domingo, 24 de enero de 2016

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (116): Capítulo 7


Capítulo 7

DENTRO de los microrrelatos reales, este es el más real de todos. Salgo un poco de la rutina de publicar micros inventados para centrarme en un hecho personal, en una anécdota, si queréis, que el otro día recordé (aunque nunca he podido olvidarla; entenderéis por qué). Yo era por entonces un profesor novato y corría el año 1994. Con el deseo de inculcar la lectura como afición plena en los niños, decidí dedicar una de las clases semanales a leer en clase. Seleccioné unas novelas que pensé serían del gusto de su edad, como lo habían sido en la mía, y elegí el método del profesor lector. Yo leía en voz alta y ellos seguían la lectura en su libro, abierto sobre la mesa. Con los años comprobé que es el que mejor resulta. En un par de clases los tienes a todos en el bolsillo si uno se divierte con los cambios de voz en cada personaje, con el énfasis y la dramatización. Tu entusiasmo pasa a ellos de inmediato. Fue por el mes de febrero, en la penúltima hora de la mañana de un viernes, lo recuerdo muy bien porque además lo apunté en un diario del profesor que por entonces llevaba y aún conservo con sus tapas rojas. Quería dejar negro sobre blanco mis primeras experiencias como docente. La de ese día, desde luego, superó toda expectativa.


Llegué a clase, pasé lista y me senté sobre el pico de la mesa, lugar ideal como púlpito improvisado que te acerca a ellos como un amigo mayor que viene a contarte sus experiencias con la vida y a descubrirte la verdad de todo este tinglado. Abrí el libro, pero no tenía señalada la página por donde nos habíamos quedado. Pregunté y de inmediato los más avanzados y ávidos por comenzar una nueva sesión de lectura pronto alzaron la voz: "Capítulo 7, maestro". Lo busqué y leí: "Capítulo 7, 'De entre las sombras', página 89". En ese momento, la ventana lateral cercana a mí se abrió de improviso y una ráfaga de aire frío y violento me sacudió en la cara. Me aproximé con rapidez y la cerré. "¡Joder, el puto aire!", pensé, pero dije "¡Jolines, vaya día, chavales!". Tomé el libro de nuevo, busqué la página 89 y me dispuse a comenzar la lectura: "Por fin, Elicia, justo al tercer día de haberse instalado en esa casa alquilada, decidió que era el momento de bajar al sótano y curiosear un poco por el viejo caserón", era el inicio del nuevo capítulo. Pero, ¡Dios mío, cómo explicar esto!, cuando fui a leer salieron de mi boca no palabras, sino sonidos espurios, sonidos que semejaban el trino de un pájaro, sonidos que no podía dominar, que se escapaban de mí, que salían a borbotones de una manera natural... Os juro que yo nunca trino, no lo había hecho en mi vida, como es lógico, no sé vosotros. Empezaron a escucharse las primeras risitas, y luego alguien preguntó con osadía y, quizá, algo espantado: "¿Cómo lo haces?". Mi corazón se aceleró de una manera loca: quería leer y no podía, me temblaban las manos y comencé a sudar. Los alumnos me miraban pasmados, inmóviles como clavos sobre sus asientos. A la cuarta intentona, por fin salieron la palabras, plácidas, inocentes, como si no hubiese pasado nada. Me dominé y conseguí acabar la clase, una clase más silenciosa de lo habitual.

No lo comenté luego en la sala de profesores, tampoco en casa a los compañeros de piso (no estaba aún casado), como tampoco llamé a mis padres ni fui al médico. Pero os juro que ese día no comí ni dormí esa noche ni la siguiente. Eso sí, esos sonidos se me quedaron grabados para siempre y un día busqué en Internet qué podrían ser, ¿se podrían identificar con los de un pájaro real?: lo más parecido que encontré, según el recuerdo que de ellos tenía, fue el canto de la oropéndola. Es así como adquirí en adelante el sobrenombre de Bird. Aún me llaman Bird, pero nadie sabe por qué, salvo aquellos alumnos que supongo ya habrán olvidado ese día que va quedando atrás como si nunca hubiese existido.

ÁCS

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