domingo, 26 de junio de 2016

Crítica de "Angel-A" (Luc Besson, 2005): Review


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC

El Besson que más me gusta es el más íntimo, el de películas más pequeñas, personales, no sus grandilocuentes artefactos mainstream de acción buscando la competencia directa con Hollywood.

En esta tendencia se circunscribe esta película, la historia de André (Jamel Debbouze), un solitario, marginado en cierto sentido, que se encuentra fuera de lugar, perdido, en un mundo que no le corresponde, al que no pertenece, desarraigado, pero también una persona que se ha creado una coraza, confiado y sumamente inocente, lo que provoca que acabe pervertido por ese mundo al que no pertenece. Muchos de los personajes de Besson tienen estas características: León, Nikita, el protagonista del Gran Azul (1988) o la propia Juana de Arco...




Hay muchas de las constantes temáticas del cine de Besson en Angel-A, sobre todo en lo que concierne a su protagonista principal. André es igual que los anteriormente mencionados. Un inocente, un ingenuo que es utilizado y pervertido por el entorno en el que se ve sumergido pero al que no pertenece, un personaje que no es más que un delincuente de poca monta y que ahora se ve en una situación a la que no encuentra salida.
Sólo se acepta en función de una historia inventada, de creerse lo que no es, porque cree que lo que es no merece la pena. Cuando su invención no da más de sí, sus mentiras no tienen más recorrido, piensa que ya no le queda nada. Él era una mentira y si ésta ya no tiene sentido no queda nada. Esto provocará que se plantee el suicidio, pero como en otras películas de Besson encontrará la redención. Ángela (Rie Rasmussen) le hará ver qué donde él cree que no hay nada lo que en realidad queda es ÉL MISMO. Como en León, el Profesional (1994) será una figura femenina el vehículo hacia esa redención, y como en Juana de Arco (1999), será con un sentido muy espiritual (Ángela es un ángel). Al contrario que León, que se redime definitivamente con su sacrificio final (no voluntario), André será salvado antes de que se “sacrifique”, o condene. Besson usa mucho el tema del sacrificio o de la redención, (El Gran Azul y la muerte-evasión del protagonista, que prefiere irse al mundo al que pertenece y donde es él mismo; León y su muerte; Juana y su sacrificio…). Justo cuando va a saltar de un puente ve a una altísima chica que está a punto de hacer lo mismo al lado suyo. Cuando ella salta André la salva, acto que cambiará su vida.




Se inicia así un periplo hacia el conocimiento de sí mismo, hacia el respeto propio, hacia la comprensión del propio ser. La historia es sumamente sencilla, bien rodada y bella, con momentos muy emotivos y brillantes, pero peca de explícita. André no cree en nada, ha perdido la fe en todo, especialmente en sí mismo. Es un ángel caído. Las referencias a ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946) son evidentes, así como otras mitológicas que ahora comentaré.




El tema del pasado es otro muy querido de Besson, y es que sin pasado no puede haber perdón, sin pasado no puede haber redención… sin un “mal“ pasado. Por eso es muy bella la idea de que el ángel salvador, el personaje de Ángela, por su propia esencia, no tenga pasado. Esa idea la atormenta en cierta medida, porque el pasado nos define, nos hace ser lo que somos y, sobre todo, lo que podemos ser. Sabiendo lo que hicimos mal podemos redimirnos o pervertirnos. André sí tiene un pasado del que cree que no podrá escapar, que le hizo ser débil e inseguro, pero a través de Ángela se rebelará, superará ese pasado. Una vez redimido, una vez saque su yo verdadero, su función vital será dar amor, será dar un futuro e ir creando un pasado con y para Ángela.




El mayor defecto de la cinta es, sin duda, su excesiva explicitud, se verbalizan excesivamente los sentimientos y características de los personajes, que en realidad quedaban bien retratados ya. Por ejemplo en la escena del bar donde André, una vez ha conseguido dinero para pagar unas deudas al dueño, ante las adulaciones del mismo, vuelve a perderlo todo en una apuesta. Tras este hecho, que define a André como inseguro, como una persona que necesita reconocimiento y al recibirlo se entrega sin pensar, Ángela se lo explica y verbaliza, quiere, de alguna forma, que André lo reconozca, pero es redundante a todas luces, cosa que se repite varias veces. Con todo, nos va quedando un retrato de ambos personajes profundo y eficaz, aunque, como digo, excesivamente mascado, con algunas escenas extraordinarias, como la que acontece enfrente del espejo.




Mencioné antes ciertas referencias mitológicas, que se refieren al plano final y al hecho de que André siempre tenga una mano metida en el bolsillo. El caballo alado del plano final es Pegaso (es el puente de Alejandro III), que nació de la sangre de la Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza. Este caballo fue domado por Belerofonte, que representaría el exceso de ambición, ya que pretendía que Pegaso le llevara hasta Zeus para convertirse en un dios. Zeus, ante este atrevimiento, clavó un aguijón en Pegaso que acabó tirando a Belerofonte al vacío. Esa caída dejó a Belerofonte lisiado. Así, André sería una suerte de Belerofonte que se agarra a su Pegaso, aunque para lo contrario, no para ser un dios, sino para que ella se quede con él, no regrese al cielo… al menos por el momento.




La fotografía es de una belleza descomunal en un París al que se saca gran partido en ese extraordinario blanco y negro. Una comedia romántica con elementos fantásticos, sincera y profunda dentro de su sencillez, que deja un gran sabor de boca al acabar.

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