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A la memoria de Francisco Caudet
Doy término en esta noche de mayo de 1987, en la que el frío perfora las cuatro paredes de esta habitación, al (y no me tachen de presunción) prolijo trabajo desarrollado desde la primavera de 1983. Aquí, en esta cocina de apartamento parisino, he encontrado el dato definitivo que me invita por fin a descansar, aunque ciertamente una melancolía extraña me embargó completamente, es la tristeza por no poder volver atrás en el tiempo ni un segundo, regresar a aquel instante en que di inicio a esta singular búsqueda.
Hacía tiempo que venía considerando una reseña aclaratoria
que el venezolano Andrés Rivera hacía pública en la Revista de Filología
Francesa (nº XXXII, p.127). Una nota a pie de página del artículo "El
París del Naturalismo" simplemente hacía mención de la supuesta fuente del
Sísifo de Critias en la obra de Zola Germinal.
Mi interés por la obra del francés en mi época de estudiante
revolucionario y, en general, por el mundo decimonónico de las revueltas
obreras, me hizo considerar la anotación extraña. Por un lado, la autoridad del
articulista, el cual ejercía como catedrático en la Universidad de Bolonia y
cuyos estudios sobre la literatura realista eran de una erudición evidente, no
precisaba duda. El positivismo y el cientificismo eran, además, cualidades
notorias que siempre habían regido la crítica cabal del venezolano. No
obstante, yo, en mi modesto saber en aquel tiempo no muy lejano, desconocía que
Emile Zola hubiese sido lector la filosofía clásica, y, más aún, que estas
lecturas hubiesen tenido impacto alguno en su obra.
Días después de la lectura del dato señalado, cuando buscaba
entre los libros que mi abuelo guardaba en el baúl un ejemplar del Quijote
editado por Clemencín, me encontré fortuitamente con una edición de 1827 de la
obra de Critias, la cual había visto la luz en París a través de las imprentas
Dupont. Esa noche la dediqué a la lectura atenta del texto: ni un solo dato me
fue dado en él que diera pie a la sospecha, ni remota, de la influencia del
tratado de Critias en el libro de Zola. Volví a leerlo semanas más tarde, tras
haber dado otro repaso a Germinal. Ni forma, ni contenido, ni la más
mínima descripción o detalle coincidían, y otros tipos de cotejo solo me
conducían a soluciones esotéricas de las que debe huir en todo momento la
crítica filológica: por supuesto no era esta última la línea ni el parámetro
que rigiese la obra de Rivera.
Determiné consultar la duda con mi compañero y amigo
Francisco Caudet, profesor de Literatura Comparada en la Universidad Autónoma
de Madrid, el cual había editado tiempo atrás tal obra de Zola a través de
Ediciones de la Torre, con traducción de Mariano García Sanz. Me dijo
desconocer el artículo, añadiendo a esto que en todo caso nunca había pensado
en esas influencias griegas en la obra naturalista del francés. Más aún, le
parecía absurda tal aseveración, aunque viniendo esta de filólogo tan notable le
hacía dudar.
Semanas más tarde, cuando yo había olvidado ya el problema, Caudet me telefoneó a casa para contarme que había tenido contacto con Rivera,
con el que coincidió en un simposio en el Ateneo de Madrid, y que había
aprovechado para referirle la cuestión (parece ser que el dato le interesaba
también a él, pues tenía prevista una nueva edición próxima de la obra y
cualquier novedad nunca venía mal). Me dijo simplemente que el dato que Rivera
ofreciera se debió a la lectura de un artículo de Jorge Luis Borges en la
revista argentina sobre literatura Nuevas Letras, en la que la
referencia aparecía igualmente en una nota a pie de página. La fiabilidad de la
fuente, no citada por Rivera en su artículo, le pareció indiscutible y plasmó
tal cual la cita borgeana con alguna pequeña modificación léxica.
La ceguera de Borges por esa época nada tenía que ver con su
lumbre intelectual. El anuncio de Caudet me pareció definitivo. Intenté hacerme
con el número de la revista argentina en cuestión pues esto empezaba a
interesarme. Efectivamente, la hallé en la hemeroteca del Cuartel del Conde
Duque. Pero he aquí mi sorpresa cuando, repasando el artículo de Borges, observé
que la única nota existente no tenía nada que ver con lo mencionado por Rivera.
Telefoneé de nuevo a Caudet para narrarle lo ocurrido. Días más tarde me
comunicó que Rivera había tomado el dato indirectamente, a través de las Obras
Completas, publicadas por Losada en 1979.
Decidí plantarme aquí en mi investigación, ya que me estaba
metiendo en un auténtico laberinto, además de que mi trabajo docente en el
Instituto María Moliner de Gijón no me permitía dedicar mucho tiempo a estas
excursiones y asuntos lúdicos.
Un año más tarde, cuando veraneaba en Ceuta, coincidí con un
amigo, José Minguela, antiguo compañero de instituto, y que actualmente
trabajaba como bibliotecario en la Municipal de Lyon. "Estamos ordenando
las bibliotecas personales de los grandes del diecinueve, ya sabes: Zola,
Flaubert... en fin, todo realistas", me dijo. La cita de Zola me trajo a
la memoria el antiguo asunto.
Se lo planteé, pero como era obvio, don José (que así lo
llamábamos amigablemente) no recordaba todos los títulos registrados en la
biblioteca personal del francés. No obstante, me enviaría el listado de estos.
Le di mi dirección. Un mes más tarde tenía el elenco bibliográfico en mis
manos. Lo recorrí ávidamente con los ojos. Al llegar a la S leí: Sísifo -
Critias - Reimpresión de 1836 - París.
Una semana más tarde me encontraba en Lyon. Quería que esos
últimos días de mis vacaciones me sirvieran para poder consultar personalmente
el libro, pero me fue imposible acceder a él pese a las influencias directas de
mi amigo. El tiempo se me echó encima y tuve que volver a Gijón con la duda en
el bolsillo. Me traje el recuerdo de una bonita ciudad, en cambio. De todo lo
ocurrido di información a Caudet que no pudo menos que expresarse con una tremenda
risotada y unos golpecitos en mi espalda.
Pasaron diez meses. El teléfono sonó un sábado por la mañana
en que yo estaba sumergido completamente en la lectura de un libro de
Carpentier. Cogí el aparato y una voz me habló sin dar tiempo a mediar palabra;
era Minguela: "Lo tengo", dijo. "¿Quién es?", dije yo.
"Soy José Minguela. Tengo el libro de Critias en mis manos...", y
tras una pausa breve: "Lo he mangado". Ese mismo fin de semana yo
estaba en París hojeando el mamotreto. Pasé noche y día leyendo y releyendo el
texto. Nada, ni un indicio. Zola había leído parte del Sísifo, pero nada
de él había influido en la redacción de Germinal. Llegué a esta
conclusión al encontrar una cana entre las páginas 66 y 67 del libro. No es
chiste. Zola lo había leído en su lecho de muerte. Un gran pico doblado
señalaba la página 80 del tratado, y era esta también la última subrayada. Zola
era conocido entre sus amigos por no dejar nunca un libro sin terminar. El
libro de Critias había sido el último.
Todo esto me hace sentir una especie de culpabilidad, como si
hubiese profanado un recinto sagrado, como si ese secreto oculto en el libro de
la manera más inocente estuviese vedado a mis ojos y a mis manos, a todos los
ojos y manos, un secreto que el tiempo había conservado con delicadeza,
mimándolo como si se tratara de un pequeño milagro, un secreto revelado que
pasaría a formar parte de una anécdota a pie de página en el mundo de los
vivos.
©Ángel Carrasco Sotos

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