domingo, 5 de noviembre de 2017

Crítica de "Transformers: El último caballero" (Michael Bay, 2017): Reseña


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC




Vuelve Michael Bay por quinta vez con sus orgías de chatarras retorcidas y explosiones múltiples para contarnos otra sutil historia de las suyas con robots. Vuelve por quinta vez porque las anteriores han sido un éxito, evidentemente.

Aunque en esta ocasión parece que la cosa no ha ido tan bien, ya que al consabido fracaso crítico se ha sumado una taquilla que ha dejado que desear, es de suponer que el director americano volverá con más entregas mientras el cuerpo aguante.




Muchos fans la han catalogado como la peor de la saga, en osada aseveración, ya que ese puesto está disputado y porque el nivel de la segunda Transformers: La venganza de los caídos (2009) no tiene igual… Sí es cierto que entiendo las razones por las que los fans de la saga, los que han llegado hasta aquí siendo fieles a Optimus y Bay, han visto en esta quinta entrega un bajón.

Por alguna razón que se me escapa, Bay está dejando muestras de cierta madurez en sus últimos títulos, y de alguna forma esto se ha plasmado en los dos últimos episodios de la saga, que han pasado de estar protagonizados por un adolescente a hacerlo por un hombre maduro… aunque inmaduro…




El caso es que a su estilo habitual, donde los planos no deben durar más de 5 segundos (aspecto algo más matizado), sus contrapicados efectistas, su montaje sin sentido saltando del general al plano corto arbitrariamente, su sensiblería luminosa y musical, sus explosiones cada tres minutos, sus diálogos histéricos e histriónicos, su sensualidad burda y gusto por los coches y los hierros retorciéndose, ha sumado cierta intención de desarrollar una mitología con algo más de interés (por su parte, más que por la que consiga del espectador).

Transformers: El último caballero, es una especie de Código Da Vinci mezclado con Indiana Jones y homenajes a Alien y Star Wars, todo ello pasado por una batidora y lanzado al lienzo como una bola de béisbol desde doscientos metros. No nos retrotraemos a la época de los dinosaurios como en la anterior, ahora somos más modestos y nos limitamos al terreno de la leyenda, sumergiéndonos en el mito artúrico, en el que los Transformers serían pieza esencial, por supuesto.

Evidentemente, Bay se toma esto a pitorreo, no hay más que ver al Merlín encarnado por Stanley Tucci, que repite en la franquicia porque se lo debió pasar muy bien en la anterior.




Lo que sorprende es que las habituales escenas de acción de Bay se acortan, hábilmente salpicadas durante el metraje, pero con un estilo más convencional, de thriller, con alguna pelea, persecuciones en interiores y flipadas varias, y además, pasada la hora de película, no hemos apreciado atisbo de su poco disimulada lascivia ni la protagonista (Laura Haddock, que parece cualquier cosa menos profesora de universidad, bien es cierto) se ha encontrado con el héroe (Mark Wahlberg), centrándose especialmente en el desarrollo de esa surrealista mitología ligada al Rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, algo más elaborada. No hay excesos de destrucción pasada la hora y media, por lo que se entrega todo al soso clímax final donde la chatarra se retuerce poco y flota mucho. Esto debe desconcertar, pero no hace a la película peor que otras, sólo le cambia la cantidad de los ingredientes.




Lo que sí ocurre es que nos vamos enterando de que nos quedan pocas horas a los humanos, urgencia y amenaza que no se siente en ningún momento y de la que somos perfectamente conscientes cuando queda media hora, pero esto supongo que importa poco. Para ello se recurre a un tópico insufrible, unos extraterrestres que quieren chupar nuestro planeta para hacer revivir el suyo, ¿os suena?

¿Qué pintan algunos personajes? ¿Por qué se enfadan otros en ocasiones? ¿Por qué aparecen en algunos sitios de repente y hacen cosas absurdas? Pues no lo sé, pero llegados a la quinta entrega de la saga son cosas que no deben preocupar.




Han liado a sir Anthony Hopkins, que ciertamente se lo pasa bien también, como Mark Wahlberg, que se tira media película deslizándose por cosas, como si estuviera en el “Aquopolis”.

Acción lánguida, que se distribuye por toda la película en pequeñas porciones, una mitología que pretende enriquecer el producto, un humor sumamente infantil, centrado en los diálogos y los diversos robots que van apareciendo… un Bay algo distinto que quizá se interprete como desgana, falta de energía o desinterés, cuando quizá sólo hay cierta evolución o madurez. En cualquier caso, si te gustaron las anteriores (hay gente para todo) esta no tiene porqué disgustarte, no es peor, aunque sí tiene sus matices distintos.

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