domingo, 28 de mayo de 2017

Crítica de "La bella y la bestia" (Bill Condon, 2017): Review



por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Lo ha petado. Ha batido récords de taquilla. No podía ser de otra forma.

No, no hablo de la calidad de la cinta, sino de sus eternos ingredientes, que siempre la harán candidata al éxito: La chica que logra cambiar al chico malote.

Esta idea, que pasarán los siglos y seguirá siendo una fórmula infalible, es la que ha llevado a cosas como 50 sombras de Grey a convertirse en fenómeno de masas. No, no era el sexo, novelas eróticas las hay a montones, era el ingrediente de la chica inocente y competente que logra cambiar al hombre problemático, al chico malo, a la bestia.



Y por lo demás, ¿qué puede fallar? Dos polos opuestos, una chica inteligente y guapa, un chico malote, engreído, superficial y atormentado, dos seres solitarios e inadaptados, encerrados y enfrentados de inicio para poder conocerse en profundidad, descubriendo sus vínculos y aficiones compartidas, actos de sacrificio, renuncia, amor y generosidad… ¿Cómo no se van a enamorar? ¡Lo raro sería que no lo hicieran!




Le ha tocado el turno a La bella y la bestia, que ya fue un sonado éxito animado en 1991, en esta cruzada de Disney por reproducir sus éxitos animados en éxitos en imagen real (más o menos). Y por alguna razón que se me escapa, en coherencia con la estética que viene predominando en todos estos títulos (Alicia en el país de las maravillas, Cenicienta, Maléfica…), en la productora interpretan que los espectadores tenemos algo de urracas, por lo que siempre ponen muchos colorines luminosos y brillantes en ellos, sobre todo si hay príncipes y princesas.




Y es que hay una escena especialmente significativa. En el clímax, cuando hombres y objetos digitalizados pelean entre sí, unos defendiendo a su señor y otros buscando su muerte. Una batalla donde parece escenificarse el mismo duelo al que asistimos en el cine contemporáneo, donde lo digital amenaza lo real. La misma guerra que Disney parece luchar contra sí misma con estas nuevas películas en imagen real que contestan siguiendo casi al dedillo sus clásicos animados. Aquí es lo digital lo que aparece más humanizado, siendo los humanos seres despiadados, pero la conversión final define la tesis, donde toda técnica es buena siempre que haya alma, siempre humana, detrás.

Si Bella es romántica y lee a Shakespeare, La Bestia aparenta ser un déspota brutote que finge no ser un romántico, porque ha decidido ocultar todo lo bueno en una máscara de defectos, que, por supuesto, le creó su padre. En ellos se manejan muy bien dos elementos como vínculo, que por desgracia se antojan muy previsibles: su pasión por la lectura y las rosas. Las mentes cultivadas, nos dice la historia, son las capaces de ver más allá de la superficie.




Bill Condon lo apuesta todo a la ampulosidad curvilínea, con una dirección artística exagerada y grandilocuente, con muchos movimientos amplios de cámara, panorámicas y travellings, que cuando son circulares retratan la fascinación que siente por algún entorno Bella. Todo ello dota de dinamismo a la puesta en escena, siguiendo muy de cerca al referente de animación, más que a cualquier otra cosa, pero provocando una constante sensación de déjà vu con respecto a un montón de otras películas (Sonrisas y lágrimas, Cenicienta, Alicia en el país de las maravillas o, por supuesto, Frankenstein…). Por desgracia, la ampulosidad y prescindir de cortes no siempre es sinónimo de claridad expositiva ni descriptiva.

Eso sí, todo desde una concepción feminista, en el mejor de los sentidos, donde Bella es una chica independiente, valerosa, capaz, que se rebela contra las limitaciones sociales de su época, que pretenden encarcelar a la mujer que no vive a la sombra de un marido mantenedor. Con todo, es un error no centrar las miras en el personaje más atractivo de todos, el atormentado, el maldito, en su sufrimiento.




Con una estética que remite irremisiblemente a los cuentos de hadas, una estética semionírica que no rompe del todo con los referentes animados, así como el apego por el barroquismo, lo gótico y el colorido chillón, la película entronca con el estilo de títulos anteriores Disney, indudablemente. Colores fríos y cálidos conviviendo en difícil armonía, generando morados y violáceos en su fusión y colorido abigarrado y estridente. Posee además, en algunas fases, las más “siniestras”, una concepción estética muy burtoniana, por ejemplo en ese paso por el bosque helado y la entrada al castillo de la Bestia.

Otros recursos que remiten al cuento, como la voz over de la introducción, que también es un sello de identidad de esta aventura revisionista, sobran por redundantes.




Todos estos ingredientes sumados a las numerosas canciones y su aire chillón, nos llevan a veces al Moulin Rouge (2001) de Baz Luhrmann (no en balde Ewan McGregor anda por aquí también.

Demasiadas canciones, desde el inicio, con esa obertura operística, que no es una simple excepción, sino el comienzo a una larga sucesión de temas, algunos muy conocidos, ya saben, de su referente animado. Del mismo modo, hay demasiado protagonismo para los cachivaches. Todo ello sume a la cinta en una casi perpetua digresión, con las canciones como principales culpables, donde se desarrollan ideas sumamente simples o las reiteran cuando ya habían quedado claras, sin que la historia y la relación de la pareja comience a evolucionar, algo que pasada la hora de película no ha sucedido aún, y que es lo que queremos ver… Luego, claro está, llegan las prisas y los apresuramientos abruptos, que generan una inconsistencia dramática atroz en dichas relaciones y en los comportamientos repentinamente cambiantes y arbitrarios de la mayoría de personajes.




Espectacular reparo, atrapado en cachivaches digitales, lo que es un pena, pero prestando sus voces. Siempre es agradable ver a Kevin Kline, que al menos sale durante toda la cinta con su rostro y sin convertirse en nada. Emma Thompson, Ian McKellen, Stanley Tucci, Ewan McGregor… Estupendo trabajo de Emma Watson, la principal protagonista.

Hay muchos defectos, por tanto. Inconsistencia dramática, mal estructurada, demasiado digresiva, muy previsible en todos sus elementos y matices, más allá de la conocida historia, demasiado tributaria de títulos anteriores en casi todo, resulta demasiado infantil casi a tiempo completo… pero aún así ha gustado porque en el fondo funciona. Es azúcar alegre y satisfecho. De emociones tan primarias como eficaces, que alegran y conmueven.

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