[Aclaración previa:
El siguiente texto pertenece a un trabajo terminado de redactar en Madrid en 1990. Constituyó un trabajo de 3º de Filología Hispánica para la asignatura Literatura Española III impartida por Francisco Caudet Roca durante el curso 1989-1990. Hasta ahora ha permanecido inédito.
La cita del mismo ha de hacerse de forma correcta en APA 7: (Carrasco Sotos, Á. (2026). Literatura y vida en La Regenta [Manuscrito en línea]. Zeppelin Rock. https://www.zeppelinrockon.com/2026/10/literatura-y-vida-en-la-regenta-por.html.
© Ángel Carrasco Sotos
Í N D I C E
--INTRODUCCIÓN
--LITERATURA Y VIDA
--ÁLVARO, FERMÍN Y VÍCTOR
. Álvaro Mesía o el sentido práctico
. Fermín de Pas o el cura derrotado
. Víctor Quintanar o el anacronismo hecho carne
--ANA OZORES, LA REGENTA
(El trabajo original consta de 45 páginas y, en él, los apartados del índice están paginados).
NOTA PREVIA: Hemos utilizado para nuestro trabajo la edición de La Regenta de Gonzalo Sobejano, publicada en Madrid, 1984, Castalia. Las citas utilizadas en el trabajo están extraídas de esta edición. Los números de página corresponden, por tanto, a ella.
INTRODUCCIÓN
Si los personajes que nos presenta Clarín, habitantes de esa heroica ciudad que es Vetusta, se ven influenciados por sus lecturas literarias (o de otro género) en su modo de comportamiento, el mismo Leopoldo Alas se convertirá en un vetustense más en el sentido de que no podrá deshacerse de sus lecturas a la hora de llevar a cabo la singular empresa de la redacción de La Regenta. Este modo de utilización de la literatura creo que se realiza en distintos niveles. Por un lado, es obvio que todo el realismo literario impone su peso en la obra. Es decir, La Regenta parte de una concepción realista-naturalista en su génesis. A partir de aquí no dejaremos de observar influencias y relaciones formales y temáticas con obras anteriores del mismo género. La crítica no ha dejado de señalar lo que debe esta novela a obras como Madame Bovary, aunque estas "acusaciones" fueran negadas por el mismo Clarín en su tiempo (1). Quizá con menos énfasis del debido, se ha apuntado su relación con La Educación Sentimental, en la que la intención última de la obra encuentra analogías claras con la del escritor de Zamora. A parte de este tipo de influencia –perogrullesca a todas luces–, y a otro nivel, hay que hacer notar el destacado aspecto de la utilización de la "literatura dentro de la literatura". Las referencias a obras y autores es cuantiosa, aunque nunca gratuita, y siempre relevante. De este modo, Clarín da muestra nítida de su erudición y de su conocimiento de tales obras. Pero no para ponerlo de manifiesto –Clarín habría leído muchas obras más–, sino para caracterizar a sus personajes. Quiero decir que los personajes quedarán perfilados por el lector a partir del conocimiento de este de las obras que gustan y siguen aquellos, y que el autor ha escogido significativamente. Este que he mencionado sería el tercer nivel y en él centraremos nuestro trabajo para intentar aclarar lo referido. La misma crítica no ha dejado de poner los ojos en este hecho. Clavería (2), comparando a los personajes de Clarín y los de Flaubert dice que:
De la misma manera que las lecturas han ido conformando sus vidas y su personalidad, un libro cualquiera puede ser un hecho de una importancia trascendental para su espíritu y hasta para su salud.
Efectivamente, así ocurre, y tratando de verificarlo señalaremos nosotros algunas de estas influencias en la misma Emma Bovary (3). Remitimos al lector al cap. 6. I, en el que se citan sus lecturas de niñez y las realizadas en el convento, en el que leía "alguna novela" en la que se narraban cuestiones
de amores, enamorados, enamoradas, damas perseguidas que se desmayaban en pabellones solitarios, postillones asesinados en todos los relevos, caballos reventados en cada página, sombríos bosques, contradicciones del corazón, juramentos eternos, sollozos, lágrimas y besos, esquifes al claro de luna, ruiseñores en las arboledas, "caballeros" valientes como leones y tiernos como corderillos, virtuosos como nadie y elegantes siempre, capaces de llorar cual manantiales. Por espacio de seis meses, cuando tenía quince años. Emma se atiborró, pues, de semejantes lecturas (p. 37).
También en 2. II, el romántico (como ella) León, le decía que uno leyendo esas cosas "llega a figurarse que es él mismo quien palpita bajo sus trajes" (p. 83). Y en 14. II, se enfrasca, como nuestra Ana Ozores, en lecturas piadosas, de las que Flaubert da cuenta (cfr. p. 212). Y para terminar: en 15. II. Emma visitará el teatro para ver Lucia de Lammermoor (cfr. 219 y ss.), obra de trascendental importancia en su vida, como lo será en la de la Regenta el Don Juan de Zorrilla.
Me permito, antes de entrar en materia, un pequeño excurso que creo necesario para el entendimiento general de la obra. Clarín ha incluido en el puchero de su novela los ingredientes necesarios para que la narración tome vida novelesca, para que la anécdota suceda. "La capital inmoralidad de la obra literaria" -nos ha dicho Aranguren- es la de "plantear a una sociedad problemas que no existen en ella" (4). Siguiendo esta máxima, podríamos decir que la novela que tratamos es inmoral. Digo que aunque, efectivamente, pudiera haber casos de adulterio en Oviedo (cosa que no dudamos) el que tiene lugar en Vetusta es singular, anecdótico. Es decir, es un adulterio novelable por literario, en el sentido de que no muestra un adulterio que podríamos llamar "prototípico". Por tanto, y es a donde queremos llegar, no se libra de algunas características que definen habitualmente al folletín. Un folletín, eso sí, realista: creo que lo que predomina no es la sorpresa (es decir, "el lector no esperaba esto"), sino la relación causa-efecto. Y es que si la obra pretendía ser realista, y más aún naturalista, lo que había de influir en el desarrollo de la acción no es lo que el escritor "quiera" narrar, sino que, una vez caracterizados los personajes y planteado el problema, sean ellos los que tomen vida propia como víctimas del mismo determinismo que el autor ha querido para ellos. Clarín ha trazado esto con maestría. Destacamos algunos puntos:
1.–La psicología romántica, idealista, de Ana ya desde su niñez. Ana aspirará a alcanzar en su vida algo más allá de la prosaica realidad que le rodea.
2.–Educación represiva de Ana por parte de sus tías, que no ayuda a otra cosa sino a que sublime sus sentimientos.
3.–Casamiento con Víctor sin voluntad o, mejor, con una voluntad claramente mediatizada.
4.–El tal Víctor, por su parte, cumple con las características del cornudo tradicional (y véanse entremeses, o novelas ejemplares de Cervantes como El celoso extremeño). Es viejo; pero, más aún, es impotente, frente a Ana, joven y voluptuosa. Además, don Víctor es un pobre loco, que confunde, casi quijotescamente, la literatura con la vida, e intenta poner en práctica ideales literarios (además no románticos, sino clásicos).
5.–Más aún, Quintanar hace más caso de sus inventos, de su caza y de su amigo Frígilis, que de su mujer.
Esto así, la situación es totalmente idónea para que el autor incluya un galán que intente apoderarse de la indefensa dama. Claro está que, planteado el esquema de arriba, esto sería demasiado fácil. Es por ello por lo que el autor introduce un abogado defensor de la Regenta: su confesor, el cual se irá degradando a medida que conozcamos su psicología, sus intenciones. Esto no es sino un medio para que la novela termine como termina. La tensión, en todo caso, está en la mesa. La novela ya puede empezar a funcionar. Y todo ha sido posible por esa inserción precisa de elementos determinantes, en un alarde de hacer que los componentes folletinescos dejen de serlo, por el modo de tratamiento de los mismos, que enlaza más que con él con la novela realista.
Construido el esqueleto de la novela, se procederá a su relleno. La vida llenará los huecos. De esta manera, la diversidad de factores que entran en juego es enorme. En el campo vital burgués, uno de estos factores es, sin lugar a dudas, el literario.
LITERATURA Y VIDA
Uno de los aspectos que más nos impresiona al leer La Regenta es el relieve considerable que el autor ha dado a las interferencias entre literatura y vida (sin parangón en la literatura decimonónica). Como ya hemos indicado, las lecturas de los personajes influirán decisivamente en sus actos y en sus ideas, en un proceso de imitación que trataremos de desgranar a lo largo del trabajo. No solo ocurre esto, sino que términos propios de la literatura serán utilizados en la vida diaria como si los mismos personajes fuesen conscientes de su naturaleza literaria. De esta manera, verbigracia, la vida será una "comedia":
Desde la aparición de don Álvaro en la plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los suces
La actitud de los vetustenses, en alguna ocasión, es vista de igual menera:
Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de algunas s
Y pondré algún ejemplo más en este sentido: al final de la obra, cuando la Regenta "peca" con don Álvaro y el Magistral ve fracasados sus trabajos anteriores por impedirlo, su ira es tremenda, y claro, "se le ocurrían proyectos disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida" (498, II). La comedia, el teatro, será, por tanto, falsedad. Robustiano Somoza, el médico, hablando de la situación de Rosita en el convento, se refiere a esto como una "comedia" (cfr. 430, I y 432, I).
Aparte de estas referencias teatrales, los términos literarios que más abundan son aquellos relacionados con el romanticismo, la poesía y la prosa; utilizándose el primero y segundo de manera indistinta, y siempre en contraposición al tercero.
En el mundo de Vetusta la personalidad de un individuo puede ser poética (romántica) o prosaica, y lo mismo una actitud, un gesto, un hábito... cualquier cosa puede ser tildada de prosaica o poética. De este modo, las personas pueden definirse en uno u otro sentido, dependiendo esto muchas veces de los ojos con que son miradas.
Ya en la primera página del libro se dice que "la torre de la catedral" era un "poema romántico de piedra" (93, I), donde el adjetivo se acerca a la visión idílica del pasado que el arte romántico propagaba. Así, más adelante, se le llama "romántica mole" (94, I). El pasado será el lugar lírico, idóneo para el desarrollo de los sentimientos e ideales. Ana veía el Don Juan como "romanticismo arqueológico" (46, II), como "poesía apasionada" (47, II), y, en cierta ocasión, se dice que
[Ana] dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre el chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo, fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla (49, II).
Ana pensará que en aquellos tiempos "todo sería dramático, digno del verso de Zorrilla; y no como ahora, suciedad, prosa, falsedad desnuda" (46, II). La edad contemporánea a los personajes es prosaica. La pluma del Arcipreste, por ejemplo, no alcanzaba triunfos, se dice, "en los tiempos de prosa a que habíamos llegado" (141, I). En el presente
se amaba con toda la franqueza prosaica y sensual que, según Bermúdez, "era la característica del presente momento histórico, despojado de toda presea ideal y poética" (91, II).
Por un lado tenemos presente (prosa), y por otro pasado (poesía-romanticismo). Pero en la distinción caben más matizaciones. Para Ana Ozores
la lucha vulgar de todos los días con la vida ordinaria, la batalla de la fatiga, el ridículo, la prosa, la fatigaban: era una guerra en un subterráneo entre el fango (381, I).
Es decir, la monotonía del "quehacer" diario es también prosaica. Eran, en cierto modo, esas "costumbres tradicionales (...) repetidas con mecánica igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un loco"; y aquello "no tenía grandeza", derivaba en "aburrimiento" que llenaba a Ana de "hastío sin remedio, eterno". Y, claro, "si ella contara lo que sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica" (14, II). Así se veía en Vetusta el romanticismo:
Nada más ridículo en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel dogma antirromántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era romanticismo puro: contemplar en silencio la puesta del sol... ídem: respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la brisa... ídem: decir algo de la
De esta manera, ciertas actitudes serán vistas en Vetusta como "románticas", "poéticas" o "prosaicas". Ana Ozores se convertirá en el sujeto diferenciador de estas ideas. Ya las primeras páginas ofrecen esa imagen de Ana queriendo salir de esa "monotonía" e "insulsez de su existencia" y "el egoísmo la llamaba loca, romántica, necia" (173, I). Don Fermín mismo dice que "Anita es un poco romántica" y, además, "quiere traer a la religión el romanticismo" (5) (397, I). Sus sentidos serán los que distingan lo poco de romanticismo que queda en Vetusta:
Ese hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable, diga lo que quiera don Fermín. para volar hacen falta alas, aire... Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imaginación de don Álvaro volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había clavado en su corazón puñaladas de los ojos el elegante dandy la tarde memorable de Todos los Santos (96, II).
En la cena con los Vegallana, los pies de Ana y Álvaro se rozan bajo la mesa:
Los pies también seguían su diálogo: diálogo poético sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto (311, II).
Sería gratuito seguir trayendo citas en donde los términos prosa-prosaico, poesía-poético, romanticismo-romántico se utilizan para distinguir puntos de vista y modos de vida. El mismo romanticismo, en todo caso, pasará a ser prosa, o simple máscara en don Álvaro, al ser utilizado para conseguir objetivos poco poéticos: ya lo veremos. E incluso don Fermín se servirá de él como instrumento para alcanzar propósitos determinados; y es que al mismo cura "aquello que se llamaba poesía, se le había muerto a él años atrás" (536, I).
En fin, la literatura se codea con la vida, e incluso se impone a ella. En esa especie de juego cervantesco de literatura dentro de la literatura, en ese juego de espejos, los personajes deambulan sin identidad propia, amenazados tanto por la letra impresa como por la palabra oral. El individuo que se pierda en ese laberinto especular será, en definitiva, el que fracase en la vida, porque de nada sirven los triunfos solo literarios.
LA VETUSTA LECTORA
J. Oleza, en su introducción a su edición de La Regenta, dedica dos páginas a la cuestión que va a servir de tema que desarrollar en nuestro trabajo (6). No hay, por tanto, análisis. Sí existe, sin embargo, una emisión de juicios generales (casi siempre dando la referencia crítica de base) con los que estamos totalmente de acuerdo. En primer lugar, dice, "la literatura juega un papel determinante en la vida de los personajes" (p. 69). Esta "actúa como mecanismo de caracterización de los personajes, sobre los cuales se nos detalla casi siempre aquello que han leído y que ha influido en sus vidas" (id.). En unos casos la aventura literaria puede servir de vía de escape de la prosa vital de Vetusta. De este modo, la ficción se convertirá en "medio de realizar sus aspiraciones más secretas a la aventura" (id.) (7). Es decir, al confundirse el lenguaje puramente "histórico" con el "literario", y leer lo literario como histórico, la literatura se entiende real. Y esta confusión de campos lleva a los personajes a la aspiración de tener en la vida una existencia literaria. La escena en estos casos es, irremisiblemente, grotesca, porque la imitación de los modelos no se lleva a cabo como tal. Se intenta vivir la vida de los arquetipos literarios, es decir, de personajes que nunca la han tenido porque solo son fruta de una pluma (¡y qué plumas!). Analizaremos uno por uno a los personajes vetustenses en los que la lectura ha dejado un residuo, más o menos importante, en sus vidas.
En la casa de los nobles Vegallana encontramos dos personajes de interés a nuestro propósito. En primer lugar, la marquesa, Rufina de Robledo, se sirve de la literatura como entretenimiento. Son varias las escenas en que es presentada leyendo. Se dice de ella que "leía libros escandalosos con singular deleite" (232, I). La de Vegallana, que no se caracterizaba precisamente por su trabajo, encontraba en la literatura, el teatro, el periodismo satírico, una forma de diversión. El retrato que nos hace Clarín es de lo más mostrativo en este sentido:
La excelentísima señora Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana, se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete. La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al
Más abajo especifica el tipo de novelas que eran más del gusto de la marquesuela:
La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su lecho blindado contra los recios ataques del frío, disfrutaba deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de viajes al polo, de caza de osos, y otras que tenían su acción en Rusia o en Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña Rufina (90, II).
El discurso de Clarín más que maniqueo se muestra realista, y, a la vez, crítico. El contraste de que da cuenta el autor no sirve sino para desacreditar a la acomodada clase noble vetustense. Por eso, los sentimientos que exprese más adelante en una confesión a Bermúdez no pasarán de ser vacíos, fútiles, banales:
-Yo no soy sentimental -decía ella a don Saturnino Bermúdez, que la oía con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a oreja-, yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería... pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco... lloro... pero no hago alarde de ello
De la casa de los Vegallana destaca también el marquesito, Paco, que, como Ronzal, se pasa la novela intentando ser como don Álvaro. Se produce aquí un doble juego. Por un lado, Mesía imita a los personajes de las novelas (ya lo veremos) y, por otro, Paco lo copia a él. El mismo Clarín lo precisa así:
Si en vez de la Historia de la prostitución (8) Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don Álvaro no hacía más que imitar -y de mala manera, porque él era ante todo un hombre político- a los héroes de aquellos libros elegantes (
Y es que así era.
su literatura se había reducido a la Historia de la prostitución, por Dufour, a La Dama de las Camelias y a sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída (290, I).
En todo caso, el marquesito, y pese a la influencia negativa de don Álvaro, buscaba un amor más profundo que el "positivo" y material que solía pretender el Tenorio. Bueno, y lo que nos interesa sobre todo a nosotros: este tipo de amor también venía influenciado por las lecturas:
Paco, sin pensar mucho en ello, y sin pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como el de los libros y las comedias (292, I).
Y esta mímesis es resultado de la confusión, que veníamos anunciando, entre literatura e historia. La literatura pasa a ser historia, y por eso se buscan conductas afines a personajes de novela y resultados también afines que puedan propiciar esas conductas. Don Álvaro lo logrará, es decir, conseguirá un resultado positivo (pero no por otra cosa, sino porque la engañada, Ana Ozores, ha confundido más aún literatura y vida). Una prueba de esa confusión es deducible de la siguiente cita que hemos sacado de una conversación con don Álvaro:
-Yo he leído -añadía don Álvaro en casos tales- que ha habido princesas y reinas encaprichadas y metidas con monos, así como suena, monos.
-Sí señor -acudía Paco a decir- lo afirma Víctor Hugo en la novela que en francés se llama El hombre que ríe y en español De orden del rey (359, I).
En fin, se toma el argumento de una obra literaria como si fuese un texto sacado de unos anales de historia.
Otro personaje en el que la literatura ha dejado secuelas de manera decisiva es Olvido, la niña mimada hija de Páez. Como hace notar Durand -quizá un tanto exageradamente- "Olvido is so influenced by her reading that, like don Quijote, she begings to live her own life in terms of her reading experience" (9). En efecto,
A los dieciocho años se le ocurrió que quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie pod
Caso afín es el de Saturno Bermúdez:
Debe advertirse que sus lecturas serias de crónicos y otros libros viejos alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y psicológicas que se escribían por entonces en París (122, I).
Pues bien, serán estas últimas, sobre todo, las que influyan en sus pensamientos más íntimos. Estos libros actuarán de modelos de acción a partir de una previa identificación con un personaje. Otros, como la Biblia, influirán de otra manera: será un libro de apoyo. Permítasenos, en nuestro afán recopilador, una larga cita:
Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo
Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La primera vez que pensó esto tuvo remord
-No sé có
Como alega Durand, Bermúdez "must use his novels as examples to justify falling in love, platonically, with married women". Y más adelante: "Bermúdez considers literature as a model to be imited" (10).
Seguiremos con la lista para terminar demostrando, con ello, que el fenómeno es general. Hablaremos ahora de don Cayetano Ripamilán, el Arcipreste. La huella que sus lecturas clásicas han dejado en él es considerable. "Sus dioses eran Garcilaso y Marcial", su ilustre paisano. También estimaba mucho a Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio (o sea, a Moratín) (139, I). Su manera de mirar el mundo, o la parte de este que le interesa, no dejará de estar mediatizado por tales lecturas. Por ejemplo, "su culto a la dama no tenía que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto poético". Y a renglón seguido:
Sentía desde su juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar su trato y hacerles objeto de madrigales tan inocentes en la intención, cuanto llenos de picardía y pimienta en el conce
Un hombre que va por el mundo, ya en la recta final del siglo XIX, haciendo madrigales y defendiendo la óptica clásica, no deja de ser un anacronismo viviente (en esto se asemeja al marido de Ana Ozores). Y aunque "no alababa el tiempo pasado por sistema, en punto a poesía era preciso confesar que la revolución [-se refiere al romanticismo-] no había traído nada nuevo" (140, I). El problema es que el tiempo en que vive el Arcipreste es prosaico y no hay lugar a la poesía, y es por eso por lo que su pluma no alcanzaba triunfos "en los tiempos de prosa a que habíamos llegado".
Se parece también este personaje a Quintanar en su manía de recitar versos en público como fuente de autoridad. Recita a Villegas y a Marcial (142, I). Además, es amante del teatro: conoce la obra de Casimir Delavigne Los hijos de Eduardo (145, I) y El sí de las niñas de Moratín (237, I).
Cambiamos de personaje. Doña Anuncia, tía de Ana, se encuentra motivada por la lectura de folletines. En una escena aparece leyendo las del diario madrileño Las Novedades, "liberal en materia de folletines" (226, I), el cual cuidaba de manera especial este género de moda (12). También la vemos en dos ocasiones leyendo el Werther de Goethe, dejándolo caer al suelo en ambas (227 y 229, I). En otro lugar tiene entre sus manos La Etelvina, novela publicada en dos volúmenes en Barcelona en 1843, sin nombre de autor, que, como la anterior obra, deja caer al suelo (242, I).
Por cierto, que estos folletines que tanto significaban para la tía de Ana, sirven también de modelo "creíble" para la misma Petra, la criada, la cual llega a conocer (es un decir) ciertas facetas de la vida a partir de estas lecturas. Como muestra este botón:
Petra discurría perfectamente en estas materias, porque leía folletines, la colección de Las Novedades, que dejara en un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso de descubrirse los amores de una señora casada (459, II).
El propio padre de Ana tuvo dos etapas en su vida definidas por sus lecturas literarias. La primera fue romántica: "Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que se necesitaba para conspirar con progresistas" (187, I). La segunda, clásica: "El romántico Ozores era clásico después de su viaje por Italia" (198, I).
Otro personaje destacado es Pepe Ronzal, alias Trabuco o El Estudiante, eterno imitador del Tenorio vetustense, como dijimos, junto a Paquito Vegallana. Pues bien, este pobre hombre un día decide ser sabio y "desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault-Lebrun y Paul de Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo" (273, I). El primero era escritor de novelas de estilo picante y libre. El segundo más o menos, era autor de obras de género festivo y picaresco; y citaremos algunos de sus títulos, los cuales nos dan ya una clara referencia de su contenido: La mujer, el marido y el amante, Gustavo el calavera, Un marido en busca de su mujer, o la sugerente El hijo de mi mujer. Son títulos que, por otro lado, enlazan en gran medida con el argumento de La Regenta. Es obvio que, tras estas lecturas, la pretendida sabiduría de Trabuco no pasó de quedarse en eso.
Algunas referencias más existen en la obra, aunque de importancia mediana o nula. Es de señalar, quizá, la persona de Pompeyo Guimarán quien "después de las obras de Comte (que no pudo terminar), no volvió a leer libro alguno" (150, II). No olvidamos tampoco al coronel Fulgioso, el cual, en la escena final del duelo, actúa de juez imponiendo unas condiciones a ambos contrincantes que "había copiado de una novela francesa que le había prestado Bedoya" (517, II). Y poco más en cuanto a personajes secundarios se refiere.
ÁLVARO, FERMÍN Y VÍCTOR
Los nombres que encabezan este apartado son tres personajes decisivos en la vida de Ana Ozores, protagonista indiscutible. Son los tres hombres, respectivamente, su amante, su confesor y su marido. Hemos optado por dedicarles un apartado pues su participación con respecto a la configuración de la trama es de capital importancia. Siguiendo el hilo temático que nos mantiene ocupados, adelantamos que los tres son figuras en las que la literatura y escritos de otra naturaleza, han interferido en sus vidas para dejar al fin un sedimento, ya sea este de manera perdurable o solamente circunstancial. Será mejor, en todo caso, ir tratando cada personaje por su lado pues cada uno de los citados se caracteriza por un modo propio de entender la literatura en relación a la vida, y de aprovecharse de ella.
Alvaro Mesía o el sentido práctico
Ya al referirnos a Paco Vegallana tuvimos la oportunidad de confirmar lo que espera Álvaro de la literatura. Esta significa para él únicamente un medio de aprendizaje e instrucción para la vida. Pero claro, el Tenorio no entiende esto en el sentido clásico, pues la educación que recibe de estos "libros elegantes" que lee es tan solo de conveniencia personal (13). Es decir, él intenta imitar a los héroes de las novelas por dos circunstancias que conducen a un mismo fin. En primer lugar, observa que es un determinado tipo de hombre el que gana la voluntad de las damas en las novelas. Por otro lado, sabe que es ese mismo tipo al que aspiran las señoras (ya de la realidad) "enajenadas" por esa clase de literatura. En el fondo su éxito como Tenorio es fruto de una sobresaliente imitación de este tipo novelesco (aunque también sabe ponerse otras caretas). Pero, claro, hace falta la otra mitad: la dama arromantizada, para que su novela termine por realizarse en Vetusta. Ana Ozores cumple con este papel. Ella ha encontrado entre la prosa de la ciudad un héroe de novela. De esta manera el juego de perspectivas es magistral, en el momento en que este "héroe" resulta ser falso. Las novelas realistas están llenas de estos pícaros. Es por lo que, creo, muchos de ellos suponen una ruptura con el romanticismo. Los personajes ya no son llanos, pues su psicología nos los caracteriza con una nitidez que les otorga tridimensionalidad. La novela realista no ofrece salidas románticas a sus personajes porque estos, bajo la nueva óptica, han perdido mucha de la ficcionalidad anterior (14). Es decir, si se comportan de una determinada manera esto es explicable por circunstancias que rehúsan lo literario y encuentran su apoyo en la realidad social e histórica (en el sentido más amplio que podamos imaginarla dentro de los márgenes de lo palpable). Por eso, en el momento en que don Álvaro entra a formar parte de una novela realista, ya no puede ser romántico. El romanticismo es falseado por medio de una moral doble: lo que quiero hacer ver / lo que soy en realidad. Y, claro, cuando aparece un personaje romántico de verdad (romanticismo explicable, en todo caso, por circunstancias vitales) fracasa, al no ser aceptado por una sociedad regida por valores muy distintos. La oveja negra es apartada. En estos casos suele surgir la novela.
Don Álvaro encuentra en La Regenta a la víctima ideal. Esto lo descubre en la escena en que ambos ven el Don Juan:
el Tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las comedias y en las novelas de Feuillet: mucho esprit que oculta un corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad... esto era el colmo de la distinción según lo entendía don Álvaro, y así procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien "estaba visto que había que enamorar por todo lo alto" (49, II).
Mesía, una vez percatado del "problema" de Ana, ya sabe por dónde atacar. Entonces toma el papel de romántico (15): "se había hecho romántico" (50, II), y es que "don Álvaro sabía presentarse como un personaje de novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias" (493, I). Es una maña que se tenía bien aprendida. Recordemos aquella escena en el casino en que él mismo cuenta sus aventuras a los amigos y el modo en que procedía en sus conquistas (16):
-Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos, entre arañazos y cocces, es ser un platónico del amor, un cursi: el verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero, violento, descarado, torpe si hace falta (175, II).
Clarín, por otra parte, modela a un don Álvaro amante del materialismo "que también casaba con sus demás ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo" (360, I). Lee al alemán Büchner, autor de Fuerza y materia, y al francés Flammarion. También a Moleschott y a Vogt, que, por cierto, tuvieron que abandonar Alemania por sus doctrinas materialistas y liberales. Por último, a Virchow, fundador de la patología de las células. Hace una pequeña incursión en De rerum natura de Lucrecio, obra en la que se defiende que todo es materia, y en la que expone la doctrina de los átomos:
Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las mujeres bonitas que se le pusieran delante (361, I).
A fin de cuentas, como lo eran las lecturas de las novelas perfumadas, las filosóficas son también utilizadas como medio para conseguir placeres carnales:
El materialismo de Mesía era fácil de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se convenía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro (íd.).
Fermín de Pas o el cura derrotado
Ya en el primer capítulo de la novela, Clarín caracteriza a De Pas: hombre arrogante, altivo, mirando la ciudad desde la torre, dominador y con ansia de abarcarlo todo, de manejarlo todo. Vetusta, de todas formas, no es una ciudad digna para un hombre con tan altas aspiraciones:
De Pas había soñado con más altos destinos, y aun no renunciaba a ellos. Como recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado en su fantasía (106, I).
Las lecturas son archivadas en la memoria para configurar la persona entera del Magistral. Por un lado estudia Filosofía, Teología, "las revistas de los jesuitas" (388, I), pero no deja de lado las novelas prohibidas, aunque estas las lee para desecharlas. Pondré unos ejemplos: el Provisor parece sentirse atraído por Ana Ozores:
¿Qué era aquello que a él le pasaba? No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor; esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil formas de la lujuria (527, I).
Y más adelante: "En los libros aquello se llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras" (560, I). Así, cuando conoce el adulterio de Ana y piensa incluso en asesinarla y en "crímenes de tragedia", "los desechaba enseguida" (498, II):
Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal a ese infame... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de novela (499, II) (17).
En su variedad de lecturas se nos presenta lector de Los Caracteres, obra aforística de La Bruyere, donde satiriza las costumbres de la sociedad. También, y este no podía faltar, lee El criterio de Balmes, en el que se combate el neokantismo y el krausismo. Y en el cual —como dijo el crítico francés Blanche-Kaffini— Balmes se nos presenta como un trasunto de San Agustín escribiendo en el siglo XIX. Junto a ellas, como decimos, "las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos" en las que "estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena" (450, I). Y al mismo tiempo que se educaba en estas cosas, rechazaba aquellas obras más propias del folletín que de la realidad:
¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales —añadía para sí— ni siquiera saben tener mala intención. Estos curas (se refiere a los personajes de estas obras) se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a los reyes (450, I).
Hay que hacer notar que este autor (Renan) de obras como El anticristo y Estudios de historia religiosa, abandonó la carrera escolástica que había iniciado, al hacerse racionalista.
Como competidor, junto a don Álvaro, por conseguir la voluntad de Ana Ozores, se ayudará de estas lecturas para ello. Hace uso de ese tono azucarado y romanticón de las novelas cuando "conviene" pues, como el Tenorio, sabe muy bien de qué pie cojea la Regenta. Tras una conversación con él la de Quintanar reflexiona:
aquel hombre que le había halagado el oído y el alma con las palabras de esperanza y consuelo, con promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno, grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo del alma. En los libros algunas veces había leído algo así (491, I).
Siendo esto así, cuando el Magistral deja de lado estos métodos y trata de adoctrinar a Ana "prosaicamente", esta parece ausentarse hacia lo poético, hacia la ternura piadosa. Don Fermín se percata de esto:
Ya veía don Fermín que era preciso volver a la blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal. Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no pasaba de ser una idolatría disimulada (94, II).
Y dicho esto, el narrador sitúa a los personajes (Frígilis y el mismo Víctor) en un diálogo en que debaten la resolución de un supuesto caso de adulterio de Ana. Obviamente, don Víctor en tal caso se comportaría como un héroe de teatro clásico: "llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en décimas calderonianas" (181, I).
La pintura es casi quijotesca, pues si bien Don Quijote se pasaba las noches en vela ante un libro de caballerías, el personaje clariniano, de manera parecida, "todas las noches antes de dormir se daba un atracón de honra a la antigua, como él decía" (181, I); y más adelante "leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse" (182, I). Esta lectura continuada de teatro clásico le hizo adoptar unas aficiones propias de la edad dorada: "Quintanar manejaba el florete, la espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por el teatro" (181, I). Y no solo aficiones, sino actitudes cotidianas gestuales, pues aunque en la edad actual "los hombres no andamos así... ¡deberíamos andar! y así seguramente andaríamos y gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños del mundo" (45, II). Las referencias son constantes. Pongamos esta: "Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la capa en el primer acto del Trovador" (113, II). Incluso en el modo de hablar se nota este influjo:
en el lenguaje algo declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso (240, I).
Predomina en cada una de sus intervenciones la ironía sin tregua. No falta esta burla en las escenas de recitación y representación doméstica de los clásicos, dos aficiones casi inherentes a su personalidad. Clarín lo presenta declamando en numerosas ocasiones pues, como dice el exregente, "lo natural sería que todos, sin distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas sonoras" (385, I). Recita a Tirso de Molina en La prudencia de la mujer (385-6, I); a Zorrilla en su Don Juan Tenorio (28, II); a Moreto en El desdén con el desdén (44, III); también un fragmento de Las paredes oyen de Juan Ruiz de Alarcón ("versos que repetía hasta parecer un martillo") (307, II); a Lope de Vega en El castigo sin venganza (id.); los primeros versos de La vida es sueño, de Calderón de la Barca (368, I). No olvida los versos de "Noche serena" de Fray Luis de León (371, II), ni a Esquilache (386-7, II). Tampoco deja de lado a los actuales: cita a Echegaray en Haroldo el Normando (357, II). Por último, como conocedor también de la ópera, recita versos de Les Huguenots de Meyerbeer (373, II).

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