sábado, 24 de mayo de 2014

Crítica de la película Pompeya (Paul W.S. Anderson, 2014)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC


Parece claro que el péplum digital es género de moda. Por mediocres que sean sus títulos, parece que no van a dejar de hacernos sufrir con ellos. Un género, el péplum no digital, que ha dado grandísimas alegrías a los cinéfilos, pero que ahora parece entregado a la estética que vertebró 300 (Zack Snyder, 2006), la única de estas cintas modernas de aventuras y fantasías antiguas o mitológicas que merece la pena. A las Furia de titanes (Louis Leterrier, 2010), Ira de Titanes (Jonathan Liebesman, 2012), Immortals (Tarsem Singh, 2011) o la secuela de 300, 300: El origen de un imperio (Noam Murro, 2014) se le suma la gigantescamente mediocre y vulgar Pompeya.


No sólo en películas está de moda el péplum, también en series, como confirma Spartacus, por ejemplo.

Dirigida por ese creador de videojuegos que es Paul W. S. Anderson ya podíamos intuir lo que nos íbamos a encontrar. El director de títulos tan emblemáticos como buena parte de la saga Resident Evil, la versión videojuego de Los tres mosqueteros (2011) o Alien vs. Predator (2004) viene a poner en imágenes uno de los más grandes e impactantes sucesos de la antigüedad, la destrucción de Pompeya por el volcán Vesubio en el año 79 d.C.



Claro, este suceso no da para contar una historia por sí mismo, es un hecho concreto, por tanto hay que crear una historia consistente en torno a ese hecho, dar valor dramático a esa destrucción… y ahí está lo complicado, ahí está lo creativo. Es evidente que la destrucción de toda una ciudad por un volcán da para exhibir a conciencia primorosos efectos visuales. Ya sabemos que la técnica existe, así que no requiere gran dificultad. El tema es dar enjundia a esa excusa para que no se descubra como tal, como una anécdota, y claro esto requiere esfuerzo: trabajar en un guión, crear personajes, elaborarlos, desarrollarlos, que además todo tenga un tono trágico y épico… Es decir, el problema de Pompeya es que para hacer una película aceptable hay que poner algo más que efectos y no estaban muy por la labor.




En Pompeya no pasa absolutamente nada, una tediosa espera, insufrible, hasta que al Vesubio le da por erupcionar. El espectador no debe tener remordimientos por el hecho de que al cuarto de hora esté deseando que esto suceda, aunque pueda resultar cruel, porque esto es arte y además ya sabemos que ocurrirá.

Lo que en un principio creemos una historia de venganza se convierte en la nada más absoluta porque el guión es tan deslavazado que nuestro protagonista nunca jamás muestra interés o intención de vengarse de los que mataron a su familia. Lo hace casi por obligación cuando se los encuentra y aún así le cuesta ponerse a ello.

Pasada la hora de metraje ves a nuestro protagonista pelear y hablar con caballos a partes iguales, hasta el punto de que es posible que pienses que estás viendo “El gladiador que susurraba a los caballos”.




La mayor parte de los sucesos, de los encuentros y de las relaciones son gratuitos, forzados y mal elaborados, por eso cuando llegamos al final no hay emoción ni nada que se le parezca, porque el desarrollo y evolución dramáticos de la trama y los personajes crea bochorno. Con mencionar que los caballos son unos de los anclajes y trucos argumentales para crear tensión, unir la narración principal al volcán y vincular a personajes, se dice todo. Un trabajo de guión excelso…

Por supuesto, eso sí, tendremos innumerables escenas de acción y lucha, cada poco rato, por si alguien se aburre. Al menos Anderson hará un intento de justificar el presupuesto más allá de los efectos especiales mostrando la vida cotidiana en Pompeya, su comercio y días de fiesta…

Evidentemente lo más destacable, por no decir lo único, son las escenas de acción, alguna vigorosa en el circo con los juegos y, sobre todo, la de la destrucción de la ciudad por el Vesubio.




El mayor rasgo estilístico de la cinta son las cámaras lentas, muchas para tontos, que salpican el metraje, puramente esteticistas y sin contenido alguno más allá de que “molen”.

Nuestro protagonista, Kit Harington, no cambia la cara ni aunque su equipo gane la Champions. Ya se le puede morir un ser querido, ganar una batalla, excitarse con la visión de una bella dama, en este caso Emily Browning, que tiene apellido de postre, ver una gigantesca montaña de lava y magma acercándose, comer, dormir o jugar al póker, no moverá un músculo. Una mirada de tormento ancestral distraído.

Pompeya es una gigantesca mediocridad, un patético intento de hacer algo épico y emocionante enmarcado en un contexto que se daba para eso. Pero si no tienes historia, sólo tienes efectos especiales, el resultado será ridículo y claro, aquí tenemos efectos, pero es lo opuesto a Gladiator (Ridley Scott, 2000) o Espartaco (Stanley Kubrick, 1960)…

©Jorge García

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