domingo, 10 de abril de 2016

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (127): Tertulianos


Tertulianos

TENÍA una sed canicular y entré casualmente a ese bar, simplemente porque fue el primero que me salió al paso. Pedí un zumo de piña y me senté en una mesa. Estaba cansada. Pronto llegaron a mí las palabras de ese grupo de poetas, de escritores, jóvenes y viejos, muchachas junto a hombres maduros, cabezas rapadas junto a otros con ropa de marca o vestimentas clásicas, como de otro tiempo, un tiempo de etiqueta. Y caí rendida. Me subyugó la conversación de la tertulia. Me enamoré de todos. De las palabras que empleaban, del debate sin interrupciones, pausado, medido, como si se tratase de un ensayo para una obra de teatro. La educación, las buenas maneras y una retórica cargada de elocuencia y profundad reinaba en ese círculo. ¡Y el diálogo lo llevaban de una manera tan sencilla, tan afable, tan natural! Quedé embargada.

Por el camarero, supe que todos los jueves tenían su tertulia. Y al jueves siguiente me presenté de nuevo, aunque media hora antes. Solo para escucharlos. Ya estaban allí. Y me acerqué como la vez primera, disimuladamente, solo para escucharlos, ya digo. Esa mesa vacía parecía esperarme, como si estuviese reservada para mí (así lo sentí). La conversación llevaba el mismo rumbo que la vez anterior, transitaba por las mismas sendas, se adentraba en inhóspitos parajes y luego veía la luz, se asomaban a los mismos acantilados, pero sin el vértigo de una llamada. Incluso, en un determinado momento, sentí una especie de déjà vu.

De nuevo volví al siguiente jueves, me senté en la misma mesa y, para pasmo de una, pude comprobar que estaban esas mismas personas, con las mismas ropas, sentadas en los mismo sitios… y hablando no solo de lo mismo, sino lo mismo. Ahora sí que comprendí que en verdad se trataba de un ensayo y no exactamente de una tertulia, como me había asegurado el camarero. ¡Qué tonta había sido! Cuando fui a pagar a la barra, quise saber de qué obra se trataba y pregunté al mismo (no quería interrumpirles a ellos). “¿Obra de teatro? Jajaja. ¿Y usted me lo pregunta?”. Y se alejó dejándome con la palabra en la boca y el corazón palpitando, casi saliéndose del pecho, y más aún cuando los miré de nuevo y uno de ellos, el más viejo de todos, el de la barba plateada y la gorrilla a cuadros, me guiñó un ojo y, dirigiéndose claramente a mí, me dijo: “¿Qué, se anima? Solo tiene que traspasar esa línea y sentarse aquí con nosotros”. Todos me regalaron una bella sonrisa dirigiendo sus miradas hacia mí. Y di ese paso.

ÁCS

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