domingo, 22 de mayo de 2016

Fatalismo - Microrrelatos: Cosas en los bolsillos (132)


Fatalismo


ESTABA asquerosamente sano, no estaba sentenciado a muerte y no había pensado jamás en el suicidio. Sin embargo, sabía que dentro de tres días moriría. No había tenido ningún sueño premonitorio ni había acudido a ningún adivino, pero estaba escrito que el 7 de agosto, a los 47 años de edad, moriría, lo quisiese o no. No había forma de burlar ese destino que se había mostrado implacable, sin fisuras, sin mudanzas, tenaz en su cometido desde un tiempo que se presumía remoto, antediluviano.

Su padre, el padre de su padre, su bisabuelo… en realidad hasta donde la memoria familiar alcanzaba, todos habían muerto, como primogénitos, a esa misma edad de 47 años un 7 de agosto. Él había decidido no casarse para terminar con esa farsa cruel, pero en unos días tendría que doblegarse a lo escrito, a eso que las estrellas, un Dios injusto o el mismísimo Satanás habían querido que ocurriese generación tras generación. Ahora tocaba decidir el lugar en el que querría recibir a la muerte, una muerte que no sabía en qué modo se presentaría: a su bisabuelo lo atropelló un mercancías, a su abuelo le sobrevino un cáncer galopante que lo dejó enterrado en apenas un mes, a su padre lo partió un rayo cuando huía loco hacia el campo sin encontrar un lugar seguro en el que refugiarse de algo que no entendía. ¿Quién podría entender esta situación terrible, esta anomalía insana, viciada, loca, intransigente, despiadada, feroz?

Solo había una manera de romper con esa especie de profecía maldita o maldición profética: morir antes. Era una decisión que le nublaba el entendimiento y lo sumía en un estado catatónico..., pero había que hacerlo. Había que vencer a la fortuna, a ese desventurado e inaudito propósito de un universo confabulado contra su infausta estirpe, de manera inmisericorde, frío e insensible al mal que estaba provocando. Debía morir matando, matándose, venciendo al cabo. Se tomó una copa de coñac, cogió la bayoneta de su abuelo, que colgaba expuesta en su pequeño museo familiar, se desnudó y, mirando al cielo, sonriendo, se la clavó, con todas las fuerzas que guardaba dentro, en mitad del corazón.

Cuando el cadáver fue descubierto una semana después, pues tanto el no verlo desde hacía unos días como el olor que empezó a filtrarse por debajo de su puerta, asustaron a la vecindad, el rostro aún mantenía ese gesto sonriente, algo atroz. Las pruebas médicas revelaron que había muerto desangrado, haría unos cuatro días, sentenció la autopsia.

ÁCS

2 comentarios:

  1. Te ha quedado muy Destino final.
    Quizás hubieses tenido que dejar más claro que murió igualmente el 7 de agosto. También hubiese quedado mejor que fuese el 7 de julio, por lo del 7 y tal.
    Pero es hablar por no callar. :D

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    1. Este es de los que, si algún día lo publicase en papel (dado el EXITAZO internacional de "Basura Espacial", ese libro), quizá me plantearía modificar el final. Gracias por su siempre sapientísimas apreciaciones

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