domingo, 10 de enero de 2016

Crítica de "Ojos sin rostro" (Georges Franju, 1960): film review


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



De una depuradísima truculencia esta película francesa de terror perturba sin concesiones desde su inicio hasta su final, una película fría y sin florituras.

Con un ritmo calmado y muy pausado, como si algo se estuviera cociendo a fuego lento, Franju va creando un ambiente de extrañeza, contenido, sumamente frio, aséptico pero violento de alguna forma, algo enfermizo, siniestro, terrorífico, un miedo contenido. Esa asepsia viene dada en el ritmo extraordinario de la película, en la máscara blanca y sin gesto, en la enorme casa del médico… Y acaba desembocando, como no podía ser de otra manera, en una escena realmente escalofriante, la larguísima operación a la chica secuestrada. Una operación que da un bofetón al espectador que ve un brusco contraste entre la asepsia anterior y la explicitud detallada de la escena, una operación que respeta los mismos parámetros anteriores de ritmo pausado y que se hace difícilmente soportable para el espectador, que observa incómodo todos y cada uno de los pasos que va realizando el médico.



Un prestigioso cirujano tuvo un accidente en el que su hija quedó terriblemente desfigurada, por ello se siente culpable y hará todo lo que esté en su mano para devolverle el rostro, por terrorífico que sea.

La película se vertebra sobre 3 personajes perfectamente definidos y que también tienen cierta dimensión metafórica.

El primero de ellos, el padre (Pierre Brasseur), el prestigioso cirujano atormentado por la culpa y obsesionado por subsanar la situación de su hija, un personaje que pierde el norte de toda ética y que hace de su obsesión su único objetivo real en la vida perdiendo por el camino toda empatía. Encontrar una solución al problema de su hija pasa a ser lo más importante y para ello se convierte en un carcelero a muchos niveles, incluido de sí mismo.




El segundo personaje importante es el de la ayudante del doctor, Louise (Alida Valli), que es de una fidelidad a prueba de bombas producto del agradecimiento que siente por el doctor que la operó con éxito su desfiguración. Louise es también prisionera de su propio agradecimiento, de la deuda que cree que tiene con el doctor y que la obliga a servirle en todo, incluso en las más atroces peticiones. Una fidelidad absoluta.
El último personaje de los mencionados es el de la propia hija del doctor (Edith Scob), prisionera en su casa tanto por sus propios complejos y miedos como por decisión de su padre. Es interesante el análisis psicológico de este personaje consciente de las atrocidades que comete su padre para ayudarla y cómplice por aceptación. Su egoísmo, comprensible ante una situación tan desesperante, acaba tornando en liberación.





Tres personajes irremediablemente unidos los unos a los otros, encerrados en sus obsesiones, regodeándose en su prisión de dependencias y complejos. Sentimientos viciados de forma enfermiza. Tres personajes a los que no les importan las consecuencias de las barbaridades que hacen para lograr sus objetivos unos por acción y otros por aceptación. Tres personajes donde reside el amor, viciado como comenté, el amor de un padre a su hija viciado por la culpa, de la hija hacia su novio viciado por los complejos y el egoísmo, y de la ayudante del doctor hacia el doctor repleto de gratitud viciado por la dependencia y el propio agradecimiento.





Todo esto muestra muchos aspectos en común en los tres personajes, que además dan forma a los principales temas de la cinta de forma metafórica, como por ejemplo la libertad. Todos ellos se han auto impuesto una prisión de forma más o menos inconsciente, prisión de la que serán liberados por la hija del doctor a través de la muerte. Ese final liberador es casi una apología de la libertad, con esa paloma simbólica en el hombro de la chica. Una orgía de liberación donde la hija del doctor libera a la chica secuestrada, a los perros, mata a la ayudante del doctor liberándola de su dependencia y sentimiento de culpa y los perros recién liberados que se vengan de su carcelero, así como se libera ella misma.




Estos temas y otros que ahora mencionaré, tienen más sentido aún si tenemos en cuenta a un cuarto personaje, apenas dibujado pero importante con respecto a la historia y sus planteamientos. El novio de la hija del doctor (François Guérin). Este chico queda al margen de toda la historia, la chica le ama totalmente y le echa de menos llamándole por teléfono sin atreverse casi a decir nada, sólo para oír su voz, pero permite que sufra con la fingida muerte que planea su padre. Por parte del padre lo mismo, sabe de su amor por ella y el de ella por él pero lo ve casi como un problema donde eso es lo de menos. Nadie pregunta al chico si aceptaría a su novia tal y como está, nadie se atreve a preguntarle por la naturaleza de su amor. Es ahí donde este personaje es importante también para otro de los temas capitales de la cinta. La máscara.

Las apariencias, la máscara social, la máscara como forma de relacionarse, la idea del individuo como máscara en cuanto a ser social, el individuo en sociedad es una máscara de sí mismo, siendo él mismo en soledad o en confianza y usando esa máscara en su relación con el mundo. Nadie confía ni pregunta al chico, se asume que sin rostro, que con una máscara, no es posible la aceptación. Por ello todo lo relacionado con estos personajes son máscaras. El prestigioso doctor de vida aparentemente respetable, sufrido padre por la muerte de su hija, es en realidad un sociópata capaz del asesinato frio por sus objetivos. La ayudante del doctor de cara amable y comprensiva, generosa y dulce, es una embaucadora y manipuladora captora de chicas jóvenes para terribles experimentos. La hija que permite el enmascaramiento de su propia muerte en la creencia de que así será aceptada por su chico. Esta última es la única que rectificará y provocará la catarsis liberadora final.




Esa máscara neutra que oculta el rostro, el mecanismo de falsedad del individuo pero también de honestidad, es un objeto que inunda toda la película, el único personaje que lo usa es el único personaje que no puede usar su rostro como tapadera, los demás fingen con su rostro, su máscara social, el doctor poniendo cara apesadumbrada en el depósito de cadáveres y en el entierro, así como su ayudante que también lo usa para convencer a las chicas a las que pretenden robarles su rostro. Una inteligentísima muestra visual, poderosa, y una reflexión más que interesante que dota a una película de terror de una complejidad y calidad extraordinarias, algo que le suele faltar a este género. Un retrato de la sociedad desolador, una sociedad que no es más que una máscara de sí misma, de cada individuo.




El comienzo es excelente con una escena que da el tono de la película, un acto tremendo, extraño, de ritmo pausado y desasosegante. Luego la película va preparando al espectador que en la escena de la operación tiene el primer shock, y más fuerte, de toda la película, pero luego se suceden otras escenas igual de terroríficas, impactantes y de una potencia visual imponente, como la del intento de escapada de la chica operada y envuelta en vendas cual fantasma que acaba cayendo por la ventana, la muerte del doctor a manos (o a dientes), de los perros que tenia encerrados, la muerte de su ayudante… Pero la escena cumbre es la mencionada de la operación, insufrible, lenta, angustiosa, alargada hasta decir literalmente basta, cerca de 6 minutos que ponen a prueba al espectador, incomodándolo y revolviéndolo sin concesiones.




“Ojos sin rostro” es una película influyente que ha inspirado en el thriller y cine de terror múltiples títulos, podríamos mencionar esa máscara que vemos en “Abre los ojos” de Alejandro Amenábar (1997), o “Cara a cara” de John Woo también de 1997, con los cambios de rostro, la reciente "La piel que habito" de Almodóvar (2011) como ejemplos.

Su único defecto que el ritmo pueda resultar cansino y la trama policial insulsa aunque coherente con el tema de “la máscara”.

Todos los miembros del reparto están espléndidos. La dirección es soberbia.

Jorge García

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