ZEPPELIN ROCK: EL HIDALGO MODERNO: SU HERENCIA Y SU CONTEXTO, artículo, por Ángel Carrasco Sotos

sábado, 12 de septiembre de 2026

EL HIDALGO MODERNO: SU HERENCIA Y SU CONTEXTO, artículo, por Ángel Carrasco Sotos

 



[Aclaración previa: 

El siguiente texto pertenece a un trabajo terminado de redactar en Madrid el 15 de mayo de 1989. Constituyó un trabajo de 2º de Filología Hispánica para la asignatura Literatura Española II impartida por Antonio Rey Hazas durante el curso 1988-1989 en la UAM. Hasta ahora ha permanecido inédito. 

La cita del mismo ha de hacerse de forma correcta en APA 7: (Carrasco Sotos, Á. (2026). El hidalgo moderno: su herencia y su contexto [Manuscrito en línea]. Zeppelin Rock. https://www.zeppelinrockon.com/2026/09/el-hidalgo-moderno-su-herencia-y-su.html.

© Ángel Carrasco Sotos


Índice

Principales libros de apoyo

El hidalgo y el trabajo

Nobleza y riqueza 

La pérdida de la función guerrera 

El código del honor 

La limpieza de sangre 

Hábitos, costumbres y complexión del hidalgo 

El hidalgo y la soberbia


Principales libros de apoyo

  • Poder, honor y élites en el siglo XVII. José Antonio Maravall. Siglo veintiuno de España editores s.a.

  • Estado moderno y mentalidad social. José Antonio Maravall. Revista de Occidente.

  • La literatura picaresca desde la historia social. J. A. Maravall. Taurus.

  • España, un enigma histórico. Claudio Sánchez Albornoz. Sudamericana.

  • Sociología de la comedia española del siglo XVII. Díez Borque. Cátedra.

  • Instituciones y sociedad en la España de los Austrias. Antonio Domínguez Ortiz. Ariel.

  • La sociedad española en el siglo XVII. A. Domínguez Ortiz. CSIC. Madrid 1963, tomo 1.

  • El hidalgo y el honor. García de Valdecasas. Revista de Occidente.

  • Novedad y fecundidad del Lazarillo de Tormes. Marcel Bataillon. Anaya.

  • Historia de España. Planeta.

  • Historia general de España. Rialp. tomo VI.



Presentación

El siguiente trabajo no intenta, ni mucho menos, ser original. Digo esto porque, de hecho, no lo es. Es decir, que no es original en el sentido de que no aporta, apenas, teoría nueva sobre el tema. Incluso me he dedicado, a veces, a simplemente parafrasear a los historiadores y críticos. Lo que sí he intentado ser, en lo posible, es recopilador. Esto es, el trabajo intenta ser un compendio, y espero que tras leerlo se puedan clarificar las dudas que sobre el hidalguismo se tengan a priori. El trabajito, en este sentido, es mostrativo, es decir, descriptivo, aunque, a la vez, crítico.

Solo espero que la lectura sea entretenida, ya que el tema, de por sí, no sugiere nada de divertido; más aún en este caso, al tratarse de un tema no estrictamente literario.

Me he permitido dividir el trabajo en temas, que serán los que trataré seguidamente.


EL HIDALGO Y EL TRABAJO

Encuentra Américo Castro las raíces del desdén del hidalgo por el trabajo manual en la época de la Reconquista española (el hidalgo concebido este como tipo social de los siglos XVI y XVII). Se basa para justificar su hipótesis en unos versos del Cantar de Mío Cid, que en boca del juglar los escucharíamos así:

En este castiello grand aver avemos preso,

los moros yazen muertos, de bivos pocos veo;

los moros e las moras vender non los podremos,

que los descabeçemos nada non ganaremos,

coiámoslos de dentro, ca el señorío tenemos,

posaremos en sus casas e d’ellos nos serviremos. (vv. 617 y ss.)

Intenta justificar con esto que los cristianos españoles vivieron señorialmente, como combatientes vencedores, aprovechándose del trabajo técnico de los vencidos. En palabras del mismo Castro: "El hispanocristiano alcanzó la plenitud de su conciencia histórica como un combatiente vencedor; que al vencer iba encontrándose, sin necesidad de otro trámite, instalado sobre unas gentes que le hacían las cosas, más de las que podía manejar y dirigir". Significa, creo yo, una afirmación algo precipitada para explicar un fenómeno que, en realidad, se va a dar en toda Europa, aunque, quizá, en España unas determinadas condiciones favorecieran más su instalación como manifestación social.

Razones contra la opinión de Castro aporta Claudio Sánchez Albornoz, que señala que "solo puede afirmarse que el cristiano tuvo la sensación de poder al moro a partir del año 1000". Y aún más, hasta las Navas de Tolosa (1212) atravesaron jornadas angustiosas jalonadas por derrotas. Pese a las grandes victorias del siglo XIII, nunca se podría afirmar que el cristiano señoreó al moro, pues los territorios ocupados se encontraban prácticamente vacíos (parafraseo a Albornoz).

Los orígenes del desdén noble por lo manual los sitúa el propio Sánchez Albornoz en una época anterior, incluso, a la Edad Media. Aporta un dato importante, nunca definitivo: en el fuero de Castrojeriz del 976 una ley convierte en infanzones, luego se hubieran dicho hidalgos (añade Albornoz), a los caballeros villanos de la plaza, concediéndoles como primer privilegio el vivir señorialmente del trabajo de los labradores de ínfima condición. El crítico e historiador añade que esto solo se hubiera hecho de esta manera "si los nobles de sangre vivían así desde hacía largo plazo".

Nos convendría, sin embargo, una opinión intermedia. Es decir, ni con la Reconquista surgen valores nuevos en plena ruptura con lo anterior ni habrá que buscar, tampoco, orígenes demasiado ancestrales para explicar un fenómeno social -el que tratamos- tan concreto en nuestros Siglos de Oro. Propongamos, de esta manera, fundir las dos teorías, esto es, tratar de encontrar en el hidalgo (como miembro de la nobleza) una serie de rasgos heredados, anteriores a la Reconquista, y otros nuevos que ella misma le ofrece. Tratemos de observar al hidalgo como un tipo nuevo, que solo tiene valor dentro de la época que comienza con el Renacimiento, y que, al mismo tiempo, ¡arrastra tras de sí tantos valores viejos!

Trabajo de los historiadores es el de desentrañar el origen, hasta ahora incierto, del desdén noble por el trabajo. Nosotros vamos a seguir el curso de la historia para explicar su devenir, teniendo siempre como meta el hidalgo del siglo XVII (aunque tampoco sería cuestión de hablar de dos hidalgos distintos, el del XVI y el del XVII; sí, quizá, de un tratamiento social, literario y crítico distintos).

En el texto jurídico de Las Partidas, obra de Alfonso X el Sabio, escrita en el siglo XIII, este dispone que perdieran la honra de caballería aquel caballero que usase del mercado, o de "algún vil menester de manos, por pagar dineros". Cotejándolo temporalmente con Europa, podemos encontrar ciertas analogías: Enrique III de Inglaterra decreta que pueden ser caballeros todos los que no fueren mercaderes; en 1412 se pide a todo residente en Francia, que no posea título de nobleza, que trabaje la tierra. En definitiva, la nobleza no es compatible con el trabajo manual, como podemos observar, tampoco en otros países de la Europa medieval. En España, un noble solo dejaría su hidalguía para trabajar como villano en caso de que su pobreza fuera extrema (Vid. Fuero Viejo I.V.16). Pero, como hemos visto, el citado desdén no es un producto genuino español. Y parecerá irónico, pero yo creo que tal producto es, más bien, atemporal, donde la idea de jerarquía puede tomar sentido, en cierto modo (es, no obstante, relativo).

En efecto, nadie en los siglos XVI y XVII en Francia o en Italia, se extrañaba de que el hidalgo español no trabajase. La diferencia únicamente residía, como señala Maravall, en la mayor tenacidad con que este aspecto se conservó en el código del honor, y, más aún, en sus connotaciones de deshonra legal. Y es, quizá, este código del honor tan estricto, y esta faceta de él que estamos tratando, en concreto, la que provocará la otra gran diferencia con Europa, la esencial, esto es, la que hay entre el número de hidalgos. En el siglo XVI en Asturias y León había tantos hidalgos como pecheros; en Burgos, la cuarta parte; en Zamora, la séptima; en Salamanca, Madrid, Toledo, Guadalajara, Cuenca, Jaén, Córdoba, Sevilla y Granada, la duodécima; y en Murcia y Segovia la catorceava (datos estos nos los ofrece Albornoz en España, un enigma histórico, y de iguales o parecidas cifras nos habla A. Domínguez Ortiz). En conclusión: en Castilla en 1541 había 108.358 hidalgos, frente a 897.130 pecheros. Las causas de esto van desde el ascenso de los villanos en la lucha contra el moro, hasta las compras de los títulos de hidalguía todavía en el siglo XVII.

Se podría hablar de un concepto moderno del trabajador. En la Edad Media el trabajo condiciona un ingreso modesto. En el medievo, el fin del trabajo no es enriquecerse sino mantenerse en una condición social. Pero en la época moderna tal concepción va a dar un vuelco, es decir, el trabajo va a ser ahora una fuente de riqueza. Había ya unos precedentes que apuntaban en este sentido. Por ejemplo, el Arcipreste de Hita, muy intuitivo de este cambio, observa cómo las fatigas se están viendo compensadas. En la estrofa 804 de su Libro de Buen Amor dice: "El gran trabajo cumple quantos deseos son / muchas veces allega riquezas a montón".

Pero esto último también va a ser relativo, pues el trabajo no siempre enriquece. En el segundo Lazarillo podemos leer: "ni el mucho trabajar enriquece siempre". Y es que un movimiento inverso, de severo endurecimiento de la sociedad jerárquica, relega la condición del trabajador al último nivel de la escala social.

No es el trabajo en sí, sino su resultado, el dinero, el que está poniendo en tela de juicio la jerarquía social heredada. No es de extrañar, así, que se descalifique todo oficio manual que genere dinero. Se va a hacer fuerza, ante todo, sobre los oficios mercantiles. La propaganda noble, temiendo el desmoronamiento del edificio social, va a "conseguir" que el que se dedique a actividades de mercado sea humillado socialmente.

Las Órdenes militares se suman también a ese afán noble por mantener intacta la ordenación de la pirámide social. Se va a llevar a cabo un proceso de exclusión por el hecho de descender de antepasados con trabajos viles. La Orden de Calatrava (1568) impide entrar a aquellos que él o su padre "aya tenido y usado officio vil y mechanico, conforme a lo que declaran las leyes destos Reynos". La Orden de Montesa declara: "si saben los testigos que el dicho fulano o su padre haya tenido y usado algún officio que sea tenido comúnmente por vil, según la costumbre de este reyno. Y si dixere que sí, declare de qué suerte y qualidad era el officio y en qué lugar y cómo lo usaron." La decisión, entonces, se haría a posteriori, tras haber analizado el caso particular. La de Alcántara, igualmente, rechaza a todo aquel cuyo padre haya tenido oficios de manos. La de Santiago (1652) prohíbe la entrada a todo aquel cuyo padre o abuelo hubiera tenido oficio vil o mecánico, aunque presente una probanza de hidalguía; por otro lado, también se rechaza a todo el que haya tenido una tienda de mercancía. Por oficios mecánicos se podían entender platero, mesonero, tabernero, escribano, bordador, cantero, etc. (esta Orden, del mismo modo, prohíbe la entrada a mujeres que vivan con otras mujeres, o que sirvan a otras, y deben ser hijas de "hombres de calidad").

El descubrimiento de un oficio vil en los antepasados se tiene, incluso, por peor que no tener limpieza de sangre. Maravall lo ilustra con dos ejemplos. En el Informe de fray Agustín Salucio se dice que "hay muchos que huyen la información, poruge [sic] no se descubra algúen oficio bajo en alguno de sus rebisabuelos". Un testigo en la Orden de Calatrava (1619) depone contra Francisco Chavarri que pretende el hábito, al no contentarse con atribuirle "raza de marrano", alega que "llevó tablas de pan al horno y capachos a un molino de aceite". Recordemos también el episodio del Buscón en que Pablos finge ser un tal Felipe Tristán; su antiguo amo, Diego Coronel, sin embargo, lo confunde con un tal Pablillos (y confunde bien), un criado suyo de Segovia "hijo de un barbero del mismo lugar". El resultado es que las damas presentes ríen el comentario, pues el hecho de que el padre de Tristán pudiera haber sido un simple barbero segoviano baja su categoría al nivel cero.

El hecho de ser nacidos de "padres viles" en España no está referido a conversos, sino aplicado a la ocupación de trabajos manuales.

Toda esta propaganda noble de descalificación del trabajo manual, redundará en la sociedad en cuanto a que se producirá un deseo global de ennoblecimiento. El español tratará de despegar del escalón social en que se encuentra, y una forma para conseguirlo, además de la de intentar de conseguir una ejecutoria de hidalguía como sea, será la de no trabajar; y, de este modo, todo el universo social se sume en un proceso de hidalguización. En la Segunda parte del Lazarillo podemos leer: un español desharrapado "morirá antes de hambre que ponerse a un oficio; y si se pone a aprender alguno es con tal desaire que o no trabaja o, si lo hace, es tan mal que apenas se hallará un buen oficial en España".

Un grupo de intelectuales procedentes de la nobleza, sin embargo, alza la voz para defender el trabajo manual, o el trabajo mismo contra la ociosidad, defendiendo su elevación moral y económica. Luis Ortiz, por ejemplo, propone que la clase que ha de recibir privilegios son los dedicados a oficios mecánicos, incluyendo, así, a artesanos, labradores, ganaderos, comerciantes, etc. En un texto suyo registrado en 1558 se puede leer lo siguiente:

se ha de mandar que todos los que al presente son nacidos en estos reynos, de diez años abajo, y los otros que nascieron de aquí adelante para siempre jamás, apriendan letras, artes y oficios mecánicos, aunque sean hijos de grandes y de caballeros de todas suertes y estados de personas, y que los que llegaren a diez ocho años que no supieren arte ni oficio ni se exercitaren en él, sepan abidos por estraños destos reynos y se execute en ellos otras graves penas.

Es Guitiérrez de los Ríos en 1600 el que condena la opinión de tener "por cosa noble el holgar y vil el trabajar". Lo justo sería, para él, estimar "en más al más mínimo trabajador y pobre oficial que al más rico e linchado ocioso". Condena, en definitiva, "el menosprecio del trabajo y descomedimiento de la ociosidad" opinando que "todos sin excepción alguna tenemos la obligación de trabajar y con mucho mayor cuidado los que son mayores y más poderosos".

En 1624 el licenciado Murcia de Llana pondrá como ejemplo a otros países para revelar cómo es solo España la nación que tiene en menos el hecho de trabajar: "¿en qué nación el pobre no puede aspirar a premios honrosos?". En la misma línea crítica estará la opinión de Saavedra Fajardo, que intentará explicar la crisis de España como causa de su desdén por los trabajos manuales y por su espíritu altivo. El texto es revelador:

Si bien la China es tan poblada que tiene setenta millones de habitantes, viven felizmente con mucha abundancia de lo necesario, porque todos se ocupan en las artes; y porque en España no se hace lo mismo se padecen tantas necesidades, no porque la fertilidad de la tierra deje de ser grande, pues en los campos de Murcia y Cartagena rinde el trigo ciento por uno, y pudo por muchos años sustentar en ella la guerra; sino porque falta la cultura de los campos, el ejercicio de las artes mecánicas, el trato y comercio, a que no se aplica esta nación, cuyo espíritu altivo y glorioso (aun en la gente plebeya) no se quieta con el estado que le señaló la Naturaleza, y aspira a los grados de nobleza, desestimando aquellas ocupaciones que son opuestas a ella; desorden que también proviene de no estar, como en Alemania, más distintos y señalados los confines de la nobleza, y de la patria.

Rompiendo lanzas en favor del trabajo están también Zabaleta ("no parece humano el que no trabaja"), Luque Fajardo ("el trabajar es un camino de virtud que se va continuando y poniendo en obra"), Suárez Figueroa, o López Pinzano quien sostiene que son artes nobles "letras, armas, agricultura y mercancía en grueso". Opiniones todas ellas que chocan con las de los estamentos nobles, encerrados en sus ideales prístinos. Una epístola censoria al conde-duque de Olivares servirá, en mi opinión, de elemento definidor de una época donde se está produciendo un cambio de papeles: "Hoy desprecia el honor al que trabaja, / y entonces fue el trabajo ejecutoria, / y el vicio graduó la gente baja".

Todo ello nos da entera cuenta de la significación del hidalgo como receptáculo de críticas dentro de la literatura. Porque, en definitiva, la literatura está empezando a pasar a manos de los intelectuales, en la mayoría de los casos, con un espíritu de ruptura y creación de nuevos valores.



NOBLEZA Y RIQUEZA

A partir de la Edad Media se produce un proceso de inversión de valores en cuanto a las considerariones del prestigio, el linaje, etc., que elevaban al noble a lo alto de la cúspide social. Estos se van a venir abajo por causa de la imposición del dinero como medio de ascenso social y, en definitiva, de ennoblecimiento. La sociedad moderna tiende a la polarización, es decir, a crear una estructura dicotómica basada en el dinero y la posesión de bienes (la riqueza), y de la que tanto nos habría de hablar el profesor Maravall. En La pícara Justina se dirá que en el mundo no hay más que dos linajes: tener o no tener.

En Las Partidas ya se decía, reiteradamente, que el noble es rico y el rico es por linaje. Pero, como muy bien señala Maravall, a fines de la Edad Media se producirá un cambio radical en esta concepción: antes se podría decir "eres poderoso, luego rico", algo que en la época moderna varía: "eres rico, luego poderoso". En general, la opinión de la época requiere en el noble un nivel de riqueza, la cual pasa a ser la base del ennoblecimiento.

Para don Juan Manuel "home rico" era "cualquier home que haya riqueza, también ruano como mercadero". Es decir, el hombre rico es un estado más, que para nada se codea con el estado al que pertenecía la nobleza. Rico puede llegar a serlo cualquier persona, y no por ello significará que esté integrada en un estado parejo al de la nobleza, sino mucho más bajo o, más bien, en otro que nada tiene que ver con el noble. Lo que pasa es que la óptica de don Juan Manuel no extrae su realidad de los cambios que se están produciendo (o, mejor, él con su escritura intenta ir contra ellos: su intento es estabilizador, no realista).

Juan Ruiz, sin embargo, —ya dejé señalada su gran capacidad observadora— sí plasmará en su Libro de buen amor un ambiente más verídico, al menos en este aspecto. Tres cuartetas distintas pueden ser ilustrativas:

500 Él [el dinero] hace caballeros de necios aldeanos
                condes y ricoshombres de unos cuantos villanos.

508 donde hay mucho dinero allí está la nobleza
510 hace señor al siervo y siervo hace al señor.
                
(Los textos son de la edición de María Brey en Castalia,
                Odres Nuevos. No tenía a mano la edición original).
Todo esto nos va a explicar la relativa facilidad con que el adinerado va a ascender en la escala hasta lugares de prestigio. El dinero, creo yo, no da nobleza; no es sino un medio para conseguirla. El hombre enriquecido podía entrar a formar parte del estado noble con la compra de un título y, de igual modo, podía borrar toda mancha que le afectara. La inclusión de estos ricos era algo que no podía afectar a la nobleza; al contrario, ayudaba a su consolidación como grupo superior.
Lo que ocurre es que se produce una degradación progresiva de la hidalguía y, por tanto, de la nobleza. Adquirir una ejecutoria de hidalguía significaba el derecho a no pagar impuestos (entre otros privilegios) y, al mismo tiempo, alcanzar esa nobleza tan deseada por todos.
Pero, tradicionalmente, la nobleza se había definido siempre por su linaje, lo que lleva a una especie de confusión y, ¿cómo no?, a un enfrentamiento de opiniones. Ya desde antiguo se reconoce al estatuto noble por su sangre y, como ya he dicho, por su linaje. En el siglo XV Fernando Mexía lo recordará: "hidalguía es nobleza que viene a los hombres por linaje". En nuestros Siglos de Oro esta concepción ya no va a tener sentido. Es Carlos I en 1520 quien comienza a conceder las llamadas "ejecutorias de hidalguía" a cambio del pago de una cierta cantidad de dinero, lo que reportaba unos beneficios al tesoro real, que bien los necesitaba, para sufragar gastos de guerra o de la misma corte. Así, por un lado, devaluación de la nobleza, pero algo más: la venta sistemática de títulos no va a ser bien acogida por la pluralidad pechera, que ve cómo los impuestos que no paga el nuevo hidalgo se amontonan para el municipio. En las Cortes de Valladolid de 1518 se protesta porque "muchos labradores pecheros... ganan privilegios a V. A. para que sean avidos por fidalgos y no pechen, lo que es en muy gran daño de los pueblos, porque todo aquello que él no pague, que es el más rico lugar, carga sobre los pobres". 
Con el dinero -ya lo he dicho- se puede conseguir la nobleza, pero el dinero de por sí no la da, aunque sí puede dar prestigio. En el librito Guía y avisos de viajeros que vienen a la Corte Liñán dice: "yo un hombre llano, pechero de Tierra Campos, pero cristiano viejo y con treinta mil ducados de renta". Lo primero es precondición, lo segundo factor decisivo. 
Como muy bien aprecia don Quijote, estamos inmersos en una nueva "Edad de Hierro", pero por lo que se estima en ella el oro. Poseyéndolo ascienden socialmente todos los que lo sepan aprovechar. En La pícara Justina se habla de un caballero-sastre hecho caballero por dinero. En una de las epístolas de Guevara se lee: "También, señor, me escribís que os escriba cómo les va a los hijos de Vasco Bello, vuestro amigo y vecino. A esto vos respondo que habiendo sido sus padres mercaderes, se han tornado ellos caballeros". El mercado, y ya desde muy atrás, se está convirtiendo en un oficio que enriquece y, como vemos, que puede terminar ennobleciendo. En el mismo Quijote (cap. 42) el hermano del capitán Viedma, que había cogido la carrera de las letras, habla de cómo su hermano, que se había decidido por la mercancía "está en Pirú, tan rico, que con lo que ha enviado a mi padre y a mí ha satisfecho bien la parte que él se llevó...". 
Al igual que don Quijote, también Sancho ha comprendido la realidad social de su época: 
¡A la barba de las habilidades de Basilio!; que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener; aunque ella al de tener se atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. (II, 20) 
Se coloca, incluso, al dinero por encima de la fama. Cuando don Quijote visita la imprenta donde se ha impreso el apócrifo, el impresor dice estas palabras: "provecho quiero, que sin él no vale un cuatrín la buena fama" (II, 62). 
No en vano, de todo lo dicho no se han de sacar conclusiones que puedan conducir a error. No se han de separar, por las buenas, nobleza y riqueza, no se ha de tener a la nobleza por mero título, pues históricamente nobleza y dinero siempre fueron de la mano. En La Celestina Calixto, para justificar a su criado su amor a Melibea, dice: "mira la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandísimo patrimonio, el excelentísimo ingenio". Gaspar de Aguilar en El mercader amante pone en boca de un amante, que vacila en escoger entre una y otra dama, las siguientes palabras: "siendo las dos como son / tan iguales en estado / en linaje y descrepción, / en riqueza y en bondad". Y anterior temporalmente a Rojas y a Aguilar, fray Benito de Pereda alega: "La nobleça se conserva y creçe con la riqueza, como dice la ley de Partida, y sin hazienda es como muerta, porque compelidos con la pobreça vienen muchas veces a hacer cosas viles, agenas a su calidad". Un refrán recogido por Correas lo resumirá todo: "pobreza no es vileza, mas deshonra la nobleza". 
De hecho, don Quijote es criticado, tras la aparición de la primera parte de su historia, por los hidalgos españoles porque "se ha puesto un don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante" (II, 2). Tras lo cual queda clara la igualación estado-riqueza, pues las posesiones de don Quijote no justifican su ascenso. 
En una probanza de hidalguía de 1570 los testigos en apoyo del que la pretende alegan que posee este escuderos, armas, galgos, casas, es decir, todos los elementos necesarios para probar su nobleza. 
En el siglo XVII la descendencia de padres ricos y de limpia sangre, caracterizará al hidalgo, con lo que la relación riqueza y nobleza se hace manifiesta, y lo contrario se convierte en excepción y, como tal, en motivo de sátira (de hecho va a ser el hidalgo pobre el que va a ser llevado con más frecuencia a la literatura, y no para alabarlo precisamente). En El donado hablador se cita la frase "no todos los nobles son ricos", y en El Criticón "se es rico, luego no se es hidalgo". Esta faceta última es la que se puede aplicar, en líneas generales, al hidalgo literario. 
Las befas y burlas al hidalgo pobre confirman el establecimiento definitivo de la nueva estructura social, porque ¿tendrían sentido estas burlas si aún se mantuvieran plenamente los estatutos de limpieza de sangre, etc., para justificar la nobleza? Evidentemente, no. Nobleza sin riqueza ya no es fácilmente aceptable. 
Hay, sin embargo, escritores como Lope que seguirán insistiendo en los tópicos pensamientos de estructuración social, y toman la comedia como arma para combatir al enemigo que, con sus bombas inventadas con la época moderna, están provocando el hundimiento paulatino del, hasta ahora, inamovible edificio social. En una obra como Pobreza no es vileza un texto reza: "Las almas no las visten exteriores; / que muchos pechos hay en pobres paños / que pudieran ser almas de señores... / Que, aunque pobre, tiene sangre / del conde Andrada y de Lemos". Pero la sociedad mira con otros ojos. Ya en el siglo XV Alfonso Palencia dirá: "La mendicidad carece de honor. Et assí la mucha mengua". Como dirá Aguilar "persona rica es hidalga, es noble, es grave". Con lo que se puede concluir que el hidalgo pobre se sumergirá en un conflicto y en una polémica de opiniones de la que, como veremos, no saldrá ileso. Habrá de buscarse mañas para ocultar su pobreza pues con ella no es aceptado por la sociedad, convirtiéndose, así, en una especie de "pícaro noble". Así es como nos lo muestra el autor del Lazarillo. También Lope en su obra Amor, pleito y cortesía (fechada por Borque en 1621) un personaje, Padilla, dice: "No está la dificultad / en que casa y mesa tenga, / sino en la primera entrada, / las joyas y las libreas. / !Ah, Dios!, que un hombre tan noble / tal necesidad padezca".

La identificación hidalgo-pobreza en última instancia nos la brinda el refranero: "Espinosa de los Monteros, muchas torres y pocos dineros", "Hidalguía, hambre y fantasía"; o este otro: "En la mesa del hidalgo, mucho mantel y pocos platos"; y para terminar: "Guárdeos Dios de pobre hidalgo y de rico villano".

García de Valdecasas ejemplifica la mencionada identificación hidalgo-riqueza con un epitafio satírico que refiriéndose al que yace bajo la lápida dice: "...sin duda fue escribano. / No; que fue desdichado en gran manera. / Algún hidalgo era. / No; que tuvo riquezas..." Ortega y Gasset lo definirá como aquel que "vive alojado en la miseria, como esas plantas del desierto que saben vegetar sin humedad".

Este alud literario, no obstante, solo nos muestra una cara de la moneda. Es decir, existen también hidalgos ricos. En unas instrucciones dadas al fisco en 1591 se advierte "que las haciendas de unos pecheros a otros hay poca diferencia en general; pero en las haciendas de los hidalgos las hay muy grandes, como se ve en Burgos, León, y Asturias, que además de haber muchos más hidalgos que en Andalucía, Reino de Granada y Toledo, son mucho más pobres". En este aspecto, los datos del siglo XVII nos los ofrece Domínguez Ortiz. En palabras suyas: "en la zona española del Guadarrama para abajo nobleza y riqueza solían ir unidas, pero del Guadarrama para arriba abundaban hidalgos de baja fortuna y, en cambio, poderosos (del Estado General o Tercer Estado) que por sus intereses se podían confundir con las clases superiores"

En conclusión: 1. La consolidación del dinero va a ir imponiendo a la nobleza sus propias leyes, y, por tanto, al hidalgo como miembro de ella. 2. Se va a producir una devaluación del estamento noble por la entrada en él de adinerados que, en definitiva, no se correspondían históricamente con tal estado. 3. Va a aparecer en la sociedad la figura del hidalgo pobre que no será aceptada por ella, y que va a suponer un blanco de tiro para la crítica popular e intelectual. 4. Tal hidalgo pobre no hay que generalizarlo como tipo o modelo del estrato social que representa, aunque existió realmente. 5. Que será precisamente este hidalgo el que será llevado a la literatura, pudiendo hablar, así, de un "hidalgo literario".



LA PERDIDA DE LA FUNCION GUERRERA

En la Edad Media cada estamento es un cuadro cerrado con unas funciones propias, así como con un régimen de derechos y deberes propio, un código del honor propio, etc. Toda la estructura social está basada en estados y cada uno de estos estados está determinado por su carácter funcional. En Las Partidas se dice que el papel de cada uno y el estatuto que deriva provienen "por razón del logar que tiene". En el siglo XIV Las Cortes de Castilla mantienen esa doctrina: "Departidos son las condiciones y diversos los estados de los omes segunt las naturas, a que nuestras leyes ligan e comprenden". Don Juan Manuel seguirá defendiendo esta división en estados, que no significa sino querer mantener la heredada estructura social. En el siglo XV el abad Monserrat repite la doctrina, en relación grupos y funciones, ante las Cortes de Tortosa de 1421.

Tres aclaraciones al respecto:

  1. Dicha concepción de los tres estados se sigue dando no solo en los siglos finales del medievo, sino también en los siglos XVI, XVII e, incluso, en el XVIII.

  2. Don Juan Manuel o Areválo, entre otros, califican a otros grupos de "estados", pero siempre incluyéndolos en las tres rúbricas consabidas. Pérez Guzmán menciona muy diversos órdenes distinguidos por oficios. Enrique de Villena en Los doce trabajos de Hércules escribe: "ca el mundo es partido en doze estados principales e más señalados, so los quales todos los otros se entienden, es a saber: estado de príncipe, estado de perlado, estado de cavallero, estado de religioso, estado de çibdadano, estado de mercadero, estado de labrador, estado de ministral, estado de maestro, estado de discípulo, estado de solitario, estado de mujer". Todo está derivando hacia una pluralización de grupos que, poco a poco, va a deformar la rígida formalización del orden social de antaño. El mayor repertorio de profesiones empezará a provocar una movilidad social con una tendencia clara a desmontar el régimen estamental heredado del medievo.

  1. Se produce un abandono del orden funcional tripartito que es sustituido por el, ya mencionado, principio dicotómico que rompe con el esquema basado en la función, para centrarse en la posesión de riquezas (y, claro es, en el poder que de ella se deriva) como factor evaluatorio de niveles.

El estado estaba ligado a la salvación. Don Juan Manuel habla de "commo podedes mejor salvar el alma segund el estado que tenedes". Pero, y como algo más importante, el concepto de estado estaba ligado, sobre todo, al deber. Cada estado comporta unos deberes propios (de esto hablaremos más adelante). En el siglo XVII se sigue manteniendo como buena la doctrina de la conservación de la división en estados, justificada por un orden impuesto por Dios (C. Pérez de Herrera), por el simple deber (J. de San José) o por la buena armonía y gustosa variedad (Sánchez Figueroa). No habrá de ser confundido, por otro lado, estado con mérito. El hecho de que un individuo obtuviera fama no quiere decir que ya pasase a pertenecer a otro estado. Estado estará siempre ligado a estamento.

Al deseo de mantener el orden social se une la comedia, cuya función es decisiva en este aspecto. Así, Lope criticará abiertamente ese deseo de ennoblecimiento que es, en fin de cuentas, una de las principales causas de ruptura con lo heredado. En Los Tellos de Meneses, Tello, el viejo, exclama: "¡Ay, Tello! la perdición/ de las repúblicas causa / el querer hacer los hombres / de sus estados mudanza. / En teniendo el mercader / alguna hacienda, no para / hasta verse caballero / y al más desigual, se iguala". También Calderón, uniéndose a esta opinión, dará a la sangre heredada la función de conservar el orden establecido por Dios. Frente a la comedia, dice Maravall, se situará la novela picaresca del "antihonor".

Son también las Ordenes militares quienes se pondrán al servicio de la conservación del modelo social heredado. A la condición, ya expuesta, de no poder proceder de ascendientes que hubieran ejercido trabajos de índole manual si se quería conseguir el hábito, se le va a añadir una segunda condición: la exigencia de la posesión de armas defensivas y ofensivas, así como caballo y un buen manejo de este. Lo que está ocurriendo con las Ordenes es un problema grave. Los deberes de la Cruz se eclipsan, y solo queda el aspecto de reputación social y la posesión de riqueza en la detención de hábitos. Y, es más, incluso llegan a negarse a asumir la obligación de su papel guerrero, pues rechazan la participación en la guerra contra el turco, o contra piratas, etc. Ruiz de Alarcón (en su Examen de maridos) dirá: "...el que el hábito pide, / más pretende según pienso, / dar muestras de ser bienquisto, / que no de ser caballero!"

En efecto, el problema surge cuando se quieren mantener las jerarquías heredadas sin tomar las funciones y deberes que estas implican. Porque, sí, el monje sigue rezando y el pueblo llano trabajando, pero ¿y el noble? No, este ya no sigue guerreando (ocasiones, sin embargo, ya sabemos que tiene). Nos enfrentamos al grave problema de la pérdida de la función guerrera de la nobleza.

Si tenían sentido los privilegios de la nobleza era, precisamente, por el ejercicio de esta función. En las Cortes de Toledo de 1480 los Reyes Católicos recuerdan la razón del respeto a estos privilegios:

Favorecidos deven ser los fijos de algo por los reyes, pues con ellos facen sus conquistas e dellos se sirven en tiempo de paz e de guerra, e por esta consideración les fueron dados los dichos privillegios e libertades, e especialmente por las leys de nuestros reynos, por las quales está ordenado que los fijos de algo no sean puestos a quistión de tormento ni les sean tomadas por deudas sus armas ni cavallos ni sean presos por deudas, salvo en ciertos casos.

Desde el establecimiento de esta ley han pasado algunos años. El noble ya no posee esos ímpetus medievales que le llevaban a conquistar espacios. Ahora se encuentra acomodado, con o sin riqueza, no importa, pues la sangre que corre por sus arterias es pretexto válido. Pero busquemos otros pretextos. No dejemos al noble tan "por los suelos". Primeramente hay que distinguir épocas; esto nos dará explicación a muchas cosas.

La nueva sociedad moderna no va a basar sus técnicas de guerra en el valor personal. Es decir, el combate singular, tan en boga en la Edad Media, ya no va a tener sentido. El caballero no se va a identificar ya con la guerra. Esta es una de las bases de la problemática: las tácticas de guerra cambian con el tiempo (a nuevos tiempos, nuevas tácticas, podríamos decir), pero la nobleza se estanca en su medievo. "Pocos nobles la tienen por amiga (a la guerra); pocos le muestras afición" (en Varias noticias importantes a la humana comunicación, S. Figueroa 1621). Y si cambia la concepción de la guerra, gran parte de ello se debe a la nueva utilización de armas de fuego, que sustituyen al viejo arnés. Don Quijote, cuyas "singulares batallas" ya no tienen sentido, también se da cuenta de esto último: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de artillería" (I, 38). Así, muchos nobles que son llamados ahora para cumplir con sus obligaciones bélicas rechazan su concurso, que reemplazan por una cantidad de dinero.

Los nuevos soldados no serán nobles en muchos de los casos, e irán a la guerra a la fuerza (literalmente). El Conde Duque de Olivares en sus Memoriales nos lo confirma: "lastima mucho ver el decaimiento en que ha venido en lo militar nación tan valerosa como la española, pues para acudir dentro de España y haber de servir en los presidios della, es necesario llevar los hombres a Perpiñán, Fuenterravía y Cádiz, maniatados".

No es de extrañar que el noble no quiera acudir, como antaño, a defender su país en el campo de batalla. La guerra es dura y él, desde su cómoda posición, no tenía por qué arriesgar su valioso pellejo (ya que lo podía evitar). Esta dureza de la guerra no descansa solo en el simple hecho de guerrear y todos los riesgos que ello conlleva. La dureza puede tomar sentido, también, por las condiciones del clima: "Vengan a la guerra un poco / los que por allá se quejan, / sabrán lo que es calor y frío / cuando abrasa y cuando hiela", dice el soldado Machado de la obra de Lope El Brasil restituido.

Desapego, como vemos, tanto popular como noble por la guerra. Es ilustrativa la seguidilla del mozo que aparece en el Quijote (II, 24) y que reza así: "A la guerra me lleva / mi necesidad; / si tuviera dineros, / no fuera, en verdad".

El ejército, de esta manera, se llena de gente incompetente y con falta de experiencia profesional. Es revelador de todo lo expuesto el texto que el Consejo de Estado dirige a Felipe III en 1600, para aclararle que en la guerra que se está llevando  en Flandes, si por cualquier circunstancia quedara fuera el archiduque Alberto, no habrá quien lo supla "y siente mucho que aunque ha recorrido la memoria de todas las que hay en España e Italia, no halla ninguna en quien juntamente con la grandeza concurra la práctica y esperiencia que se requiere para gobernar exército". En 1602 el Consejo de Estado volverá a aludir a "la gran falta que hay de soldados hombres principales y lo mucho que importa que los haya".

Y, pese a este distanciamiento de la nobleza y sus funciones bélicas, las Órdenes, como vimos, siguen poniendo impedimentos y trabas a la gente no hidalga para que adquiera el hábito correspondiente.

El título de nobleza pasa, así, a ser un mero adorno cortesano, y los altos cargos militares pasan a manos de quienes pudieran ocuparlos en bien del Estado.

Este desapego y desinterés, sin embargo, no va a ser visto con buenos ojos ni por el pueblo ni por muchos intelectuales de la época. Ya en el siglo XV, Diego de Valera, en su Espejo de verdadera nobleza, diría: "Ya son mudados por la mayor parte aquellos propósitos, con los cuales la Caballería fue comenzada: entonce se buscaba en el caballero sola virtud, agora es buscada cavallería para no pechar; entonce a fin de honrrar esta Orden, agora para robar el su nombre; entonce para defender la república, agora para señorearla; entonce la Orden los virtuosos buscaban, agora los viles buscan a ella por aprovecharse de solo nombre". En el siglo XVI Diego de Salazar (en De re militari, 1536) comenta: "agora por ser la orden militar casi en todo corrompida y olvidadas en ella las antiguas órdenes han nacido estas opiniones que hacen a los populares tener en odio la milicia y huyr la conversación de los guerreros". En la misma línea se sitúa la opinión de Gutiérrez de los Ríos. En el siglo XVII Suárez Figueroa, aunque defensor de la estratificación social, también critica a la nobleza en este aspecto. Ferrer de Valdecebro llegaría a la conclusión de que "si toda la nobleza de España se sangrara no habían de encontrar una sola gota de sangre de virtud".

Función, en definitiva, significaba obligación, deber, y, más aún, en la nobleza. "Nobles son los que nacen con obligaciones" (Salas Barbadillo). Núñez de Alba (en El Caballero puntual) dice: "No es la naturaleza -la sangre, la leche-, que es igual en nobles y villanos, sino lo que hace a aquellos es la obligación, es el deber de tomar a sus antecesores como dechado a imitar". La opinión de Guillén de Castro irá también por esos derroteros críticos: "Escuchadme a lo que está / obligado un caballero / que ciñe el luciente acero / que el que no lleva al lado / vive menos obligado / pero vuela más terrero" (La fuerza de la costumbre).

Junto a la nobleza, y por formar parte de ella, tampoco los hidalgos se librarán de la crítica popular. Juan Moreno, alcalde de una localidad madrileña alega, refiriéndose a los hidalgos que hay en el pueblo, que "por ser de tan poco provecho al servicio de Su Majestad holgaran de no tener ninguno en el pueblo". Como muy bien indica Domínguez Ortiz, el escudero, perdida su función guerrera, significó un pobre y viejo hidalgo. Como ejemplo mostrativo el ilustre historiador escoge una cita del libro de Zabaleta El día de fiesta por la tarde. Cito: "Ven venir los que están en el balcón una silla de una señora, y tras ella un escudero acaballado... Métese una un poco adentro y dízele con voz disparada: 'Rodrigón'. Ayúdala otro moçuelo y dízele en grito agudo: 'Ciento y dos' (que era el sueldo en maravedís que cobraba el escudero por ese trabajo).




EL CODIGO DEL HONOR

Punto importante y necesario para entender la figura del hidalgo moderno es el del código del honor. Todas sus actitudes y comportamientos, así como sus hábitos y costumbres, encontrarán siempre su base en un supuesto "código del honor". No hay que entenderlo como algo invariable ni, claro está, como algo nuevo. La configuración del código del honor, su esencia, pudo muy bien empezar a formarse o, mejor, consolidarse, a partir de la Reconquista.

En principio, el código del honor estaba unido a la lealtad y a la venganza, y, sobre todo, a la libertad: se prefiere antes la muerte y el sacrificio de la propia vida que el deshonor de la servidumbre (me estoy refiriendo a conceptos de incluso antes de la Reconquista). El honor entra también en relación con el orgullo, la soberbia y la dignidad. La soberbia encontrará sustento en la hombría (el tema de la soberbia lo trataré más por extenso al final del trabajo).

En el siglo XI el rey otorga el privilegio de infanzonería que enmarcaba al individuo en cuestión en el ámbito noble. Bien, pues el nuevo infanzón (padre o marido) tenía derecho a matar al adúltero que manchara la pureza de su estirpe. También los juglares ensalzaron la dignidad (y el orgullo) de los personajes de sus poemas, que se convierten en verdaderos paradigmas de conducta. En el Cantar de mío Cid, por ejemplo, se pueden distinguir dos clases de honra: la jerarquía social y la fama pública. "Hay, como dice Albornoz, un huracán en Castilla que hace subir a villanos a la nobleza; y también a nobles fácilmente bajarlos del trono. Así hubieron de cuidar con celo de su honra y de vivir con dignidad; y también hubieron de extremar su desdén por la muerte". Seguidamente, el historiador inserta una larga ristra de anécdotas ilustrativas del siglo XIII, para dar cuenta del código del honor y su relación con la honra. Hay que destacar, sobre todo, de este código del honor hidalgo, la honra femenina, la dignidad familiar y, como telón de fondo, la opinión pública.

Otro de los puntos fundamentales que cimentan este código hidalgo (o noble), y ya desde antiguo, es el de la vergüenza caballeresca. Esta constituye en el siglo XIII en Castilla uno de los principales resortes de la vida caballeresca e hidalga. Pondré unos textos sacados de Las Partidas a título ejemplificador:

Ovieron por bien los sabidores, que catassen omes para estas cosas que oviessen en sí vergüenza naturalmente... Que la vergüenza vieda al Cavallero, que non fuya de la batalla, e porende ella fazele vencer (II, tít. XXI, ley VIII).

E aun porque se esforçassen más, tenían por cosa guisada, que las que oviessen amigas, que las nombrasen en las lides, porque les cresciessen mas los coraçones, e oviessen mayor vergüenza de errar (II, tít. XXI ley XXII).

Leales conviene que sean todas guisas los Caballeros... por tres razones, según los Antiguos dixeron. La primera es, porque son puestos por guarda e defendiendo de todos, e non podrían ser buenos guardadores los que leales no fuessen. La segunda, por guardar honnra de su linaje, lo que no guardarían, quando en lealtad errasen. La tercera, por no fazer ellos cosa por que cayan en vergüença, en lo que caerían, mas que por otra cosa, si leales non fuessen.

El código del honor sufrirá, como he dicho, variación desde los siglos XI-XII al XVII (aunque conserva supervivencias arcaicas será pieza en cada época de un complejo social nuevo). En verdad, en nuestros Siglos de Oro, la estructura estamental estará, más bien, apoyada en el honor que fundamentada en él.

De capital importancia para la propagación de ideas defensoras del orden social, como ya se señaló para otros aspectos, va a ser la difusión de la comedia como fenómeno social. De esa manera, el código del honor tiene cabida en el escenario teatral, aunque esto, en cierto modo, contribuya a que la mentalidad hidalga se convierta en patrimonio compartido por casi la totalidad del pueblo. En el tablón escénico también quedará patente la idea de la opinión pública como catalizadora de la honra y del honor. Porque como apunta Américo Castro "el sentido total de la existencia se cifraba en la conciencia de no estar ofreciendo resquicio a la embestida de la opinión pública".

G. Correa habla de dos tipos de honor, el vertical y el horizontal, que harían referencia, respectivamente, a la dignidad estamental o a la del individuo, patrimonio de toda persona honrada.

Los temas tópicos de lealtad y honor por encima de la muerte, que hacía ya unos cuantos siglos tuvieran tanta vigencia, aparecen de nuevo en la comedia de Lope. Dos ejemplos: el primero de Lo cierto por lo dudoso; Teodora dice: "que cumpliera con la ley / de hijodalgo castellano / en morir por su señor". El segundo de Porfiar hasta morir (habla Tello): "Si ya he vengado mi honor / que estimo la muerte en menos".

El código del honor cubrirá todo el campo del comportamiento social: "Detén, Federico ilustre, / las lágrimas; que no ha dado / el cielo el llanto a los hombres, / sino el ánimo gallardo.. ./ Solo pueden, y es en caso / de haber perdido el honor, / mientras vengan el agravio" (El castigo sin venganza). La afrenta, como vemos, cuando toca al deshonor, requerirá el llanto, pero este no limpiará del todo el deshonor. Don Bernardo, a quien han dado una bofetada, clama: "Salid, lágrimas, salid... / mas no es posible que puedan / borrar afrentas del rostro" (de La moza del cántaro). Así, si la afrenta es entre nobles la solución exigida será el duelo: "Teniéndole por hidalgo / de tanta reputación, / que por el reto saldría, / que a darme disculpa no; / aquel papel escribí / para dar satisfacción / a mi honor con la venganza" (La mayor virtud de un rey). El simple hecho de dudar de la nobleza de un personaje hidalgo se pagará con la espada: Libio: "Puso falta en mi nobleza / como si fuese algún hombre / que no supiera Florencia / mis nobles antepasados". Leonelo: "Entonces más justo fuera / que con la espada o la daga / castigaras su soberbia" (La mayor victoria). El código del honor, incluso, traspasa los límites de lo heredado, para introducir en él nuevos valores (nuevos porque raramente se nos ofrecen en los escritos de siglos precedentes). Por ejemplo, sobre quién ha de hablar primero, en El guante de doña Blanca, leemos:

MENDO: Háblale que ya te ha visto / D. NUÑO: Si él me ha visto cuando llegó / ¿por qué no ha venido a hablarme? / BRITO (a parte a D. Juan) Señor, ¿de qué estás suspenso? / Nuño de Andrada te ha visto: / Háblale / D. JUAN: ¿No eres más necio? / Si él entra, y yo estoy aquí ,/ y no llegamos a un tiempo / a hablarnos, ¿no ves que ya / él fuera más y yo menos?".

( Los textos de las obras de Lope los he tomado del libro de Jose Mª Díez Borque Sociología de la comedia española del siglo XVII. Editorial Cátedra).

Espero que tras los temas esbozados el perfil del hidalgo del XVI (y del XVII) no quede muy borroso. Estoy tratando de dibujarlo teniendo como marco necesario el momento histórico y la situación social de su época. Seguiré, no obstante, desentrañando temas que nos incumben para formar una imagen lo más nítida posible de lo que significó la figura del hidalgo, hoy perdida, pero de la que seguimos conservando aspectos insalvables, sin duda alguna.



LA LIMPIEZA DE SANGRE

Perdida la función guerrera del noble, uno de los pocos recursos que le quedan para poder mantenerse aún en el tejado del edificio social, sin caerse, es el de la limpieza de sangre. No es que la declaración de impureza impidiera mantener los derechos a no pechar, pero sí excluía de los privilegios nobles. Sangre limpia significa sangre goda, ascendencia montañesa, y, sobre todo, linaje (es algo así como decir "perro de raza"). Podemos hablar, así, de "linaje montañés". Por ejemplo, el cautivo que aparece en el Quijote comienza a contar su vida al auditorio de esta manera: "En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje" (I, 39). A la noción de sangre limpia hay que añadir la de "cristiano viejo". Para entender el término nada mejor que este texto de la época: "En España hay dos géneros de nobleza. Una mayor que es la Hidalguía, y otra menor que es la limpieza, que llamamos Cristianos viejos. Y aunque la primera de la Hidalguía es más honrado tenerla;  muy más afrentoso es faltar a la segunda; porque en España muy más estimamos a un hombre pechero y limpio que a un hidalgo que no es limpio" (El texto pertenece a un informe del siglo XVII). Hidalguía se sitúa por encima de limpieza, como vemos, pero esta última será requisito previo. Al saber esto, ya no nos es extraño cuando oímos a Sancho alardear constantemente, por la obra de Cervantes, de su ascendencia agraciada: "y aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie" (I, 47). Y respondiendo a Sansón Carrasco, el cual le dice que "viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió", Sancho alega: "Eso allá se ha de entender, con los que nacieron en las malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos, como yo los tengo" (II, 4).

Hay un dato relevante que destacar de todo esto —ya citado—, que es el proceso de ennoblecimiento en el que está sumida toda la sociedad española. En la limpieza de sangre está implícito el orgullo noble. De hecho, nobleza sin limpieza no tiene sentido. Maravall, de todos modos, dice que "hay que distinguir entre "sangre limpia" y "sangre noble" (la primera responde a una terminología de estructura de castas, y la segunda de estructura estamental)". Es decir, la sangre limpia por sí no ennoblece. En El juez de los divorcios se dice: "Señor juez, gapanán soy, no lo niego, pero cristiano viejo", y (como apunta Maravall) "quedaba así inmerso en el desprecio social pese a su sangre limpia". En El alcalde de Zalamea un personaje, Pedro Crespo, dice en una ocasión: "Dime, por tu vida, ¿hay alguien/ que no sepa que yo soy,/ si bien de limpio linaje,/ hombre llano? no, por cierto:/ pues ¿gano yo en comprarle/ una ejecutoria al rey,/ si no le compro la sangre." (La diferencia entre sangre limpia y noble queda clara).

De cualquier manera, el régimen de limpieza se redujo a funcionar como un condicionamiento negativo; y aunque se dijera que era preferible limpieza a simple hidalguía, en la estratificación social (si es que podemos hablar en estos términos) esta ocupó un primer lugar. La siguiente declaración de Agustín Salucio puede ser aclaratoria de lo que digo:

...siempre tiene su lugar la antigüedad y la diferente reputación y cómo hoy se ve que los hidalgos escuderos por mucho que se precien que son limpios, son muy inferiores a los grandes, así es forzoso que siempre sean inferiores en nobleza y estima los que de nuevo se hacen capaces de todas honras, a los que tienen su antiguo solar conocido y las divisas y trofeos de sus antiguos batallas y hazañas; si que en Italia y Francia no son todos iguales aunque no haya más estatuto que el derecho común.

En efecto, el estatuto de limpieza de sangre no se sobrepuso al régimen nobiliario. El noble sufrió con la aplicación de este, pero su calidad de noble permaneció intacta. Y las clases inferiores, aunque envanecidas tras su imposición (sobre todo al saber que había nobles que no poseían limpieza de sangre) seguían siendo pecheros sin, prácticamente, aspiraciones a puestos de privilegio. Aunque no por eso dejaron de criticar a los hidalgos que paseaban su orgullo por el pueblo sin ser limpios, del mismo modo que se critica al converso o al moro. Unas declaraciones de la villa de Pastrana a una encuesta de la Administración, hecha en 1576, es lo suficientemente mostrativa:

en este pueblo hay hijosdalgos, cuyo número no se sabe ni se conoce; por no tener estado de oficios aparte... no se ha tenido tanta cuenta con esto como con la limpieza de sangre, que hasta el día de hoy dura y estima en mucho; de manera que han acostumbrado en su Ayuntamiento no entrar por oficial ni diputado ningún converso ni con raza de moro.

Las Órdenes militares —lo reitero—, como defensoras del orden jerárquico basado en estamentos, y siempre al servicio de una especie de proceso de "refeudalización", pronto añadirán a sus "Reglas" la exigencia de la limpieza de sangre para poder obtener el hábito. Las Órdenes terminarán siendo (ya lo vimos) un estado nobiliario sin fondo religioso. Incluso se rechazan las hidalguías de privilegio, esto es, las de concesión real. La Orden de Calatrava (1568) exigía que el ENTRADO fuese "hijodalgo de partes de padre y madre y agüelos de entrambas partes". La de Montesa (1589) exige la probanza de limpieza y nobleza por parte de padre, madre, abuelos y abuelas. La de Alcántara (1609) exige, del mismo modo, ser hidalgo a fuero de España. Pero en 1603 la Orden de Santiago ya impone: "ordenamos que el que huviere de tener el Hábito de nuestra Orden ser hijodalgo de sangre de parte de padre y de parte de madre y no de PRIVILEGIO". La misma Orden en 1653 añade que sean también de tal condición abuelos y abuelas. En 1652 la de Calatrava pretende ser aún más general: "hijosdalgo de sangre, excluyendo las demás Hidalguías fundadas en privilegio".

Todas estas exigencias de las Ordenes serán siempre muy criticadas en el ámbito intelectual que terminará haciendo juicios radicalmente negativos. Sirva el siguiente texto de Pedro de Pineda de botón de muestra:

... a mi sentir, los Príncipes fundadores de las Órdenes Militares pretendieron açucarar lo dessabrido de la Cruzz de Christo, con lo dulce y sabroso de las honras y rentas de los Hábitos y Encomiendas, para que la nobleza del mundo que tiene por la mayor parte tan postrado el gusto y apetito para cuanto sabe a Cruz, arrostrose a ella, siquiera por sazonada y templada a su modo.

En el orden intelectual las críticas al estatuto van a ser abundantes. Unos defienden la obligación por encima de limpieza (recordemos las declaraciones ya citadas de Barbadillo, Guillén de Castro, etc). Hay una disputa, sobre todo, en cuanto al enfrentamiento linaje-virtud. Frente a la opinión tradicionalista, por ejemplo, de Baños de Velasco ("a los realces de la virtud se les sigue la duración eterna del mérito, para ser respetados los hijos por lo que infatigables merecieron sus predecesores"), se encuentran otras más reaccionarias. Ya en La Celestina se puede leer la siguiente frase: "Las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y Eva. Procure de ser cada uno bueno y no vaya a buscar en la nobleza de sus antepasados la virtud". En 1553 Antonio Torquemada (en Coloquios satíricos con un coloquio pastoril) opinará a favor de la virtud frente a linaje pues todos somos "sucesores de Adán". Insiste, sobre todo, en que debemos alejarnos de esa soberbia del linaje. En 1583 García de Palacio diría: "Sin duda alguna, se debe más estimar aquel que siendo de oscura sangre, abrazándose con la virtud, quiere dar principio a su linaje, con su valor y su esfuerzo". Para Maravall este intento de sobreponer la virtud al linaje proviene de la misma nobleza y escritores que no pretenden romper con ella, sino restaurar un mejor orden moral y social. Una cita de Salas Barbadillo, que es uno de estos intelectuales, puede ser significativa: "juzgo -dice- que no es hijo de aquellos padres (se refiere a los hombres principales que se dejan llevar por los vicios) cuya hacienda y calidad heredó, sino que el ama hizo algún cambio". El sentido irónico de Barbadillo es evidente y la risa espontánea.

Cervantes, creo yo, es también defensor de la virtud por encima de linaje. Por ejemplo, Dorotea pide a Fernando su amor. Cervantes aprovecha y pone el siguiente discurso en sus labios:
Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclar la con la mía, considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en las ilustres descendencias; cuanto más que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y si esta a ti te falta negándome lo que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. (I, 36)
Páginas más adelante el cura alabará a Ruy Pérez de Viedma por que "sin otro brazo que el de su mucha virtud, subió a ser capitán de infantería" (I, 42).
La comedia, y como era de esperar, defiende también la estratificación en relación a la limpieza de sangre. Lope, por ejemplo, cree también en el determinismo de la sangre. En su obra La boba para los otros, Diana dice: "Cuando el Rey le dice a un Grande / que se ha criado mancebo / en la corte, lleno de ámbar / y de telas de oro lleno: / "id a la guerra", y se parte / y en llegando al campo, y viendo / el enemigo, parece / entre el plomo ardiente un Héctor, / ¿quién lo causa?, ¿quién lo enseña? / claro está que su maestro / fue allí la sangre heredada / alma segunda en los buenos". La sangre, por otro lado, conlleva verdad. Es común la frase "creedme a fe de hijodalgo".
En la comedia, de igual manera, se atribuirán los vicios a los villanos que no a los nobles. En El Caballero de Olmedo, D. Alonso dice "que la ingratitud no vive / en buena sangre, que siempre/ entre villanos reside".
Como siempre, Lope será unos de los máximos defensores de la nobleza "pura", y mirará con malos ojos el sentimiento aristocrático que se extiende a ámbitos no-nobles, y de todo ello será reflejo su comedia, más que espejo uniforme de la sociedad. Podríamos decir (perdón si me equivoco) que la comedia de Lope es la utopía del propio Lope, pues, como sabemos, el devenir histórico-social terminaría yendo por derroteros muy distintos.



HÁBITOS, COSTUMBRES Y COMPLEXION DEL HIDALGO
El hidalgo, aunque situado en el último peldaño de la escala social en el ámbito noble, va a ser poseedor de unos trajes distintivos, de unas costumbres propias y, al mismo tiempo, casi que lo podríamos caracterizar por una complexión física modélica (de esto ya se hablará mas adelante).
No me voy a referir al hablar de los trajes del hidalgo, a las características que los definen (además, posiblemente no haya tampoco un solo modelo). Me preocupa, sobre todo, su significación, es decir, el cómo funciona, porque, en realidad, y puesto que la literatura suele traer a sus páginas la figura del hidalgo pobre, el traje cumple una función fundamental: la de marcar la naturaleza del individuo (el hábito, en este caso, sí hace al monje).
En principio, a cada estado le correspondía un traje determinado, que mostrara a los ojos del público la condición de tal o cual persona. "Por sus trajes los conocerás" podría muy bien haber dicho algún refrán de la época. Lo que pasa es que, y como se habrá observado ya, tal concepción podía ser, en ocasiones, base de artimaña. Es decir, se podía aparentar nobleza, cuando en realidad bajo la capa podía haber oculto algún "marrano" (¿quién podía saber a simple vista la sangre que corría por las venas de ese señor?), o podía tratarse también de un zapatero o de cualquiera con "oficio vil". Esto, claro está, no será aceptado por la nobleza. Ya en 1534 a solicitud de las Cortes de Cádiz se prohibió a los "oficiales menestrales de manos", esto es, "sastres, zapateros, especieros, carpinteros, herreros, tejedores, pellejeros, tundidores, curtidores, zurradores, "y de otros cualesquiere oficios semejantes a estos baxos", y a los obreros, labradores y jornaleros, el uso tanto a ellos como a sus mujeres, de trajes y vestidos de seda, hechos de género importados y de otro costo.
En el siglo XVII autores como Lope aún defendían en su comedia la distinción de la persona por su traje (ya que no se podía hacer en muchos casos -y como hemos visto- por su función o por su riqueza). En Los nobles como han de ser se dice: "En sus pasos concertados / en el hablar con gran tiento, / en el amor y el beber, / moderados y modestos; / el vestir como su estado; /... en el andar, muy compuestos". En otra obra del propio Lope (Los Tellos de Meneses) Tello el viejo pregunta: "¿En qué está la diferencia / de la nobleza heredada / al oficial o al que cuida / de su cuidado y labranza?/ En que el uno viste seda / y el otro una jerga basta, / que basta para su estado".
Y es que vestidos, joyas, sentimientos, comida, vivienda, lenguaje, juegos, todo, está en relación directa con la jerarquía estamental; pero más aún lo primero, los vestidos. He encontrado un ejemplo en el Quijote que puede ser lo suficientemente ilustrativo. Don Luis, "hijo de un caballero natural del reino de Aragón", se enamora de una tal Clara, y para ir tras ella, sin ser conocido, viste el atuendo de un mozo de mulas. Y, en efecto, no le conocerán, hasta que alguien se percata de ello y se dirige con estas palabras al oidor:
¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijo de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tan indecente a su calidad como vuestra merced puede ver? (I, 44).
La confusión a causa de las ropas ya venía de antiguo. En el ejemplo LI de El conde Lucanor, el rey de la historia es castigado por Dios mediante un ángel que le cambia la ropa real por unos "pañizuelos muy biles et muy rotos, commo destos po- brezuelos que piden a las puertas". Pues bien, el rey, que estaba en el baño, al no encontrar su ropa se viste con tales "pañizuelos", y esto provoca unas circunstancias singulares: al rey no lo van a conocer sus propios criados. El rostro, el habla y los gestos son del rey, pero ¿y sus ropas? No, estas ya no son de él, lo que hace que los criados no se percaten de su persona. Es decir, él es sus ropas. Su categoría viene determinada por el traje. Sin este ya no es nadie. Ha quedado reducido a una persona deshonrada. Y ahora, este rey del cuento tendrá que "pedir a las puertas" porque así lo exige su vestido.
El traje, entonces, podía ser fácilmente convertible en un disfraz, y es cuando el factor apariencia actúa decisivamente (recordemos, por ejemplo, cuando Pablos en El Buscón engaña a las señoritas (en III, 6), que le toman por un hidalgo). Es decir, puede servir como "engaño a los ojos" y, en este sentido, pasa a ser un instrumento utilizable para fines concretos. Por ejemplo, en el Libro de buen amor el Arcipreste aconseja al enamorado de esta manera: "Con lo tuyo y lo ajeno preséntate adornado / pero que ella no sepa que lo llevas prestado / encubre tu pobreza con mentir colorado" (cuarteta 635). En este aspecto último, el de la pobreza, el que hay que resaltar en el "hidalgo literario". El hidalgo pobre tendrá la necesidad, si no quiere perder su rango, de mostrar su hidalguía por medio del simple traje distintivo. Cide Hamete habla a la pobreza, refiriéndose a los hidalgos, y comenta: "¿Por qué les obligas a dar pantalla a los zapatos y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y otros de vidrio?" (II, 44). El Arcipreste de Talavera al hablar del caballero soberbio dice que lleva: "çapato muy engrasado" (Cap. XXX) (lo digo a título de anécdota).
El hidalgo pobre, para que su pobreza no fuese conocida, solía marchar de su pueblo e instalarse en otro donde no fuese conocido. "Un escudero pregunta a un sastre '¿Vos sabéis que cosa es hidalgo?' 'Ser de cincuenta leguas de aquí'" (Cfr. en La Floresta de Melchor de Santa Cruz). Incluso en las Cantigas alfonsíes se puede leer "pobr'escudeiro". Bueno, pues tal pobreza provoca eso, la utilización del traje, entre otros "trucos" para poder encubrirla. Solo baste con recordar el tratado III del Lazarillo en el que el hidalgo sale a la calle con un mondadientes sin haber comido nada. En el Quijote podemos leer: "¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita el palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos" (II, 46). En El Buscón aparece la astucia de echarse migas de pan en el pecho para aparentar una gran comilona.
En lo que se refiere a las aficiones ya nos las recuerda, grosso modo, el Caballero del Verde Gabán, hidalgo él: "Mis ejercicios son la caza y la pesca... Tengo hasta seis docenas de libros... (A vecinos y amigos) muchas veces los convido; ...oigo misa cada día; reparto mis bienes con los pobres" (II, 16). La relación hidalgo-misa es constante en la literatura de la época (como en la vida real). En el mismo Quijote se vuelve a vislumbrar tal conexión. Teresa Panza hace alusión a esas señoras "que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía..." (II, 50).
Por otro lado, está la caridad como otro elemento definidor del estado noble. En las postrimerías del Quijote, por ejemplo, cuando este ya se ha instalado definitivamente en su casa, el ama le da consejos: "atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres... (II, 73). En la obra de Lope El mejor alcalde, el rey, Nuño dice: "Porque en quitándole el dar / con que a Dios es parecido / no es señor... / sin dar ni honrar, no pretenda / ningún señor ser señor".
El ocio es otra de las notas caracterizadoras del hidalgo. El amo de Lázaro, por ejemplo, sale en cierta ocasión de su casa a "papar aire", es decir, a no hacer absolutamente nada. El escudero, en literatura, suele ser presentado como un auténtico holgazán (su condición, en cierto modo, le obliga a ello; recordemos el primer apartado). Melchor de Santa Cruz pone el ejemplo de "un escudero de Ávila (que) llegó a tener 200.000 maravedíes, con que compró 25.000 de renta por su vida. Dijo, hincando de rodillas en una iglesia: "Señor muchas gracias te doy que me has dado con qué pasar sin servir a otro, ni pueda tomar quien me sirva a mí". Otras veces la actitud de holganza no está tan justificada. Son casos concretos. Pondré otro ejemplo de La Floresta: "Un escudero habiendo enrollado su capa para hacer con ella un cojín en casa del duque de Alba, que no le dejaba sentarse, la deja en el suelo al irse, diciéndole a un paje que se lo hace ver: "Servíos de ella, que a mí me ha servido de silla, y no la quiero llevar más a cuestas".
Para distraer el ocio el hidalgo se dedica a jugar o, ¿por qué no?, a cortejar doncellas. En este sentido hay un dato histórico: en las Cortes de Madrid de 1528 se pide el destierro "de todos los que no tuvieren señor en la corte e andan en ella, porque hay muchos que andan en hábito de caballeros e de hombres de bien e no tienen otro oficio sinon jugar e hurtar e andarse con mujeres enamoradas". En El Lazarillo se habla de "rebozadas mujeres" que "tienen por estilo de irse a las maña- nicas del verano a refrescar y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quien se lo dé, según las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos del lugar." (Tr. III). Como ya señalara Francisco Rico, también Sebastián de Horozco censurará a estos galanteadores hidalgos.
Parecería cosa de broma pero, incluso, podríamos hablar, en cuanto a lo literario, de una complexión o caracterización física modélica en el hidalgo. Me atrevería a lanzar una hipótesis al aire. Creo que las características fisionómicas de don Quijote son las que se imponen en lo literario como delineadoras del hidalgo. Más bien, don Quijote es la caricatura literaria del hidalgo del XVI y XVII. Tampoco hay que ir más allá y afirmar con Morel Fatio que en el Quijote "constituye la principal intención del libro la crítica del hidalguismo". El caso es que las coincidencias son obvias. Se habla de "su rostro de media legua de andadura, seco y amarillo" (I, 37). Tiene, además, como él mismo reconoce, el talle propio de un hidalgo: "¿Paré- ceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero?" (I, 43). Al mismo Caballero del Verde Gabán le sorprendió de don Quijote "la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro... (II, 16). Más adelante se dice que "era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo..." (II, 62). No por lo amarillo, sino por el talle, por lo seco y largo de su cuerpo, suele caracterizarse al hidalgo (y más aún al pobre) en la literatura moderna. El refranero español ya nos da cuenta de ello: "Hidalgos y galgos, secos y cuellilargos". E. Asensio recoge otro ejemplo del Tesoro de varias poesías de Pedro de Padilla; se le define como "galgo flaco, cansado y muy hambriento". Esto último, el hambre, es la causa de lo demás. En el refranero la identificación con un perro galgo es constante (la rima vino como anillo al dedo), y suele presentarse con estirado cuerpo "como galgo de buena casta". De la Floresta de Melchor de Santa Cruz se puede entresacar la siguiente frase: "Decía un caballero que el escudero no engorda sino de necio..."
Talle, traza y apariencia irán siempre de la mano. He encontrado cierta semejanza, en este aspecto, entre el caballero soberbio descrito por el Arcipreste de Talavera y el hidalgo del Lazarillo. Aquel va sobre su caballo "muy estirado sobre su silla... yerto como palo"; el amo de Lázaro camina con "paso sosegado y el cuerpo derecho". El primero cabalga con "la mano en el costado"; y este, dice Lázaro, que "poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta..." De que tienen un talle característico ya no nos cabe duda. Era el propio régimen estamental el que, incluso, se puede suponer que imponía el modo y manera de vivir y actuar, de comportarse, al individuo.
Es también esta disposición física la que hace aparentar o no sangre limpia. En Los Tellos de Meneses se lee: "!Buen talle! ¿Quién hay que crea / que habrá mal término en él? / !Gentil aire! No parece / de sangre humilde aquel brío" (aunque en este caso más que limpieza es nobleza en la sangre). Lo de "gentil aire", a mi parecer, se refiere al ritmo y a la andadura. Lázaro adulto nos cuenta el momento en que se encontró con el escudero que sería su próximo amo: "topome Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden".
Junto al traje, el talle, los hábitos, etc., podemos situar al lenguaje. Sí, incluso podríamos hablar de un lenguaje propio de cada estado. Maravall recoge una cita mostrativa de la obra de Gil Vicente Don Duardos: un muchacho enamorado, vestido de jardinero, se dirige a una joven con hermosas palabras de amor, y esta le responde: "Debes hablar como vistes o vestir como respondes". Bien, pues el hablar del hidalgo será, entre otras cosas, pomposo y mesurado. Tal rasgo de mesura, como señala Valdecasas, ya se recoge, incluso, en el Mío Cid ("Fabló Mio Cid bien e tan mesurado"). Había, además, un saludo propio para cada estado, y que no pocas disputas contrajo en el ámbito noble así como en el intelectual.
Pero el rasgo que, creo yo, más caracterizó al hidalgo, y a la nobleza en general, es el de la soberbia y el orgullo, y que por su importancia merece ser tratado a parte.



EL HIDALGO Y LA SOBERBIA
Los intentos de ascensión social (mejor que ascenso) del hombre hispano de nuestros siglos XVI y XVII son, quizá, intentos no solo por conseguir unos beneficios materiales (recordemos que en caso de obtener un título de hidalguía, se tenía derecho a la inmunidad de impuestos, privilegios jurídicos, etc.,), sino también por desatar unos valores, que limitados por unas condiciones sociales, quedaban impedidos de expansión y florecimiento, pues tales valores eran, y quizá todavía hoy en día son, por naturaleza, propios de una "raza" que se va a ir creando en la península ibérica. Me refiero con estos valores a todos los relacionados con uno que luce con luz propia desde el fondo de cada individuo ibérico: la soberbia.
En efecto, las historia nos ofrece las premisas e incluso los datos: los celtas invasores llamaron a los habitantes de los Pirineos "vascunes", o sea, orgullosos. Sin duda, los hispanos primitivos descendían de las vanguardias de diversos grupos humanos que por su audacia e ímpetu habían llegado los primeros al Occidente extremo. Comienzan a elaborarse unos sentimientos comunes que van a dar pie de inmediato a un código del honor (latente aún en la época moderna) que se va a desarrollar a partir de la Reconquista española, decayendo más tarde a partir del siglo XVIII.
Pero desde el establecimiento celta en la península hasta la Reconquista transcurren muchos y diferentes años. La invasión de estas nuestras tierras por parte del Imperio Romano produjeron el desvanecimiento y pérdida de estos sentimientos en la mayoría de los territorios hispanos, excepto en uno, el situado en la zona cantábrica, que, pese a ser conquistado, no sufrió romanización (de hecho, ni el latín se impuso en estas tierras, que siguieron manteniendo su lengua de origen). El hombre hispano mantuvo intactas estas cualidades desde Vasconia a Asturias, frente a la fuerte romanización que sufrió el resto del territorio. Por otro lado, y avanzando en la historia, "soportaron (en boca de Albornoz) la invasión germana con mano orgullosa".
Es a partir de la conquista árabe cuando verdaderamente se van a consolidar los valores que van a definir al hombre hispano. Se mezclan en el norte godos y biznietos de cántabros y vascones, de los que resulta un nuevo hombre que, junto al coraje, desarrolla el orgullo (siguen siendo ideas aportadas por Albornoz).
La soberbia como valor social aparecerá e irá de la mano con las primeras conquistas y repoblación de las tierras del valle del Duero. Me atrevería a decir que en contraste con el origen ancestral, más o menos incierto, que pueda tener el valor del orgullo, la soberbia y la dignidad, en cambio, tienen unas raíces puramente guerreras. Efectivamente, el hidalgo de nuestros siglos de oro tomará estos elementos prestados de sus antepasados que lucharon contra el moro, para mostrarlos, en este caso, como propios de su ser distinto del pueblo llano que le rodea. Cada vestidura, cada gesto del noble hidalgo, se proyectan en soberbia, como rasgo distintivo, que no será sino su eterna lucha por mantener un rango social en base a unos privilegios que solo atañen a los de su índole.
La soberbia es, por tanto un atributo del noble, pues solo él tiene precedentes guerreros. Esta actitud "soberbiosa" del hombre guerrero desde antiguo es ya evidente. Incluso los textos de la época griega nos muestran ya estas actitudes de sumo orgullo y desprecio del guerrero hacia el enemigo (recordemos las actitudes de Alcibíades). La épica castellana también nos ofrece actitudes de esta naturaleza en nuestros héroes medievales.
El hidalgo moderno, si en realidad quería alardear de su condición, había de imitar en todo al caballero medieval con sus atributos guerreros, y, si bien puede semejar e incluso exagerar sus gestos, y ser poseedor de una espada y de unas vestimentas adecuadas, sin embargo le falta, en la mayoría de los casos, un elemento que, a la postre, había de ser fundamental. Me estoy refiriendo al caballo (no es ironía). La soberbia del hidalgo de "a pie", esto es, del hidalgo pobre, va a ser una soberbia de "andar por casa" y, a la vez, una soberbia que no se librará de la crítica popular.
¿Hablaremos, entonces del noble-centauro? Un poco ridículo, pero, sin embargo, nos es imprescindible entablar una relación soberbia-caballo. Observemos, por ejemplo, el texto -al que ya he aludido-, que nos brinda el Arcipreste de Talavera en su Corbacho. Hablando éste del hombre soberbio, además de referirse a sus gestos personales ("fablar muy pomposo e con gran faus to faziendo gestos e continencias de sí cuando fabla"), no escapándosele un elemento de crítica evidente a la soberbia, nos habla de que "quando toma su caballo (...) quando fuere por la calle non guardará a asnos nin burras, pobres nin mal vestidos..."
Y más atrás aún en el tiempo literario. La mujer e hijas del Cid llegan a Valencia y nuestro héroe sale a recibirlas. Oigamos al juglar:
El que en buen ora nasco    non lo detardava,
vistiós el sobregonel,    luenga trahe la barba;
ensiéllanle a Bavieca,    cubiertas le echavan,
Mio Cid salió sobr'el    e armas de fuste tomava.
Por nombre el caballo    Bavieca cavalga,
fizo una corrida,    esta fue tan estraña,
quando ovo corrido,    todos se maravillavan.
Tras la "corrida" su categoría queda limpia de toda duda, no solo ante su mujer y sus hijas, sino también ante sus hombres (que, vale la pena recordarlo, luego volverán a caballo para, entre otras cosas, mostrar su soberbia). Pese a todo, detrás de este acto del Cid puede solo haber una costumbre, aunque no por ello deja de tener esas connotaciones implícitas. Después de todo donde en realidad quiero llegar es a que el caballo es un elemento favorecedor de la soberbia y el orgullo.
¿Quién no recuerda algún romance en el que sin el caballo el personaje difícilmente mostraría su hombría? Veamos alguno: En el romance llamado "del infante vengador" se puede leer:
Helo, helo, por do viene    el infante vengador,
caballero a la jineta    en un caballo corredor,
su manto revuelto al brazo...
O aquel otro "del moro Calainos" que reza así:
Ya cabalga Calainos    a la sombra de una oliva,
el pie tiene en el estribo,    cabalga de gallardía.
En los siglos modernos el reflejo es claro. En El Buscón de Quevedo, por ejemplo, después de estos datos o precedentes, ya no nos parecerá extraño que nuestro Pablos, para aparentar hidalguía, alquile un caballo no conformándose solo con llevar la ropa distintiva del hidalgo. Menos aún sabiendo que precisamente un hidalgo (II, 6) le había hablado de que estaban "obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea pollino, por las calles públicas".
La soberbia pese a ser, como vemos, unos de los puntos fundamentales del código del honor noble (más bien, consecuencia de él), y por tanto respetable, no se va a escapar de la crítica religiosa e intelectual, incluso en la época medieval. En el siglo XIII Raimundo Lulio ya critica el orgullo, pues se desvía de las directrices del pensamiento cristiano, medieval y de siempre. En su libro Libro del Orden de Caballería escribe: "Soberbia es vicio de desigualdad, porque el orgullo pretende no tener par ni igual..." Raimundo a cambio de este propone la humildad: "hayas temor del caballero humilde, pero no del orgulloso". En el siglo XIV Sem Tob de Carrión aludirá al orgullo de esta manera: "Desy de cuenta cierta / Quien orgullo mantyen / Que punto en su tyesta / De meollo non tyen;" Y es en este siglo también cuando tanto el Arcipreste de Hita como Pero López de Ayala tomarán su pluma para criticar el afán ibérico por ese pecado capital. En este mismo siglo don Juan Manuel en el ejemplo LI (ya tratado) de su libro El conde Lucanor, el joven conde se dirige a Patronio (su consejero) y le expone el siguiente caso: "Patronio, muchos omnes me dizen que una de las cosas porque el omne se puede ganar con Dios es por seer omildoso; otros me dizen que los omildosos son menospreciados de las otras gentes et que son tenidos por omnes de poco esfuerzo et de pequeño corazón, et que el grand señor, cual cumple et le aprovecha ser sobervio". Nos interesa, sobre todo, de este texto vislumbrar una disputa entre humildad y soberbia que, sin duda, está en la calle. En nuestros Siglos de Oro la disputa continúa, y así Saavedra Fajardo hará hincapié crítico en ese "espíritu glorioso y altivo" del hispano, que lo diferencia de Europa y del resto del mundo. Lope de Vega propondrá también la humildad como ideal noble. En su obra Amor, pleito y desafío pondrá en boca del personaje Pedro que el noble se distingue sobre todo por "ser afable / humilde y comunicable". Lo que no significa que el noble en el teatro lopesco pase de ser soberbio a humilde (sería raro). En su obra Más pueden celos que amor (datada por Borque en 1627), Mendoza muestra sus alardes de virilidad y bravuconería en un duelo entre caballeros diciendo: "Basta que yo vaya allá / para decir que lo entierren". Y en otra obra, El saber puede engañar, el excitado Carlos, soberbia en mano, dice: "Vuélvanse hidalgos y adviertan / que si otra vez lo preguntan / será plomo la respuesta".
La humildad por tanto, y pese a las críticas, no suplantará a la heredada soberbia, porque, como ya he señalado, esta forma parte de un código y sobre todo porque es un elemento distintivo que favorece la estratificación social, tan defendida por el noble, literariamente, ya desde don Juan Manuel. De ahí que el ascenso social de un individuo incorpore en él una nota de orgullo (de hecho es un acicate para pretender el ascenso), y en el siglo XVII se extienda por el ámbito noble la frase "soy quien soy", digna de esa mentalidad superior y altiva.
Así, los ascensos sociales, que tanto proliferarán en los siglos XVI y XVII (casi en igual cantidad que los descensos, como ya apuntara Domínguez Ortiz), favorecidos por la nueva estructura dicotómica basada en la riqueza -como ya esbozamos- y por otras causas históricas, los ascensos, digo, mudarán en los recién ascendidos las caras y las almas. Situación que no pasará desapercibida para Lope que, en su obra Contra valor no hay desdicha, precisamente refiriéndose a esto, hará decir a su personaje Bato: "y aun saben serlo tan presto / que cuanto fueron humildes / parecen después soberbios". Y he terminado.
                                                  Ángel Carrasco Sotos, 15 de mayo de 1989.



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