sábado, 3 de enero de 2015

Mis poemas favoritos de Jorge Luis Borges - Sus mejores poemas


Quizá continúe esta sección finisemanal, más abierto (el finde, digo) a otras esencias culturales más allá de la música rock. Ya sabéis que hay una sección dedicada a la Ortografía, otra a los microrrelatos (los domingos) y elaboramos un buen puñado de entradas para una extensa sección que dedicamos a la poesía erótica (a veces escabrosa) que quizá algún día continuemos, más que nada por la asiduidad con que se visita a diario. De momento os dejo por aquí una selección de algunos de mis poemas preferidos del fallecido y genial autor argentino Jorge Luis Borges, un escritor conocido sobre todo por sus libros de relatos como El Aleph, El libro de arena o Ficciones, textos que aconsejo y que a me tuvieron fascinado en mi época de estudiante, esa edad juvenil que tiende a mitificarlo todo y donde uno va abriendo regalos, que son tesoros, casi a diario si se lo propone. 


Me he decantado por poemas más bien de poca extensión, en los que el amor, las dudas existenciales, la tristeza, la melancolía y las referencias clásicas están muy presentes. Espero que los disfrutéis.



La memoria del tiempo
Está llena de espadas y de naves
Y de polvo de imperios
Y de rumor de hexámetros
Y de altos caballos de guerra
Y de clamores y de Shakespeare.
Yo quiero recordar aquel beso
Con el que me besabas en Islandia.



El sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una
Tregua, un puro reposo de la mente,
¿Por qué si te despiertan bruscamente,
Sientes que te han robado una fortuna?
¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
Nos despoja de un don inconcebible,
Tan íntimo que sólo es traducible
En un sopor que la vigilia dora
De sueños, que bien pueden ser reflejos
Truncos de los tesoros de la sombra,
De un orbe intemporal que no se nombra
Y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
Sueño, del otro lado de su muro?


La rosa

La rosa,
La inmarcesible rosa que no canto,
La que es peso y fragancia,
La del negro jardín en la alta noche,
La de cualquier jardín y cualquier tarde,
La rosa que resurge de la tenue
Ceniza por el arte de la alquimia,
La rosa de los persas y de Ariosto,
La que siempre está sola,
La que siempre es la rosa de las rosas,
La joven flor platónica,
La ardiente y ciega rosa que no canto,
La rosa inalcanzable.



Las cosas

El bastón, las monedas, el llavero,
La dócil cerradura, las tardías
Notas que no leerán los pocos días
Que me quedan, los naipes y el tablero,
Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada,
El rojo espejo occidental en que arde
Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
Láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.



Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
Haber sido y no fue, la venturosa
O la de triste horror, esa otra cosa
Que pudo ser la espada o el escudo
Y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
Antepasado persa o el noruego,
Dónde el azar de no quedarme ciego,
Dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
De ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
Noche que al rudo labrador confía
El iletrado y laborioso día,
Según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
Que me esperaba, y que tal vez me espera.



Un patio

Con la tarde
Se cansaron los dos o tres colores del patio.
Esta noche, la luna, el claro círculo,
No domina su espacio.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
Por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
La eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la amistad oscura
De un zaguán, de una parra y de un aljibe.



El remordimiento

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.



De que nada se sabe

La luna ignora que es tranquila y clara
y ni siquiera sabe que es la luna;
la arena, que es la arena. No habrá una
cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
al abstracto ajedrez como la mano
que las rige. Quizá el destino humano
de breves dichas y de largas penas
es instrumento de otro. Lo ignoramos;
darle nombre de Dios no nos ayuda.
Vanos también son el temor, la duda
y la trunca plegaria que iniciamos.
¿Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?



Ya no seré feliz

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.



La Lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

ÁCS

1 comentario:

  1. Sublimes letras del maestro.
    Como lamento que nos convoca a ser cómplices de la tristeza y las evocaciones del amor ausente o perdido.

    ResponderEliminar