domingo, 30 de abril de 2017

Las mejores citas de E. M. Cioran - Breviario de podredumbre


Continuamos con la gustosa tarea de traer a estas páginas fragmentos destacados de ese libro fundamental en la obra del filósofo rumano E. M. Cioran cuyo título tradújose al español (por Savater) como Breviario de podredumbre. Esperamos que sean de vuestro provecho.


Del capítulo El luto atareado:

¿Hubo alguna vez un orgullo vencido por la evidencia de nuestra irrealidad? ¿Y quién fue lo bastante audaz como para no hacer nada, ya que todo acto es ridículo en lo infinito? Las ciencias prueban nuestra nada. Pero ¿quién ha sacado de esto la última lección? ¿Quién se ha convertido en héroe de la pereza total? Nadie se cruza de brazos: somo más más afanosos que las hormigas y las abejas. Pero si una hormiga, si una abeja -por el milagro de una idea o por una tentación de singularidad- se aislase del hormiguero o del enjambre, si contemplase desde fuera el espectáculo de su penas, ¿se obstinaría todavía en su trabajo?

[...]

El hombre vuelva a comenzar cada día, pese a todo lo que sabe, contra todo lo que sabe. Ha llevado este equívoco hasta el vicio. La clarividencia está de luto pero -extraño contagio- incluso este luto es activo; así somos arrastrados en un séquito fúnebre hasta el Juicio; así, del mismo último reposo, del silencio final de la historia, hemos hecho una actividad: es el montaje escénico de la agonía, la necesidad del dinamismo hasta en los estertores...

[...]

Según toda evidencia, estamos en el mundo para hacer nada; pero, en lugar de arrastrar perezosamente nuestra podredumbre, exhalamos sudor y echamos los bofes en el aire fétido. La historia entera está en estado de putrefacción; sus relentes se desplazan hacia el futuro: hacia allí corremos, aunque no sea sino por la fiebre inherente a toda descomposición.
Es demasiado tarde para que la humanidad se emancipe de la ilusión del acto, es sobre todo demasiado tarde para que se eleve a la santidad del ocio.


Del capítulo Inmunidad contra la renuncia

Todo lo que atañe a la eternidad se vuelve tópico inevitablemente. El mundo acaba por aceptar cualquier revelación y se resigna a cualquier escalofrío, con tal de que la fórmula haya sido encontrada. La idea de la futilidad universal -más peligrosa que todos los azotes- se ha degradado hasta la evidencia: todos la admiten y nadie se conforma. El espanto de una verdad última ha sido aprisionado; convertido en estribillo, los hombres no vuelven a pensar en ello pues se han aprendido de memoria una cosa que, entrevista solamente, debería precipitarles al abismo o a la salvación.


ZR

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