jueves, 23 de junio de 2016

Crítica de Muerte entre las flores (Ethan Jesse Coen, Joel David Coen, 1990): review


por Möbius el Crononauta



Cuando uno echa la vista atrás resulta fascinante la enorme progresión que siguió la carrera de los hermanos Coen desde su debú en 1984 con Sangre fácil. Aquella orgiástica historia negra de crímenes y celos ya tenía todos los ingredientes que caracterizarían el trabajo de los dos hermanos: una fuerte influencia del cine negro y de los grandes clásicos hollywoodienses con una pizca de la imaginería de Sam Raimi, personajes atípicos, giros argumentales, su musa Frances McDormand... todo aquello que posteriormente irían desarrollando, acercándose a sus géneros preferidos y llevándolos a su terreno. Su segundo largo, Raising Arizona, constituyó su particular visión de las road movies, mezclando las típicas carreteras interminables con un secuestro y secuencias que parecían extraídas de los dibujos animados.



Aunque cuando la prematura madurez de los hermanos Coen se mostró en todo su esplendor fue en su tercer trabajo, Miller's Crossing, aquí conocida con el poético título de Muerte entre las flores. Esta vez los dos cineastas se introdujeron de lleno en el género de gángsters desplegando todas sus influencias adquiridas tras muchas horas de ver cine y televisión. El film noir ha sido una constante en la carrera de los Coen, pero Muerte entre las flores es, en mi opinión, la más clásica de sus aproximaciones al género, ya que al fin y al cabo era un tributo a varias de las películas preferidas de los hermanos.




La historia se sitúa en una gran ciudad norteamericana en la época de la prohibición. Tom Reagan (Gabriel Byrne) es un inteligente gángster consejero del todopoderoso mafioso irlandés Leo O'Bannon, el tipo más poderoso de la ciudad. Sin embargo, su posición comienza a peligrar debido a las maquinaciones de Johnny Caspar (interpretado por otro habitual de los hermanos, el característico calvo Jon Polito), un italiano ambicioso que es traicionado por el judío Bernbaum (el gran John Turturro). La negativa de O'Bannon a entregarle a Bernbaum desencadenará una guerra entre las dos grandes bandas, con Reagan en medio del fuego cruzado intentando jugar sus bazas. Al igual que Turturro, otro actor fetiche de los dos cineastas, el sin par Steve Buscemi, hizo su primer trabajo para los Coen en este film.




Dicen quienes han trabajado con ellos que el nivel de compenetración entre los hermanos es tal que aunque les preguntes por separado la misma cuestión su respuesta será idéntica. Aunque durante muchos años llegaran al acuerdo según el cual Joel figuraría como director y Ethan como escritor, ambos trabajan en equipo. Y uno de sus mayores logros es conseguir de los actores unas interpretaciones no sólo soberbias en muchos casos, sino dotas de un toque de magia, algo intangible difícil de definir, pero que no encuentras cuando por ejemplo ves a Buscemi en Los Soprano, aunque siga ofreciendo muy buenas interpretaciones. Por ejemplo, John Goodman ha tenido sin duda sus mejores trabajos bajo la batuta de los Coen, y aunque Turturro es quien más ha destacado como actor en otros trabajos (al fin y al cabo estamos hablando de uno de los mejores intérpretes de nuestro tiempo), se podría decir que los hermanos saben darle siempre el papel acertado, un vehículo perfecto para que Turturro nos maraville con otra fantástica caracterización, aunque sea en papeles tan breves como el de El gran Lebowski. Y, por ejemplo, no recuerdo a Gabriel Byrne metido en un mejor personaje que el de Reagan.




Uno de los grandes momentos de la película es esa fabulosa y afamada escena en el bosque, con un magnífico Turturro implorando por su vida a un dubitativo Byrne. La lírica que encierran esas escenas entre los árboles, con el suelo cubierto de hojas, esos planos del cielo nublado, el impávido Reagan que oculta sus sentimientos bajo el ala de su sombrero mientras el gimoteante Bernbaum va delante de él hablando sin parar intentando hacerle cambiar de opinión, es realmente preciosa, dando muestra del gran talento que encierran unos por aquél entonces jóvenes cineastas. En un típico giro argumental, en el clímax de la historia cuando Reagan y Bernbaum se encuentren de nuevo, los Coen deconstruirán esa misma escena de un modo notable, aportando una gran tensión al momento crítico de la película.

Aparte las inevitables dosis de humor negro de los dos hermanos, uno de mis momentos preferidos del film son las atómicas apariciones del bobalicón y rechoncho hijo de Caspar, un niño realmente repelente que aporta una par de cómicas escenas al film.




Con Muerte entre las flores los hermanos Coen entraron en la que iba a ser su década con un personal y excelente film de gángsters que abría la etapa de esplendor del dúo. Es historia conocida que escribiendo el guión de la película los cineastas entraron en una profunda crisis creativa. La inspiración parecía haberse ido, y eran incapaces de acabar la trama. Sabiamente, decidieron darse un descanso, durante el cual escribieron un guión sobre el bloqueo de un escritor. Tras acabar el borrador, los hermanos retomaron el trabajo de Muerte entre las flores. Por supuesto, aquel otro guion iba a convertirse en la consagración definitiva de los hermanos Coen. Nada más y nada menos que la original, grandiosa e inquietante Barton Fink.

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