domingo, 17 de enero de 2016

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (115): Dentro


Dentro

TÚ eres un hombre invisible. Aún no lo sabes, pero yo sí. Por eso te aviso, porque yo, como tú ahora, viví encerrado en un cuerpo. Fui el piloto de ese cuerpo durante muchos años, ese cuerpo que se me asignó un día. Un Koji gobernando sin tregua a su Mazinger Z. Un hombre invisible dirigiendo un cuerpo que no dejaba de ser una cárcel, o la pesada concha que arrastra un caracol. Solo ahora lo sé. Cuando mi cuerpo era herido, yo sufría tales heridas, aunque también mi cuerpo me proporcionó placeres, placeres efímeros, ilusiones, espectros que se disuelven enseguida, espejismos. Todo un cuerpo al servicio de un hombre invisible, para lo bueno y para lo malo. Un cuerpo que, envejeciendo, fue llevándome –como a todos– a la muerte. Al menos eso creía entonces, que con el cuerpo iba la muerte, de mi yo, de mi existencia, de mi vida, de los recuerdos difuminados que compendiaban mi peregrinar por este mundo. Y por eso había que cuidarlo, que mimarlo, para que esa muerte llegase lo más tarde posible. Así piensan todos los que aún no saben que son invisibles. Todos los que no saben que nunca morirán. Mi cuerpo, el último en que moré, el último en que morí, era poco agraciado, y enfermo, y, como muchos, expiré en soledad, sin la compañía de una mujer, de unos hijos que me acompañasen en ese último aliento de mi vida con él. Tan solo unos sobrinos reconfortaron mínimamente mis últimos días con palabras frías de ánimo, con el pensamiento tan humano puesto en esos pocos bienes que heredarían cuando yo desapareciera de este mundo dejándoles el despojo inerte de mi cuerpo. No lo he hecho. Sigo aquí, como tú.


Disfrazado con un etéreo visillo más espiritual que material vine en dar en este otro estado, en esto otro mundo de los seres invisibles, los que dejan su cuerpo para sentirse por fin libres. Libres hasta que un día inesperado, un dedo te apunta y dice “tú”, y tras una ducha de olvido necesario, que deja siempre algún rencajo, te ves en un momento libando de una flor, subiendo por el tronco de una encina, reptando hasta posar tu boca al borde de un lago, volando desde una rama, tocando el piano desnuda sobre la banqueta por fin, pensando que eres tú esa preciosa figura que refleja el espejo de la sala.

ÁCS



4 comentarios:

  1. Pues a ver si es verdad y mi próximo cuerpo es el de un ricachón de físico agraciado, gran inteligencia y una salud envidiable.

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    1. Te veo más como la pianista desnuda, jajaja.

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