domingo, 31 de enero de 2016

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (117): Un amigo de verdad



Un amigo de verdad


YO era joven aún, pero ya tenía un crédito ganado entre el mundo del periodismo. Trabajaba en el Heraldo de Madrid con artículos de condición diversa, aunque lo mío en verdad eran las columnas de opinión en las que utilizaba una prosa florida, granada, del gusto de la época. No ganaba mucho, es cierto, pero a esa edad, cuando uno ha dependido para todo del dinero ahorrado por sus padres, lo poco que te dan te parece mucho, un mundo, demasiado incluso, y uno siempre piensa que está empezando a crearse un currículum y medrar con la sola idea de culminar de manera suficiente una vocación que todavía sigo viviendo como alimento natural de la condición que venía ya escrita en mis genes. Pero no es esto de lo que quería hablarles.


Había ya publicado decenas de artículos en que había mostrado, como digo, mi capacidad, y obtenido un reconocimiento que apuntaba a ser largo como el arte, pero no había escrito aún ningún libro. De modo que, cuando mi colega Ramón Rodríguez, reportero en Lisboa y viejo conocido (también admirado) me propuso una publicación sobre la vida lisboeta vista desde el punto de vista de un periodista extranjero, me animé y cogí el testigo, más aún porque estaría bien pagado y un cambio de aires fuera de España me vendría fenomenal para ir haciéndole un sitio al cosmopolitismo, necesario -entendía yo- en un periodista que se precie y tenga su mirada puesta más allá de las bardas y lindes de su país de origen. Viajé, por tanto, hasta la Ciudad de la Luz, la de Pessoa, la de las Siete Colinas, y en la estación de Oriente me recibió Ramón. Yo llegué con cuatro perras, mas no tenía que preocuparme pues él me instalaría en su casa y, tranquilo, pues el mismo Ramón correría con todos los gastos. Me asignó una paga diaria de 60 escudos inclusive. Era una amistad que había nacido en la admiración. Y esta era recíproca.

Pronto comencé a pasar las mañanas en un famoso café de Chiado, donde me sentaba a escribir. Siempre fui hombre de cafés; por entonces, leía allí, en cierto café madrileño que ahora recordar no quiero, la prensa de la competencia, tenía una tertulia improvisada y escribía mis artículos. Ese mismo método quise seguirlo también, como hombre de costumbres, en Lisboa, pero pronto mi buen amigo me sacó de allí al tercer o cuarto día. Debía conocer la ciudad y me guio por los sitios más concurridos, los turísticos, pero también por los rincones más escondidos, los que el ojo del turista no ve, lo que desconocían incluso algunos lisboetas de pro. Todo corría de su cuenta, cualquier gasto por superfluo que fuese. Ya le respondería yo con la misma moneda en Madrid, eso lo tenía bien pensado, y con creces que le pagaría su generosidad, con la que se consolidó como amigo fiel, una espléndido y liberal amigo de verdad, de los que ya no quedan.

Terminado el trabajo, volví a España, en un viaje que se empecinó en pagar también él, pese a que yo ya había cobrado un primer, aunque mísero, adelanto. El libro se publicó en Portugal, en portugués, traducido por ese mismo amigo, pues yo a diario le iba pasando mis impresiones sobre la ciudad y sus encantadores habitantes y él las iba trasladando a la lengua lusa de inmediato, por lo que estaba ajustado, según supe, que él cobraría una buena suma. Se vendió bien, según se ocupó de telegrafiarme Ramón, y apenas dos meses después cobré la totalidad de la deuda que la editorial tenía contraída conmigo. No supe de Ramón tras aquello durante algún tiempo. Pero pasado un año nos reencontramos en Madrid. Decidimos ir a tomar un café. Yo en mi cabeza ya pergeñaba la idea de invitarlo a cenar para empezar. ¡Qué menos! Nos sentamos y le sugerí que debíamos hacer cuentas pues "creo que te debo algún dinero, amigo". En ese momento, mi compañero de mesa sacó de su maletín una libreta de tapas amarillas. La abrió y me la dio a leer. Entonces fue cuando descubrí la singular grandeza de Ramón.

En ella, junto a los gastos mayores (incluido el de alojamiento y manutención) había una larga lista con unas cifras apuntadas al margen. Se podían leer cosas de este talante:

-Café con pastas: 40 escudos
-Limpieza de zapatos: 30 escudos
-Ticket de tranvía: 20 escudos
-Pase de los Jerónimos: 70 escudos

Todo estaba ordenado por días y se apuntaba meticulosamente la hora exacta junto a cada gasto por superfluo que fuese. Eran cuatro páginas y media. Mentalmente anulé la cena que tenía programada. Nos despedimos después de lanzarnos flores y flores (secas las mías en el fondo). No había comentado esto con nadie hasta ahora. He vuelto a ver a Ramón en numerosas ocasiones, pero lo miro como si supiese de él algo más que los demás. 

ÁCS

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