miércoles, 20 de enero de 2016

Crítica de "Ángeles con caras sucias" (Michael Curtiz, 1938)



por Möbius el Crononauta




Os cuento de nuevo. De vuelta al Hollywood más clásico, esta vez con uno de los mejores títulos de los muchos que podríamos encontrar en una carrera tan larga como la de Michael Curtiz. Cuatro años antes de que dirigiera la inmortal Casablanca, el director cruzaba su camino con Humphrey Bogart, aunque tiempo antes Curtiz ya había dirigido al eterno fumador en Kid Galahad.

Sin embargo, en 1938 Bogart no había alcanzado todavía el estatus de gran estrella, y en Ángeles con caras sucias el verdadero protagonista era otro gran tipo duro y además excelente bailarín (si sois hombres rudos y vuestra pasión es la danza, ya veis, ¡se puede bailar y ser un tipo duro!), el pelirrojo James Cagney.




Ser inmigrante y habitar un barrio conflictivo nunca ha sido fácil. Dos chavales hijos de irlandeses, Rocky Sullivan (Cagney) y Jerry Connolly (Pat O'Brien) lo saben bien mientras vaguean y malviven de pequeños hurtos aquí y allá. Cierto día, los dos intentan dar un golpe en un tren de mercancías, pero son descubiertos. Jerry consigue escapar, pero Rocky es apresado y enviado a un reformatorio. Ese momento marcará sus vidas, y mientras Rocky se sumerge en una espiral de crímenes y robos, Jerry abraza el sacerdocio.

Años más tarde, Rocky sale de la cárcel y vuelve a su antiguo barrio, mientras por otro lado trata de que su corrupto y mafiosillo abogado Frazier (Humphrey Bogart) le devuelva 100.000 dólares que le había guardado. Sin embargo Frazier trabaja para un pequeño capo llamado Mac Keefer (George Bancroft) que no le pondrá las cosas fáciles a Sullivan.




Por otro lado, Connolly trata de ayudar a los chicos del barrio mediante programas deportivos y aspira a abrir un centro de recreo para alejar a los jóvenes de los peligros del crimen. Una panda de raterillos, sin embargo, verá en la figura de Rocky un camino a seguir.

Dos hijos de inmigrantes como Cagney y O'Brien, que coincidieron en varios films y que eran amigos íntimos, difícilmente podían encajar mejor en los personajes que interpretan. Poco resta por decir de Cagney para aquellos que conozcáis su carrera, y para los que no, pues tan sólo mencionar que no sólo fue un grandísimo actor, sino que ha sido uno de los tipos duros por excelencia. O'Brien también está magnífico en su papel del entregado sacerdote, y en el clímax final sus primeros planos y esa celestial iluminación le confieren un aura de divinidad que contrasta con la bajada a los infiernos de Rocky Sullivan. Quién haya visto el film sabe de lo que hablo. La escena final de Cagney es realmente inolvidable y estremecedora, y uno no puede evitar sentir cierta pena por lo que algo así significa para su personaje. Como bien dice Sullivan, es perder todo lo que le queda.




Tampoco podría decirse mucho de la actuación de Humphrey Bogart, aunque en esta ocasión su papel es bastante ingrato: el de malvado cobarde y rastrero. Imagino que para cualquier fan de Bogart resulta algo doloroso verle suplicar por su vida, pero hasta los más grandes tuvieron que labrarse su estatus de estrella cinematográfica.

Curtiz no deja de recordarnos por qué es uno de los grandes, y a un ritmo perfecto hay que añadir unas cuentas escenas memorables; por ejemplo siempre me ha llamado la atención la forma en que rueda el tiroteo entre Sullivan y Mac Keefer.




Al principio del film los personajes de Sullivan y Connolly son interpretados por sus equivalentes más jóvenes. El caso de Frankie Burke, que interprete al mozalbete Rocky Sullivan, es bastante curioso. Aparte de guardar un razonable parecido físico con Cagney, era además un gran fan suyo, y se había ganado la vida en los teatros realizando, entre otros números, una imitación de James Cagney. Por otro lado resulta curioso verle en su escena en el tren, y es que Burke desapareció de la vida pública a principios de los 40, y tras muchos años de vida anónima decidió a principio de los 60 llevar una vida errante viajando de tren en tren como venían haciendo una gran parte de los vagabundos de Norteamérica.




Varios de los pandilleros que aparecen en el film eran realmente bribonzuelos de Hell's Kitchen. Les pusieron las cosas difíciles a los actores con sus gamberradas y sus continuas improvisaciones. ¡Incluso dicen que le robaron los pantalones a Humphrey Bogart! Aunque lo que no sabían es que James Cagney había crecido también el East Side y que con él no se podía bromear. En cuanto uno de los jóvenes improvisó en una de sus escenas, Cagney dejó las cosas claras soltándole un puñetazo en la nariz. Al parecer eso bastó para calmarlos a todos y dejaron las tonterías de lado. Don't mess with Cagney!


Möbius el Crononauta

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