ZEPPELIN ROCK: LITERATURA Y VIDA EN "LA REGENTA", por Ángel Carrasco Sotos

sábado, 24 de octubre de 2026

LITERATURA Y VIDA EN "LA REGENTA", por Ángel Carrasco Sotos




[Aclaración previa: 

El siguiente texto pertenece a un trabajo terminado de redactar en Madrid en 1990. Constituyó un trabajo de 3º de Filología Hispánica para la asignatura Literatura Española III impartida por Francisco Caudet Roca durante el curso 1989-1990. Hasta ahora ha permanecido inédito. 

La cita del mismo ha de hacerse de forma correcta en APA 7: (Carrasco Sotos, Á. (2026). Literatura y vida en La Regenta [Manuscrito en línea]. Zeppelin Rock. https://www.zeppelinrockon.com/2026/10/literatura-y-vida-en-la-regenta-por.html.

© Ángel Carrasco Sotos


Í N D I C E

--INTRODUCCIÓN

--LITERATURA Y VIDA

--ÁLVARO, FERMÍN Y VÍCTOR

 . Álvaro Mesía o el sentido práctico

 . Fermín de Pas o el cura derrotado

. Víctor Quintanar o el anacronismo hecho carne

--ANA OZORES, LA REGENTA

(El trabajo original consta de 45 páginas y, en él, los apartados del índice están paginados).

NOTA PREVIA: Hemos utilizado para nuestro trabajo la edición de La Regenta de Gonzalo Sobejano, publicada en Madrid, 1984, Castalia. Las citas utilizadas en el trabajo están extraídas de esta edición. Los números de página corresponden, por tanto, a ella.


INTRODUCCIÓN

Si los personajes que nos presenta Clarín, habitantes de esa heroica ciudad que es Vetusta, se ven influenciados por sus lecturas literarias (o de otro género) en su modo de comportamiento, el mismo Leopoldo Alas se convertirá en un vetustense más en el sentido de que no podrá deshacerse de sus lecturas a la hora de llevar a cabo la singular empresa de la redacción de La Regenta. Este modo de utilización de la literatura creo que se realiza en distintos niveles. Por un lado, es obvio que todo el realismo literario impone su peso en la obra. Es decir, La Regenta parte de una concepción realista-naturalista en su génesis. A partir de aquí no dejaremos de observar influencias y relaciones formales y temáticas con obras anteriores del mismo género. La crítica no ha dejado de señalar lo que debe esta novela a obras como Madame Bovary, aunque estas "acusaciones" fueran negadas por el mismo Clarín en su tiempo (1). Quizá con menos énfasis del debido, se ha apuntado su relación con La Educación Sentimental, en la que la intención última de la obra encuentra analogías claras con la del escritor de Zamora. A parte de este tipo de influencia –perogrullesca a todas luces–, y a otro nivel, hay que hacer notar el destacado aspecto de la utilización de la "literatura dentro de la literatura". Las referencias a obras y autores es cuantiosa, aunque nunca gratuita, y siempre relevante. De este modo, Clarín da muestra nítida de su erudición y de su conocimiento de tales obras. Pero no para ponerlo de manifiesto –Clarín habría leído muchas obras más–, sino para caracterizar a sus personajes. Quiero decir que los personajes quedarán perfilados por el lector a partir del conocimiento de este de las obras que gustan y siguen aquellos, y que el autor ha escogido significativamente. Este que he mencionado sería el tercer nivel y en él centraremos nuestro trabajo para intentar aclarar lo referido. La misma crítica no ha dejado de poner los ojos en este hecho. Clavería (2), comparando a los personajes de Clarín y los de Flaubert dice que:

De la misma manera que las lecturas han ido conformando sus vidas y su personalidad, un libro cualquiera puede ser un hecho de una importancia trascendental para su espíritu y hasta para su salud.

Efectivamente, así ocurre, y tratando de verificarlo señalaremos nosotros algunas de estas influencias en la misma Emma Bovary (3). Remitimos al lector al cap. 6. I, en el que se citan sus lecturas de niñez y las realizadas en el convento, en el que leía "alguna novela" en la que se narraban cuestiones

de amores, enamorados, enamoradas, damas perseguidas que se desmayaban en pabellones solitarios, postillones asesinados en todos los relevos, caballos reventados en cada página, sombríos bosques, contradicciones del corazón, juramentos eternos, sollozos, lágrimas y besos, esquifes al claro de luna, ruiseñores en las arboledas, "caballeros" valientes como leones y tiernos como corderillos, virtuosos como nadie y elegantes siempre, capaces de llorar cual manantiales. Por espacio de seis meses, cuando tenía quince años. Emma se atiborró, pues, de semejantes lecturas (p. 37).

También en 2. II, el romántico (como ella) León, le decía que uno leyendo esas cosas "llega a figurarse que es él mismo quien palpita bajo sus trajes" (p. 83). Y en 14. II, se enfrasca, como nuestra Ana Ozores, en lecturas piadosas, de las que Flaubert da cuenta (cfr. p. 212). Y para terminar: en 15. II. Emma visitará el teatro para ver Lucia de Lammermoor (cfr. 219 y ss.), obra de trascendental importancia en su vida, como lo será en la de la Regenta el Don Juan de Zorrilla.


Me permito, antes de entrar en materia, un pequeño excurso que creo necesario para el entendimiento general de la obra. Clarín ha incluido en el puchero de su novela los ingredientes necesarios para que la narración tome vida novelesca, para que la anécdota suceda. "La capital inmoralidad de la obra literaria" -nos ha dicho Aranguren- es la de "plantear a una sociedad problemas que no existen en ella" (4). Siguiendo esta máxima, podríamos decir que la novela que tratamos es inmoral. Digo que aunque, efectivamente, pudiera haber casos de adulterio en Oviedo (cosa que no dudamos) el que tiene lugar en Vetusta es singular, anecdótico. Es decir, es un adulterio novelable por literario, en el sentido de que no muestra un adulterio que podríamos llamar "prototípico". Por tanto, y es a donde queremos llegar, no se libra de algunas características que definen habitualmente al folletín. Un folletín, eso sí, realista: creo que lo que predomina no es la sorpresa (es decir, "el lector no esperaba esto"), sino la relación causa-efecto. Y es que si la obra pretendía ser realista, y más aún naturalista, lo que había de influir en el desarrollo de la acción no es lo que el escritor "quiera" narrar, sino que, una vez caracterizados los personajes y planteado el problema, sean ellos los que tomen vida propia como víctimas del mismo determinismo que el autor ha querido para ellos. Clarín ha trazado esto con maestría. Destacamos algunos puntos:

1.–La psicología romántica, idealista, de Ana ya desde su niñez. Ana aspirará a alcanzar en su vida algo más allá de la prosaica realidad que le rodea.

2.–Educación represiva de Ana por parte de sus tías, que no ayuda a otra cosa sino a que sublime sus sentimientos. 

3.–Casamiento con Víctor sin voluntad o, mejor, con una voluntad claramente mediatizada. 

4.–El tal Víctor, por su parte, cumple con las características del cornudo tradicional (y véanse entremeses, o novelas ejemplares de Cervantes como El celoso extremeño). Es viejo; pero, más aún, es impotente, frente a Ana, joven y voluptuosa. Además, don Víctor es un pobre loco, que confunde, casi quijotescamente, la literatura con la vida, e intenta poner en práctica ideales literarios (además no románticos, sino clásicos).

5.–Más aún, Quintanar hace más caso de sus inventos, de su caza y de su amigo Frígilis, que de su mujer.

Esto así, la situación es totalmente idónea para que el autor incluya un galán que intente apoderarse de la indefensa dama. Claro está que, planteado el esquema de arriba, esto sería demasiado fácil. Es por ello por lo que el autor introduce un abogado defensor de la Regenta: su confesor, el cual se irá degradando a medida que conozcamos su psicología, sus intenciones. Esto no es sino un medio para que la novela termine como termina. La tensión, en todo caso, está en la mesa. La novela ya puede empezar a funcionar. Y todo ha sido posible por esa inserción precisa de elementos determinantes, en un alarde de hacer que los componentes folletinescos dejen de serlo, por el modo de tratamiento de los mismos, que enlaza más que con él con la novela realista.

Construido el esqueleto de la novela, se procederá a su relleno. La vida llenará los huecos. De esta manera, la diversidad de factores que entran en juego es enorme. En el campo vital burgués, uno de estos factores es, sin lugar a dudas, el literario.


LITERATURA Y VIDA

Uno de los aspectos que más nos impresiona al leer La Regenta es el relieve considerable que el autor ha dado a las interferencias entre literatura y vida (sin parangón en la literatura decimonónica). Como ya hemos indicado, las lecturas de los personajes influirán decisivamente en sus actos y en sus ideas, en un proceso de imitación que trataremos de desgranar a lo largo del trabajo. No solo ocurre esto, sino que términos propios de la literatura serán utilizados en la vida diaria como si los mismos personajes fuesen conscientes de su naturaleza literaria. De esta manera, verbigracia, la vida será una "comedia":

Desde la aparición de don Álvaro en la plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al destino de los seres (35, II).

La actitud de los vetustenses, en alguna ocasión, es vista de igual menera:

Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita, con cuidados de madrastra que representa la comedia de la segunda madre (247, II).

Y pondré algún ejemplo más en este sentido: al final de la obra, cuando la Regenta "peca" con don Álvaro y el Magistral ve fracasados sus trabajos anteriores por impedirlo, su ira es tremenda, y claro, "se le ocurrían proyectos disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida" (498, II). La comedia, el teatro, será, por tanto, falsedad. Robustiano Somoza, el médico, hablando de la situación de Rosita en el convento, se refiere a esto como una "comedia" (cfr. 430, I y 432, I).

Aparte de estas referencias teatrales, los términos literarios que más abundan son aquellos relacionados con el romanticismo, la poesía y la prosa; utilizándose el primero y segundo de manera indistinta, y siempre en contraposición al tercero.

En el mundo de Vetusta la personalidad de un individuo puede ser poética (romántica) o prosaica, y lo mismo una actitud, un gesto, un hábito... cualquier cosa puede ser tildada de prosaica o poética. De este modo, las personas pueden definirse en uno u otro sentido, dependiendo esto muchas veces de los ojos con que son miradas.

Ya en la primera página del libro se dice que "la torre de la catedral" era un "poema romántico de piedra" (93, I), donde el adjetivo se acerca a la visión idílica del pasado que el arte romántico propagaba. Así, más adelante, se le llama "romántica mole" (94, I). El pasado será el lugar lírico, idóneo para el desarrollo de los sentimientos e ideales. Ana veía el Don Juan como "romanticismo arqueológico" (46, II), como "poesía apasionada" (47, II), y, en cierta ocasión, se dice que

[Ana] dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre el chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo, fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla (49, II).

Ana pensará que en aquellos tiempos "todo sería dramático, digno del verso de Zorrilla; y no como ahora, suciedad, prosa, falsedad desnuda" (46, II). La edad contemporánea a los personajes es prosaica. La pluma del Arcipreste, por ejemplo, no alcanzaba triunfos, se dice, "en los tiempos de prosa a que habíamos llegado" (141, I). En el presente

se amaba con toda la franqueza prosaica y sensual que, según Bermúdez, "era la característica del presente momento histórico, despojado de toda presea ideal y poética" (91, II).

Por un lado tenemos presente (prosa), y por otro pasado (poesía-romanticismo). Pero en la distinción caben más matizaciones. Para Ana Ozores

la lucha vulgar de todos los días con la vida ordinaria, la batalla de la fatiga, el ridículo, la prosa, la fatigaban: era una guerra en un subterráneo entre el fango (381, I).

Es decir, la monotonía del "quehacer" diario es también prosaica. Eran, en cierto modo, esas "costumbres tradicionales (...) repetidas con mecánica igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un loco"; y aquello "no tenía grandeza", derivaba en "aburrimiento" que llenaba a Ana de "hastío sin remedio, eterno". Y, claro, "si ella contara lo que sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica" (14, II). Así se veía en Vetusta el romanticismo:

Nada más ridículo en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel dogma antirromántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era romanticismo puro: contemplar en silencio la puesta del sol... ídem: respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la brisa... ídem: decir algo de las estrellas... ídem: encontrar expresión amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem: tener lástima de los niños pobres... ídem: comer poco... ¡oh! esto era el colmo del romanticismo (17, II).

De esta manera, ciertas actitudes serán vistas en Vetusta como "románticas", "poéticas" o "prosaicas". Ana Ozores se convertirá en el sujeto diferenciador de estas ideas. Ya las primeras páginas ofrecen esa imagen de Ana queriendo salir de esa "monotonía" e "insulsez de su existencia" y "el egoísmo la llamaba loca, romántica, necia" (173, I). Don Fermín mismo dice que "Anita es un poco romántica" y, además, "quiere traer a la religión el romanticismo" (5) (397, I). Sus sentidos serán los que distingan lo poco de romanticismo que queda en Vetusta:

Ese hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable, diga lo que quiera don Fermín. para volar hacen falta alas, aire... Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imaginación de don Álvaro volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había clavado en su corazón puñaladas de los ojos el elegante dandy la tarde memorable de Todos los Santos (96, II).

En la cena con los Vegallana, los pies de Ana y Álvaro se rozan bajo la mesa:

Los pies también seguían su diálogo: diálogo poético sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto (311, II).

Sería gratuito seguir trayendo citas en donde los términos prosa-prosaico, poesía-poético, romanticismo-romántico se utilizan para distinguir puntos de vista y modos de vida. El mismo romanticismo, en todo caso, pasará a ser prosa, o simple máscara en don Álvaro, al ser utilizado para conseguir objetivos poco poéticos: ya lo veremos. E incluso don Fermín se servirá de él como instrumento para alcanzar propósitos determinados; y es que al mismo cura "aquello que se llamaba poesía, se le había muerto a él años atrás" (536, I).

En fin, la literatura se codea con la vida, e incluso se impone a ella. En esa especie de juego cervantesco de literatura dentro de la literatura, en ese juego de espejos, los personajes deambulan sin identidad propia, amenazados tanto por la letra impresa como por la palabra oral. El individuo que se pierda en ese laberinto especular será, en definitiva, el que fracase en la vida, porque de nada sirven los triunfos solo literarios.



LA VETUSTA LECTORA

J. Oleza, en su introducción a su edición de La Regenta, dedica dos páginas a la cuestión que va a servir de tema que desarrollar en nuestro trabajo (6). No hay, por tanto, análisis. Sí existe, sin embargo, una emisión de juicios generales (casi siempre dando la referencia crítica de base) con los que estamos totalmente de acuerdo. En primer lugar, dice, "la literatura juega un papel determinante en la vida de los personajes" (p. 69). Esta "actúa como mecanismo de caracterización de los personajes, sobre los cuales se nos detalla casi siempre aquello que han leído y que ha influido en sus vidas" (id.). En unos casos la aventura literaria puede servir de vía de escape de la prosa vital de Vetusta. De este modo, la ficción se convertirá en "medio de realizar sus aspiraciones más secretas a la aventura" (id.) (7). Es decir, al confundirse el lenguaje puramente "histórico" con el "literario", y leer lo literario como histórico, la literatura se entiende real. Y esta confusión de campos lleva a los personajes a la aspiración de tener en la vida una existencia literaria. La escena en estos casos es, irremisiblemente, grotesca, porque la imitación de los modelos no se lleva a cabo como tal. Se intenta vivir la vida de los arquetipos literarios, es decir, de personajes que nunca la han tenido porque solo son fruta de una pluma (¡y qué plumas!). Analizaremos uno por uno a los personajes vetustenses en los que la lectura ha dejado un residuo, más o menos importante, en sus vidas.


En la casa de los nobles Vegallana encontramos dos personajes de interés a nuestro propósito. En primer lugar, la marquesa, Rufina de Robledo, se sirve de la literatura como entretenimiento. Son varias las escenas en que es presentada leyendo. Se dice de ella que "leía libros escandalosos con singular deleite" (232, I). La de Vegallana, que no se caracterizaba precisamente por su trabajo, encontraba en la literatura, el teatro, el periodismo satírico, una forma de diversión. El retrato que nos hace Clarín es de lo más mostrativo en este sentido:

La excelentísima señora Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana, se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete. La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran rayos; para eso tenía carruajes. Si no había teatro, y era esto muy frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas (307, I).

Más abajo especifica el tipo de novelas que eran más del gusto de la marquesuela:

La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su lecho blindado contra los recios ataques del frío, disfrutaba deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de viajes al polo, de caza de osos, y otras que tenían su acción en Rusia o en Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña Rufina (90, II).

El discurso de Clarín más que maniqueo se muestra realista, y, a la vez, crítico. El contraste de que da cuenta el autor no sirve sino para desacreditar a la acomodada clase noble vetustense. Por eso, los sentimientos que exprese más adelante en una confesión a Bermúdez no pasarán de ser vacíos, fútiles, banales:

-Yo no soy sentimental -decía ella a don Saturnino Bermúdez, que la oía con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a oreja-, yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería... pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco... lloro... pero no hago alarde de ello (90, II).

De la casa de los Vegallana destaca también el marquesito, Paco, que, como Ronzal, se pasa la novela intentando ser como don Álvaro. Se produce aquí un doble juego. Por un lado, Mesía imita a los personajes de las novelas (ya lo veremos) y, por otro, Paco lo copia a él. El mismo Clarín lo precisa así:

Si en vez de la Historia de la prostitución (8) Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don Álvaro no hacía más que imitar -y de mala manera, porque él era ante todo un hombre político- a los héroes de aquellos libros elegantes (298, I).

Y es que así era.

su literatura se había reducido a la Historia de la prostitución, por Dufour, a La Dama de las Camelias y a sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída (290, I).

En todo caso, el marquesito, y pese a la influencia negativa de don Álvaro, buscaba un amor más profundo que el "positivo" y material que solía pretender el Tenorio. Bueno, y lo que nos interesa sobre todo a nosotros: este tipo de amor también venía influenciado por las lecturas:

Paco, sin pensar mucho en ello, y sin pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como el de los libros y las comedias (292, I).

Y esta mímesis es resultado de la confusión, que veníamos anunciando, entre literatura e historia. La literatura pasa a ser historia, y por eso se buscan conductas afines a personajes de novela y resultados también afines que puedan propiciar esas conductas. Don Álvaro lo logrará, es decir, conseguirá un resultado positivo (pero no por otra cosa, sino porque la engañada, Ana Ozores, ha confundido más aún literatura y vida). Una prueba de esa confusión es deducible de la siguiente cita que hemos sacado de una conversación con don Álvaro:

-Yo he leído -añadía don Álvaro en casos tales- que ha habido princesas y reinas encaprichadas y metidas con monos, así como suena, monos. 

-Sí señor -acudía Paco a decir- lo afirma Víctor Hugo en la novela que en francés se llama El hombre que ríe y en español De orden del rey (359, I).

En fin, se toma el argumento de una obra literaria como si fuese un texto sacado de unos anales de historia.

Otro personaje en el que la literatura ha dejado secuelas de manera decisiva es Olvido, la niña mimada hija de Páez. Como hace notar Durand -quizá un tanto exageradamente- "Olvido is so influenced by her reading that, like don Quijote, she begings to live her own life in terms of her reading experience" (9). En efecto,

A los dieciocho años se le ocurrió que quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a todos con una fórmula invariable. "El amor no era su lote"; no creía en el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas: renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda su alma. Amó el arte por el arte... (473, I).

Caso afín es el de Saturno Bermúdez:

Debe advertirse que sus lecturas serias de crónicos y otros libros viejos alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y psicológicas que se escribían por entonces en París (122, I).

Pues bien, serán estas últimas, sobre todo, las que influyan en sus pensamientos más íntimos. Estos libros actuarán de modelos de acción a partir de una previa identificación con un personaje. Otros, como la Biblia, influirán de otra manera: será un libro de apoyo. Permítasenos, en nuestro afán recopilador, una larga cita:

Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en materia de amores.

Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En efecto, Don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con ella lo mismo que con las solteras: no se atrevió a decírselo. Con los ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las alegorías ni las parábolas: no hacía más que decir a espaldas de Bermúdez: 

-No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato (123, I).

Como alega Durand, Bermúdez "must use his novels as examples to justify falling in love, platonically, with married women". Y más adelante: "Bermúdez considers literature as a model to be imited" (10).

Seguiremos con la lista para terminar demostrando, con ello, que el fenómeno es general. Hablaremos ahora de don Cayetano Ripamilán, el Arcipreste. La huella que sus lecturas clásicas han dejado en él es considerable. "Sus dioses eran Garcilaso y Marcial", su ilustre paisano. También estimaba mucho a Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio (o sea, a Moratín) (139, I). Su manera de mirar el mundo, o la parte de este que le interesa, no dejará de estar mediatizado por tales lecturas. Por ejemplo, "su culto a la dama no tenía que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto poético". Y a renglón seguido:

Sentía desde su juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar su trato y hacerles objeto de madrigales tan inocentes en la intención, cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto (139-140, I).

Un hombre que va por el mundo, ya en la recta final del siglo XIX, haciendo madrigales y defendiendo la óptica clásica, no deja de ser un anacronismo viviente (en esto se asemeja al marido de Ana Ozores). Y aunque "no alababa el tiempo pasado por sistema, en punto a poesía era preciso confesar que la revolución [-se refiere al romanticismo-] no había traído nada nuevo" (140, I). El problema es que el tiempo en que vive el Arcipreste es prosaico y no hay lugar a la poesía, y es por eso por lo que su pluma no alcanzaba triunfos "en los tiempos de prosa a que habíamos llegado".

Se parece también este personaje a Quintanar en su manía de recitar versos en público como fuente de autoridad. Recita a Villegas y a Marcial (142, I). Además, es amante del teatro: conoce la obra de Casimir Delavigne Los hijos de Eduardo (145, I) y El sí de las niñas de Moratín (237, I).

Cambiamos de personaje. Doña Anuncia, tía de Ana, se encuentra motivada por la lectura de folletines. En una escena aparece leyendo las del diario madrileño Las Novedades, "liberal en materia de folletines" (226, I), el cual cuidaba de manera especial este género de moda (12). También la vemos en dos ocasiones leyendo el Werther de Goethe, dejándolo caer al suelo en ambas (227 y 229, I). En otro lugar tiene entre sus manos La Etelvina, novela publicada en dos volúmenes en Barcelona en 1843, sin nombre de autor, que, como la anterior obra, deja caer al suelo (242, I).

Por cierto, que estos folletines que tanto significaban para la tía de Ana, sirven también de modelo "creíble" para la misma Petra, la criada, la cual llega a conocer (es un decir) ciertas facetas de la vida a partir de estas lecturas. Como muestra este botón:

Petra discurría perfectamente en estas materias, porque leía folletines, la colección de Las Novedades, que dejara en un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso de descubrirse los amores de una señora casada (459, II).

El propio padre de Ana tuvo dos etapas en su vida definidas por sus lecturas literarias. La primera fue romántica: "Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que se necesitaba para conspirar con progresistas" (187, I). La segunda, clásica: "El romántico Ozores era clásico después de su viaje por Italia" (198, I).

Otro personaje destacado es Pepe Ronzal, alias Trabuco o El Estudiante, eterno imitador del Tenorio vetustense, como dijimos, junto a Paquito Vegallana. Pues bien, este pobre hombre un día decide ser sabio y "desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault-Lebrun y Paul de Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo" (273, I). El primero era escritor de novelas de estilo picante y libre. El segundo más o menos, era autor de obras de género festivo y picaresco; y citaremos algunos de sus títulos, los cuales nos dan ya una clara referencia de su contenido: La mujer, el marido y el amante, Gustavo el calavera, Un marido en busca de su mujer, o la sugerente El hijo de mi mujer. Son títulos que, por otro lado, enlazan en gran medida con el argumento de La Regenta. Es obvio que, tras estas lecturas, la pretendida sabiduría de Trabuco no pasó de quedarse en eso.

Algunas referencias más existen en la obra, aunque de importancia mediana o nula. Es de señalar, quizá, la persona de Pompeyo Guimarán quien "después de las obras de Comte (que no pudo terminar), no volvió a leer libro alguno" (150, II). No olvidamos tampoco al coronel Fulgioso, el cual, en la escena final del duelo, actúa de juez imponiendo unas condiciones a ambos contrincantes que "había copiado de una novela francesa que le había prestado Bedoya" (517, II). Y poco más en cuanto a personajes secundarios se refiere.



ÁLVARO, FERMÍN Y VÍCTOR

Los nombres que encabezan este apartado son tres personajes decisivos en la vida de Ana Ozores, protagonista indiscutible. Son los tres hombres, respectivamente, su amante, su confesor y su marido. Hemos optado por dedicarles un apartado pues su participación con respecto a la configuración de la trama es de capital importancia. Siguiendo el hilo temático que nos mantiene ocupados, adelantamos que los tres son figuras en las que la literatura y escritos de otra naturaleza, han interferido en sus vidas para dejar al fin un sedimento, ya sea este de manera perdurable o solamente circunstancial. Será mejor, en todo caso, ir tratando cada personaje por su lado pues cada uno de los citados se caracteriza por un modo propio de entender la literatura en relación a la vida, y de aprovecharse de ella.


Alvaro Mesía o el sentido práctico

Ya al referirnos a Paco Vegallana tuvimos la oportunidad de confirmar lo que espera Álvaro de la literatura. Esta significa para él únicamente un medio de aprendizaje e instrucción para la vida. Pero claro, el Tenorio no entiende esto en el sentido clásico, pues la educación que recibe de estos "libros elegantes" que lee es tan solo de conveniencia personal (13). Es decir, él intenta imitar a los héroes de las novelas por dos circunstancias que conducen a un mismo fin. En primer lugar, observa que es un determinado tipo de hombre el que gana la voluntad de las damas en las novelas. Por otro lado, sabe que es ese mismo tipo al que aspiran las señoras (ya de la realidad) "enajenadas" por esa clase de literatura. En el fondo su éxito como Tenorio es fruto de una sobresaliente imitación de este tipo novelesco (aunque también sabe ponerse otras caretas). Pero, claro, hace falta la otra mitad: la dama arromantizada, para que su novela termine por realizarse en Vetusta. Ana Ozores cumple con este papel. Ella ha encontrado entre la prosa de la ciudad un héroe de novela. De esta manera el juego de perspectivas es magistral, en el momento en que este "héroe" resulta ser falso. Las novelas realistas están llenas de estos pícaros. Es por lo que, creo, muchos de ellos suponen una ruptura con el romanticismo. Los personajes ya no son llanos, pues su psicología nos los caracteriza con una nitidez que les otorga tridimensionalidad. La novela realista no ofrece salidas románticas a sus personajes porque estos, bajo la nueva óptica, han perdido mucha de la ficcionalidad anterior (14). Es decir, si se comportan de una determinada manera esto es explicable por circunstancias que rehúsan lo literario y encuentran su apoyo en la realidad social e histórica (en el sentido más amplio que podamos imaginarla dentro de los márgenes de lo palpable). Por eso, en el momento en que don Álvaro entra a formar parte de una novela realista, ya no puede ser romántico. El romanticismo es falseado por medio de una moral doble: lo que quiero hacer ver / lo que soy en realidad. Y, claro, cuando aparece un personaje romántico de verdad (romanticismo explicable, en todo caso, por circunstancias vitales) fracasa, al no ser aceptado por una sociedad regida por valores muy distintos. La oveja negra es apartada. En estos casos suele surgir la novela.

Don Álvaro encuentra en La Regenta a la víctima ideal. Esto lo descubre en la escena en que ambos ven el Don Juan:

el Tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las comedias y en las novelas de Feuillet: mucho esprit que oculta un corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad... esto era el colmo de la distinción según lo entendía don Álvaro, y así procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien "estaba visto que había que enamorar por todo lo alto" (49, II).

Mesía, una vez percatado del "problema" de Ana, ya sabe por dónde atacar. Entonces toma el papel de romántico (15): "se había hecho romántico" (50, II), y es que "don Álvaro sabía presentarse como un personaje de novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias" (493, I). Es una maña que se tenía bien aprendida. Recordemos aquella escena en el casino en que él mismo cuenta sus aventuras a los amigos y el modo en que procedía en sus conquistas (16):

-Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos, entre arañazos y cocces, es ser un platónico del amor, un cursi: el verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero, violento, descarado, torpe si hace falta (175, II).

Clarín, por otra parte, modela a un don Álvaro amante del materialismo "que también casaba con sus demás ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo" (360, I). Lee al alemán Büchner, autor de Fuerza y materia, y al francés Flammarion. También a Moleschott y a Vogt, que, por cierto, tuvieron que abandonar Alemania por sus doctrinas materialistas y liberales. Por último, a Virchow, fundador de la patología de las células. Hace una pequeña incursión en De rerum natura de Lucrecio, obra en la que se defiende que todo es materia, y en la que expone la doctrina de los átomos:

Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las mujeres bonitas que se le pusieran delante (361, I).

A fin de cuentas, como lo eran las lecturas de las novelas perfumadas, las filosóficas son también utilizadas como medio para conseguir placeres carnales:

El materialismo de Mesía era fácil de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se convenía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro (íd.).


Fermín de Pas o el cura derrotado

Ya en el primer capítulo de la novela, Clarín caracteriza a De Pas: hombre arrogante, altivo, mirando la ciudad desde la torre, dominador y con ansia de abarcarlo todo, de manejarlo todo. Vetusta, de todas formas, no es una ciudad digna para un hombre con tan altas aspiraciones:

De Pas había soñado con más altos destinos, y aun no renunciaba a ellos. Como recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado en su fantasía (106, I).

Las lecturas son archivadas en la memoria para configurar la persona entera del Magistral. Por un lado estudia Filosofía, Teología, "las revistas de los jesuitas" (388, I), pero no deja de lado las novelas prohibidas, aunque estas las lee para desecharlas. Pondré unos ejemplos: el Provisor parece sentirse atraído por Ana Ozores:

¿Qué era aquello que a él le pasaba? No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor; esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil formas de la lujuria (527, I).

Y más adelante: "En los libros aquello se llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras" (560, I). Así, cuando conoce el adulterio de Ana y piensa incluso en asesinarla y en "crímenes de tragedia", "los desechaba enseguida" (498, II):

Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal a ese infame... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de novela (499, II) (17).

En su variedad de lecturas se nos presenta lector de Los Caracteres, obra aforística de La Bruyere, donde satiriza las costumbres de la sociedad. También, y este no podía faltar, lee El criterio de Balmes, en el que se combate el neokantismo y el krausismo. Y en el cual —como dijo el crítico francés Blanche-Kaffini— Balmes se nos presenta como un trasunto de San Agustín escribiendo en el siglo XIX. Junto a ellas, como decimos, "las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos" en las que "estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena" (450, I). Y al mismo tiempo que se educaba en estas cosas, rechazaba aquellas obras más propias del folletín que de la realidad:

¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales —añadía para sí— ni siquiera saben tener mala intención. Estos curas (se refiere a los personajes de estas obras) se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a los reyes (450, I).

Lo maravilloso de todo esto es que el mismo Fermín es un personaje de novela, cosa que casi olvidamos con estos juegos de literatura dentro de la literatura. Será, por tanto, un cura que, como los de esas novelas, también tenga algo de folletinesco. En todo caso, aceptando el juego, nos atrevemos a decir que pese a su rechazo de la literatura "novelesca", el residuo que esta deja en él es importante, actuando desde la memoria. Creo que de los ejemplos traídos puede deducirse algo en este sentido. Estos recuerdos se hacen presentes, sobre todo, en escenas en las que su religión queda oculta tras su atracción hacia la Regenta, que pasa a primer término inconteniblemente. Es entonces cuando estas reminiscencias cobran vida por analogía con estas situaciones:

Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel a la memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de sentimentalismo falso, pseudo-religioso: eran afectos puros, nada parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico, incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. "¿Por qué recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la Edad Media... y sueco? El era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo diecinueve, un carca, un oscurantista, un zángano de la colmena social, como decía Foja el usurero..." (406, I).

Hay que hacer notar que este autor (Renan) de obras como El anticristo y Estudios de historia religiosa, abandonó la carrera escolástica que había iniciado, al hacerse racionalista.

Como competidor, junto a don Álvaro, por conseguir la voluntad de Ana Ozores, se ayudará de estas lecturas para ello. Hace uso de ese tono azucarado y romanticón de las novelas cuando "conviene" pues, como el Tenorio, sabe muy bien de qué pie cojea la Regenta. Tras una conversación con él la de Quintanar reflexiona:

aquel hombre que le había halagado el oído y el alma con las palabras de esperanza y consuelo, con promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno, grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo del alma. En los libros algunas veces había leído algo así (491, I).

Siendo esto así, cuando el Magistral deja de lado estos métodos y trata de adoctrinar a Ana "prosaicamente", esta parece ausentarse hacia lo poético, hacia la ternura piadosa. Don Fermín se percata de esto:

Ya veía don Fermín que era preciso volver a la blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no pasaba de ser una idolatría disimulada (94, II).


Quintanar o el anacronismo hecho carne

Es el personaje que más tinta ha hecho verter en cuanto al tema de la relación literatura-vida. En el ex-Regente de Vetusta el proceso de mímesis se produce con tal intensidad que casi podríamos hablar de quijotización. En verdad, más que locura hay enajenación. Es decir, a Quintanar no se le "seca el celebro" como al héroe cervantino, y por supuesto no sufre alucinaciones ni nada que se le parezca. Lo que ocurre es que cree tan verdaderas las comedias teatrales que las supone reflejo de su época; las cree históricas cuando no son otra cosa que literatura. Recurriendo de nuevo a Durand, nos sumamos a su opinión de que el interés de Quintanar por el teatro

is not in the analysis of a play as a work of art, for a play represents for him the means through which he can transport himself to a period in history which was, in his opinion, more suited to his temperament.

De cualquier manera, nos sumergimos en un juego más del autor, en el sentido de que las referencias al teatro clásico, de que gusta Quintanar, van a suponer una anticipación del conflicto que se planteará al final de la novela. Como ha dicho ya algún crítico, la realidad y la ficción coincidirán, y el drama que Víctor tantas veces había vivido en su imaginación se hace real ante sus ojos y en su propia vida. Permítasenos esta cita introductoria:

Siempre había sido aficionado a representar comedias, y le deleitaba especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones tan a tiempo, ni en el discreto de lo que era amor y no lo era, le llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había discurrido como nadie y sin quitar a "El castigo sin venganza" y otros portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como "El médico de su honra" (180, I).

Y dicho esto, el narrador sitúa a los personajes (Frígilis y el mismo Víctor) en un diálogo en que debaten la resolución de un supuesto caso de adulterio de Ana. Obviamente, don Víctor en tal caso se comportaría como un héroe de teatro clásico: "llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en décimas calderonianas" (181, I).

La pintura es casi quijotesca, pues si bien Don Quijote se pasaba las noches en vela ante un libro de caballerías, el personaje clariniano, de manera parecida, "todas las noches antes de dormir se daba un atracón de honra a la antigua, como él decía" (181, I); y más adelante "leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse" (182, I). Esta lectura continuada de teatro clásico le hizo adoptar unas aficiones propias de la edad dorada: "Quintanar manejaba el florete, la espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por el teatro" (181, I). Y no solo aficiones, sino actitudes cotidianas gestuales, pues aunque en la edad actual "los hombres no andamos así... ¡deberíamos andar! y así seguramente andaríamos y gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños del mundo" (45, II). Las referencias son constantes. Pongamos esta: "Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la capa en el primer acto del Trovador" (113, II). Incluso en el modo de hablar se nota este influjo:

en el lenguaje algo declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso (240, I).

Predomina en cada una de sus intervenciones la ironía sin tregua. No falta esta burla en las escenas de recitación y representación doméstica de los clásicos, dos aficiones casi inherentes a su personalidad. Clarín lo presenta declamando en numerosas ocasiones pues, como dice el exregente, "lo natural sería que todos, sin distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas sonoras" (385, I). Recita a Tirso de Molina en La prudencia de la mujer (385-6, I); a Zorrilla en su Don Juan Tenorio (28, II); a Moreto en El desdén con el desdén (44, III); también un fragmento de Las paredes oyen de Juan Ruiz de Alarcón ("versos que repetía hasta parecer un martillo") (307, II); a Lope de Vega en El castigo sin venganza (id.); los primeros versos de La vida es sueño, de Calderón de la Barca (368, I). No olvida los versos de "Noche serena" de Fray Luis de León (371, II), ni a Esquilache (386-7, II). Tampoco deja de lado a los actuales: cita a Echegaray en Haroldo el Normando (357, II). Por último, como conocedor también de la ópera, recita versos de Les Huguenots de Meyerbeer (373, II).

El problema surge cuando el marido de la Regenta entra en una etapa de alienación. La afición pasa a ser asunto psicológico, pues no se queda aquí. La siguiente cita es muestra clara de lo que decimos:

Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de su museo, como él llamaba a la exposición permanente de sus manías, se convertía en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello, comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la escena y gritando como un energúmeno (386, I).

Es en estas ocasiones cuando podemos hablar de auténtica quijotización. Una noche, "con un traje grotesco, Quintanar leía en voz alta":

Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor, entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.

Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de defender en hermosos versos del siglo diecisiete a una señora que un su hermano quería descubrir y matar. Y don Víctor juraba en quintillas que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era caballero, atrocidad semejante (284, II).

Aparte del teatro, hay un libro que influye en un momento de la vida de Quintanar. Es La imitación de Cristo de Kempis, que Ana le aconseja leer en una de las etapas místicas de la heroína:

Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas... que no se le habían ocurrido nunca... No importa. La vida, de todas maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero (185, II).

Sustituye sus lecturas teatrales por el Kempis: "Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a Job y al dichoso Kempis" (215, II). Además, la lectura de este libro supone, como el teatro, un recurso proléptico, anticipatorio: "En fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue tiñéndole el alma de negro..." (216, II). Hasta que, al fin, lo deja:

Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero Kempis seguía cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno Quintanar, "pero no quería prescindir por completo de las ventajas positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra" (242, II).

Y vuelve a su teatro:

Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el infierno con horror (...). Había vuelto a Calderón y a Lope con más entusiasmo que nunca. Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes relaciones, como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre con la espada en la mano (295, II).

Como ya indicamos, el teatro se hace vivo en su vida en el momento en que conoce el adulterio de su mujer:

¿Qué haría don Víctor? ¿De qué comedia antigua se acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría a ella primero? ¿Iría a buscarle a él...? (467, II).

El escenario de Vetusta pasa de ser novelístico a ser teatral; y los personajes de novela, a personajes dramáticos. Y todo coincide: un triángulo amoroso y una honra que hay que dejar a salvo. Pero la catarsis se produce en Víctor y es ahora cuando sale de su locura para comprender la diferencia entre literatura y vida:

representa tu papel, ahora te toca a ti, ahora no es Perales quien trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa casos de honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable que te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos... Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al galán y mátale también... no hay otro camino (...).

Aquél era su drama de capa y espada. Los había en el mundo también. ¡Pero qué feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo podía ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes, aquellos rencores en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolían cuando eran propias? (473, II).

Y más abajo: "¡Matarla!, eso se decía pronto. ¡pero matarla...! Bah, bah... los cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de veras..." (474, II).

Todas estas reflexiones le ayudan a comprender lo que en realidad ha sido su vida: una equivocación matrimonial: "¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a los ardores y a los sueños de su juventud [la de Ana] romántica y extremosa?" (484, II).

Es una pena que los personajes de la obra sean tan variables en sus juicios. Es por esto por lo que los anteriores pensamientos constituyen una seudocatarsis, pues, como sabemos, don Víctor acabará por retarse con Álvaro Mesía, como antaño era costumbre (víctima, por otro lado, de los lugares comunes más que de sus creencias íntimas):

—Nada, ¡pero aún estamos a tiempo! —contestó el marido burlado, puesto en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí nada, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes del honor... y del teatro— (502, II).



ANA OZORES. LA REGENTA

Hemos querido dejar para un análisis último a la que es protagonista indiscutible de la obra de Leopoldo Alas: nuestra querida Ana Ozores. Es, sin duda, el personaje más trágico de la obra. Primero por su misma situación vital: huérfana y casada con un viejo loco impotente ("Ni madre ni hijos" (165, II)). Segundo, por el fracaso de su intento por querer escapar del medio prosaico que le rodea. Además, el autor se acerca tanto a ella, la dibuja tan bien en todos sus aspectos (fisiológicos y psicológicos) que es el personaje que mejor conocemos. Así, al presentarse más como persona que como personaje, el aspecto trágico se hace más evidente. Es de señalar cómo la vida de Ana está presentada, en gran parte, a través del repaso de momentos desgraciados; y, en todo caso, son escasísimos los momentos de felicidad.

Los actos de Ana serán resultado de su estado vital, de su tormentosa psicología y de su pasado. Es decir, es un personaje totalmente determinado, y en este sentido el acercamiento de Clarín al naturalismo es notorio. Quizá no podamos hablar, no obstante, de un determinismo genético en la obra, pues el autor no deja de utilizar la ironía cuando a este se alude.

Volviendo al tema que nos ocupa, aunque sin salirnos del determinismo, no olvidamos que grandes mediadores en la configuración del ser de nuestra Anita son los libros. La primera imagen que tenemos de la Regenta es aquella mostrada a través de los ojos del Magistral desde la torre de la catedral, que nos la descubren con un libro en sus manos:

había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el Parque de los Ozores (104-105, I).

Es tan importante la lectura literaria en la vida de Ana que podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que tales lecturas interceden de manera decisiva en su vida. Es decir, si se puede hablar de etapas en la vida de la Regenta, es por culpa de unos determinados libros leídos a lo largo de su biografía. En esa visión retrospectiva que Clarín hace de la vida de Ana, empieza por dejar claros los momentos que han cimentado su personalidad. En efecto, en su niñez fue esencial la lectura literaria: "La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! Esta ambición fue su pasión primera" (191, I).

En un principio, fue la épica de la Historia Sagrada (191, I) la que sirvió de incentivo para ir en busca de un héroe literario en la vida real. Esto, claro, puede ser propio de una psicología infantil, pero será esta casi idéntica a la de la adulta Ana, que seguirá buscando su héroe épico, romántico, poético y, en fin, literario:

La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le encontró: Germán, el niño de Colondres (192, I).

Estas lecturas las hizo cuando su padre tuvo que emigrar y ella quedó con su aya, doña Camila, la cual "curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias" (188, I). Y, bueno, aunque "los libros que llegaban a sus manos, no le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les haría hablar de lo que quisiese" (191, I).

Vuelve su padre, don Carlos, del extranjero "más filósofo y menos político" (196, I). Entramos en la etapa mitológica de Anita, que, por influencia del padre, cambia lo devoto por lo clásico: "Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos" (198, I). Y más adelante: "De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se trataba de arte clásico, "de verdadera arte", ya no había velos, podía leerse todo" (id.). En todo caso, el arte clásico solo afectó en Ana en parte. Como con la Historia Sagrada, la mitología la adecua a su imaginación y toma de ella lo más parecido a sus aspiraciones naturales; sin olvidar que esta lectura acentúa y colabora en la formación del diseño de su psicología, a su afianzamiento:

Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte antiguo y de las fábulas griegas fue puramente estética; se excitó su fantasía, sobre todo, y gracias a ella, no a don Carlos, aquel inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.

La muchacha envidiaba los dioses de Homero que vivían como ella había soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa (199, I).

Sigue con su padre y este decide ir a vivir a Loreto, y allí mandó llevar su "biblioteca entera" (202, I). Ana

vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el libro cuando leyó en el lomo: Confesiones de San Agustín (202, I).

Estamos en la siguiente etapa de Ana, en la que rompe con la anterior: "Aquello sí que era nuevo. Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor, lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera" (203, I). A partir de estas lecturas "su alma se hacía mujer" (204, I).

Lectura importante en su vida, aun estando con su padre, fue la de Chateaubriand. Su conocimiento del autor francés se ejemplifica con dos obras. Por un lado, está El genio del cristianismo:

Después, buscando en la biblioteca, halló el Genio del Cristianismo, que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y con ella el albedrío (206, I).

Por otro lado, Los Mártires, novela histórica del mismo autor. En ella se trata la persecución de dos jóvenes en el siglo IV. Pronto Ana establecerá analogías con su vida y con sus sueños, como lo hacía con la épica y como lo hará con tantas otras obras, con las que Ana llevará a cabo más que un proceso de mímesis un proceso de identificación (que culminará en el cap. XVI):

Después leyó Ana Los Mártires. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía pasar por un Demódoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro? Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él? (id.).

También conoció, a partir de un tomo del Parnaso Español "consagrado a la poesía religiosa" (id.), a fray Luis, y unos versos del poeta manchego "despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el sentimiento de la Virgen" (207, I). Significa esta una etapa más en la formación de la mujer en que se está convirtiendo Anita Ozores: "La devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo en mujer" (id.). Al mismo tiempo, lee a san Juan de la Cruz e identifica el contenido de sus versos con la naturaleza que le rodea; en cierto sentido la poesía del santo dice la naturaleza. Ana se identifica con el poeta que, según ella, ha encontrado la verdad y la expresa en sus versos (en un alarde más propio del Modernismo que de otra cosa). En cierto sentido, Ana descubre en san Juan a un autor entre romántico y modernista en pleno siglo XVI:

Notaba Anita, excitada, nerviosa —y sentía un dolor extraño en la cabeza al notarlo— una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.

Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas, y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca aguda (208, I).

Es tanta la devoción que empieza a tener hacia la poesía, y la siente tan profundamente, que ella misma se hace escritora, poetisa. Descubre en este arte su verdadera vocación: la de ser ajena al mundo. Aprovecha una enfermedad para dedicarse a la nueva labor: "Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías sueltas" (221, I). Sus tías descubren su afición y, estandartes de una sociedad machista, observan en esta actividad un vicio reprochable:

la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven (231, I).

El tinglado llega a conocimiento de todos y las críticas aparecen por doquier. "Los versos eran libres", ¡una vergüenza! Por su parte, Ripamilán dijo de ellos que pertenecían a "una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba" (232, I). "Además, las mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran" (id.). En fin, "general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana" (233, I). Y al final, la terminan llamando irónicamente, "Jorge Sandio" (id.). Nadie en Vetusta acepta la poesía, la cual encuentra un sentido más amplio del que en principio tiene. La poesía significa ideal, y por eso fracasa aplastada por la prosaica embestida del pueblo en masa. Este momento en el libro es de fundamental importancia, ya que de alguna manera anticipa el final, pero es un guiño que solo comprenderemos luego.

Es en esta época cuando determinó meterse monja, quizá por una influencia directa de los dramas románticos. Y esto lo hace notar muy pronto don Cayetano: 

Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita (...) La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con plumero y capitanes de forajidos (236, I).

El Arcipreste, entonces, intenta darle consejos de casamiento, dirigiendo la mirada de Ana hacia su amigo Quintanar, pues ha entendido que han sido las lecturas religiosas de Ana las únicas incitadoras de su pretensión monjil. Ripamilán entiende muy bien que su supuesta "vocación" está mediatizada, es literaria y, por tanto, no sincera: 

Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación estaba bien para el teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios que escalasen conventos, a Dios gracias (241, I).

Estas reflexiones y consejos de Ripamilán, pese a salir de la boca de un personaje en el que la huella literaria, como vimos, es esencial en su ser, son anticipos claros del modo en cómo actuará la literatura en el subconsciente (y en el consciente) de Ana Ozores. La escena del Don Juan casi la tenemos aquí adelantada, diez capítulos antes y años antes de que suceda. En todo caso, el proceso de identificación es algo inherente a la personalidad de Anita, ingénito.

El caso es que toma matrimonio con el "antiépico" Víctor Quintanar, el cual nada tiene que ver con sus héroes de ensueño, los de su lectura. Este héroe

no estaba en Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San Agustín, obispo de Hipona, después Chateaubriand y después con cien nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y escogida...

Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero (247-8, I).

Terminado el repaso del pasado de Ana, Clarín deja la retrospección para centrarse en el presente. Así, ese pasado sirve de justificación del ahora, un "ahora" que quedaría cojo sin ese repaso biográfico por las etapas claves de su vida. Su imaginación idealizada es fruto de numerosas circunstancias: todas ellas juntas perfilan la figura de Ana Ozores, añadiendo cada una un matiz nuevo. Tras conocer todos estos antecedentes y su vida entera, todos estaremos de acuerdo en que la culpa de la Regenta no existe. Todo entra dentro de una dinámica de causa-efecto que pone en cuestionamiento la voluntad humana. La Regenta es naturalista. Se trata de un determinismo social y, más aún psicológico (que enlaza con lo genético). Este último, el psicológico, es el que añade Clarín, como novedad, a la literatura del XIX, o, al menos, le da un énfasis en su tratamiento que difícilmente encontraremos en la novela francesa en que bebe.

Ana se casa y su nueva situación vital solo sirve para que se acentúe su tendencia imaginativa, porque Ana, como Emma Bovary, se encuentran en una situación acomodada que favorece el aburrimiento:

Aquel continuo estudiar su pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de hacer sino cavilar una mujer como ella? (369, I).

La falta de ocupaciones propicia la afición literaria, la imaginación, la locura, entendida esta como la no adaptación al medio. El romanticismo era la locura de esta época. Ana alterna, además, este romanticismo con un misticismo mediatizado de igual modo (ambos, romanticismo y misticismo, encuentran su ideal acomodo en Ana). La literatura se convierte para ella en un veneno (27): Ana termina por vivir la literatura; los recuerdos literarios se hacen históricos, y es así como pasan, sin tropezar con ningún filtro, a su memoria. Piensa en el Ebro como en "el río del Trovador" (370, I); siente una indignación "como la cólera de Aquiles" (373, I) (28); y refiriéndose a Frígilis: "Aquel Herodes era el Pílades de su marido" (375, I). Las referencias literarias se acumulan, pero hay algo que existía en las novelas y que no encontraba a su alrededor; era el amor:

y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía (376, I).

La vida de Ana se convierte en una búsqueda constante del amor. El problema es que el amor que busca es literario, no real, y de ahí su fracaso. Un problema que se acentúa, en su caso, porque su marido apenas pasa de ofrecerle alguna meliflua caricia o algún beso en la frente antes de acostarse. Y es que Quintanar "prefería un buen macho de perdiz a todas las caricias conyugales" (371, I). Es así que Ana se encierra en su mundo y enferma. De este modo al menos lo entiende Quintanar, y acierta, pese a no cerciorarse de que también él es una de las causas de la infelicidad de su Anita:

Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus sueños... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no te trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal disimulada seguía, los nervios erre que erre... Volvemos a Vetusta, casi pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como si estuvieras a destajo... (382-3, I).

Es en esta situación con la que concluye la primera mitad del libro. Con una Ana totalmente alienada, asocial al mismo tiempo, "que solo hablaba de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas" (488, I). Todo está servido para que el conflicto suceda. Es por eso que la segunda parte comienza con un episodio de clímax, punto álgido de este proceso que venimos llamando de identificación literaria. Hay una evolución en esto. Al principio, empieza a sentir aquel tiempo en que el Don Juan se desarrolla:

Ana se sentía transportada a la época de don Juan, que se figuraba como el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces, volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido cuatro o cinco siglos antes... (46, II).

Una vez transportada allí, y anhelar haber vivido en aquella época (que es no querer haber vivido, pues las situaciones son solo literarias), Ana comienza a identificarse con doña Inés: "la novicia se parecía a ella" (47, II). Por último, identifica a los demás personajes con las personas que rodean su vida:

Ana se comparaba con la hija del Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla estrecha del hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su presencia! (48, II)

Y Clarín aprovecha para hacer un guiño proléptico, anticipatorio:

Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto acto. ¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? (51, II) (29).

La siguiente etapa de Ana será místico-religiosa. Clarín no da la obra por solucionada. Ana se enfrasca ahora en una serie de lecturas religiosas que la ayudan a combatir la conclusión sacada de la representación teatral. Es cuando entra en escena el Magistral:

Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino: ven a mi templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad que son todo mi culto en resumen... (72, II).

A partir de aquí se deja de lado la lectura romántica. Los únicos libros que cogerá Ana serán devotos. "Lo que usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser beata" (id.), le dice el Magistral. Por eso necesitaba cumplir con unas determinadas obligaciones:

Era necesario que Anita frecuentase en adelante las fiestas del culto; que oyese sermones, más misas, que asistiera a las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa, que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo (75, II).

En efecto, una de las facetas que conlleva asumir esta vida de mujer piadosa que decide iniciar Ana, es mantener una línea de lecturas. En este punto insistirá el Magistral; más aún sabiendo la influencia que la literatura tiene en la vetustense:

Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.

Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa Teresa y algunos místicos.

"Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal, Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para perfeccionarse, no al principio, sino más adelante (76, II).

Pero los resultados son confusos, desviados, pues Ana está interpretando estas lecturas a su modo, conforme a su situación vital y a su psicología. Lo confiesa ella misma:

declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían reflexiones probablemente heréticas o, por lo menos, poco a propósito para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una especie de marasmo intelectual que parecía estupidez (93, II).

Estas lecturas le causaban hastío y no podía concentrarse en ellas. El Magistral controla a la Regenta desde la torre:

Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, había arrojado el libro con desdén sobre un banco (102, II).

Hasta que llega santa Teresa, cuya influencia será decisiva en la obra:

Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo tomó y lo bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso: Obras de Santa Teresa. I.

Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto, en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces (123, II).

Y más abajo:

Pues allí estaban aquellas letras doradas: Obras de Santa Teresa. I. ¡Cuánta elocuencia en un letrero! ¡Estás sola! ¿pues ¿y Dios?

El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón; todo ardió allí dentro en piedad (124, II).

Se siente tan identificada con la santa, que no deja su lectura en ningún momento: "Se contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la arboleda leyendo, devorando, a su Santa Teresa" (142, II) (31).

Es ahora cuando el triunfo del Magistral se hace más claro. Su objetivo se cumple, pues la Regenta, como había hecho en la representación del Don Juan, se acaba identificando con la santa, en este caso. No otra cosa demuestran la siguiente ristra de citas:

el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de Cristo (190, II).

Pasmábase de que el mundo entero no estuviese convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas de la santa de Ávila (id.).

Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo de Santa Teresa; (id.).

Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de Santa Teresa y la suya (191, II).

La lectura de los santos continuará y dejará un residuo importante en Ana. Pero Mesía puede más que todo esto. Su fuerza de atracción es mayor. En momentos así es cuando necesita más de santa Teresa Ana: "...sí, quiero que mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no se oscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma" (319, II). Y es muy significativo que cuando, precisamente, deje las lecturas de santa Teresa, se produzca la derrota final: "En cuanto a Santa Teresa había concluido por no poder leerla" (384, II), dice. Pues bien, unas páginas más adelante caía en los brazos del Tenorio de Vetusta.

Pero hasta llegar este momento, el alma de Ana ha sido aleccionada con otras recomendadas lecturas, de las que no dejaremos de dar cuenta, y que sirven para transformación de su persona a lo devoto. Lee La perfecta casada de fray Luis (195, II) (32); también La leyenda de Oro, historia de santos del siglo XIII (cfr. 215, II); así como Año Cristiano de Croiset (id.); y ¿cómo no? La imitación de Cristo de Kempis (id.), obra que tanta repercusión tuvo en su marido, como vimos. No olvida las Cartas provinciales de Pascal (cfr. 246, II). Y hace del mismo devocionario (cfr. 271, II) una guía de su vida.

Todo fracasa, sin embargo, ante el ataque de Mesía. La vida en este caso puede más que los libros: aunque se trata, como sabemos, de una vida (la figura de don Álvaro) literaturizada. La siguiente cita creo que nos pueden servir de bisagra, de ruptura con ese misticismo anterior:

A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía (283, II).

Ana entra en una nueva realidad. Deja a la santa de Ávila, pues comprende que "la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad" (324, II). Es decir, conoce la falsedad de estas lecturas, pero no entiende que está siendo víctima de una mentira. Y "recordaba textos de Fray Luis de León en la Perfecta casada", no para seguirlos, sino para darse cuenta de que "condenaban lo que estaba haciendo" (367, II) (33).

Olvidada de la lectura piadosa y enajenada por el falso romanticismo que se desprende de la personalidad de don Álvaro, ya no recuerda aquellas antiguas reflexiones, que parecían, en aquellos momentos, definitivas:

¡Qué romanticismo del género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde sea...! (219, II).

Esta fortaleza de Ana sucumbe. Mesía la hace suya, hasta que, tras matar a su marido en el duelo famoso, Ana se percata de que el Tenorio era falso, y todo su romanticismo una falacia. Don Álvaro se irá y la dejará sola. Le envía una carta en la que más tarde descubrirá la mentira que encierra:

Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba el cuerpo gallardo que ella había creído amar de veras, del que sus sentidos habían estado realmente enamorados a su modo (522, II).

Al final, de la obra aparece la catarsis definitiva. Tanto Quintanar como Ana Ozores descubren que la literatura es irreal y que ellos son víctimas de aquella. Es por esta razón por la que Ana termina por "aborrecer los libros, fuesen de lo que fuesen" (527, II), pues solo ellos han sido la causa de sus idealismos (34), o al menos así lo piensa ella. Nosotros sabemos de otras causas ya enumeradas a lo largo del trabajo, y fácilmente deducible de la lectura atenta de la obra. No obstante, nos hemos detenido en el análisis de una sola de ellas: la literatura.


Ángel Carrasco Sotos.


NOTAS A PIE DE PÁGINA

1 En 1882, en sus Folletos literarios, Clarín se defendió del ataque de un crítico (Luis Bonafoux y Quintero), que le acusaba de haber plagiado a Madame Bovary: "Cuando escribí este capítulo del texto –se refiere a la escena del teatro del capítulo XVI– no pensaba en Madame Bovary ni con cien leguas; diez o doce años hacía que lo había leído. Pero aunque me hubiese acordado de ella, sin el menor escrúpulo hubiese escrito todo lo escrito; pues, en efecto, no hay parecido ni remoto en lo que Bonafoux llama plagio". Citado por Carlos Clavería en "Flaubert y La Regenta", artículo incluido en Cinco estudios de literatura española moderna. Tesis y Estudios Salmantinos, Madrid, 1945, p. 11.

2 Op. cit., p. 18. 

3 Citaremos por la edición de Barcelona, Planeta, 1982 (contiene una interesante introducción de Joan Sales).

4 José Luis López Aranguren, Moral y sociedad, Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1970, p. 124.

5 Más adelante, en una conversación con el Magistral, dirá a este: "no quiero la virtud si no es pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es virtuoso" (107-8, II).

6 La edición que manejo es la de Madrid, Cátedra, 1984. Las páginas que señalo son la 69 y la 70.

7 Juicio análogo es el de Frank Durand: "Just how does literature, as such, operate in the lives of Alas's novelistic characters? First, the prosaic existence of the city's inhabitants creates the need for some means of transporting the Vetustans to other places and permitting them to live other, more interesting lives". Tomado de "Characterization in La Regenta: point of view and theme", incluido en el Bulletin of Hispanic Studies, XLI, 1964, p. 87.

8 A este libro recurre el marquesito, como fuente de autoridad, en las discusiones que tienen lugar en el Casino: "acudía entonces con el testimonio de las lecturas técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad femenil en lo antiguo, en la Edad Media y en los tiempos modernos. No había nada nuevo. "Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas, lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana" (359, I). Y, en efecto, más abajo cita la obra.

9 Op. cit., p. 88. 

10 Op. cit., p. 88.

11 Más adelante se dice que "el Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho Marcial, salvo el latín" (146, I). 

12 Más adelante se hace una nueva alusión a esta afición de doña Anuncia (cfr. 368, I).

13 Dice bien Oleza al asegurar que "Don Álvaro Mesía es diferente: él es el único, de entre quienes imitan a personajes literarios, que no se pierde en la ficción ni se deja dominar por el personaje" (Op. cit., p. 69). Ya anteriormente F. Durand lo había anunciado: "Don Álvaro Mesía presents an entirely different facet of the fiction-reality theme in the novel, for, in contrast to the other characters, he does not lose himself in a literary world. As a practical person, he is aware of the powerful influence literature exerts on the Vetustans and he utilizes this knowledge to achieve his personal aims. He consciously imitates literary characters because he knows that this appeals to the others and it is an expedient way of influencing them" (Op. cit., p.90).

14 Nos estamos refiriendo con esto a cierto realismo que, por supuesto, nada tiene que ver con el de un Pereda, por ejemplo.

15 El papel lo mantendrá hasta el final de la obra con un cinismo que aún no reconocerá la Regenta. En efecto, después de matar a Quintanar, Mesía envía a su amada una carta en la que "hablaba con frases románticas e incorrectas de su crimen". En ella ""todo era falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de amar de veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían puesto" (521, II). 

16 Estas aventuras las creemos ciertas en el momento en que las pone en práctica, ante nuestros ojos, para conseguir a Ana. A las citas traídas con este motivo añadimos la siguiente: "El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo, todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que el Magistral no era dueño del corazón de Anita" (311, II).

17 Sin embargo, no descarta que tal crimen pudiera ser efectuado por Quintanar, que él sabía gran lector de obras teatrales donde esto sucedía así. Era exigido que "Víctor buscase a Mesía, le desafiase, le matase si posible le era (...). Así lo habían hecho varones esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados en poemas y tragedias" (504, II).

18 Tendríamos antes que nada hacer unas breves referencias a la importancia del teatro en Vetusta. Esto, sin embargo, rebasa nuestras pretensiones. Remitimos al lector a pp. 31–33, II.

19 Op. cit., p. 89.

20 La idea la repite en alguna otra ocasión: "seguro estoy, me lo da el corazón, de que si mi mujer (hipótesis absurda) me faltase... se lo tengo dicho a Tomás Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta" (53-54, II).

21 A modo de información: La vida es sueño es también citada en 365, I y 131, II. A Moreto lo vuelve a citar en 37, II. Don Víctor conoce también la obra de Calderón El mayor monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusalén y a Jovellanos (385, I).

22 Sigue insistiendo más adelante: "De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas; el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una redondilla" (485, II).

23 Recordemos, por ejemplo, que el "bello ideal" de su madre, doña Anuncia, "había sido siempre un viaje a Venecia con un amante" (219, I). Esto tiene ciertas analogías con la futura vida de Ana. Las dos son idealistas, solo que la madre pronto descubrió que el siglo "estaba metalizado" (id.). Y lo asumió; Ana, en cambio, sí conoce que el mundo es prosaico, pero su idealismo pesa tanto sobre ella que termina por vivir una mentira poéticamente imaginada.

24 Como indica muy certeramente John Rutherford, desde este momento "la única modificación que ha sufrido esta actitud sentimental y pueril ha sido el haberse olvidado de que son mentiras". Tomado de su obra La Regenta y el lector cómplice, Universidad de Murcia, 1988, p. 126.

25 Es de señalar que, más adelante, leerá a Wiseman (125, II), escritor de Fabiola, novela histórica del primer cristianismo, y con aires de romanticismo.

26 Sí, los versos son: "Si quieres, como algún día / alabar rubios cabellos, / alaba los de María, / más dorados y más bellos / que el sol claro al mediodía" (207, I).

27 En cierta ocasión se llama a los "libros prohibidos" "veneno para los débiles" (345, I).

28 En el capítulo XVI se dice que "lloró riendo como Andrómaca", esposa de Héctor en la La Ilíada.

29 Igualmente, un poco más adelante, anticipa aquí Clarín la muerte de Quintanar: "Ana vio de repente, como a la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con una pistola en la mano, enfrente del cadáver" (52, II). De esta manera, podría entenderse que la obra entera es una especie de parodia de la de Zorrilla. Dice Frank Durand (op. cit. p. 91) que "the main action of La Regenta is a distorted reflection of Zorrilla's play".

30 La primera vez que Clarín hace explícito el contenido de un libro leído por la Regenta (cfr. 162, I) este es, precisamente, religioso: "leyó un cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la penitencia en preguntas y respuestas".

31 Más adelante: "Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos de la Vida de Santa Teresa escrita por ella misma" (188, II).

32 Es sintomático que Clarín, al principio de la obra, aclare que "En Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada" (182, I).

33 Por eso no es raro que sea ahora cuando recuerde obras del autor conquense, siempre con nostalgia: "eso es muy hermoso. La Noche Serena ya lo creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña y empezaba a leer versos, mi autor predilecto era ese" (372, II).

34 Esta cita puede ser aclaratoria de lo que decimos: "Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en aquellas grandes cosas que la volvían loca. Anita Ozores volvió a las prácticas religiosas, jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás por aquel miticismo falso que era su vergüenza. 'La visión de Dios... Santa Teresa... Todo aquello había pasado para no volver... Ya no la atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino'" (532, II).


 

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