sábado, 21 de diciembre de 2013

El Hobbit: La Desolación de Smaug - Crítica de la película


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC


Llega a nuestras pantallas el que será el gran éxito de las Navidades, la segunda entrega de esta estiradísima trilogía que Peter Jackson está dedicando al El Hobbit.

Tras la primera entrega, cuestionada desde muchos sectores que ya la esperaban de uñas, parece que se esperaba esta nueva cinta para zurrarla más a conciencia y el hecho es que el resultado está por debajo de aquella El Hobbit: Un Viaje Inesperado (2012), que aunque tenía debilidades resultó un buen título de cine fantástico y aventuras juvenil.

Jackson parece haber querido corregir algunos de los “peros” que le pusieron a la anterior entrega, supuestos errores que en algunos casos pretendían corregir otros defectos según algunos fans. A Jackson, los fans de El Señor de los Anillos, le cuestionaron su decisión de dejar fuera las canciones del libro, porque eran esenciales para mostrar toda la mitología de la obra en su totalidad. En la primera parte de El Hobbit, el bueno de Jackson tuvo un guiño con ellos y en la lenta y morosa primera parte de esta cinta metió una canción cantada por los enanos, por la que también le llovieron palos. Así que tenemos al bueno de Jackson que no sabe como acertar, pero ha optado por no meter más canciones a la vista de esta segunda entrega.



Si en El Hobbit: Un viaje inesperado teníamos un vigoroso relato de aventuras repleto de acción con los únicos problema de que tardaba en arrancar con un inicio en exceso pausado y que el clímax se iba de la manos con una orgía digital excesiva, en esta segunda parta se ha perdido aliento épico, intensidad y emotividad.

Es necesario decir que El Hobbit no es El señor de los anillos, ni la película ni el libro. El Hobbit es una obra más infantil y eso se nota, un relato puro de aventuras y acertijos que no tiene la dimensión ni el carácter más adulto o juvenil de la trilogía de Tolkien.

Dicho esto, es necesario alabar la intención de Jackson de intentar mantener la coherencia y grandeza de aquella en El Hobbit, aunque el material se preste para otra cosa, si bien se ha descubierto, como se preveía, a todas luces innecesario estirarlo hasta una nueva trilogía, ni siquiera incluyendo los “Apéndices” de “El Seños de los Anillos”.



Esta segunda parte satisfará a los fans del cine de espectáculo con grandes efectos especiales, fantasía y esa estética tan reconocible de El Señor de los Anillos, pero decepciona en el relato y la historia… en todo lo demás.

La película tiene vigor y es visualmente potente, más oscura que su predecesora, con predominio de los grises, cuevas y lugares oscuros o nocturnos, pero acaba reducida y sepultada en una colección de escenas de acción excesivas, flipadas y artificiales, así como limitada a continuas persecuciones como única estructura narrativa.

Si en El Hobbit: Un Viaje Inesperado el clímax final resultó una orgía digital desfasada, donde casi faltaba que el espectador cogiera su mando de la Play Station para ponerse a matar orcos, en esta segunda entrega ese defecto no se ha pulido, sino que ha aumentado. Escenas como la huida de la cárcel élfica por el río o la lucha con el dragón, fatigan y alejan al espectador por su falta de credibilidad. En una película de acción no se pide realismo a sus escenas, cuanto más espectaculares mejor, pero sí cierta verosimilitud que las haga factibles para asombrar al espectador dentro de sus reglas. Cuando las palabras para definir una escena de acción son “flipada” o excesiva, la cosa va mal.

Jackson rueda bien, con planos muy sostenidos y una gran puesta en escena, pero se le va la mano y la pinza con las habilidades guerreras de los hobbits y los elfos. Un ejemplo lo tenemos en ese barril saltarín y asesino de orcos que va derribándolos y acabando con cada uno de los que se cruzan oportunamente en su camino, rodado en un solo plano… El hecho, además, de que hasta los hobbits maten sin mayor problema a innumerables cantidades de orcos, resta intensidad dramática y emoción a la aventura y los duelos, resta impacto a los villanos, que lo único que tienen de amenazantes es su feo rostro finalmente. No resulta creíble que los débiles hobbits maten manadas de orcos como si no costara, al final el espectador acaba cansado e incrédulo, no tiene el más mínimo temor por sus héroes y se pierde la necesaria intensidad dramática.



Son incontables los momentos donde un orco parece suspenderse en el tiempo antes de asestar un golpe definitivo a alguno de los protagonistas para que una acertada flecha o una oportuna aparición lo salve in extremis…

Además se oyen diálogos muy impostados y torpes durante toda la narración, en un momento dado un personaje le dice a otro que no puede ir a enfrentarse contra 30 orcos solo, ¡cuando acabamos de ver cómo lo hacían!

Tampoco se entiende muy bien por qué todos los personajes hablan con un tono entre siniestro y trascendente, parece acartonado y rígido… También tenemos, para rematar la faena, un enano realmente pedante y cursi, aunque por lo que se ve seductor, y un dragón que no para de hablar, jamás se ha visto un dragón más charlatán, elocuente y pesado.

Como remate a los “peros” tenemos el personaje de Tauriel, interpretado por Evangeline Lilly. Todo lo que rodea a este personaje, todo, sobra, no aporta nada y además resulta artificial, impostado y en muchas ocasiones absurdo y ridículo, como ese diálogo con el orco al que han apresado y que no puede ser más torpe… Dicho esto, Evangeline Lilly se muestra competente en las escenas de acción, más que su compañero Orlando Bloom, que vuelve a interpretar a Légolas, otra aparición bastante gratuita, y que deja a Superman en mero aprendiz cuando le ves ejecutar orcos… ¡Una bestia parda!

Tauriel, por si no se nota en ese guión mal construido con respecto a ella, es un personaje inventado por Jackson para la ocasión.

Por lo demás los actores están ajustados a sus papeles, aquí con poco peso dramático y limitados a huir de un lado para otro en las extensas escenas de acción, y podremos disfrutar especialmente de Martin Freeman como Bilbo y el gran Ian McKellen como el imprescindible Gandalf.

Aún con estas debilidades seguramente El Hobbit: La Desolación de Smaug satisfará a los amantes de las aventuras y los espectáculos de acción grandilocuentes, incluso los fascinará con sus largas secuencias, muy bien rodadas por Jackson con largos planos sostenidos, y su magnífico y grandioso look visual. Es quizá como hay que tomarse esta trilogía, de la forma menos exigente y más lúdica, asumiendo sus limitaciones y dejándose llevar.

Decepciona, pero aprueba.

©Mr. Sambo

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