viernes, 9 de enero de 2015

De la cinta de casete grabada al DVD y la reproducción por streaming: Recuerdos de un barbudo


by Don Críspulo


En estos días de sobredosis tecnológica, cualquier alicuécano de tres al cuarto, con un buen ordenador y el software adecuado, puede llegar a hacer verdaderas virguerías en su propia casa, pero nada comparado con las grandes obras de ingeniería sonora de la que algunos éramos capaces hace 30 años sólo con grandes dosis de imaginación y también, por qué no, de un poco de ingenuidad.


El mp3, por increíble que parezca, no ha estado aquí siempre. Ni el disco compacto, ni estas computadoras del demonio que estás usando ahora, ni nada que se le parezca a toda esta avalancha tecnológica que padecemos hoy en día. Hace 30 años el que tenía una doble pletina de cassette o un giradiscos era un ser afortunado y sin embargo éramos felices y, desde luego, gastábamos mucho menos dinero llamando al servicio técnico de nuestro proveedor de Internet. Gastábamos menos dinero, entre otras cosas, por la sencilla razón de que estábamos más tiesos que el pellejo de un tambor.Con un par de golpes al ratón Spotify o cualquer página de descargas se pone en marcha y escogemos a la carta el banquete del día, luego buscamos la portada, impresora, papel de foto, unas tijeras y un poco de pulso y ya tenemos un nuevo CD para “estanterizar” (porque de oírlo será en otra vida, que en esta no nos cabe nada más). Incluso hoy en día ya ni eso hacemos y los apilamos en algún disco duro.




Pero antes las cosas no eran tan fáciles. Primero teníamos que encontrar a alguien que tuviese el disco que buscábamos o, en su defecto, una copia decente. Incluso había empresas (¿empresas?) que te grababan lo que querías. Recuerdo un chaval del País Vasco que grababa cintas por cuarenta duros (una pasta en aquellos años) de grupos rarísimos, grupos como unos tales Metallica o unos tal Exodus. El muy mamón te ponía los títulos de las canciones con rotuladores de colores y siempre, siempre, te firmaba las grabaciones con algún eructo o similar. También los había más sofisticados que hasta se anunciaban en revistas como era el caso de “Heavy Chrome”, “Rock Bootlegs” o la famosa “Oink” con su gorrino. Estaban especializadas en directos y te surtían el material en su buena cinta de cassette.

Cintas de las que, por cierto, hablábamos el día entero aunque no tuviéramos ni puta idea de lo que decíamos. Cintas de Cromo, de Hierro... Que si la TDK, que si la Sony HF. Lo que yo te diga, papagayos vestidos de eruditos. También se daba el caso de no tener una pletina en el giradiscos de papá y entonces... entonces no te quedaba más remedio que encomendarte a San Martin Birch y grabar los más “orgánicamente” posible, esto es, con el jodido Radio-Cassette lo más pegado posible al altavoz del tocadiscos. Claro que antes había que cerrar a cal y canto el improvisado estudio de grabación. Más de una cinta y más de dos andan por ahí sueltas con sonidos de coches, la televisión o algún teléfono sonando entre canción y canción o algún grito de tu madre llamándote para comer.

Luego era indispensable guardar el boletín informativo de Discoplay también conocido como el BID, porque allí, aunque fueran en ridículos tamaños que necesitaban de una lupa para verse, estaban todas nuestras carátulas. Se recortaban y se pegaban al dorso de las cintas junto a los créditos. ¿Créditos? Pues claro, había que poner toda la información de la que disponíamos en el cartón de las cintas porque luego éramos capaces de quedarnos horas y horas oyendo aquellas grabaciones sólo con aquel pedazo de papel en la mano.




Así es como tenemos grabados a fuego en nuestra mente todos aquellos clásicos. Hasta había algún manitas que era capaz de, en el lateral, dibujar el logo del grupo con acierto aunque para ello hubiera dedicado a entrenarse todo un semestre en el colegio. Otra cosa básica era usar la duración adecuada. En cintas de 90 solían caber dos discos aunque no siempre y más de alguna vez hemos tenido que mutilar algún disco. Que levante la mano el que no se haya “soplao” alguna vez la balada para que cupiese el disco de marras.





Definitivamente eran otros tiempos, ni mejores ni peores pero mucho más rudimentarios aunque eso mismo quizás nos hacía saborear las cosas con más calma, paladear en vez de engullir como los pavos. Larga vida a las cintas de cassettes y a los trabajos de manualidades hechos con amor.

©Don Críspulo

3 comentarios:

  1. Lo has clavao! Así fue, así lo vivimos.
    Mi primer sueldo fue para una cadena musical con plato, ecualizador y doble pletina (la radio no sé si la llegué a usar). Luego vinieron más, las últimas con 2 CDs.
    Cintas grabadas, carátulas artesanas. ¡Qué tiempos!
    Y paladeando los discos por obligación, que lo de engullir, sólo cuando encontrábamos una nueva fuente a la que le rapiñábamos de un golpe varios LPs. Luego vuelta a paladear
    Cintas vírgenes compradas, al principio de una en una, luego de tres en tres y luego por cajas de ¿10? El caso es que había que tener siempre cintas disponibles para ser grabadas con las adquisiciones que se presentaran.
    Un saludo y gracias por revolver en estos rincones de la memoria.

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  2. A mí lo que me molaba de verdad era el rebobinado manual con el boli Bic.

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  3. Una de las cosas que más echo de menos de mi adolescencia es el aburrimiento. El pasar una tarde entera escuchando un único disco mientras prestas atención a las letras o lo créditos.

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