrás Editores).

LAS ENCUADERNACIONES

El mundo de las encuadernaciones es tan sabio, tan rico, tan exigente, que sería empresa ridícula pretender encerrarle en un artículo. Aquí solo quisiera referirme a un aspecto de las encuadernaciones: su resistente sentido aristocrático y su forzada democratización.

Antes, las encuadernaciones eran siempre piezas únicas, lo mismo la de gran lujo y rareza -que los grandes encuadernadores firmaban con discretas letras de oro- que las encuadernaciones modestas. Entre los avances del libro y seres reunían una gran biblioteca existió siempre una duda metódica que no llegó a unificar las ideas opuestas. La duda era de si se debía encuadernar o si el dinero que requerían las encuadernaciones merecía mejor emplearse en la adquisición de más libros. Como casi siempre, el ecléctico tenía razón: encuadernar lo que preferimos y dejas como estuviese lo demás.

En el conjunto de una biblioteca hace muy bien, claro está, los libros encuadernados, pero también tienen su encanto muchas colecciones en rústica que son características y que el buen lector distingue en el acto. (Algunos libros, incluso vulgares, tienen un gran carácter y da pena encuadernarlos: los característicos volúmenes amarillos, por ejemplo, del "Mercure de France", y no digamos los sencillísimos y elegantes de la "N. R. F.")

La biblioteca de una persona de lujo solía estar casi toda encuadernada, aunque muchos cometieran el enorme error de encuadernar todos los volúmenes en el mismo color y con iguales o muy parecidas características, lo que tenía el riesgo de que sus librerías privadas tuvieran el aspecto de bibliotecas oficiales o públicas.

Pero, en fin y a lo que vamos, la encuadernación era una consecuencia de la individualidad. Solo tenían encuadernación en serie algunas enciclopedias, diccionarios geográficos o historias.

De pronto, ha surgido el libro encuadernado, e incluso bien encuadernado, en serie, como una característica más de nuestra época igualatoria, simuladora de una especie de lujo democrático que ya no es tal lujo pero que se presta un poco a la confusión.

Aquí en España, donde incomprensiblemente apenas le concede nadie importancia a la más exacta e importante condición de un libro, su primera edición, han caído casi todos en ese engaño burgués que juega a los libros llamados de lujo. La gente ha aceptado rápidamente, y por los caminos más fáciles, la edición ilustrada o el tomo vistosamente encuadernado. Incluso las ediciones muy limitadas, numeradas, no le vuelven loco más que a unos pocos centenares de entendidos. Lo que parece interesar es que los libros "hagan bonito".

Se han conseguido, efectivamente, encuadernaciones en serie bastante bien hechas, pero que si abundan demasiado en una biblioteca, lejos de valorizarla la desvalorizan a los ojos del verdadero amante del libro. Esos metros de libros encuadernados en serie le dan un aire tan de nuevo rico a una biblioteca que hay que limitar su adquisición o disimularla con otras adquisiciones en rústica o con encuadernaciones propias.

El libro encuadernado en serie es como el traje de confección, como llenar una casa, donde no hay cuadros, de reproducciones, como creerse un donjuán no habiendo conocido otra cosas que profesionales más o menos disimuladas, como ir a triunfar a la Costa Azul con uno de esos coches que ahora se han puesto también difíciles de conseguir y que no es necesario señalar con el dedo.

No hablemos ya de las indecentes encuadernaciones en tela con letras de oro tan malo que no aguantan ni la salida de la encuadernación, encuadernaciones con las cuales el libro está infinitamente peor que en rústica. ¿Quién puede ya engañarse con eso? ¿Cómo se continúa encareciendo tontamente el libro que está así horrendamente encuadernado y con el ridícula protección -¿qué es lo que se protege?- de una de esas cubiertas llamativas de colorines que acaban por convertir el libro en una caja de medias o de pasas, más aún si las recubre un celofán?

Tengamos un poco de cuidado con las encuadernaciones. La encuadernación es algo personal e intransferible. De tener tiempo y dinero, muchos de esos libros interesantes y algunos bien impresos merecerían arrancarles su indigna encuadernación y volver a encuadernarlos como Dios manda. Son como muchachas bonitas vestidas por el mismísimo demonio, con una imitación de visón que dan ganas de llorar o de pedirlas que empiecen por quitarse el abriguito para tomar el café antes de pensar en quitarse más cosas.

CGR-ZR





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